LA ESTUPIDEZ

Escrito por Decineporlahistoria 08-02-2016 en CRÍTICA TEATRO. Comentarios (0)

Pues eso mismo. Obra de RAFAEL SPREGELBURD, autor argentino de 45 años, con un buen puñado de textos llevados al teatro y a la televisión, también actor, director y premiado en múltiples ocasiones, destacando el Kónex, el Casa de las Américas, el Tirso de Molina y el Nacional argentino. 

Pretende poner sobre las tablas (es un decir, porque el escenario no puede ser más cutre -no tiene tablas, es el suelo- y, en general la sala Max Aub, con esa peligrosidad no denunciada -uno puede partirse la pierna sin darse ninguna importancia- y esa sensación de teatro alternativo, tipo Cuarta Pared, pero cobrando el doble) una muestra de algunas de las esencias del ser humano, reflejada magistralmente por El Bosco en su famosa Mesa de los 7 pecados capitales y que, por si no acabas de captarlo durante la representación, existe una reproducción justo a la entrada de la sala, que te lo explica perfectamente. 

Dicho esto, lo que nos espera son tres horas largas de verborrea imparable al estilo de las películas de Woody Allen, pero con mucho menos talento humorístico, y una especie de vórtice de actores, actrices y personajes (este no tiene femenino) que, cual tsunami, se desplazan por el decorado como si estuviesen poseídos. Quizá porque cinco actores y actrices tienen que representar la friolera de veinticinco personajes (por mucho que nos empeñemos sigue sin tener femenino) que aparecen, en ocasiones, de forma simultánea y, lo que es peor, hablando de igual manera, con lo que uno percibe esa sensación, quizá buscada por el autor, de encontrarse en medio de una tertulia radiofónica o asistiendo a un programa de televisión de esos del corazón, que tanto nos deleitan y nos llenan en las cansinas tardes invernales. 

En resumen, se nos presenta con bastante sencillez y complejo entendimiento, la coincidencia de varias personas (que curioso, este no tiene masculino) en un motel cercano a Las Vegas, la ciudad del pecado por excelencia, cuyas tramas tienen que ver con la gula (el tío de los snacks y las barbacoas), la avaricia (casi todos están ahí por dinero), la envidia (todos desean lo que no tienen), la soberbia (hay por ahí un científico que no traga al hijo -en confianza el espectador, tampoco- y una periodista insoportable -la preguntas de la entrevistan no tienen precio, solo falta un test de Rorscharch), la ira (sí, hay bastantes cabreos), la lujuria (hasta está encarnada) y la pereza (la que sentimos los espectadores a los diez minutos de iniciada la representación). Que sí, que da pereza intentar entender de qué va la cosa. En el escenario se entrecruzan cinco historias: la de unos policías mas o menos corruptos, más o menos gays, la de unos jugadores y jugadoras con un sistema para ganar en el casino, la de un científico matemático con su mujer que ha conseguido despejar la ecuación Lorentz, la de unos estafadores que intentan colocar un cuadro que según transcurre la obra se va desvaneciendo y una pareja de hermanos en la que ella está en silla de ruedas por parálisis cerebral. 

Pero esto no es lo peor, lo peor es que dura tres horas; eso sí, al menos tienen la delicadeza de hacer un descanso de diez minutos, perfectos para ir al baño -la cola en el de mujeres era casi eterna-, ir a echar un pitillo -todavía quedan viciosos y viciosas-, echarse al coleto un vino o una caña -más viciosos y viciosas- o, simplemente, salir huyendo (incluso antes del descanso al menos cinco personas ya habían abandonado la sala, que los demás esperamos para ver si es que habían ido al servicio, pero no, se habían ido definitivamente). 

La obra pretende producir en el espectador un choque de posmodernidad, pero coño, coge al grupo que tiene un sistema para ganar en el casino e híncale el diente porque ahí hay una historia, que se queda en nada, como todas las demás, porque cuando ya les has cogido la gracia, se acaban, con alguna que otra sorpresa bastante previsible, por otra parte.

Los actores hacen lo que pueden. Hiperactiva Tony Acosta; que tía, no está quieta un minuto, qué un minuto, un segundo. Desigual Fran Perea, bien en unos personajes, flojo en otros. Correcto Javier Coll, bien de voz, de entonación, de trasmisión, pero que, a veces, se deja llevar por la hiperactividad de Acosta. Bastante bien Ainhoa Santamaría, sin peros. Y más que correcto Javier Márquez, con presencia, con voz estupenda, con movimientos medidos, diferenciando perfectamente unos personajes de otros.

El escenario, ahí, en el suelo, recuerda al del teatro aficionado -con todos mis respetos para el teatro aficionado, es que los 22 euros que me costó la entrada aún me siguen doliendo-, con un área de arena, que prácticamente no aporta nada, un ventanal con doble cortina que si no se corre y descorre cien veces, no lo hace ninguna -a veces chirriaba- y unos o unas tramoyistas -quizá los mismos actores y actrices- a los que de vez en cuando se veía por los entresijos.

Se nota que no me ha gustado nada. Tras hora y cuarto de absoluto aburrimiento (lo peor el discurso sobre el arte de vanguardia,que de tan manido ya, hastía y no produce ninguna gracia, si es que se pretendía) empieza lo interesante, porque comienzan a cuadrar las cosas que ocurren sobre las no tablas y, entonces, el descanso, cuando vuelves, todo se precipita en ritmo vertiginoso, incluso los gags son tan rápidos, que no te das cuenta y se acaba.

En fin, no sabría muy bien a quien recomendarla. El caso es que el teatro estaba lleno (no es difícil porque el aforo es pequeño (¿260 butacas?) y alguna que otra risa la representación levantaba. Ustedes mismos.

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