17. EL NACIONALISMO: ITALIA Y ALEMANIA.

Escrito por Decineporlahistoria 24-11-2016 en CURSO DE HISTORIA. Comentarios (0)

17. EL NACIONALISMO: ITALIA Y ALEMANIA.

  El término nacionalista se había utilizado a finales de la Edad Media y durante la era moderna, a veces, para designar la unidad lingüística y otras la unidad geográfica o estatal de determinadas poblaciones. Sería el siglo XIX quien lo definiría como una agrupación característica por su unidad cultural e histórica, que había de tener una plasmación política efectiva. Esta idea era revolucionaria porque hasta ese momento la única legitimidad política la otorgaba la monarquía. No es extraño que “democracia” y “nacionalismo” fueran de la mano desde la Revolución francesa.

  Bajo una base cultural común (habla, costumbres, colectividad…) el nacionalismo tradicional, fomentado por los idealistas y románticos de la primera mitad del siglo XIX, desembocó necesariamente en nacionalismo político, y se convirtió en un elemento fundamental de disgregación política, cultural y económica de la civilización europea occidental.

  Fueron los poetas, los historiadores, los eruditos y los profesores universitarios (la “intelligentsia”) los que antecedieron a los políticos nacionalistas. Esta nueva corriente tuvo manifestaciones opuestas según los pueblos. En Alemania e Italia se mostró con carácter unificador; en otros como los imperio austriaco o turco dio síntomas disgregadores. En los demás estados tuvo mayor complejidad ya que junto al exaltado nacionalismo se produjo un fenómeno segregacionista tímido: agitación irlandesa en el Reino Unido, felíbrige (asociación literaria) provenzal en Francia, la “Renaixença” catalana en España, la existencia de mentalidades nacionales diferentes (Polonia, Ucrania, Finlandia…) en Rusia.

  De este modo, el nacionalismo se convirtió en una fuerza política fundamental a lo largo del siglo XIX; primero vinculado a los movimientos de izquierda y, a partir de 1848, coincidiendo con el auge de la burguesía y el desarrollo imperialista, a los de derecha.

  Rusia y el Segundo Imperio francés.

  Para la realización nacionalista era necesario que cambiase la política internacional nacida del Congreso de Viena. De Rusia no podía esperarse que abandonara su política autocrática y fue Francia quien se convirtió en la protectora de los movimientos nacionales. En este enfrentamiento de voluntades, la Guerra de Crimea fue decisiva.

  Desde la insurrección “decabrista” (decembrista, 1825), la experiencia subversiva de Polonia (1830) y las alteraciones europeas de 1848, Rusia había acentuado las medidas de represión y policía, tanto por lo que respecta al alejamiento de Occidente como a la vigilancia de las enseñanzas universitarias. Sin embargo, no era consciente de las diferencias en aumento que existían con la realidad social, tanto por la aparición del proletariado en las grandes ciudades, como por la insostenible situación de servidumbre del campesinado. Tal situación convertía a Rusia en un gigante con pies de barro por su débil modernización y por la endeblez de sus estructuras.

  En Francia, el golpe de Estado de 2 de diciembre de 1850 dado por Luís Napoleón  contra la Asamblea, seguido por la detención de los líderes monárquicos y del aniquilamiento de la insurrección popular, dio paso al llamado “régimen de los africanos” o de “los generales” (Saint Arnaud, Canrobert, Espinasse), que habían apoyado el golpe, junto con la gran burguesía que lo había financiado. El régimen alcanzó su plenitud con la Constitución de enero de 1852, réplica de la Consular del año VIII: presidente con amplias atribuciones, Senado por él nombrado con capacidad legislativa, Asamblea elegida con funciones limitadas y un Consejo de Estado, principal órgano de gobierno y de la administración francesa. Un plebiscito amañado (noviembre de 1852) condujo a la proclamación imperial de dos de diciembre, como Napoleón III.

  El nuevo emperador practicó una política nacional en el interior y nacionalista en el exterior. Apoyado en una amplia base social (católicos moderados, campesinos, obreros) pudo llevar a cabo planes económicos, industriales y técnicos de envergadura. Recuperó la idea imperialista y defendió el nacionalismo que habría de acabar con los imperios tradicionales y contribuiría a la unificación de Italia y Alemania, tan contraria a los intereses franceses anteriores y posteriores.

  La Guerra de Crimea y el Tratado de París de 1856.

  En 1852, la cuestión suscitada por la discrepancia entre los monjes católicos y los ortodoxos en los Santos Lugares de Palestina complicó las relaciones franco-rusas. A pesar de las concesiones hechas por Napoleón III, el zar Nicolás I decidió exigir del gobierno turco la concesión a Rusia del protectorado sobre la Iglesia y la población ortodoxa del imperio otomano. Al no obtener satisfacción a sus demandas, el zar ordenó la invasión de los principados danubianos. La derrota turca en la bahía de Sinope (noviembre de 1853) decidió a Francia e Inglaterra a declarar la guerra a Rusia el 27 de marzo de 1854.

  La neutralidad de Austria y Rusia dejó a Rusia completamente aislada. La guerra tuvo un solo escenario: la península de Crimea y la plaza fuerte de Sebastopol. Las operaciones duraron de mayo de 1854 a septiembre de 1855, acabando con el triunfo aliado. El Tratado de paz de París (30 de marzo de 1856) estableció la integridad territorial de Turquía, la libre navegación por el Danubio y la neutralización del Mar Negro, debilitando la posición rusa en el Mediterráneo oriental. También supuso la declaración de autonomía de los dos principados danubianos, Moldavia y Valaquia, garantizada por las grandes potencias (lo que ponía en entredicho la supuesta preservación del Imperio turco).

  La Guerra de Crimea tuvo otras consecuencias, como el aislamiento de Austria al romper su alianza con Rusia, la hegemonía de Francia, el fin de la política conservadora de Nicolás I y la llegada de un nuevo zar, Alejandro III (1855-1881), que promulgó una serie de reformas jurídicas, estableciendo en 1864 asambleas provinciales elegidas por los nobles, los ciudadanos y los campesinos, y otorgando en 1855 la emancipación de los siervos de la gleba de la Corona, y en 1861 de los privados. Rusia había dejado de ser el bastión de la autocracia.

  La unificación italiana.

  La conciencia de la idea nacional, surgida del choque contra el francés, fue ampliada luego por románticos e historiadores como Manzoni o Leopardi. Esta corriente de integración nacional actuó como movimiento revolucionario, por esta causa fue aliada hasta la segunda mitad del siglo XIX con las agitaciones liberales contra los regímenes absolutistas de la península. La figura más destacada de esta concienciación unificadora fue el genovés Mazzini (1805-1872), partidario de una república nacional unitaria. En Mazzini se mezclaron el culto a Roma, el impulso irracional de los románticos y el nuevo culto al pueblo como fuerza natural.

  El continuo fracaso de los métodos revolucionarios dio paso a la idea de la integración por otros caminos, basados en el odio al dominio austriaco y la necesidad de acabar con él para conseguir la unificación e independencia de Italia:

▪ El abate Vincenzo Gioberti postulaba una confederación italiana bajo la presidencia de los papas (neogüelfismo) en su obra “Primacía moral y civil de los italianos” (1843).

  ▪ Un grupo de piamonteses vinculaba a la dinastía de Saboya toda posibilidad de llevar a cabo la unidad de Italia desde un punto de vista liberal moderado.

▪ Cesare Balbo en 1844 (la “Speranza d’Italia) y Massimo d’Azeglio en 1846 (“Gli ultima casi di Romagna”) expusieron la preeminencia de una lucha contra Austria, dirigida por el Piamonte (la “espada de Italia”).

▪ El periódico “Il Risorgimento” (Camilo Benso, conde de Cavour, 1810-1861) urgía a la monarquía de Saboya para realizar su destino histórico.

  Después del fracaso de 1838, solo en Piamonte se conservó la idea nacionalista. Víctor Manuel II (1849-1879) mantuvo la Constitución otorgada por su antecesor y confió el gobierno a nacionalistas convencidos, como d’Azeglio y, desde 1952, Cavour. Este practicó una política de reformas interiores, fomentó el librecambio, reforzó el ejército y logró atraer a la causa a los republicanos. Finalmente, consiguió el apoyo de la Francia de Napoleón III, facilitada por la guerra de Crimea y las negociaciones de París de 1856. En Plombières (21-VII-1858) se reunieron Cavour y el emperador francés, decidiendo obligar a Austria a declarar la guerra y reorganizar la península Itálica: se mantuvieron los estados de Toscana, Roma y Dos Sicilias, Francia recibía Saboya y Niza. Efectivamente, ante las provocaciones del Piamonte, Austria declaró la guerra el 23-IV-1859. Las operaciones militares tuvieron lugar en Lombardía y allí los ejércitos franco-piamonteses vencieron en Magenta y Solferino (junio). Ante la amenaza de la intervención de Prusia, Napoleón III ofreció una salida a Austria, proclamándose la paz de Zurich (11-XI-1859). Austria cedía Lombardía al Piamonte, pero conservaba Venecia. Los italianos se sintieron humillados y Cavour dimitió.

  De nuevo al frente del gobierno (20-I-1860) Cavour cambió de táctica: fomentar motines e insurrecciones contra los gobiernos legítimos. En marzo, las poblaciones de Toscana, Parma, Módena y los Estados Pontificios votaron su anexión al Piamonte. Napoleón III dio su conformidad no sin antes hacerse entregar Saboya y Niza (abril), aumentando la animadversión italiana contra Francia.

  En el reino de las Dos Sicilias, Fernando II (1830-1856) había mantenido las formas tradicionales de gobierno. En abril de 1860 estalló una insurrección contra el nuevo monarca Francisco II. Al frente de la revuelta se puso el aventurero romántico Giuseppe Garibaldi (defensor de la independencia en América del Sur). Apoyado por Cavour, los “camisas rojas” del líder revolucionario partieron de Génova el 5 de mayo de 1860, desembarcaron en Sicilia y se adueñaron de la isla. El 19 de agosto pasaron al sur de Nápoles y ante la pasividad del ejército borbónico se apoderaron del reino. Entonces, Cavour mandó su ejército a través de los Estados Pontificios, llegando a Nápoles. Un plebiscito, organizado en octubre, manifestó la voluntad de las Marcas, Umbría y Sicilia de integrarse al Piamonte. Gaeta capituló en enero de 1861, cayendo Francisco II. El 14 de marzo un parlamento, reunido en Turín, proclamaba la creación del reino de Italia.

  Poco después, moría Cavour (6-VI), dejando excluida del nuevo reino solo Venecia y Roma. El enfrentamiento entre Austria y Prusia y Prusia y Francia entre 1866 y 1870 se las pondría en bandeja.

   La unificación alemana. 

  El Zollverein y la retirada de Olmütz.

  El sentimiento nacional se manifestó en 1848 por vez primera, en forma integradora. Desde 1830 el nacionalismo alemán buscó sus raíces en los elementos tradicionales y conservadores del país; por este motivo, el proceso de integración nacional se consuma por los príncipes, y se presenta como un fenómeno político que resuelve el dualismo entre Prusia y Austria, dando lugar a un federalismo.

  El idealismo y el romanticismo dotaron a Alemania de los conceptos de nación y patria. Los historiadores, como Ranke, Gervinus y Dahlman exaltaron las glorias del pasado, la importancia del imperio germánico medieval. Igual amor a la vieja Alemania demostraron los poetas de la Joven Alemania (Heine, Börne). Cuando en 1840 hubo ciertas amenazas de Francia contra la Confederación germánica (durante la crisis del Imperio turco en descomposición, resuelta con el Tratado de Londres de 1841, que calmaba los deseos franceses en la zona), se produjo una explosión del sentimiento popular, surgiendo los himnos patrióticos: “La guardia del Rin” de Schneckenberger; el “Deutschland über Alles” de Hoffmann de Fallerbon; el “Rin alemán” de Becker…

  Los resultados prácticos de esta efervescencia fueron, sin embargo, nulos. La unificación comenzó a escenificarse en clave económica. El empuje económico alemán después de 1815 llevó a algunos economistas a acabar con las barreras aduaneras y poner en marcha el “Zollverein”, favorecido por los intereses de Prusia.

  Los pasos para esta unión aduanera comenzaron a darse después del Congreso de Viena (ley del ministro Massen). De 1819 a 1826, Prusia consiguió englobar a varios principados, asegurándoles compensaciones económicas. En 1828, el gran ducado de Hesse-Darmstad se adhirió a esta unión. Al tiempo, Baviera y Württemberg fundaban una asociación aduanera similar y poco después Sajonia lo implantaba. No parecía viable la existencia de 3 uniones aduaneras, por lo que en 1834, Prusia encabezaba un Zollverein único. Poco después, en 1838, se tomaban las primeras medidas para la unificación monetaria.

  No se puede hablar del mismo avance en el ámbito político. Tras el fracaso del intento unificador del Parlamento de Frankfurt en 1849, Prusia intentó impulsar una Liga con Sajonia y Hannover para sustituir a la Confederación germánica, inspirada en los principios de Frankfurt. Austria respondió con otra especie de liga de 18 estados alemanes. Tal rivalidad promovió la formación de una Liga de los Cuatro Reyes” (Hannover, Sajonia, Baviera y Württemberg) al margen de Austria y Prusia.

  Las posiciones se enconaron y a punto estuvieron las distintas opciones de enfrentarse, teniendo que ceder Prusia el 28 de noviembre de 1850 al declararse dispuesta a una reforma de la Confederación (retirada de Olmütz), aunque esto no revirtiera en la constitución de un Reich dirigido por Austria.

  El sistema Bach en Austria y la “Nueva Era” en Prusia: Bismarck.

  Hasta 2859 la situación se mantuvo estable. Desde esa fecha, el nacionalismo alemán avanzó por dos motivos:

  — Los éxitos italianos.

— La aparición de una burguesía capitalista, beneficiada por el Zollverein y dispuesta a favorecer un movimiento de integración política y legislativa, prestando su apoyo a Prusia, pues Austria no veía esta unión con buenos ojos.

  El Imperio austriaco, durante la oleada revolucionaria de 1848/1849 y bajo el gobierno del conservador Schwarzenberg, solo había concedido la emancipación de los campesinos, ya que la carta constitucional de 1849 fue derogada el 31 de diciembre de 1851. Con el sustituto de Schwarzenberg, Alexander Bach, el Imperio se convirtió en una monarquía centralizada a la francesa, que debía modernizar el país con la introducción del ferrocarril, la fundación de bancos y el apoyo a la agricultura y la industria.

  Pero este “sistema” Bach no pudo resistir el desastre de 1859 ante Francia y Piamonte. En 1860, el emperador promulgó una Constitución federal, pero asustado por las pretensiones de checos y húngaros, Francisco José I la transformó en unitaria (1861), causando frustración y resentimiento.

  Mientras, en Prusia, el hermano de Federico Guillermo IV, Guillermo, se convertía en regente en 1858, y en el nuevo rey en 1861. Un año después, Otto von Bismarck era nombrado primer ministro. Guillermo I (1861-1888), pragmático, defendía el militarismo, el autoritarismo y la renovación de la potencialidad prusiana. Era partidario de la unidad alemana, pero sin lucha. Propuso una reorganización militar conforme al aumento de la población y la riqueza del Estado. La oposición de la Dieta de mayoría progresista y liberal, hizo que el rey dejara la negociación el cambio en manos de Bismarck (1815-1898), un conservador, monárquico y de gran visión política. Sus primeros pasos fueron dirigidos a aislar a Austria con quien inevitablemente tendría que enfrentarse Prusia, impulsando las quiméricas ideas de Napoléon III y apoyando a Rusia en 1863 en la represión de la insurrección polaca de ese año. Finalmente, consiguió imponerse a la Dieta en la necesidad de la reforma del ejército.

  Los ducados daneses y la guerra austroprusiana.

  Aunque la cuestión de Schleswig y Holstein pareció quedar resuelta en el Protocolo de Londres de 1852 a favor de Dinamarca, se reavivó a la muerte del rey danés Federico VII. Su sucesor, Christian IX (1863-1906) ratificó la incorporación de ambos ducados a su reino (acta constitucional de 13 de noviembre de 1863). Bismarck reconoció al nuevo rey, pero no el acta constitucional, atrayendo a Austria a su postura. La guerra no se hizo esperar (enero 1864) y la derrota danesa le hizo perder los dos ducados (Paz de Viena de 30 de octubre de 1864).

  Tras algunas dudas, en agosto de 1865, Austria y Prusia se ponen de acuerdo en Gastein para proceder al reparto: la primera administraría Holstein, y la segunda Schleswig con derecho a ocupar el puerto de Kiel. Pero el acuerdo solo era transitorio. En febrero de 1866, Bismarck veía la guerra inminente. En abril se aseguraba un pacto militar con Italia que se sumaba a la neutralidad de Francia conseguida en octubre de 1865 en Biarritz. Entonces, comenzó a maniobrar, buscando la simpatía de los estados alemanes con la propuesta de sufragio directo para un Parlamento común y la elaboración de una constitución federal. Austria contraatacó con la reunión de la Dieta para resolver el dilema y, entonces, Bismarck movilizó el ejército. La guerra no se hizo esperar (15/VI/1866).

  La campaña fue breve. El ejército alemán dotado con fusiles de repetición y excelentemente preparado por Helmuth von Moltke acabó con la resistencia de Hannover, Hesse y Sajonia e invadirá Bohemia desde Silesia y por el Elba. En Sadowa-Koniggrätz (3/VII) las tropas aliadas austro-alemanas, al mando del general Benedak sufrieron una aplastante derrota. Austria estaba atada por Italia en el sur, por la entrada en guerra del Piamonte y, aunque obtuvo algunas victorias (la segunda de Custozza y la de Lirra) no pudo evitar firmar el armisticio de Nikoleburgo y, después, la paz de Praga (23/VIII). Francia, indecisa, fue incapaz de evitar el expansionismo prusiano.

  Bismarck y Napoleón III.

  Hannover, Hesse, el gran ducado de Nassau y la ciudad de Frankfurt fueron anexionadas a la corona de Prusia, formando un todo continuo desde el Niemen al Rin. También Schleswig y Holstein se incorporaron a Prusia. Pero, los estados alemanos del sur fueron respetados y Austria mantuvo su integridad a excepción de Venecia que pasó a formar parte del reino de Italia (Convención de Viena, agosto de 1866).

Mientras, el emperador austriaco, Francisco José I, consiguió pacificar el imperio con el compromiso de 1867, que inauguraba la monarquía dual austro-húngara, con solo 3 organismos comunes: la corona, los ministerios de Asuntos Exteriores, Guerra y hacienda, y una delegación mixta de ambos parlamentos. Austria mantuvo la Constitución de 1861 y Hungría recuperó la de 1848.

  En la nueva Alemania de Bismarck se creó en su apoyo el partido nacional liberal. El consolidado primer ministro entró en relaciones con Baviera, Hesse-Darmstadt y Baden, con los que firmó acuerdos militares secretos (VIII/1866), quedando las 3 bajo la protección de Prusia. Al tiempo, se constituía la Confederación del Norte de Alemania, con un Parlamento federal que aprobó una Constitución en julio de 1867. El rey de Prusia obtenía la presidencia de la Confederación, con un Bundestag (Consejo federal) y el Reichstag (elegido por sufragio directo y secreto) con el poder legislativo en sus manos.  En 1868, se reunió en Berlín un Parlamento aduanero (Zollparlament), formado por la Confederación alemana del Norte y los estados del sur que integraban el Zollverein.

En estas circunstancias, entró en juego Napoleón III con una torpe política en demanda de compensaciones territoriales en las fronteras y el Rin, en particular el Luxemburgo, provocando exaltación patriótica en Alemania y recelos en Rusia e Inglaterra.

Estos desaciertos y el fracaso de la expedición que mandó a Méjico debilitaron el régimen imperial en Francia. Hasta 1589, el régimen imperial había evolucionado hacia formas más liberales. En 1860 y 1861 se restableció en parte la actividad política del Cuerpo Legislativo. En 186y7 y 1868 se dio el derecho de interpelación a la Asamblea y ampliación del régimen de libertad de prensa y reunión. En 1869 y 1870 dos senatoconsultos imperiales transformaron el Imperio en monarquía constitucional no parlamentaria. Para esta última fecha la oposición al emperador había aumentado. Las grandes ciudades apoyaban a los republicanos y demócratas; renacieron los partidos legitimista y orleanista.

  El conflicto francoprusiano.

  Desde 1867, tanto Bismarck como Napoleón III presentían el ineludible enfrentamiento. Ambos se prepararon; Francia buscando el apoyo de Austria, y Prusia, la neutralidad de Rusia. Inglaterra se mantuvo al margen. Un incidente imprevisto proporcionó el motivo: el ofrecimiento de la corona española al príncipe Leopoldo de Hohenzollern (febrero de 1870). Bismarck aconsejó al príncipe que aceptara, mientras Francia se oponía. El 21 de julio, el príncipe renunciaba, pero Francia quería que Gullermo I no volviera a aceptar una candidatura semejante. El rey prusiano rehusó y Bismarck aprovechó la situación para adulterarla de modo que pudiera ser interpretado como un insulto al embajador francés. La respuesta fue la guerra (19/VII/1870).

Francia quedó aislada, mientras Prusia obtenía el apoyo de los estados meridionales alemanes. El ejército prusiano de Moltke pronto mostró su superioridad. A principios de agosto, las batallas de Wörth y Colombey liberaron Alsacia y Lorena. El 18 el ejército francés de Bazaine quedaba bloqueado en Metz y solo quedaba operativo el ejército de Mac-Mahon, concentrado en Chalons. Puesto en movimiento para liberar Metz, fue rodeado en Sedán (1 de septiembre). Al día siguiente, las tropas francesas y Napoleón III capitularon.

El desastre provocó un golpe de Estado republicano en París el 4 de septiembre. A mediados del mismo mes, los prusianos iniciaron el asedio de París. El 27 se rendía Estrasburgo y capitulaba Bazaine en Metz. El nuevo gobierno republicano francés intentó, en un esfuerzo desesperado, romper el cerco de la capital, pero los ejércitos improvisados fueron derrotados en Loira (Orleans y Le Mans), en el norte (Amiens y San Quintín) y en el este (Belfort, Lisaine). París capituló el 28 de enero de 1871, el 26 de febrero se firmaban los preliminares de paz en Versalles y el 10 de mayo se concluía en Frankfurt el acuerdo que ponía fin al conflicto. Francia perdía toda Alsacia y gran parte de Lorena y se comprometía a pagar una indemnización de guerra de cinco mil millones de francos.

La caída del IIº Imperio francés fue aprovechada por el gobierno italiano para apoderarse de Roma (20/IX/1870). En julio de 1871, Víctor Manuel II fijaba su residencia en Roma, dando por finalizada la unidad italiana.

El 18 de enero de 1871 había sido proclamado en Versalles el IIº Imperio (Reich) alemán. Los estados del sur de Alemania aceptaron unirse a la confederación del Norte, salvando el último obstáculo que ofreció Luís II de Baviera.

  La disgregación del Imperio turco: la guerra ruso-turca y el Congreso de Berlín.

  El Imperio turco, indemne tras los tratados de París de 1856, era un organismo falto de vitalidad y las ambiciones rusas sobre los Balcanes lo dejaron en entredicho. En París se habían discutido las reclamaciones de los delegados de Moldavia y Valaquia para formar un estado nacional rumano. Gracias a Napoleón III se celebraron elecciones en 1858 bajo el programa: autonomía, unión y gobierno representativo. Tras el resultado, una conferencia de embajadores, reunida en París, acordó mantener la separación de ambos principados, pero con idénticas leyes e instituciones. La unión no se hizo esperar: el 24 de enero de 1859 los parlamentos de ambos principados eligieron un mismo príncipe: Alejandro I Cuza (1859-1866); en 1862 se fusionaron en una única asamblea legislativa en Bucarest. Cuatro años después, Alejandro es depuesto, siendo sustituido por un Hohenzollern, Carlos I (1866-1917) fundador de la Rumanía moderna.

Paralelamente, los príncipes de Serbia, los Obrenovich, en el poder desde 1858, en lugar de los Karageorgevitch, forzaron el régimen autonómico. En 1865 consiguieron que los turcos evacuaran su ejército, obteniendo esperanzas de independencia. Al sueño de la Gran Serbia se sumó el de la Gran Grecia. Por no poder lograrlo, Otón I fue depuesto en 1862, siendo sustituido por el candidato inglés Jorge I (1863-1915). Grecia recibió las Islas Jónicas, pero no pudo obtener Creta.

En Turquía, el fracaso de las reformas del sultán Abdul Aziz (1861-1876) y la derogación en 1871 de la cláusula de neutralidad del Mar Negro, dieron alas al zar Alejandro II para reivindicar su influencia en los Balcanes. En 1876, la antieuropeista Joven Turquía depuso al sultán sustituyéndole primero por Amurates V y luego por Abdel Hamid II (1876-1909), poniendo así fin a la política de transigencia. Los príncipes Milán de Serbia y Nicolás de Montenegro declararon la guerra a Constantinopla. También los eslavos de Bosnia y Herzegovina y los búlgaros se sublevaron, pero la insurrección fue sofocada de modo cruel. Por ello, Rusia exigió de Turquía el armisticio con Serbia y Montenegro y la concesión de reformas a Bosnia Herzegovina y Bulgaria. Abdul Hamid II fingió aceptar el ultimátum ruso para ganar tiempo, mientras se preparaba para la guerra. Alejandro II movilizó sus ejércitos (24/IV/1877). Poco antes había obtenido la neutralidad de Austria (acuerdo de Viena de 15 de enero) a cambio de una eventual ocupación de Bosnia Herzegovina por los austriacos. Alemania y Francia también lo dejaron estar. Solo Inglaterra puso alguna objeción.

Las operaciones comenzaron en el verano de 1877 en los Balcanes. El 10 de diciembre los rusos rendían Plevna y, en enero siguiente, Filópolis y Adrianópolis, amenazando Constantinopla. Por el Tratado de San Stéfano (3/III/1878), Turquía reconocía a Rusia la posesión de varias plazas en Armenia (Batum, Kars, Bayazid) y de toda Besarabia, cedida por Rumanía, además de una fuerte indemnización de guerra. Serbia, Montenegro y Rumanía obtenían la independencia y algún territorio (la región de Nish, 2 puertos en el Adriático y la Dobrudja septentrional, respectivamente). Pero, lo más importante, fue la creación de la Gran Bulgaria, englobando las dos Rumelias y toda Macedonia. San Stéfano implicaba la irremediable y pronta extinción del Imperio turco en Europa.

Los éxitos rusos inquietaron al resto de potencias. Alejandro II aceptó la sugerencia de Bismarck de reunir un Congreso. El Tratado de Berlín (3/VII/1878) garantizó lo accesorio de San Stéfano, pero anulando lo fundamental: la Gran Bulgaria. Rumanía, Serbia y Montenegro fueron reconocidos como estados independientes. Bulgaria consiguió una autonomía del Danubio a los Balcanes, y tanto Rumelia como Macedonia quedaron en la órbita de Constantinopla. Austria-Hungría recibió el derecho a ocupar Bosnia Herzegovina. Inglaterra aprovechó para obtener Chipre. El sultanato turco se mantuvo, pero con sus fronteras reducidas.

LA HISTORIA EN EL CINE

Respecto a la unificación italiana citar cuatro películas: El Gatopardo de Visconti (1963), Viva L’Italia de Rosellini (1960), Li chiamarono… birganti de Pasquale Squitieri (1999) y, la más reciente Noi credevamo de Mario Martone (2010). El cine se ha ocupado muy poco de la unificación alemana, en parte porque tampoco ha habido un gran autor que lo haya novelado. A destacar “Bismarck” de Wolfgang Liebeneiner (1940). Sobre las repercusiones de la guerra francoprusiana que puso fin al IIº Imperio francés de Napoleón III, a destacar “La rebelde” de Sòlveig Anspach (2010).