EL MADRID DEL HIERRO (Síntesis del trabajo de María Rosa Sardá: “Hierro y arquitectura en el Madrid del siglo XIX”)

Escrito por Decineporlahistoria 03-06-2016 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

1. La llegada de la tecnología del hierro a España.

     Se produce en el último tercio del siglo XIX. Causa del retraso: la concatenación de guerras napoleónicas, pérdida de colonias ultramarinas, guerras carlistas, inestabilidad política…

  Durante la regencia de María Cristina se realizan los primeros intentos:

• En 1832, Manuel Heredia construye los primeros altos hornos en Marbella (Málaga): La Constancia y la Concepción o Río Verde. Utiliza el sistema inglés de fundición, pudelado y reverbero con carbón vegetal. En 1840 tenía 2.500 empleados y podía producir unos 300.000 quintales de hierro (magnetita de Ojén), aunque la demanda española apenas llegaba a los 100.000.

    • En 1841, Juan Giró pone en marcha el alto horno de El Ángel (Málaga).

• En 1844, el ingeniero Elorza se encarga del proyecto de alto horno de El Pedroso (Sevilla).

  Será en el reinado de Isabel II cuando se instale el primer horno de coque (1848) en España (Mieres, Asturias). La razón principal de esta ubicación es la existencia de cuencas carboníferas en Asturias y León. Se pondrán en marcha instalaciones de fundición de hierro en La Felguera (1859) y Vega (1859).

  Seis años más tarde se abrirá el alto horno de Bolueta en Vizcaya, seguido, en 1879, por el de Sestao.

  Ya en la Restauración, la producción de acero se traslada definitivamente a Vizcaya. En 1885 se produce el primer lingote de acero Bessemer. El primer alto horno Siemens-Martin se construye en 1888/1889.

  La producción de acero en el periodo isabelino se vio incentivada por el desarrollo del ferrocarril (1848, 1851, 1855…)

  En el ámbito arquitectónico la siderurgia influyó en un doble sentido:

  • En la producción de elementos estructurales en serie.

  • En el abaratamiento de los costes.

2. La sociedad madrileña y el hierro.

     En la segunda mitad del siglo XIX, la sociedad madrileña se distinguió por su carácter emprendedor y progresista, y no es de extrañar que aceptara el hierro al identificarse con sus cualidades de innovación y lo adoptara como símbolo de futuro. En consecuencia, las fábricas comenzaron a fundir todo tipo de elementos arquitectónicos y decorativos: pilares, columnas, vigas, armaduras de cubierta, marquesinas, voladizos, balaustres, zócalos, frisos, montantes, remates, lámparas, farolas, urinarios, quioscos, mesas, sillas, camas candelabros, jarrones o bancos.

  Madrid fue poco a poco vistiéndose de hierro, sobre todo durante la Restauración.

3. El hierro como material ornamental.

    Al principio se introduce en los balcones en sustitución de las antiguas celosías de madera. Los huecos en la fachada vienen dotados de un pequeño voladizo (balcones), que se irá multiplicando conforme aumenta el número de plantas; de baja más dos plantas y buhardilla de principios del siglo XVIII, hasta seis o siete plantas de finales del XIX.

  En el periodo isabelino los edificios se estructurarán en cuerpo basamental, piso principal, pisos secundarios y coronación con sotobanco. Ya durante la Restauración se introducirá el piso entresuelo.

  La arquitectura utilizó el hierro como signo de distinción y, por eso, fue empleada en elementos externos, singularmente en balcones, pasando sus formas de rectilíneas y sobrias a finales del siglo XVIII a curvas e imaginativas de mediados del siglo XIX. A partir de los años setenta se introducirán los estilos históricos neogriego y neogótico, así como el muy apreciado neorrenacimiento. Como ejemplos: el palacio del marqués de Salamanca (Narciso Pascual y Colomer) o el palacio Dóriga (Francisco de Cubas, Recoletos, 15). La influencia francesa trajo el neobarroco (estilos Luís XIV, XV y XVI), que se observa en el palacio del Marqués de Casa-Riera (Rodriguez Arias, Alcalá, 44, pegado al Círculo de Bellas Artes). Lo neomudéjar lo contemplamos en las Escuelas Aguirre (Emilio Rodriguez Ayuso).

  Los miradores de hierro y metal no aparecerán hasta la segunda mitad del siglo XIX en los huecos de planta principal y segunda, con lo que el balcón se incorporará al interior de la vivienda, siendo, además, un signo de distinción de la fachada.

  Además de balcones y miradores, el hierro conquistó los montantes de las entradas a los portales, las puertas, las cajas de escalera, los cierres de ascensor, las galerías interiores y las lámparas y candelabros de las fachadas, como ocurre en el Ateneo de Madrid, la Bolsa o el Banco de España.

  4. El hierro en el medio urbano.

    Madrid tuvo como modelo a París. A partir de mediados del siglo XIX las condiciones fueron favorables: mejora de la economía del país, asentamiento en la capital de una desahogada clase burguesa y el poder institucional, y la demanda de lugares de recreo y diversión. Todo ello propició la aparición de nuevos espacios urbanos y mejora de los existentes. El resultado es un cambio en la fisonomía de la ciudad, más cercano al de otras capitales europeas.

  Una de las primeras intervenciones de embellecimiento fue el Paseo o Salón del Prado, proyecto de 1842 del arquitecto municipal Juan José Sánchez Pescador, que incluía verjas de hierro fundido sobre piedra berroqueña, que dividía las zonas de paseo de cohes y caballos, balaustradas, bancos, lámparas, además de arboleda y vegetación.

  Desde mediados del siglo XIX, las plazas comenzaron a ajardinarse siguiendo el modelo de plaza inglesa, con estatuas en el centro, jardinillos alrededor y una pequeña cancela o verja rodeando el conjunto: estatua ecuestre de Felipe IV, de Felipe III, la de Hernán Cortés (Plaza del Progreso), la de Cervantes (Plaza de las Cortes) o la de Quevedo. Mientras plazas y paseos completaban su fisonomía con bancos, farolas, quioscos, urinarios… Como ejemplo, la Puerta del Sol.

  En 1868, tras la caída de Isabel II, el Retiro se abrió al público. El ayuntamiento comenzó su embellecimiento, sustituyendo las cercas por verjas de hierro, con espléndidas puertas de entrada. El proceso continuaría hasta finales del siglo XIX, interviniendo arquitectos como Agustín Peyró y José Uriarte y Velada.

  El cerramiento sirvió de ejemplo a palacetes como el del marqués de Salamanca, el de Buenavista, los del marqués de Villamejor (Castellana, 3), de los duques de Santo Mauro (Zurbano 36), del duque de Zabalburu (Marqués del Duero, 7), del marqués de Cerralbo (Ventura Rodríguez, 17). Y en edificios institucionales como la Biblioteca Nacional y el Museo Arqueológico, el antiguo Ministerio de Fomento  , el Banco de España, las iglesias de San Manuel y San Benito (neobizantino, 1902-1910, Fernando Arbós y Tremanti, Alcalá, 83) y la de la Concepción (neogótico, 1912-1914, Giménez Corera, Jesús Carrasco, Goya, 26), la Real Basílica de Nuestra Señora de Atocha, las Escuelas Aguirre (neomudéjar, 1886, Rodríguez Ayuso, Alcalá, 62)…

  Madrid se cubrió de hierro.

  5. La arquitectura del hierro.

    España entró tarde y de forma moderada. No obstante, Madrid llegó a contar con algunos notables ejemplos de edificios en hierro y cristal. Por desgracia, gran parte de estas obras han desaparecido.

  En un principio, la arquitectura del hierro estuvo relacionada con grandes pabellones destinados a exposiciones, mercados, invernaderos, estufas y estaciones. Además, se construyeron grandes armaduras de hierro y cubiertas (cúpulas y bóvedas rematando patios, galerías, bibliotecas) y el antiguo viaducto de la calle Segovia.

  Las primeras construcciones estuvieron destinadas al uso de mercado. En 1867, cuando el ayuntamiento de Madrid decidió realizar dos mercados, uno en la plaza de La Cebada y otro en el solar resultante de la demolición del convento de Los Mostenses (Plaza de los Mostenses, espaldas Gran Vía), se quiso seguir el criterio parisino de Les Halles, optando por el hierro y el cristal. Ambos mercados, proyectados por el arquitecto Mariano Calvo y Pereira, se iniciaron en 1870.

  El de la Cebada tenía una base o zócalo de ladrillo de la que nacía una estructura de finas columnas de fundición, rematadas con arquerías de medio punto. El edificio mantenía una decoración clasicista y un lenguaje industrial. El de los Mostenses era muy similar. Ninguno existe actualmente.

  En 1875 se inauguró el mercado de Olavide, de menores dimensiones y ambición constructiva, también derribado. El único ejemplo que ha llegado hasta nuestros días es el mercado de San Miguel, realizado entre 1912 y 1916 y proyectado por Alonso Dubé Díez. Cuenta con sótano para almacenar alimentos y una planta baja donde se ubican los diferentes puestos de venta. La estructura está formada por columnas de fundición con capiteles jónicos y estrías en el fuste. Sobre los pilares se apoya una armadura de cubierta que conforma unas naves sobre los pasillos de circulación, con penetración de luz por la parte superior. Mezclando ornamentación clasicista y funcionalidad industrial.

  Los pabellones de exposición son las construcciones más emblemáticas del siglo XIX y origen de la arquitectura del hierro. Nacidos con motivo de la primera exposición universal de Londres de 1851. Paxton realizó el primer modelo de pabellón invernadero o pabellón estufa, realizado en hierro y cristal. Su éxito hizo que estos pabellones se convirtieran en el símbolo de la modernidad.

  Madrid no fue ajena a esta moda; aunque no llegó a ser la sede de una gran evento universal, sí celebró en la década de los ochenta algunas exposiciones nacionales que dejaron como herencia algunos pabellones actuales:

— De la Exposición Nacional de la Industria y las Artes, tenemos el actual Museo de Ciencias Naturales y Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales.

  — De la Exposición Nacional de Minería tenemos el actual Palacio de Velázquez del Retiro.

—De la Exposición de Filipinas nos ha quedado el Palacio de Cristal (Retiro).

  Los dos primeros son construcciones convencionales. El hierro se reserva para la cubierta, con cúpulas y cierres de armadura férrica, cristal y cinc. El de la Exposición Nacional de la Industria fue diseñado por Fernando de la Torriente. La construcción finalizó en 1889, ya fallecido su autor y sustituyéndole Emilio Boix: cuenta con un pabellón central y dos alas laterales a modo de galerías, que terminan en dos pabellones en los extremos. La cúpula central se realiza en hierro y cristal. Las cubiertas fueron traídas de Bélgica.

  El Palacio de Velázquez fue realizado por el arquitecto Ricardo Velázquez Bosco para la Exposición Nacional de Minería de 1883. También presenta pabellón central, torreones en los extremos y galerías de unión con fachada de fábrica y decoraciones de azulejería. La planta es rectangular y sin divisiones internas al margen de los 4 torreones de los extremos. Es pues, un pabellón diáfano. Las cubiertas son de hierro. El ingeniero calculista fue Alberto de Palacio y el artífice del hierro fue Bernardo Asins.

  Los tres trabajarían en el Palacio de Cristal, realizado para la Exposición de Filipinas de 1887. Velázez y Bosco lo diseñó según el modelo de invernadero de hierro y cristal y adoptando procedimiento de prefabricación, terminando la obra en cinco meses. Las piezas de fundición se realizaron en la fábrica Alonso Millán y Cía de Bilbao y su ensamblaje lo hizo Bernardo Asins (formado en París, fue Cerrajero de la Casa Real. En 1867 fundó la Casa Asins, que en 1890 llegó a tener 100 operarios, llegando a los 200 a principios del siglo XX. A él debemos las verjas de la Biblioteca Nacional, los herrajes del Banco de España y del Ministerio de Fomento, además de colaborar en las mejoras de San Francisco el Grande y del Palacio de Buenavista).

  El Palacio de Cristal tuvo como fin servir de invernadero de plantas y flores exóticas provenientes de Filipinas. Es todo de hierro y cristal, con arquerías de hierro cerradas por vidrio y sostenidas por columnas jónicas, con volutas en los capiteles, que se completan con una roseta en el centro de su enrollamiento y en otras se transforman en grecas.

  Las cubiertas de hierro y cristal son bóvedas de cañón que convergen en una cúpula de 24 metros de altura en el punto central. La planta adopta una distribución que recuerda el crucero y el ábside de una iglesia gótica. Su ambiguo eclecticismo hizo a Velázquez Bosco realizar un pórtico de columnas y semicolumnas de orden jónico, con dos pequeños pabellones en los extremos coronados todo ello con balaustradas. Los detalles decorativos son de predominancia clásica, como palmetas, gárgolas, rosetas, guirnaldas, relieves de cabeza… azulejería de los hermanos Zuloaga. El Palacio se complementa con un pequeño lago que refuerza la imagen etérea del pabellón. Pese a su monumentalidad, se trata de una obra de pequeño tamaño, con un área de 2,500 metros cuadrados (55.000 tiene el Cristal Palace de Londres).

  De los años setenta son dos proyectos de pabellones estufas que no llegaron a construirse. Uno de ellos es un edificio para conciertos firmado en 1876 por el arquirtecto de Edimburgo, R. Morham. El “Concert Hall” tenía 60 metros de longitud y 30 de altura, en hierro y cristal. El interior se concebía como un circo, con gradas en todo el perímetro, un corredor en la parte superior y una zona de escenario en una de las cabeceras de la planta ovalada.

  Un segundo caso es el del proyecto del “Skating Rink” para el Retiro, también de 1876. Fue iniciativa de Juan de Bustelli Toscolo, duque de Marignan, que deseaba un establecimiento de recreo y gimnasia. Pero no llegó a tener la aprobación del Ayuntamiento madrileño.

  Interesante fue también el proyecto de estufa que propuso el arquitecto Francisco Jareño en 1883 para el jardín botánico de la Universidad Central (más tarde Instituto Cardenal Cisneros).

  La burguesía madrileña también incorporó pabellones invernaderos en sus nuevas residencias:

— Invernadero mandado construir por el marqués de Salamanca. Hecho en Londres, pasó al ayuntamiento de Madrid en 1876, que lo instaló en la Rosaleda de El Retiro (desapareció durante la Guerra Civil).

— En el palacete del marqués de Zabalburu, el arquitecto Luís de Landecho añadió, ya entrado el siglo XX, una estufa de hierro y cristal en su parte posterior.

  Las casas de vecinos también utilizaron estas estructuras como remate superior del edificio a modo de última cubierta. Tal es el caso de la propuesta para la casa den Costanilla de los Ángeles nº 2, con fachada a la calle del Arenal, con arcos de medio punto, palmetas, flor de lis… Más modestos son los ejemplos de la casa de Rafael Colás en la calle Alcalá 31 (1883, Sainz de Lastra) y la de la calle Mayor nº 73 (1884, Fernando de la Torriente). En ambos casos, una galería de hierro y cristal, como pabellón invernadero, culmina el edificio. Todavía se puede contemplar la casa de la Cava Baja con vuelta a plaza de Herradores.

  Como proyectos curiosos están los presentados para realizar una galería de la Puerta del Sol, denominada Galería del Príncipe de Asturias, don Alfonso, y otro para cubrir la Plaza Mayor.

  Las construcciones de hierro de mayor envergadura son, sin duda, las estaciones. Madrid cuenta con 3 magníficos ejemplos:

— La primera, en estricto orden temporal, fue la del Norte o del Príncipe Pío, de las Compañía de los Caminos de Hierro del Norte. El proyecto, de 1877, corrió a cargo del grupo de ingenieros de la Compañía, firmado por el francés Biarez. Pese a ser una estación término, el edificio adopta el esquema propia de una estación de paso, disponiéndose paralelo a las vías. Sobre estas, se realiza una gran cubierta de 40 metros de luz, calculada por el ingeniero Mercier en 1881 con el sistema de cuchillos Polenceau, todavía con tornapuntas y tirantes. De estilo francés, por sus formas y dimensiones. A comienzos del siglo XX se amplía la cubierta por el ingeniero Gasset y, posteriormente, en 1926, se construirá un edificio en la cabecera. 

— La estación de las Delicias es prácticamente coetánea a la anterior, pues se inicia en 1878, siendo su cubierta sobre los andenes más antigua. A esta estación llegaba la línea Madrid-Ciudad Real-Badajoz, luego Madrid-Cáceres, Portugal. Será el ingeniero francés Èmile Cachelievre el autor del proyecto. La inauguración tendrá lugar en 1880. Dos pabellones paralelos a las vías y una gran cubierta sobre las mismas y los andenes es el esquema elegido, siendo también una estación de paso y no de término, como debería. No obstante, presenta un frontal de remate de la estación con un gran tímpano de cristal sobre las puertas de entrada. La cubierta es de gran envergadura, 175 metros de largo, 35 de ancho y 22 de alto, Cachelievre utilizó un sistema estructural de cuchillos metálicos, conocido como sistema De Dion. La estación de Delicias recibe luz por la parte superior de los paramentos laterales. Para ello, la nave sobre las vías y andenes es de mayor altura que los pabellones laterales de fábrica y hierro, sobresaliendo sus paramentos de hierro y cristal. Apenas tiene ornamentación. Actualmente, tras su cierre al transporte ferroviario en 1971 se ha reconvertido en Museo del Ferrocarril y Nacional de la Ciencia y de la Técnica.

— La estación de Atocha o de Mediodía, de la Compañía de los Ferrocarriles Madrid-Zaragoza-Alicante, sustituye a la anterior por insuficiente. La Compañía encargó al arquitecto e ingeniero bilbaíno Alberto de Palacio un proyecto que firma en 1889. Es una estación término o cabecera de línea, organizada mediante dos pabellones laterales paralelos a las vías y un cuerpo bajo uniendo ambos en la fachada que da a la plaza de Carlos V o glorieta de Atocha. Sobre este cuerpo bajo se muestra el gran frente de la enorme cubierta de andenes y vías, la imagen más significativa de la estación. La estructura de la cubierta fue calculada por el ingeniero Henry Saint James, también con el sistema De Dion. La cubierta presenta sección de casco de nave invertido ligeramente curvado y está formado mediante una sucesión de arcos estructurales de hierro roblonado, apuntados rebajados y una estructura secundaria también metálica. Todo ello se recubre con cristal a lo largo del centro de la nave y cinc en los laterales. La parte superior de los paramentos laterales presenta la entrada de luz. Las dimensiones de la cubierta son notables: 48 metros de luz, 152 de longitud y 27 de altura. La espacialidad interna es impactante y se enfatiza con la gran fachada acristalada de su frente de cabecera, tal como se ve en otras grandes estaciones europeas como Saint Pancras (Londres) o La Gare de L’Est y la Gare du Nord (París). Esta fachada transparente cierra el frente principal, dotando al conjunto de gran armonía. El cuchillo queda expuesto y se integra con los hierros decorativos del muro acristalado. La fachada se corona con crestería y grifos y preside el conjunto un globo terráqueo. Otra pieza acristalada forma el frente trasero de la zona de andenes y vías. La estación se finalizó en 1892, siendo construida por una empresa belga, la Société Anonyme de Construction et des Atelliers de Willebroeck. En 1985-1992 sufrió una remodelación, quedando la antigua estación como hall de la nueva.

  También existen en Madrid ejemplos de edificios que combinan formas tradicionales al exterior, con interiores de hierro y cristal. Algunos se destinaron a espectáculos públicos, necesitados de espacios de gran amplitud, con buena visibilidad, como el Nuevo Circo Teatro Price, obra del arquitecto Ortíz de Villajos, del año 1880. El espacio central estaba formado por una sala poligonal de 16 lados y una interior de 8 lados, con cubiertas de diferentes alturas sobre delgadas columnas de fundición. Por desgracia, fue derribado, al igual que sucedió con el Gran Panorama Nacional (Al comienzo de La Castellana), edificio destinado a muestra de grandes reproducciones de paisajes y monumentos españoles. Fue diseñada por Saínz de la Lastra en 1881.

  Otros ejemplos son la antigua Plaza de Toros (Fuente del Berro) de Rodríguez Ayuso y Álvarez Capra; el demolido frontón de Fiesta Alegre (cines Madrid, plaza del Carmen), del arquitecto Francisco Andrés Octavio o el todavía en pie, pero con gran deterioro, frontón Beti-Jai (Marqués de Riscal, 7) de Joaquín Rucoba Octavio de Toledo (1893-1899).