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PALABRAS MALDITAS

Escrito por Decineporlahistoria 11-05-2016 en CRÍTICA TEATRO. Comentarios (0)

La hacen en la sala Margarita Xirgú del Teatro Español (eso sala, porque teatro no es y, desgraciadamente, se nota, por esa sensación de amateurismo que conlleva, por mucha posmodernidad que denote y muy antiguo sea mi pensamiento, aspectos estos que como decíamos antaño, me la refanfinflan) y eso la lastra. La obra merece representarse en un escenario más complejo porque tiene entidad, otra cosa es que guste más o menos, o que consiga sus propósitos (nadie hace nada por nada). 

Y es que estamos ante un estupendo flashback, bastante conseguido. Una poetisa de origen gallego y que ha labrado su fama en México, es entrevistada por una joven periodista a la que cuenta las causas que le llevaron al contacto con Erato y el posterior reconocimiento internacional. En un momento determinado la periodista le pregunta sobre su seudónimo Vicente Rincón y ella, sorpresivamente, le dice que tal persona existe... o existió. Y, entonces, comienza la historia. Independientemente de que no me gusta que los actores entren y salgan en oscuro en los cambios de escena, en este caso tiene un pase porque no les queda otra, dada la cutrez del "teatro". Así, los cambios se hacen con oscuros y con un trajín de tazas de café que sorprende que no se caigan o que los actores no tropiecen en sus desplazamientos. Dejando de lado las cuestiones de puesta en escena (nada del otro mundo, por cierto), y centrándonos en un texto que fue accésit al Lope de Vega, indicar su corrección (el autor, Eduardo Alonso, ha leído mucho teatro y ha visto mucho teatro, también lo ha dirigido y se nota), su carga emocional indudable y su visita a sitios comunes con los que el público se identifica. Dicho esto y por esos sitios comunes la historia resulta previsible desde el principio (sabemos qué va a pasar en el encuentro entre la prostituta y el profesor de francés perseguido por los falangistas), pero no importa, porque el texto es estupendo, las interpretaciones muy ajustadas (quizá sobreactuada Sara Casasnovas y pelín floja Luma Gómez), especialmente la de Miguel Insúa, y las situaciones se dejan ver, aunque no las sepamos de memoria, porque ya las hemos visto y vivido en otras obras, en otras novelas o en otras películas. 

La vuelta al trasfondo de la posguerra resulta, por un lado, cargante, por su maniqueísmo, pero, por otro lado, edificante, porque de alguna manera puede ser una metáfora sobre la carga que supuso para la creatividad literaria y para la intelectualidad no solo la guerra civil, sino y, sobre todo, el sesgo que adoptaron los vencedores, obligando al exilio a mentes extraordinariamente lúcidas que se perdieron irremediablemente para una España que necesitaba encontrarse a sí misma.

Función que merece verse, pero no en esas condiciones.

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Y LA CASA CRECÍA

Escrito por Decineporlahistoria 11-05-2016 en CRÍTICA TEATRO. Comentarios (0)

La vi de chiripa y me gustó. Jardiel Poncela renacido, me dije, porque entra de lleno en el género del teatro de lo absurdo, nacido como una crítica contra la ambición humana y la esclavitud que conlleva. Y dicho esto, que se me antoja un perfecto resumen, decir que asombra en casi todo. Espectacular la escenografía (la casa crece de verdad, se multiplican las habitaciones, la altura de las columnas, los espacios de representación), los giros de guión (valga el ejemplo cinematográfico por su fácil traslación al séptimo arte), los enredos y situaciones. Los actores están más que correctos, bien elegidos y dirigidos por el propio autor, Jesús Campos. El texto, en resumen, asombra, y, aunque pretenda hacer reír con la absurdez de la historia, no siempre lo consigue porque algunos gagas no funcionan del todo, sobre todo, cuando te das cuenta de que la casa crece y ya no hace falta insistir en la abundancia de habitaciones y, especialmente, en el tramo final, con esa especie de moraleja de andar por casa sobre la ambición de los poderosos expuesta físicamente por personajes históricos, que elevan lo absurdo a grado sumo. Merece la pena verse, aunque sea por la calidad escenográfica. No obstante, la historia, a mi juicio, decae al final, porque se fuerza en exceso la situación. Recomendable.

CALIFICACIÓN:    

EL LIBRO DE LA SELVA

Escrito por Decineporlahistoria 11-05-2016 en CRÍTICA DE CINE. Comentarios (0)

Jon Favreau es un director especializado en grandes producciones plagadas de efectos especiales y le ha ido bien, porque ha repetido dos veces con Iron Man (en la tercera fue el productor). Tanto "Elf", como Zathura", sus primeros films, no dejan de ser unas aproximaciones, que explota en "Aliens & Cowboys", ese engendro que funciona por su ritmo y acción, pero que carece de pies y, sobre todo, de cabeza y que confirma en este acertado "Libro de la selva", todo el construido digitalmente en estudio y que mantiene el encanto de la película original de Disney. Aunque el niño (Mowgli) resulta algo soso al principio, con el avance de la historia se va entonando y, al final, resulta hasta creíble su hazaña contra Shere Khan. Chocan las proporciones de los animales, el orangután convertido en Gigantopithecus prehistórico y el desmesurado tamaño de la serpiente Kaa, una especie de anaconda descomunal trasladada a la selva indostánica. También produce cierto recelo la facilidad con la que algunos animales hablan (no sé por qué no lo hacen todos y algunos hasta cantan), pero te acabas acostumbrando porque entras en el juego con facilidad, dada la fascinación de las imágenes. El ritmo es trepidante (las casi dos horas te parecen cortas), las situaciones se enlazan con la armonía de los clásicos, nada chirría en exceso y todo resulta creíble, por más increíble que pueda parecer. Es la magia Disney hecha carne. Película familiar que busca el entretenimiento y lo consigue. No esperéis otra cosa. Me gustó.

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CIEN AÑOS DE PERDÓN

Escrito por Decineporlahistoria 11-05-2016 en CRÍTICA DE CINE. Comentarios (0)

Película interesante de Daniel Calparsoro y guión de Jorge Guerricaechevarría. El sencillo y bien estudiado atraco a un banco se complica por algo tan imprevisible como la lluvia. La situación, los personajes, el ritmo, la tensión están más que conseguidos. No importa el Macguffin que se inventan mediado el metraje. Lo importante es la brillante puesta en escena, las ajustadas interpretaciones, el diálogo de besugos que se establece entre la policía y los atracadores que tienen objetivos muy distintos, las angustias y ambiciones que se cruzan y entrecruzan y que demuestran que, en ocasiones, no es oro todo lo que reluce y que siempre, siempre, las apariencias engañan. No conviene destripar la trama, porque el visionado del film se vendría abajo, pero es ciertamente muy recomendable pese a su flojo final.

CALIFICACIÓN:       

13. TIEMPO DE VÍSPERAS. LA EXPANSIÓN DE LA INDUSTRIALIZACIÓN

Escrito por Decineporlahistoria 11-05-2016 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

En la expansión de la revolución industrial, el proceso de difusión empezó cuando otras naciones se dieron cuenta de que los británicos contaban con ciertos procedimientos industriales que les daban resultado y ventajas. Por ello, los ingleses promulgaron muchas leyes para que no salieran del país las nuevas máquinas o sus proyectos. Esas leyes no se abolieron hasta 1845, cuando ya eran claramente obsoletas.

Los franceses enviaron espías a Inglaterra y ofrecieron grandes sumas de dinero a los obreros ingleses que llevaran sus conocimientos técnicos a Francia. William Wilkinson, Ferrero y metalúrgico, se trasladó a Francia y cooperó en el montaje de un centro metalúrgico en La Creusot. William Cockerill y su hijo John llevaron consigo planos de maquinaria textil a lo que hoy es Bélgica. Y Samuel Slater, constructor de maquinaria textil, marchó a Rhode Island y, en compañía de Moses Brown, montó un próspero negocio de hiladas en los EE.UU.

Durante la primera fase de difusión, las industrias que se extendieron no requerían grandes inversiones iniciales, además de una estrecha relación con Inglaterra y unas condiciones similares. El capital podía irse formando gradualmente con los beneficios obtenidos. También se dieron como condiciones básicas la existencia de un mercado, energía hidráulica, mineral de hierro, carbón o mano de obra barata, lo que podía garantizar un bajo coste de producción. Así se extendió la industria textil a Mülhaussen (Alsacia) con abundante energía hidroeléctrica o a Nueva Inglaterra por idéntico motivo. También llegó a Gante (Bélgica) y Chemnitz (Alemania), donde había importantes reservas de carbón.

A mediados del siglo XIX, este primer periodo había concluido, comenzando una segunda fase que llegaría hasta la Primera Guerra Mundial. En este segundo periodo, la industria se trasladó primero a la periferia de las antiguas áreas industriales y luego a aquellos lugares donde la extracción de las materias primas fuera económica. Zonas como el valle del Ruhr y la Silesia en Alemania, el norte de Francia, la zona valona de Bélgica, y las ciudades o poblaciones costeras, o situadas junto a canales o vías fluviales, se convirtieron en emplazamientos adecuados. Entre 1880 y 1910 la revolución industrial se extendió a la mayor parte de Francia y de Bélgica, a toda la Alemania situada al oeste del Elba, especialmente a lo largo del Rin, Hannover, Sajonia, Bohemia, la parte central de Austria, y la parte septentrional de Italia, en particular el Piamonte y la Lombardía. En 1890, el Reino Unido, Francia, Bélgica, Alemania, Italia y Suecia producían el 83% de los productos manufacturados europeos y, en 1914, el 74%.

No obstante, merece destacarse el fuerte crecimiento alemán por obtener de Inglaterra y Francia capital y tecnología para su propia industrialización, por dedicar todos sus esfuerzos al desarrollo industrial, mientras Francia y el Reino Unido creaban su imperio colonial, porque tenía hulla más que suficiente y unos recursos químicos superiores, y, en última instancia, Alemania desarrollo un sistema científico-educativo mucho más eficaz que el resto.

Otro aspecto más del segundo periodo de la industrialización europea vino representado por las contribuciones en el campo de la tecnología de la mecanización. En primer lugar, para la obtención de acero barato es de destacar las contribuciones del inglés de origen alemán, William Siemens y de los hermanos franceses Emile y Pierre Martin en la década de 1860. El inglés Joseph Aspdin inventó el cemento Portland, el alemán Friedrich Wöhler descubrió el aluminio; Gotlieb Daimler, también alemán, perfeccionó el motor de combustión interna; el belga Ernst Solvay descubrió el proceso electrolítico para la producción de sosa a partir de la sal común; el sueco Alfred Nobel inventó la dinamita, mientras el italiano Guglielmo Marconi inventaba la radio.

El transporte se desarrolló de forma paralela. Europa quedó atravesada por tendidos ferroviarios; en el último cuarto del siglo XIX el barco de vapor superó al de vela y los canales interoceánicos de Suez, Panamá y Kiel acortaron las distancias. En 1914, el tonelaje mundial de navegación oceánica estaba en torno a los 20,5 millones de toneladas. Gracias a esto, Europa se convirtió en el taller del mundo.

El incremento de la producción industrial sufrió diversos vaivenes o ciclos, cuyas ondas iban del punto máximo al mínimo en un periodo de 2 a 4 años. La oscilación hacia arriba se caracterizaba por el optimismo de los empresarios por la expansión de las instalaciones, el pleno empleo y el aumento de precios. Cuando se llegaba a un punto en el que los empresarios creían que ya no podían vender más artículos a los precios existentes, dejaban de ampliar las instalaciones, echaban obreros y empezaban a rebajar los precios para liquidar existencias. La más profunda de estas depresiones fue la de 1929, pero antes hubo una larga depresión entre 1873 y 1896; de hecho, muchos economistas creyeron que la posibilidad de una expansión económica posterior pasaba por la expansión geográfica, contribuyendo a la oleada imperialista de 1870 a 1914.

Otra preocupación provenía de la fuerza del trabajo. Los trabajadores ya no eran los dueños de los medios de producción y dependían de sus salarios, que a su vez dependían del empresario y del éxito de su empresa. Muchos pensadores intentaron buscar soluciones a la situación de los obreros en el capitalismo. Lógicamente, los liberales eran partidarios de la autorregulación del sistema, que haría sobrevivir a los más aptos, generando una fuerte injusticia social. Por ello, las transformaciones sociales vinieron de la mano de los críticos del sistema que, o bien querían sustituirlo por un modelo utópico, o bien querían derrocarlo completamente. De esta manera y de forma paulatina se produjo una mejora de las condiciones del trabajador por la presión de los sindicatos; la gradual devolución a los trabajadores de muchos de los productos del trabajo y, finalmente, la aparición del Estado asistencial, responsable del bienestar de todos y de la protección del individuo desde su nacimiento hasta su muerte.

Una economía mundial.

Aunque la industrialización estuvo centrada durante el siglo XIX principalmente en Europa occidental y en los EE.UU., sus efectos fueron de alcance mundial. Ya a finales del siglo XVIII, el esquema de una economía mundial, además de la Europa occidental, abarcaba Rusia, la India, las Indias orientales, Oriente Medio, África septentrional y occidental y las Américas. El comercio se había multiplicado en el transcurso del siglo; la navegación había aumentado en volumen y velocidad, y se habían forjado fuertes lazos financieros.

El comercio, las migraciones y los asentamientos coloniales no solo condujeron a la difusión de ideas, técnicas y productos, sino también a la de cultivos, como la caña de azúcar, el café, el algodón, el maíz, las patatas o el tabaco. Sin embargo, el comercio mundial quedaba limitado a las zonas costeras y a lo largo de los grandes ríos. La expansión hacia el interior, y su difusión por China, Japón, Oceanía y África fue obra del siglo XIX, gracias a la revolución de los medios de transporte, las migraciones, la colonización de vastas áreas, el desarrollo de la industria europea, la inversión del capital europeo y la multiplicada expansión comercial.

En el ámbito oceánico la máxima velocidad en navegación a vela se consiguió con los “clipper” en la década de 1850, llegando a los 15 nudos (x 1,8 km = 27 km/hora). En el transporte por tierra no hubo un progreso paralelo. Lo único, la ampliación de la red fluvial allí donde se podía. El transporte por carretera continuaba siendo lento, incierto y caro, hasta la llegada del ferrocarril en la década de 1830. En 1850, los EE.UU. contaban con 15.000 km. De vías; Gran Bretaña casi 11.000; Alemania, 6.500 y Francia, 3.000. Veinte años después se construían los ferrocarriles intercontinentales: los EE.UU en 1869; el Bombay-Calcuta en 1870; Canadá en 1885; el Calais-Constantinopla en 1888; el Transiberiano en 1903 y el Argentina-Chile en 1910.- El tendido ferroviario continuó a un ritmo imparable hasta después de la Primera Guerra Mundial. Hoy en día existen menos vías férreas que en 1914.

Los barcos a vapor comenzaron su andadura en 1807 (Fulton), demostrando su importancia en los ríos norteamericanos ya en la década de 1810. Hacia 1850 navegaban por el Ganges, el Nilo, el Amazonas y el Río de la Plata. El uso del acero en lugar de la madera, la sustitución de las paletas por hélices propulsoras y la introducción del motor compuesto permitieron a los barcos competir con los de vela en la navegación oceánica. Determinante fueron las aperturas de los Canales de Suez (1869) y Panamá (1914).

En 1890, Gran Bretaña poseía las tres cuartas partes del tonelaje mundial y botaba los dos tercios de los nuevos navíos, pero a partir de entonces tuvo que afrontar la competencia de Alemania, EE.UU., Noruega, Japón y otros países ya en menor medida.

El desarrollo del automóvil y el aeroplano no solo redujo considerablemente el tiempo de recorrido, también abrió grandes zonas del mundo. Paralelamente, el telégrafo, usado por primera vez en 1844, se difundió rápidamente. En la década de 1850 los hilos y cables submarinos llegaban a Sicilia y Malta y también a la India y a extensas áreas de Oriente Próximo. Hacia 1902 se habían tendido 480.000 km de cables submarinos, la mayoría propiedad de Gran Bretaña.

El abaratamiento de los transportes favoreció la colonización de unos 21 millones de km². Otros factores fueron el rápido crecimiento de la acumulación de capitales, la tierra virgen y las diversas ayudas ofrecidas a los inmigrantes y la disminución o eliminación de los aranceles sobre las importaciones de productos agrícolas a Europa occidental.

Pueden distinguirse cinco corrientes principales de migración intercontinental: de Europa a América, Oceanía y África del sur y oriental; de Rusia a Siberia y Asia Central; de Europa meridional a África del Norte; de China y Japón a Asia oriental y meridional; y de la India al Sudeste de Asia y a África del sur y oriental. Los inmigrantes y sus descendientes suponían más de la mitad del crecimiento de la población de Argentina y Siberia, dos terceras partes de la de EE.UU y Brasil y menos de la quinta parte de Canadá.

En los años 30 del siglo XX la población europea del norte de África superaba los dos millones. Controlaba la actividad industrial, comercial y financiera y una gran parte del sector agrícola. Constituían el grueso de las clases empresarial y profesional y la mayor parte del trabajo cualificado. Pero siguieron representando un grupo claramente distinto, objeto de la animadversión nacionalista, provocando un éxodo masivo después de la Segunda Guerra Mundial, que suprimió el asentamiento europeo en esta región del planeta.

Algo parecido sucedió con la emigración asiática. Tras la pérdida del imperio, seis millones de japoneses volvieron a su patria, dos de ellos desde China. Chinos e indios, que se extendieron por las costas del océano Índico, al no fundirse con la población autóctona, muchos tuvieron que volver a sus respectivos países cuando Birmania, Vietnam, Malasia e Indonesia obtuvieron la independencia.

En los cincuenta años anteriores a 1914, las diferentes partes del mundo se vincularon a través de las actividades comerciales y financieras más que en toda la historia anterior (R.C.O. Mathews). Los vínculos eran las monedas convertibles basadas en el patrón oro, una red cada vez más extensa de actividades bancarias, un flujo masivo de capital y la liberalización del comercio. En todos estos procesos el papel principal lo tenía Gran Bretaña, hasta el estallido de la Gran Guerra.

El patrón oro se impuso a partir de 1870 con el incremento del suministro de oro procedente de Siberia, California, Australia y África del Sur. El periodo del patrón oro dominado por Gran Bretaña (hasta 1914) fue una época de relativa estabilidad de precios.

Desde el fin de las guerras napoleónicas, Inglaterra concedió préstamos en una escala sin precedentes, llegando a los 4.000 millones de libras esterlinas hacia 1914, suponiendo casi la mitad del ahorro británico. Francia llegó al tercio y Alemania poco más de la décima parte. Siendo el total de la inversión mundial de unos 44 billones de dólares (unos 2 billones de libras). El grueso de este capital llegó a áreas de asentamiento reciente como EE.UU., Canadá, Argentina, Brasil, Australia, Nueva Zelanda, África del Sur y Rusia, buena parte destinada a la construcción de ferrocarriles. Mientras el destinado a la India y Egipto estaba ligado al aumento del precio del algodón.

La mayor parte de esta inversión de capital contribuyó a la economía de los países prestatarios si bien una cantidad sustancial se empleó en usos improductivo y dejó una pesada carga de deudas, en particular en el Oriente Medio y en algunos países latinoamericanos. El valor de todas las importaciones y las exportaciones se disparó de 340 millones de libras en 1820 a 8.360 millones en 1913, siendo una tasa de crecimiento sin precedentes y Gran Bretaña la que marcó el camino agilizando las transacciones, al reducir o eliminar los aranceles sobre navegación y comercio; de tal manera que, entre 1850 y 1870, hubo un periodo de libre comercio virtual que terminó por la gran depresión de los años 1870-1880 y la vuelta al proteccionismo. Este intercambio impulsado por el desarrollo industrial, las exportaciones de capital y la política comercial estimularon la producción agrícola y minera fuera de Europa, favoreciendo a Europa occidental que, a su vez, exportaba productos manufacturados y equipamiento.

La Gran Guerra quebrantó el sistema financiero internacional y trastocó la circulación del capital. El resultado fue la aceleración del nacionalismo en todo el mundo; cada pueblo, para ser fuerte, debía alcanzar la independencia política e industrializarse.

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL EN EL CINE

No hay demasiadas películas que traten este periodo, aunque algunas de las que existen son realmente muy recomendables, como “¡Qué verde era mi valle!” de John Ford, o “Germinal” de Claude Berri (basada en la novela de Zola), sobre la minería. Menos conocidas, pero también notables son la belga “Daens”, de Stijs Coninjs, sobre la vida del sacerdote católico Adolf Daens que luchó por los derechos de los trabajadores en plena segunda revolución industrial; “El corazón de la tierra”, de Antonio Cuadri, sobre la explotación de las minas de Riotinto por una compañía británica; “La tierra de la gran promesa” de Andrej Wajda, que retrata los entresijos de una empresa textil; o “La sal de la tierra” de Wim Wenders, sobre la vida del fotógrafo brasileño Sebastiao Salgado y su mirada hacia los desfavorecidos del planeta.

Muy interesantes son “Tiempos modernos”, de Charlie Chaplin; “La huelga” de Sergei M. Eisenstein; u “Oliver Twist” en sus diferentes versiones (la de Polansky es la mejor, pero también es notable la de Carol Reed, tratada como un musical).

Más cercanas en el tiempo y que tratan los conflictos de los trabajadores con los empresarios son “Todo va bien” de Jean Luc Goddard o “Pan y rosas” de Ken Loach.

Tratan de refilón la cuestión: “Gangs of New York” de Scorsese, “Noveccento” de Bertolucci o “Amistad” de Spielberg. Interesantes son sin suda “Pozos de ambición” de Paul Thomas Anderson; “Gigante” de George Stevens, ambas sobre el impacto social y económico del petróleo; y “Norma Rae” de Martin Ritt y “Sacco e Vanzetti” de Giuliano Montaldo, las dos sobre las luchas de los trabajadores contra los patronos.