12. TIEMPO DE VÍSPERAS. LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL EN INGLATERRA.

Escrito por Decineporlahistoria 19-03-2016 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

La Revolución Industrial supuso un cambio en los modos de producción, de manual con ayuda de herramientas sencillas al empleo de maquinaria y procesos químicos más complejos, gracias a una fuente de energía inanimada. Los avances necesarios se produjeron en Gran Bretaña durante la segunda mitad del siglo XVIII. Más que cualquier otro estado, contaba entre 1750 y 1850 con varias ventajas o factores necesarios. En primer lugar, fue el principal innovador de los métodos que habían de hacer las materias primas más útiles al ser humano, aunque no tuviera el monopolio de las invenciones. Lavoisier descubrió la naturaleza química de la combustión; otro francés, Berthollet, desarrolló el ácido prúsico (cianhídrico), y empleó cloro para el blanqueo; Leblanc descubrió un procedimiento para la obtención de sosa a partir del agua marina. Louis Robert descubrió el procedimiento de la obtención de papel en cintas continuas. El norteamericano, Eli Whitney, inventó la desgranadora de algodón, y el alemán Liebig determinó los principales componentes químicos de las plantas, sentando las bases para la industria química de los fertilizantes.

En la industria textil algodonera, en 1821 Inglaterra recibía el 70% de las exportaciones americanas de algodón en bruto. En 1840, extraía 31 millones de toneladas de carbón. En 1850 poseía más toneladas netas de barcos mercantes que Francia, EE.UU y los estados alemanes juntos. En 1870 producía más acero que Francia y Alemania juntas. Esto le dio a Inglaterra una posición de dominio militar, especialmente naval, que le permitió apoderarse de extensas colonias. De esta forma, las restantes naciones vieron con toda claridad que tenían que industrializarse para sobrevivir.

En el campo de la agricultura, los latifundistas empezaron a consolidar e incrementar sus propiedades, con frecuencia a costa de los pequeños propietarios, en inferioridad de condiciones por la falta de capital, los impuestos y la escasa productividad. De estos, los más capaces, se convirtieron en arrendatarios, otros vendieron sus tierras y se fueron a la ciudad, y una importante mayoría se hizo jornalero, surgiendo así el modelo victoriano de terrateniente rural que vivía de sus rentas. La exigencia de administrar grandes fincas dio lugar a métodos nuevos. El más importante fue el cercado (enclosure), sustituyendo el viejo sistema de campos abiertos (openfield). El cercado permitió los nuevos cultivos rotatorios y la mejora de la ganadería, formulándose muchos proyectos para la aplicación de la maquinaria a la agricultura. No obstante, la producción agrícola no parece haber aumentado de forma notable en el siglo XVIII, dependiendo el aumento de la población de la importación de cereales.

Pero sí fue notable el incremento del comercio exterior, pese a la contracción del mercado europeo, compensada con creces por el aumento de la demanda de artículos ingleses, procedente de las áreas tropicales y de las colonias norteamericanas, aportando un capital excedente destinado a la inversión y potenciación de su maquinaria comercial.

El cambio fundamental fue el rápido crecimiento de la población iniciado en la década de 1740. Las causas de este aumento son diversas: disminución de la mortalidad, aumento de la tasa de natalidad por, entre otras cosas, la reducción de la edad de matrimonio, mejores condiciones de vida… Entre 1750 y 1820 la población se duplicó, y había que alimentar, vestir y alojar a toda esta gente. Las ciudades crecieron por la inmigración rural y el aumento natural, rebasando las estructuras medievales.

La industria se vio obligada a encontrar soluciones al aumento de la demanda. En un principio, el sistema más natural y rentable fue la subdivisión y especialización que permitía un mercado en expansión, siguiendo el ejemplo del comerciante, que si al principio del siglo XVIII podía comprar y vender una amplia variedad de artículos, poseer o alquilar barcos y operar como asegurador o banquero, a finales se especializó en una rama de la actividad e incluso en la compra-venta de un artículo concreto.

En la industria del hierro se recurrió a métodos más revolucionarios. La antigua industria inglesa del hierro basada en hornos y forja de carbón de leña no podía hacer frente a la demanda, incluso cuando la hulla sustituyó al carbón vegetal. Habrá que esperar a que la máquina de vapor inyecte aire caliente en 1770 y al procedimiento Cort de pudelado para que se haga efectivo el progreso. Luego cooperaría en la revolución de la industria minera, profundizando la excavación con un equipamiento más elaborado para las técnicas de arrastre, elevación y bombeo.

La industria textil no requería una maquinaria tan costosa, pero si un urgente aumento de la productividad. La lana no era ya una industria de vanguardia, porque lo que el mundo quería era ropa de algodón. La nueva materia prima había llegado desde la India en el siglo XVII. Contaba con una ventaja, era nueva y no tuvo que luchar contra la tradición artesanal, favoreciendo la experimentación mecánica que dio lugar a avances que aumentaron la productividad: la lanzadera volante, la Jenny, la wáter frame, la mule. La mecanización llegó primero al hilado. En la segunda mitad del siglo XVIII la industria del algodón fue la primera en convertirse en una producción fabril a gran escala. En 1769, James Watt había encontrado un procedimiento para aumentar la eficacia de las máquinas de vapor utilizadas desde finales del siglo XVII para bombear en las minas. Pronto fue adoptada por la industria siderúrgica para inyectar aire caliente y accionar los martillos a vapor. En la década de los 80, Watt vio la manera de convertir el braceo lateral de su máquina en movimiento circular, lo que permitió montar las fábricas en las ciudades.

Pero lo que dotó a la población de una conciencia mayor sobre las transformaciones industriales fue el ferrocarril, inaugurado con la línea de pasajeros Liverpool-Manchester en 1830. Concebido al principio como complemento de la red de caminos y canales tendidos por toda Inglaterra a finales del siglo XVIII, acabó acaparando el transporte. Casi todos los aspectos de la vida inglesa se vieron afectados: se aceleró el movimiento de pasajeros, el correo y el transporte de mercancías; a todo el país accedieron materias primas y productos manufacturados; la fisonomía del territorio cambió con la aparición de viaductos, tajos, túneles…

La revolución industrial fue producto de cientos de personas de amplio espectro: mercaderes, hacendados, terratenientes, incluso clérigos disidentes, artesanos…, empresarios, en suma. La ley y los prejuicios heredados les negaron las ventajas de la moderna sociedad por acciones. Hasta 1844 no fue fácil asociarse y hubo que esperar a 1855 para que se aprobara la responsabilidad limitada.

Inglaterra tenía la fortuna de contar con un sistema bancario desarrollado, que podía conceder préstamos a los inversores o a las empresas, y que movía el dinero allí donde existía una mayor demanda. En lo más alto estaba el Banco de Inglaterra, fundado en 1694, un banco por acciones de propiedad privada, que se dedicaba básicamente a las necesidades del gobierno. Sin embargo, hasta finales del siglo XIX no asumió el papel de banco central. Por ello, la banca inglesa estuvo sujeta a los vaivenes cíclicos de la economía, no teniendo capacidad para impedir la desaparición de empresas en los periodos de crisis, y con ellas, los medios de subsistencia de sus obreros, a menudo las reputaciones de los propietarios.

En cuanto a los trabajadores, durante el siglo XVIII eran una masa de obreros cualificados y no cualificados, que constituían una compleja jerarquía de rentas y posición social. El industrialismo aumentó esta complejidad, incluyendo responsabilidades nuevas para los más capaces y ambiciosos. Por otra parte, se abrieron nuevas oportunidades de empleo para mujeres y niños, de los cuales solía haber mayor demanda en algunas industrias. Y, de esta manera, los trabajadores se hicieron conscientes de las distinciones que se establecían a través de la instrucción, la preparación y la educación; y de pertenecer a una clase social, con intereses comunes que habían de defender frente a los patronos. Precisamente por esto, los empresarios se mostraron resueltamente contrarios a los sindicatos, que serían puestos fuera de la ley en 1799 y 1800, aunque se les legalizó en 1824 y echaron a andar de una manera reconocida, sólida y estable entre 1840 y 1860.

A lo largo del siglo XVIII tuvo lugar una mejora continua del nivel de vida de la clase trabajadora, excepto en los peores trabajos pesados, restos de sastrería, costura, elaboración de tabaco, y algunos otros ejemplos de un sistema doméstico que desaparecía paulatinamente. Lo que no es óbice para que estuviera expuesta a la enfermedad, orfandad o viudedad sin protección, o a ser echado del trabajo con motivo de una recesión.

El modelo económico que amparó este cambio fue el LIBERAL. La obra fundamental fue Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (1776) de Adam Smith, seguida de la sistematización del pensamiento económico realizada por David Ricardo 40 años después. Aún centrados en los problemas derivados de las relaciones entre el terrateniente, el capitalista y el trabajador, así como en la naturaleza de la renta, lo cierto es que sus teorías se podían aplicar al análisis de la sociedad industrial y llevar en última instancia al socialismo a través del binomio valor-trabajo, expuesto por Ricardo. No obstante, la visión optimista de Adam Smith sufrió un primer contratiempo por el impacto del principio malthusiano de la población. Teniendo en cuenta que buena parte del pensamiento social y económico victoriano estuvo dominado por la noción de un fondo salarial a dividir entre los trabajadores disponibles, cuanto más eran estos a menos tocaban, resultando un obstáculo para el crecimiento y el progreso capitalista.

Otras corrientes de pensamiento trataron de suavizar la lucha de clases que se adivinaba con actitudes caritativas, que condujeron a la fundación de hospitales, escuelas y demás instituciones dirigidas a mejorar la calidad de vida, como contraste con un estado que se había mostrado ineficaz y corrupto.

En cualquier caso, surgieron ajustes sociales de carácter público aplicables a un mejor tratamiento de la justicia social, como la creación de la policía, una administración de justicia más humana, la relevancia social de la familia, la tradición del orden jerárquico y, sobre todo, una revolución moral que humanizó el trabajo, el sexo, las conductas privada y pública y la idea de respetabilidad, muy apreciada por una clase media en crecimiento. Así, la sociedad de mediados del siglo XIX fue cada vez más segura, confortable y pacífica.

Los defensores del laissez faire tuvieron que recurrir al estado para eliminar los obstáculos mercantilistas, para revisar el sistema impositivo en beneficio del libre cambio y para que se agilizara el movimiento de trabajo y capital. Cada vez más se recurrió al Estado como árbitro regulador entre patronos y trabajadores. También atendió a la educación, primero subvencionando la construcción de escuelas, luego legislando planes de estudio, formando maestros y creando una red de escuelas públicas. Ferrocarriles, constitución de sociedades por acciones, actividad bancaria, enseñanza y comunicaciones, quedaron sometidas, en mayor o menos medida, a la regulación del Estado.

Pero ante todo, el Estado tuvo que hacer frente a la pobreza; en Inglaterra mediante la Ley de Pobres de 1834. También se enfrentó a los problemas de vivienda y la sanidad pública en las ciudades de rápido crecimiento. De tal manera que, a mediados del siglo XIX, el Estado se había convertido en el principal instrumento de control y guía de la vida de los ingleses.

Hacia la década de 1860 la red ferroviaria había sido sustancialmente completada, la agricultura tradicional había alcanzado su culminación, y la economía librecambista se mantenía libre de críticas. La liberalización económica se había ido implantando de forma gradual desde 1820, con las leyes del grano de 1846 y de navegación de 1849. En la actividad comercial, como en política exterior, Gran Bretaña era el líder mundial indiscutido; aunque ya se adivinaba en el horizonte la presencia de competidores que iban a minar tal dominio.