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EL RENACIDO

Escrito por Decineporlahistoria 25-02-2016 en CRÍTICA DE CINE. Comentarios (0)

Film del mexicano González Iñárritu, de planteamiento épico que se deja ver por la fuerza de las imágenes, por cómo lo cuenta y no por lo que cuenta que, en suma, no es más que la historia de una venganza. No nos sumerge en las dificultades que tuvieron los pioneros europeos en una Norteamérica libre y fértil, nos introduce en una historia simplemente pasable que nos muestra que el protagonista, papel inmenso el de Leonardo diCaprio, tiene más vidas que un gato. Pero la envoltura es excelente, tanto que parece un documental de National Geographic, por la minuciosa descripción de una naturaleza implacable en una estación hostil como es el invierno y unos pueblos amenazados por la llegada del hombre blanco, que intentan defenderse de su agresividad (raptaban a las mujeres indígenas para aliviar sus ardores sexuales). Lo peor, la excesiva duración. Si el guión hubiera caído en manos de pongamos por ejemplo, Raoul Walsh o William Wellman, tendríamos una obra maestra. Demasiada nieve, demasiado cielo, demasiados ojos y miradas, hay un exceso de planos detalle sin lógica alguna. Recomendaría a los directores actuales que dejaran de mirarse tanto en el ombligo de autores como Lynch, Tarantino o Malick, cuya principal aportación es la puesta en escena y un tratamiento de la violencia heredada del gran Sam Peckimpah. Preferiría que volvieran sus ojos al Kurosawa de Ran o de Dersu Usalá, y aprendieran que la violencia no está en las imágenes, sino en los ojos de los que la contemplan, en los sentimientos de quienes la padecen. El realismo se encuentra en ser conscientes de cómo actuarían seres normales en situaciones anormales sin mostrar divismos, egocentrismos o lucimientos de cara a la galería. Que la naturaleza es salvaje, pues vale; que los seres humanos somos una calamidad, ya lo sabemos, que si sumamos dos más dos salen cuatro; qué nos queda entonces de El Renacido que no hayamos visto en por ejemplo "El hombre de una tierra salvaje", de David Sarafian y protagonismo de Richard Harris, con quien tiene notables similitudes, como que el prota es atacado por un oso, los compañeros le abandonan y tras muchos esfuerzos llega hasta ellos en pleno invierno (también hay mucha nieve). Pero el hecho de que mi mirada cinematográfica esté harta de películas de escasa o nula aportación a la historia del cine, no significa que El renacido no sea una película recomendable. Todo lo contrario, hay que verla, porque de lo que tenemos en las salas es de lo poco que se salva. Pero de ningún modo es una obra maestra y tampoco dejará una huella como por poner un ejemplo "Sin perdón" o "Ciudad de Dios". 

La interpretación es estupenda. Las escenas de acción están magníficamente rodadas. No hay muchos diálogos y el texto del protagonista es casi inexistente, pero bueno debía seguir el consejo de John Ford de no dejar hablar a los actores a no ser que tuvieran algo que decir y se ve que DiCaprio no lo tiene. La música acompaña muy bien y la fotografía es excelente.

CALIFICACIÓN:          

AVE CÉSAR

Escrito por Decineporlahistoria 23-02-2016 en CRÍTICA DE CINE. Comentarios (0)

Película de los hermanos Coen y ya por eso debería ser una garantía. Pues no, es un pestiño de descomunales dimensiones, que no acaba de arrancar en ningún momento. Cuando acaba la película todavía estamos esperando a que empiece. Ya fue muy mal recibida en Venecia y las críticas tampoco le han sido benévolas. Visionándola se entiende. Digamos que es una "boutade" que no funciona por un mal guión y una interpretación poco más que episódica de las estrellas. Clooney está, al igual que la Johansson; los dos pasan por ahí como el que no tiene otra cosa mejor que hacer. Menos mal que Josh Brolin está bien y da algo de empaque al desastre. Si no fuera por la mala estructuración y la poca habilidad que tienen los Coen para tratar la comedia (ya lo vimos en Crueldad intolerable, Ladykillers -les faltaba Alec Guines, claro-, y en Quemar después de leer), el tema podría haber dado de sí en las manos de un Mel Brooks o de un Woody Allen en estado de gracia. En fin, la peli trata de los entresijos de los estudios cinematográficos de Hollywood en plena guerra fría, con rapto de por medio y algunas escenas soberbias, como la del vaquero metido a galán de drama o la del pañuelo de Frances Mcdormand.

Para los incondicionales de los Coen y poco más. Los demás saldrán no solo decepcionados, también cabreados.

CALIFICACIÓN:  


11. TIEMPO DE VÍSPERAS. EL CONGRESO DE VIENA

Escrito por Decineporlahistoria 23-02-2016 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

Acuerdos previos

El 30 de mayo de 1814, las potencias firmaron un tratado con los Borbones franceses. Este “primer” tratado de París, reducía a Francia a sus fronteras de 1792, pero no ponía indemnizaciones ni reparaciones, e incluso permitía que las obras de arte, arrebatadas a Europa durante las guerras, permanecieran en París. Mientras, Napoleón era desterrado a la isla de Elba.

Dejaron las principales cuestiones para un congreso, que se debía celebrar en Viena, y que debía tratar, entre otras cosas, el futuro de Bélgica, Holanda, Alemania, Polonia, Italia y España. No obstante, tanto Rusia como Gran Bretaña colocaron por delante sus líneas rojas. Los rusos se negaban a discutir Turquía y los Balcanes, retenían Besarabia, conservaban Finlandia y los territorios arrebatados a los turcos en el Cáucaso. Los ingleses mantuvieron Malta, las islas Jónicas y Heligoland (isla alemana situada en el mar del Norte) En América, conservaban Santa Lucía, Trinidad y Tobago y reafirmaban sus derechos sobre el NO (Oregón, al que también aspiraban Rusia, España y EE.UU.) En el Índico, isla Mauricio; de los antiguos territorios holandeses se quedaron con el Cabo y Ceilán, pero devolvieron las llamadas Indias holandesas (Indonesia) En la India, se extendieron por el Decán y el Ganges superior. Sin rivales en los océanos y con un imperio en expansión, los ingleses iniciaban su siglo de hegemonía mundial (1814-1914).

El Congreso de Viena

Se reunió en septiembre de 1814. Todos los estados de Europa enviaron representantes (el español fue el marqués Gómez Labrador, tan ineficaz como su sustituto, el conde de Fernán Núñez, que finalmente ratificó el Acta el 4 de junio de 1817, año y medio después de que lo hicieran las grandes potencias); y muchos estados desaparecidos enviaron agentes para defender su restauración. Pero, en realidad, fue en el Congreso de Viena donde surgieron los términos de “grandes y pequeñas” potencias. Francia estaba representada por Talleyrand, Inglaterra por Castlereagh, Austria por Metternich, Prusia por Hardenberg y Rusia por el zar Alejandro I.

El Congreso levantó una barrera de fuertes estados a los largo de la frontera oriental francesa. La histórica República Holandesa, extinguida en 1795, fue resucitada como reino de los Países Bajos, con la casa de Orange como monarquía hereditaria y con el añadido de Bélgica. En el sur, el reino italiano de Cerdeña era restaurado y fortalecido con Génova. Casi toda la orilla izquierda del Rin fue cedida a Prusia, baluarte contra Francia y contra Rusia en el este. En Italia se asentaron los austriacos, recuperando la Toscana y el Milanesado y anexionándose Venecia. El Papa era restaurado en los Estados Pontificios y los antiguos gobernantes en los ducados menores. Murat se mantuvo en Nápoles y a la emperatriz Mª Luisa se le entregó Parma y Guastalla. Los Borbones y los Braganza volvieron a España y Portugal respectivamente.

En Alemania, los reyes de Baviera, Württemberg y Sajonia conservaron la corona. El rey de Inglaterra, Jorge III, fue reconocido como rey de Hannover. Los 39 estados germánicos, incluidos Prusia y Austria, se unieron en una vag confederación, ignorándose el nacionalismo alemán.

La cuestión polaco-sajona

Los rusos aspiraban a una Polonia unificada con Alejandro I como monarca constitucional, igual que pretendía hacer con un Gran Ducado de Finlandia, de la que sería su duque. Los prusianos lo aceptaban a condición de recibir el reino de Sajonia.

Pero ni Metternich ni Castlereagh estaban de acuerdo, y es entonces cuando resurgió Francia con el hábil Talleyrand al frente. El 3 de enero de 1815 firmaban los tres un Tratado secreto comprometiéndose a ir a la guerra, en caso necesario, contra Prusia y Rusia. De inmediato, Alejandro I propuso una transacción, cediendo en Polonia, que quedó reducida y durante 15 años, teniendo como rey al zar ruso. Por su parte, Prusia obtuvo solo unas 2/5 partes de Sajonia, quedando el resto como reino independiente. De esta manera, el centro de gravedad de ambas potencias se desplazó al oeste. Rusia casi hasta el Oder y Prusia hasta las fronteras de Francia.

Solucionada la cuestión polaco-sajona, el Congreso abordó otros problemas menores, como la regulación de ciertos ríos o la prohibición del comercio de esclavos en el Atlántico, de poca eficacia. Estaban trabajando en la redacción del Acta Final cuando volvieron los problemas.

Los Cien Días y sus consecuencias

Napoleón huyó de Elba, desembarcó en Francia el 1 de marzo de 1815 y proclamó nuevamente el Imperio. Los adeptos de la Revolución se le unieron ante el afán revanchista de los emigrados y exiliados reaccionarios. Ya en París, el gobierno y el ejército se le unieron y se dirigió a Bélgica. Allí se encontró con Wellington en Waterloo, siendo definitivamente derrotado. Una nueva abdicación y el destierro último a la isla de Santa Elena donde moriría en 1821. Un “segundo” Tratado de París selló este periodo con ligeros cambios en las fronteras, una indemnización de 700 millones de francos y la presencia de un ejército de ocupación.

La principal consecuencia fue la de renovar el miedo a la revolución, a la guerra y a la agresión. Inglaterra, Rusia, Austria y Prusia renovaban la Cuádruple Alianza de Charmont en noviembre de 1815, agregando una cláusula según la cual ningún Bonaparte volvería nunca a gobernar en Francia. También acordaron celebrar futuros congresos para resolver cuestiones políticas e imponer la paz. El único cambio significativo fue la vuelta de los Borbones a Nápoles, ya que Murat había combatido al lado de Napoleón y había sido capturado y fusilado posteriormente.

El zar Alejandro planteó la creación de una coalición que vigilara el mantenimiento de la paz y la restauración de los principios del Antiguo Régimen en materia religiosa. Recibió el nombre de Santa Alianza y la firmaron las grandes potencias a excepción del Papa, Turquía e Inglaterra.

La Paz de Viena, que en general incluye el Tratado de Viena, los tratados de París y el acuerdo británico colonial, fue el convenio diplomático de más alcance entre la Paz de Westfalia de 1648 y el Tratado de Versalles que cerró la Primera Guerra Mundial. Puso fin a casi dos siglos de rivalidad colonias a favor de Gran Bretaña. Atenuó las fricciones por Polonia y el dualismo austro-prusiano en Alemania.

Pero el Tratado no satisfizo a nacionalistas y demócratas. Fue también una decepción para muchos liberales, especialmente en Alemania. Sin embargo, la intención clara de restaurar el equilibrio de poder, las “libertades de Europa” y hacer una paz duradera fue un éxito durante al menos 50 años.


Capitulo 2. Alfonso III el Magno.

Escrito por Decineporlahistoria 23-02-2016 en MALDONADO. Comentarios (0)

Desperté de un sueño horrible. Una gigantesca boca oscura me atraía y no podía hacer nada por impedirlo. Centímetro a centímetro me acercaba a su inmensidad. Ya sentía como mis pies, mis tobillos, mis rodillas se diluían en una espesura melosa, como natillas de carbón. Mi rostro se giraba, en un ángulo imposible de noventa grados, hacia arriba, al encuentro de una luz difusa, en la que, en ocasiones, sobresalía una cara conocida, que buscaban mis brazos terminados en garfios. Por fin me aferré a algo parecido a un muñón de barro. Lo supuse porque mis afilados dedos entraban en su informe masa profundamente, sin encontrar resistencia. Y lo hacían una y otra vez, no logrando librarme de la boca, pero tampoco dejándome caer más hacia ella. Arriba, en la luz, se sucedían las formas conocidas, a veces ojos, a veces manos. Intentaba recordar, pero no podía. Esa enorme boca oscura, como un túnel, tiraba de mí, atrayéndome hacia su núcleo como un mastodóntico imán.

Había vuelto, pero era incapaz de abrir los ojos; los tenía pegados con sueño. Mis sentidos iban, poco a poco, recobrando la normalidad. Algunas voces me llegaban de muy lejos, del pasado. Entre ellas la voz ronca de padre; enterrada como estaba bajo metro y medio de infamia. Todas ellas pugnaban por salir, por hacerse luz, como esas caras de Belmez, que tanto estaban dando que hablar desde hacía poco más de cuatro años. Me las imaginaba empujando la tierra, agrietándola, como si el pasado estuviese ahí, olvidado por la indiferencia y solo recordado en fechas puntuales, como el día de difuntos. Y, casi sin querer, veía a madre haciendo buñuelos de viento en la sartén y a las hermanas comiendo castañas asadas en la lumbre.

“Manuel… Manuel… Manuel”, escuchaba una y otra vez. “Abre los ojos… abre los ojos… abre los ojos”. Las palabras se repetían tres veces, como el Agnus Dei de la misa. Y, cual vulgar mantra, obraron su efecto. El hombre que estaba a los pies de la cama era bajo, rechoncho y gastaba gafas de pasta oscura de las de culo de vaso. Salió como un rayo hacia la cabecera cuando dejé escapar un murmullo breve, pero intenso, como un último suspiro. Preocupado, me palpó las manos, los brazos, la cara. Observó mis ojos abiertos como platos y se tranquilizó cuando esbocé un rictus que debió parecerle una sonrisa. De inmediato se volvió y dio una voz. Al poco, la habitación se llenó de gente desconocida.

Los “¿sabes quién soy?” y ¿me conoces?” se apelotonaron en mi cabeza, como amasijos de estropajo. Al cabo de un rato de suplicio verbal, la habitación comenzó a darme vueltas. Veía los rostros como en la cúpula de San Antonio de la Florida, asomados a una barandilla imaginaria y cuyo óculo era una luz blanquecina que se iba difuminando poco a poco. Por fin, entró un señor de cierta edad, medio oculto por una bata blanca, que hizo salir a todo el mundo para, después, trastearme como si fuera un juguete roto. Me pasó una luz por los ojos, me auscultó, observó mis constantes vitales en el monitor, retiró la sábana y me pellizcó los pies, repitió “Manuel” varias veces y se giró hacia la puerta, desde donde aconsejó tranquilidad, después de decir “se está despertando”. En apenas unos segundos, la habitación se llenó de emociones descontroladas. Algunos gritos de alegría hendieron el aire. Alguien abrió la ventana, por la que entró un aire fino y frio que recompuso cuerpos y atenuó el olor a enfermedad. Luego cerré los ojos y me entró un sopor irresistible.

Al despertar de nuevo, caía la tarde y, en un acto reflejo, empecé a moverme. En el lado izquierdo de la cama estaba el hombre rechoncho de las gafas de pasta, observándome de reojo. Cuando abrí los ojos, se puso muy contento, se levantó, cogió unos folios garabateados de una mesita que estaba arrinconada, como un trasto viejo y se puso a leer en voz alta, para que le oyera. Y así, sin más preámbulos, comenzó:

Capítulo primero.

Hace frío. El invierno se cuela por las rendijas de la ciudad, aprovechándose de los últimos estertores del otoño. Las aguas del Durius bajan sosegadas, llevando la humedad como una túnica vaporosa. La niebla se derrama por ambas orillas, cubriendo de plata el valle.

Alfonso se arrebuja en su capa antes de salir al exterior. Siente los huesos resentidos. Necesita un baño caliente. La reciente cabalgada por tierras musulmanas le quebrantó el cuerpo, la rebelión de su hijo García, el alma. Ha cumplido 62 años y, aunque sus músculos son firmes y luce esbelto el talle, la mirada se le esconde avejentada.

Casi desde que nació tuvo que luchar para defender sus derechos al trono de su padre, el primer Ordoño. Asturias no era más que una olvidada comarca montañosa en tiempo de los godos. Fue Pelayo quien la convirtió en el único reducto cristiano capaz de frenar la marea caldea y Alfonso I quien amplió el territorio hacia la Bardulia, al este, y hacia la Gallaecia, al oeste, y puso sus ojos en el valle del Durius, siendo el verdadero fundador del reino. De él le viene a Alfonso la herencia a través de su abuelo y de su propio padre, pero aún se mantenía viva la vieja costumbre de elegir rey y hubo de hacer frente a múltiples sublevaciones e intentos por despojarle de la corona. La del conde de Lugo, Froilán Bermúdez, le obligó a buscar la protección de su tío Rodrigo, en tierras castellanas. Sus fideles consiguieron derrotar al usurpador. Un año más tarde, sometió la rebelión del vasco Elyo. Tiempo después, fueron sus hermanos Veremundo, Froilán y Odoario quienes intentaron destronarle. Salió ileso de un intento de asesinato del sicario Adamnir. Supo vencer las sublevaciones del conde Vímara Pérez, el conquistador de Coimbra, del leonés Hanno, de Witiza y los hijos de Sarracino, su primo, vástago de aquel Gatón a quien ordenó repoblar el Bierzo. Pero no pudo, al final de sus días, detener las ansias de reinar de sus hijos García, Ordoño y Froilán, apoyados por el conde castellano Munio y por su propia mujer, Amelina, la Jimena de las crónicas.

Únicamente le reconforta su hija Sancha. Ella ha sido quien le ha colocado la capa y quien le despide con un beso al salir de palacio.

- No quieres que te acompañe Boremundo –le dice ya desde el umbral de la puerta.

- Hija mía, repartido el reino, ¿quién querría atormentar estos pobres huesos?  -responde Alfonso. El fiel criado, de origen occitano, es una sombra a la espalda de Sancha.

- Pero aún eres rey.

- Sin trono, no lo olvides.

- Pero tus fideles…

- Déjalo ya, hija. Ya solo espero la llamada de la muerte. Mis días de algaradas han pasado… Y, ahora, entra, aquí fuera hace frío –termina al observar el ligero vestido de paño que la envuelve.

En la esquina occidental de El Salvador le espera su fiel Ioannis. Casi veinte años atrás le convenció para que abandonara el arrabal toledano y le ayudara a repoblar la ciudad de las turquesas, la Ocellum Duri romana, la Semuré visigoda.

- He dado orden de que vayan calentando el agua.

- Gracias, Ioannis.

Desde que comenzara a hacerle estragos el reuma, Alfonso se baña en agua traída expresamente desde Ledesma, conocida ya en época romana por sus efectos benéficos sobre las articulaciones.

- Como ordenasteis, ya se ha repartido el grano a Josías y a su gente. Para finales del invierno se habrán instalado al oeste de San Mamed, al otro lado del Esla.

- ¿Tendrán suficiente?

Alfonso había retomado la labor repobladora de sus ancestros. Cuando se hubo consolidado en el trono, comenzó a colonizar la Gallaecia Bracarense con gallegos y asturianos.

- Hemos vaciado prácticamente el alfolí de la sal  y la alhandega.

- ¡Quiera Dios que vengan años buenos y florezcan los campos antes que regrese la sequía.

- Pierda cuidado, mi rey…

- Te he dicho muchas veces que me retires el título –le cortó-. Ahora solo soy un caballero más. Son mis hijos los que reinan.

- Jamás tendré otro rey que vos.

  - Mi fiel Ioannis –las lágrimas le asaltan el rostro.

Aún le duele la traición. ¡Qué prisa tenían los hijos por dividir el reino que con tanto esfuerzo le había costado reunir! ¡Si ya era suyo! ¡Si él mismo les otorgó la gobernación para que maduraran en el sitial y aprendieran a conducirse con sabiduría y experiencia en el futuro!

En la puerta de San Claudio les alcanza un criado, reclamando la presencia de Ioannis en el telar de San Juan. La lana comprada a Azetello no es de la calidad prometida, está muy mezclada y el hilo sale desigual.

- No te preocupes, ve –dice Alfonso-. Resuelve el problema antes de que se haga mayor.

- Puede esperar, majestad –responde el hombre de pelo cano y barba rabínica nevada.

- Quien puede esperar soy yo, amado Ioannis. Atiende tu negocio que el mío ha ya que está terminado.

- Como deseéis –hace una seña al criado para que siga a Alfonso en la distancia.

Este le ve marchar con el semblante sombrío. Su fiel Ioannis ve más allá de lo que sus ojos delatan. Sabe que, quien desde que abandonara Toledo ha sido su señor, corre todavía peligro por más que pretenda ignorarlo. Aunque los hijos se han repartido sus posesiones, su sombra es muy larga y muchos de sus fideles aún recuerdan los días de gloria de Cellorigo, Valdemoro y Polvoraria, donde hicieron huir a los cordobeses gracias a la astucia del tercer Alfonso, el que llevara la frontera hasta el Durius. Pero ni el primogénito García, el que gobierna en León, ni Ordoño el que recibiera Galicia, ni Fruela, quien se sienta en el amado trono asturiano, le merecen. Ninguno tiene su inteligencia, ni su carisma y ni un atisbo de capacidad para adelantarse a los acontecimientos como había hecho Alfonso al enfrentarse a los enormes ejércitos del emir cordobés. Desechado Gonzalo, que prefirió la vida eclesiástica, el padre aún mantiene viva la esperanza en Ramiro, el pequeño, al que dieron título de rey, pero sin reino. En él ve su viva imagen, en ese mentón firme y decidido y en esos ojos agudos, llenos de sabiduría, pese a su juventud.

Sigue su camino paralelo a la muralla. En las Peñas de Santa Marta sube con dificultad al pretil por una escalera angosta. En el primer escalón le asalta el dolor. Le crece de las tripas y se le enrosca hasta el cuello como una bastarda leonesa. Al llegar arriba busca aire desesperadamente. El criado nota su gesto de flaqueza y se dirige hacia él, pero se detiene cuando observa que Alfonso se recompone. Desde las almenas contempla el discurrir del río. A su derecha, san Claudio de Olivares; en medio de olivos y cerca de la almazara, se yergue humilde bajo el lienzo sur-occidental de la muralla. Algunas casas de adobe y tejado a dos aguas de barro y césped, se espacian hacia poniente, hasta la ermita del Espíritu Santo. Casi frente por frente, el viejo puente romano resiste, restaurado con tablones, tras las destrucciones causadas por las riadas y el asedio al que sometieron a la ciudad Moawía, el falso Mahdí, y el rebelde al-Quittí.

La brisa castellana que le llega le hace olvidar el dolor. Se aúpa en la almena y pone sus ojos en el sur, en la llanada que se extiende al otro lado del río. La vieja calzada romana es apenas una cicatriz en una tierra devastada por la guerra. Chamurra, junto con Toro y Simancas son los primeros baluartes contra las acometidas del Islam. El Ocellum Duri, apenas una villa de postas en la Vía de la Plata que llega hasta Astorga, se convirtió en un villorio en época goda, cuando sirvió de freno a las incursiones suevas desde la Gallaecia. Conquistado por los caldeos, continuó sus labores de defensa ahora contra galaicos y astures que cada verano bajaban a saquear el valle, sobre todo tras la revuelta bereber del 129 de su calendario lunar, el 788[1] de nuestra era, que dejó sin guarniciones musulmanas la parte septentrional del valle del Durius.

Alfonso I la recuperó por esos años, pero no pudo evitar que el emir Muhammad la destruyera años más tarde. Alfonso II volvió a ocuparla, fortificándola en su parte occidental, donde hoy está el palacio. Pero de nuevo fue abandonada y hubo que esperar al tercer Alfonso para que la conquista fuera definitiva.

Recuerda aquel regreso de tierras pacenses y toledanas con sus dos mil caballeros protegiendo los más de tres millares de mozárabes que decidieron seguirle en busca de las esperanzas de libertad que les brindaba el reino cristiano del norte; y cómo, en poco tiempo, fortificaron con tanto ahínco la ciudad del Durius, que comenzó a ser llamada “la bien cercada”, con siete líneas de defensa en torno al palacio-castillo.

Erigieron casas, tiendas y talleres, plantaron viñedos, recuperaron las huertas de la orilla sur del río y construyeron un puente más hacia el este que el antiguo de época romana.

Dentro de las murallas predominan las Cortes o grandes solares cercados en cuyo interior se ubican las viviendas, los establos, las cuadras, las cocinas y los graneros, bien agrupados o bien dispersos. Entre el palacio y la iglesia de El Salvador, consagrada catedral por el obispo Atilano, y la alcazaba caldea desmochada, se abren algunas calles destinadas a albergar tiendas y viviendas de artesanos, clérigos y judíos. Pero apenas son unas pocas.

El hombre rechoncho de gafas de pasta dejó de leer para justificarse. “Quizá te ayude a recordar. Don Abdón me dijo que te hablara, que te comentara lo que iba sucediendo en España y en el pueblo. Que aunque parecieses dormido, era muy probable que escuchar una voz conocida te ayudase a reaccionar y salir antes del coma. Y como se me fueron acabando las noticias, me pareció una buena idea leerte lo que he ido escribiendo sobre Alfonso III, el rey leonés que murió en extrañas circunstancias y sobre el que te había propuesto el reto de saber si fue asesinado y, de ser así, quién fue la mano ejecutora”. Intenté responderle, pero no pude; tenía agujas en la garganta. Carraspeé para empujarlas hacia arriba y después tragarlas; me fue imposible. Alguien me había introducido una libra de cáñamo y se había quedado ahí, atascada en las mismas cuerdas vocales. Tardé en darme cuenta de que estaba sondado y una goma, insertada en la tráquea, me dificultaba el habla. “El neurocirujano que te atendió nos dijo que tuviéramos paciencia, que una persona no sale de un coma como en las películas, como si tal cosa; que se trata de un proceso largo y tedioso, pero, que en tu caso, dada tu juventud, tu fuerza y las ganas de vivir que demostraste antes, durante y después de la operación, confiaba en que te recuperases totalmente entre un par de meses y un  año”. La voz me sonaba a conocida, pero no era capaz de unirla a un recuerdo. “Que padecerías de amnesia por un tiempo, como consecuencia del trauma sufrido, pero que te recuperarías bien porque no apreció daños cerebrales irreparables. El coágulo era muy superficial y el hematoma adyacente se ha ido reduciendo hasta casi desaparecer. Las perspectivas son buenas. Es cuestión de esperar y de que la naturaleza obre su trabajo”. El hombre no paraba de hablar, como si le hubieran dado cuerda para un siglo. “Han venido a visitarte tu madre y tu hermana. No se han separado de tu lado ni un momento. Ahora están descansando. Justa y yo nos turnamos con ellas. A veces viene don Rogelio, el curita. También José, el de los sastres y don Eusebio, el alcalde. Su chico, que va para eminencia, también ha pasado en esta habitación unos buenos ratos. Está en cuarto de Derecho y su objetivo es ser juez del tribunal supremo. Ya sé que pica alto, pero si no se tienen ilusiones en esta vida, qué podemos esperar, salvo rutina y aburrimiento”. Asentí y dio un brinco de emoción. Le había entendido y eso debía de ser una buena señal. Unas lágrimas brotaron de sus ojos opacos y a mi debió de sucederme lo mismo, porque cogió un pañuelo y me lo pasó por las mejillas.



[1] 750 de la era cristiana. En tiempos de Alfonso III el tiempo se medía por la llamada Era Hispánica, iniciada en el 38 a.C., cuando se consideró pacificada la provincia a finales del Triunvirato de Octavio, Marco Antonio y Lépido.


10 TIEMPO DE VÍSPERAS.LA EUROPA NAPOLEÓNICA II.

Escrito por Decineporlahistoria 12-02-2016 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

La organización del Imperio napoleónico.

Entre 1810 y 1811 el imperio francés alcanzó su máxima extensión. Constaba de dos partes: su núcleo era el imperio francés; luego los territorios dependientes; en conjunto formaban el Gran Imperio. Además, al este y al norte estaban los estados aliados de Prusia, Austria y Rusia, Dinamarca y Suecia, todos ellos, en teoría, en guerra económica con Inglaterra.

El imperio francés incluía a Bélgica y la orilla izquierda del Rin. En 1810 había convertido las repúblicas dependientes en reinos. Luis Bonaparte fue proclamado como rey de Holanda, pero éste, dio tales muestras con congraciarse con los holandeses, hasta el punto de dejar que hubiera comercio con Gran Bretaña, que Napoleón le destronó e incorporó Holanda al Imperio galo. También se anexionó la costa alemana hasta el Báltico occidental y la costa italiana hasta Roma inclusive. Todo el imperio francés estaba gobernado directamente por prefectos departamentales y los 83 departamentos de Francia, creados por la Asamblea Constituyente, se habían elevado en 1810 a 130.

Los estados dependientes eran de 4 tipos:

  — La Federación suiza, que seguía siendo republicana.

  — Las Provincias Ilirias estuvieran administradas como departamentos.

  — El Gran Ducado de Varsovia adoptó forma monárquica.

  — La Confederación del Rin era una Liga de reinos (Sajonia, Baviera, Württemberg y

Westfalia) y principados hasta un total de 20 estados. Westfalia era un reino nuevo, artificial, gobernado por Jerónimo, el hermano pequeño de Napoleón.

Su hermano José, nombrado rey de Nápoles entre 1804 y 1808, pasó a ser rey de España, hasta 1814, dejando su puesto a su hermana Carolina que reinaría en Nápoles junto a su marido, el mariscal Joaquín Murat. En el “Reino de Italia”, que en 1810 incluía Lombardía, Venecia y la mayor parte de los estados pontificios, se reservó el título de rey, colocando como virrey a su hijastro, Eugenio Beauharnais (hijo de Josefina). Su tío materno, José, se convirtió en el cardenal Fesch. Su madre, Leticia, fue instalada en la Corte como “Madame Mère”. El único que quedó fuera fue su hermano Luciano, con quien estaba enemistado.

Una vez reforzado el poder francés en estos territorios, comenzaban las reformas y las reorganizaciones internas. Calificaba su sistema de “liberal”, creía en las constituciones y en un gobierno racionalmente constituido, no inclinándose por asambleas representativas que limitasen la autoridad del ejecutivo. Creía en el imperio de la ley, insistiendo en implantar en toda Europa su “Código Civil”, con pequeñas adaptaciones. No entendía que las leyes de un país debieran reflejar su peculiar carácter nacional y su historia.

Las reformas estaban dirigidas contra el feudalismo. Establecían la igualdad legal de las personas individuales, y otorgaban a los gobiernos una autoridad más completa sobre sus súbditos individuales. La sociedad estamental fue eliminada. Los señores perdían toda jurisdicción legal sobre sus campesinos, que pasaban a ser súbditos del estado, con plenas libertades, si bien estaban obligados al pago de indemnizaciones a la nobleza. En general, fuera de Francia, el asalto al feudalismo no fue tan revolucionario: el señor se acabó, pero quedó el terrateniente.

La Iglesia perdió su posición. Se abolieron o restringieron los tribunales eclesiásticos; la Inquisición fue declarada ilegal en España. Se acabaron los diezmos, los bienes de la Iglesia fueron confiscados y las órdenes monásticas disueltas o duramente reguladas. El estado se convirtió en laico.

Los gremios fueron abolidos y el derecho individual al trabajo fue generalmente proclamado. Las viejas oligarquías de las ciudades y los patriciados burgueses fueron anulados. Ciudades y provincias quedaron sometidas a la legislación general. Se estimuló el libre comercio interior, aboliendo las tarifas locales y provinciales. Se impuso el sistema métrico decimal, incluso para la moneda. Se acabaron las herencias y la venta de cargos. Los reyes se incluyeron en las nóminas de la administración. Se modernizaron los impuestos y las finanzas.

En general, en todos los países del Gran Imperio, se introdujeron con Napoleón los principios fundamentales de la Revolución francesa, aunque no hubiera auto-gobierno con asambleas legislativas libremente elegidas. En todos los países encontró miembros de la burguesía y de la nobleza afines a sus ideas. Donde menos atracción ejerció el modelo francés fue en España, donde la base monárquica católica dio origen a un movimiento de independencia radical.

Pero las reformas napoleónicas eran también armas de guerra. Todos los estados tenían que facilitar a Napoleón dinero y soldados. Alemanes, holandeses, belgas, italianos, polacos, e incluso españoles lucharon en sus ejércitos. Esto suponía que los impuestos podías seguir siendo bajos en Francia, para general satisfacción de los intereses económicos surgidos de la revolución.

El sistema continental.

Napoleón consideraba a sus aliados, en el mejor de los casos, como subordinados participantes en un proyecto común: aplastar a Gran Bretaña; aunque este fue un medio para un fin ulterior que pretendía la unificación y el dominio de toda Europa. Para ello, necesitaba una ideología globalizadora contra el medievalismo, el feudalismo, la ignorancia y el oscurantismo; y, mientras apelaba a la modernidad, hacía hincapié en la grandeza de los tiempos de Roma: David, La Madeleine, el Arco del Triunfo; y fomentaba la hostilidad contra el inglés y su arrogante control del comercio mundial.

Ya en 1793, los republicanos franceses habían denunciado a Gran Bretaña como la “moderna Cartago”, una implacable potencia mercantil, que aspiraba a someter el sistema comercial y financiero europeo. Este mismo sentimiento era compartido por otras naciones continentales. Para destruir el comercio y las exportaciones británicas, Napoleón prohibió, mediante el Decreto de Berlín de 1806, la importación de artículos ingleses en el continente europeo. La réplica consistió en un real decreto de noviembre de 1807, ordenando que los barcos de los países neutrales solo podían atracar en puertos napoleónicos, si antes se detenían en Gran Bretaña, donde las reglas eran tan severas que les estimulaban a cargar artículos británicos. Napoleón replicó con el Decreto de Milán, de diciembre de 1807, en el que anunciaba que todo barco neutral que se hubiera detenido en Inglaterra o que hubiera sido abordado por un barco británico en el mar, sería confiscado en cuanto se presentase en un puerto europeo.

Pero el sistema continental era algo más que un recurso para destruir el comercio inglés, era también un proyecto de desarrollo de la economía de la Europa continental, con núcleo en Francia.

El sistema fracasó, porque la gente prefería negociar clandestinamente con los ingleses, antes que seguir sin ellos. Los productos coloniales, especialmente los americanos, se mostraron insustituibles, y aunque prosperaron las industrias manufactureras y el cultivo de la remolacha azucarera, la paralización del tráfico marítimo sometido al bloqueo inglés, la lentitud y dificultad del transporte terrestre, y la existencia de aranceles acabó por arruinar a armadores, constructores de barcos y comerciantes en artículos ultramarinos, y enojar a los terratenientes de la Europa centro oriental, que vieron reducida y encarecida la demanda de sus productos.

También fracasó como medida de guerra contra Gran Bretaña. Entre 1792 y 1814, la renta anual del pueblo británico se elevó en más del 100%, en parte debido a la inflación, pero sobre todo al hallazgo de vías alternativas de exportación, especialmente en América latina y al contrabando.

Los movimientos nacionales de resistencia en Alemania.

En todos los países, incluida la propia Francia, el pueblo iba cansándose de una paz que no era paz, de las guerras y los rumores de guerras, del reclutamiento y de los tributos, del lejano y burocrático gobierno, de la auto exaltación de Napoleón…

El nacionalismo se desarrolló como movimiento de resistencia contra el fuerte internacionalismo del imperio napoleónico, esencialmente francés. El nacionalismo era una mezcla de conservador y de liberal, por un lado defendían sus costumbres y cultura y, por otro, insistían en una mayor autodeterminación y participación en el gobierno.

En Inglaterra, supuso la unión de todas las clases, dejando de lado la reforma del parlamento o la crisis económica y social por la que pasaba el pueblo. En España, la resistencia adoptó la forma de revolución constitucional y de contrarrevolución en defensa de la Iglesia y los Borbones. En Italia, apenas hubo resistencia, pero se introdujo la idea de una nación políticamente unida. Entre los polacos, Napoleón estimuló el sentimiento nacional, lo que le ganó su afecto mayoritario.

El nacionalismo más poderoso tuvo lugar en Alemania. Los alemanes se rebelaron no solo contra los ejércitos franceses, sino también contra la filosofía de la Ilustración. La Revolución francesa y la dominación napoleónica coincidió con el momento de mayor florecimiento cultural alemán: Beethoven, Goethe, Schiller, Herder, Kant, Fichte, Hegel, Scheiermacher… Dio forma a los albores del “romanticismo”, enfrentado al abstracto racionalismo ilustrado.

Un pueblo que antes, por su heterogeneidad estatal, nunca había sentido lo alemán, comenzó a percibir algunos signos de cambio a partir del libro de Herder “Ideas para la Filosofía de la Historia de la Humanidad” (1784), donde sostenía que toda verdadera cultura o civilización debe brotar de las raíces propias, de la vida del pueblo en común, del “Volk”. Una civilización sana debe expresar un carácter nacional o “Volksgeist”. Pensaba que todos los pueblos desarrollarían su propio genio, al margen de influencias externas.

La filosofía de Herder formulaba un nacionalismo cultural, sin mensaje político, pero la Revolución francesa dio a los alemanes una clara conciencia del estado, y su despertar nacional, activo principalmente a partir de 1800, se dirigió no solo contra los franceses, también contra sus gobernantes y las clases afrancesadas. Un gran estado alemán nacional, que expresase la profunda voluntad molar y la cultura característica del pueblo germánico, parecía la solución a todos los problemas.

La trayectoria de Fichte ilustra el curso del pensamiento alemán en aquellos años. Su doctrina, según la cual el espíritu interior del individuo crea su propio universo moral, fue admirada en muchos países. Al principio, Fichte elogiaba a la República francesa y a la Revolución. En 1800, en “El estado comercial cerrado” esbozaba un tipo de sistema totalitario, en el que el estado planificaba y dirigía toda la economía del país, a fin de que este pudiera desarrollar libremente el carácter de sus ciudadanos. Pero cuando los franceses conquistaron Alemania, Fichte se hizo conscientemente alemán. En 1808 publicó sus “Discursos a la nación alemana”, declarando que existía un indestructible espíritu alemán, un inmutable carácter nacional, más noble que el de otros pueblos, debiéndose  mantener a salvo de influencias externas.

Políticamente, en la revuelta contra los franceses, las transformaciones más importantes se produjeron en Prusia. A pesar de la derrota y de la ocupación francesa, el menos alemán de los territorios alemanes, se convirtió en el centro de un movimiento pan-germánico por la libertad nacional.

El más importante problema para Prusia era el militar. Necesitaba la fuerza para derrotar a Napoleón, pero, para ello, necesitaba reformar un ejército sin vida, poco identificado con su patria. A esta tarea se dedicaron Scharnhost y Gneiseneau. Por su parte, la reconstrucción del estado en el mismo sentido la llevaron a cabo primero el barón de Stein y luego Hardenberg. La aportación principal de Stein fue la “abolición de la servidumbre”, con ello consiguió reducir los poderes patriarcales de los “junkers” (terratenientes) y dar libertad de movimiento a las masas campesinas, sentando las bases del estado y de la economía modernas.

El derrocamiento de Napoleón.

En 1811, salvo el conflicto entre Rusia y Turquía, el único territorio n guerra seguía siendo España. El Sistema Continental estaba funcionando mal, y los pueblos europeos pensaban en la liberación, especialmente Alemania. Sin embargo, se sentían incapaces de enfrentarse a Napoleón y miraban con insistencia hacia Rusia, la única con potencial suficiente para hacerlo, y lo hizo.

El 31 de diciembre de 1810, Rusia se había retirado formalmente del Sistema Continental, descontenta por el escaso apoyo francés en su guerra con Turquía, por haberse formado una Polonia protegida por Francia , y porque Napoleón se había unido con una princesa austriaca.

Ante este hecho, el emperador francés decidió aplastar al zar. Concentró en la Alemania oriental y Polonia una “Grand Armée” de 700.000 hombres, de los cuales poco más de 1/3 era francés, otro 1/3 alemán y el 1/3 restante del resto de nacionalidades, incluyendo 90.000 polacos. En junio de 1812 entró en Rusia. Planeaba una guerra costa y solo llevaba provisiones para 3 semanas. El ejército ruso le rehuyó y, además, iba destruyendo todo en la retirada, imposibilitando el abastecimiento del ejército francés. Por fin, no lejos de Moscú, pudo entablar batalla con los rusos en Borodino. Ganó a costa de graves pérdidas, quedando vivo el ejército del zar.

El 14 de septiembre de 1812 entra en un Moscú medio en llamas. Napoleón, lejos de la seguridad de Polonia, con su ejército disperso y con un clima y un ambiente hostil, decidió volver sobre sus pasos, después de 5 semanas de negociar sin éxito con Alejandro. La retirada fue brutal. El invierno se le echó encima y, junto al hostigamiento de las guerrillas y los continuos ataques a la retaguardia, convirtieron a la Grand Armée en una horda de fugitivos. De 611.000 hombres que entraron en Rusia, 400.000 murieron y 100.000 fueron hechos prisioneros.

Aprovechando el desastre, los gobiernos prusiano y austriaco se unieron al zar. En España, el ejército anglo-español de Wellington empujaba a José Bonaparte hacia el norte. En Italia estallaron motines antifranceses y Gran Bretaña financiaba estos movimientos., invirtiendo entre 1813 y 1815 32 millones de libras.

Napoleón, de vuelta en París, puso en pie un nuevo ejército que fue aplastado en Leipzig, en la llamada Batalla de las Naciones, la más grande en número de combatientes de todo el siglo XIX.

En noviembre de 1812, Metternich comunicaba a Napoleón unas condiciones conocidas como “las propuestas de Fráncfort”, según las cuales, Napoleón seguiría siendo emperador de Francia, conservando la frontera natural del Rin. A ello se negó Gran Bretaña. Castlereagh llegaba al continente en enero de 1814, sabiendo que el emperador francés había rechazado las propuestas de Fráncfort, que los aliados seguían necesitando el dinero británico y que Austria temía a Rusia. El 9 de marzo consiguió que los aliados firmasen el Tratado de Charmont. Cada potencia se ligaba durante 20 años  en una Cuádruple Alianza contra Francia y se comprometía a facilitar 150.000 soldados para imponer la paz. Tres semanas después, los aliados entraban en París y el 4 de abril Napoleón abdicaba en Fontainebleau.

En Francia, había dudas sobre qué régimen debía sustituir a Bonaparte. Talleyrand propuso al rey “legítimo” Luís XVIII; también estaba en el pensamiento de los aliados. Así, se restauró la dinastía de los Borbones. Luís XVIII publicó una “Carta Constitucional”, que no hacía ninguna concesión al principio de soberanía  popular o nacional, aunque, en la práctica, otorgaba lo que la mayoría de los franceses quería. Prometía igualdad legal, elegibilidad de todos los cargos públicos y un gobierno parlamentario de 2 cámaras. Reconocía los códigos napoleónicos, el Concordato con el papado y la redistribución de la propiedad efectuada durante la Revolución. Mantuvo la abolición del feudalismo y de los privilegios, del sistema señorial y los diezmos.