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PALMERAS EN LA NIEVE

Escrito por Decineporlahistoria 28-12-2015 en CRÍTICA DE CINE. Comentarios (0)

Película de Fernando González Molina, que lleva el mismo título de la novela homónima cuya autora es Luz Gabás. Seré breve: demasiado larga (ese fue el comentario general de los espectadores que tenía a mi alrededor, que se movían como culebras en sus asientos), porque tarda mucho en llegar el núcleo de la trama, para luego estirarlo como un chicle otra hora más. No obstante, la factura es excelente, con una notable carga épica y algunas metáforas conseguidas, pero se diluyen en una confusa historia que muestra el presente y el pasado con escasa solvencia (ignoro si es a causa de la novela, porque no la he leído), dejando bastantes cosas en el aire o explícitamente confusas para mantener la atención del espectador. Hasta pasado un buen rato no se sabe quien es hija de quien, sobre todo por esos nombres tan hispanos de los protagonistas: Killian y Clarence y, en la turbamulta del final, tampoco sabemos de quien es el segundo de los hijos de la protagonista. Para entonces, la historia me había dejado de interesar y estaba deseando que terminase: demasiada playa, demasiados encuentros tórridos (un festín de desnudos se pega uno oiga), muy bonitas las tortugas y muy bonito el vigilante de la costa. Uno, con cierta complacencia, esperaba encontrar algo sobre cómo fue la relación de los españoles con la población de Guinea, cómo salimos de ahí y en qué circunstancias y también y quizá, ahondar en el aspecto étnico de los bubis, sus costumbres, sus misterios. Tanto lo uno como lo otro, queda en un demasiado segundo plano, con pinceladas demasiado cortas y poco definidas (uno hecha de menos películas como "El Yang-tse en llamas" o "El año que vivimos peligrosamente" o "Éxodo"), dejando a las historias de amor (hay nada menos que tres: dos en el pasado y una en el presente) algo huérfanas, poco arropadas por los hechos históricos dramáticos que viven los personajes. Ese encuentro-desencuentro entre historias es lo que deja a la película bastante vacía, haciéndola tediosa al centrar su núcleo en un hecho casual y muy, muy traído por los pelos, algo tan tópico y recurrente, que no sorprende, aunque hubiese sido real.

Para los aficionados al drama romántico, de cuño español.

CALIFICACIÓN:   

SPECTRE

Escrito por Decineporlahistoria 28-12-2015 en CRÍTICA DE CINE. Comentarios (0)

De nuevo el superagente favorito en su 26 entrega, y de nuevo con Daniel en CraIg en su cuarto papel protagonista. No llega a la calidad de la primera, Casino Royale, pero se deja ver. A destacar el plano-secuencia inicial, la aparición fugaz de Mónica Bellucci, la recuperación del archienemigo de 007: Spectra y el establecimiento de la paradoja, tomada de algunos ejemplos cinematográficos del western y de algunas novelas reciente, como las tres que tienen por protagonistas al agente especial del FBI, Pendergast, y a su alter ego, Diógenes. Y de nuevo, la historia no tiene nada nuevo bajo el sol. A Bond le tienen a punto de caramelo varias veces y se salva gracias a su apostura con las mujeres o a algún gadget de Q, al entrometerse en la vida de la "chica" entra de lleno en la trama-búsqueda de la asociación del mal, Spectra; como ocurriera en "Al servicio de su majestad" y en "Casino Royale" se enamora y eso que Léa Seydoux no es exactamente su tipo, aunque lo intenta. También, últimamente, tiene problemas con sus jefes, quizá ahora más agudizado, especialmente con "C" y "M" sigue, aunque ahora le dan un poco más de actividad fuera del despacho. En suma, más de lo mismo, solo que más largo, pasada la hora de metraje, la historia se vuelve algo tediosa y ya está uno harto de los giros y contragiros del guión con la intención de sorprender. Bien Craig, aunque se le nota la edad y bastante envaramiento (se parece al ciclo de Roger Moore, después de mil peleas sigue peinado y sin sangre), estupendo Q, lo más sorprendente y divertido, normal Léa Seydoux a la que le falta algo de poder seductor, desgraciadamente escasa la Bellucci y bastante flojo Christopher Walltz, un espléndido actor totalmente desaprovechado. Naomi Harris, en su papel de Moneypenny, resulta bastante insulsa (si Lois Waxwell levantara la cabeza la echaría de su puesto a punta de mirada) y poco más. Para los incondicionales de la longeva franquicia que han esperado más de treinta años a que resucitase Spectra.

CALIFICACIÓN:    


7. TIEMPOS DE VÍSPERAS. LAS REVOLUCIONES 2: LA REVOLUCIÓN FRANCESA IV

Escrito por Decineporlahistoria 14-12-2015 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

7. Tiempos de vísperas. Las Revoluciones 2: La Revolución Francesa IV.

La Convención Nacional.

Se reunió el 20 de septiembre de 1792. Inmediatamente, proclamó el Año I de la República Francesa. Ese mismo día, los franceses obtuvieron una victoria moral en la farsa de Valmy, un duelo de artillería que obligó a los prusianos a detener su avance sobre París. Envalentonados, los franceses ocuparon Bélgica, parte de Saboya (que pertenecía al rey de Cerdeña, aliado de los austriacos), Maguncia y otras ciudades de la orilla izquierda alemana del Rin. La Convención había decretado la asistencia “a todos los pueblos que deseasen recobrar su libertad”. También ordenó que los generales franceses, en las áreas ocupadas, disolviesen los antiguos gobiernos, confiscasen las propiedades del gobierno y de la Iglesia, aboliesen los diezmos, derechos de caza y los tributos señoriales, y estableciesen administraciones provisionales. La Revolución se extendía siguiendo a los ejércitos franceses victoriosos.

Preocupados, ingleses y holandeses iniciaron conversaciones con Prusia y con Austria, y los franceses declararon la guerra el 1 de febrero de 1793. Mientras, en la Europa oriental, Rusia y Prusia acordaban una nueva partición de Polonia (enero 1793). Francia se libró de la derrota por la debilidad de la Coalición, porque Inglaterra y Holanda no disponían de suficientes fuerzas terrestres y Prusia y Austria recelaban una de otra.

En la Convención, todos los dirigentes eran jacobinos, aunque estaban divididos en GIRONDINOS, más moderados en comparación con el nuevo grupo que ocupaba los asientos más altos de la Cámara, por lo que recibieron el nombre de la MONTAÑA. Los girondinos procedían de las grandes ciudades de provincia; los montañeses, aunque de origen provinciano, representaban a París y tenían su fuerza en los elementos radicales y populares de la ciudad. Estos, se llamaban a sí mismos “sans culottes”, porque llevaban los largos pantalones de los obreros y no los calzones hasta la rodilla o “culottes” de las clases media y alta. Durante los siguientes dos años, su militancia y activismo impulsaron la Revolución. Pedían una igualdad que tuviera un significado más cercano, exigían derrotar a las potencias extranjeras que se atrevían a oponerse a la Revolución, y denunciaban al rey y a la reina por confabulación con el enemigo austriaco.

La Convención juzgó a Luís XVI por traición en diciembre de 1792. El 15 de enero de 1793 fue considerado culpable y de los 721 diputados presentes, solo 361 votaron a favor de una inmediata ejecución, siendo guillotinado el 21 del mismo mes. Desde entonces, los 361 diputados fueron tachados de regicidas, por eso nunca podían consentir una restauración de la monarquía borbónica en Francia. Los otros 360 no tenían el mismo compromiso, por lo que fueron tachados de contrarrevolucionarios. Así que la Revolución se radicalizó con la llegada al poder de los “montañeses”.

La caída de los girondinos.

En abril de 1793, el general Dumoriez, que había obtenido las victorias de Bélgica, cinco meses antes, desertó a Austria. Los aliados liberaron Bélgica de franceses y amenazaban con invadir Francia. Los revolucionarios radicales consideraron que estaban siendo traicionados; los precios seguían subiendo, el valor de la moneda caía, los alimentos eran escasos… Los “sans-culottes” exigían controles de precios, de moneda, racionamiento, legislación contra el acaparamiento de víveres y requisa para su distribución. Denunciaban a la burguesía como usureros y explotadores del pueblo. Apoyados por la “Montaña”, el 31 de mayo de 1793, la Comuna de París reunió una multitud de manifestantes e insurrectos, que invadieron la Convención y arrestaron a los dirigentes girondinos. Condorcet huyó y poco antes de su muerte escribió su famoso libro sobre los “Progresos del espíritu humano”.

Ahora, la “Montaña” gobernaba en la Convención, pero esta gobernaba muy poco. En el oeste, en la Vendée, los campesinos se habían levantado contra el alistamiento militar, incitados por los sacerdotes refractarios, por los agentes británicos y por los enviados realistas del conde de Artois. Las grandes ciudades de provincias, como Lyon, Burdeos, Marsella… se habían rebelado también, sobre todo desde la llegada de los huidos girondinos. La Convención tenía que defenderse también contra los “sans-culottes” y los más extremistas “enragés”, que actuaban por medio de unidades de gobierno local en París y otras partes y distribuidos en millares de “sociedades populares” y de clubs provincianos. Formaron “ejércitos” revolucionarios, bandas semimilitares que recorrían el territorio en busca de alimentos, denunciando sospechosos y predicando la revolución.

En la Convención pronto se impuso la figura del abogado Maximilian Robespierre. Muy discutido, ha sido atacado por sanguinario, dictador y demagogo o por todo lo contrario, idealista, visionario o ferviente patriota demócrata. Todos le reconocen su honestidad e integridad. En 1789 había sido elegido para representar al Tercer Estado y en la Constituyente desempeñó un papel menor, llamando la atención sus ideas contrarias a la pena de muerte y favorables al sufragio universal. Durante la Legislativa se opuso a la declaración de guerra. En la Convención, en septiembre de 1792, representó a un distrito de París. Conocido como el “incorruptible” y decidido a imponer la virtud de los filósofos de la Ilustración, entre 1793 y 1794 se propuso hacer realidad una república democrática hecha de buenos ciudadanos y hombres honestos.

El terror.

El programa de la Convención, alentado por Robespierre, consistía en reprimir la anarquía, la lucha civil y la contrarrevolución en el interior, y ganar la guerra, movilizando todos los recursos humanos y económicos del país. También tendría como objetivos elaborar una Constitución democrática y una legislación protectora de las clases inferiores, pero no toleraría la presión de los radicales. Para gobernar, la Convención otorgó amplios poderes a un COMITÉ DE SALVACIÓN PÚBLICA, integrado por 12 miembros de la Convención, que se elegían cada mes. Destacaban Robespierre, St. Just, Couthon (con parálisis parcial) o el militar Carnot, el “organizador de la victoria”.

Para reprimir la contrarrevolución establecieron un régimen de terror. Se instituyeron tribunales revolucionarios como alternativa a la Ley de Lynch de las anárquicas matanzas de septiembre. Se creó un COMITÉ DE SEGURIDAD NACIONAL, especie de policía política, destinada a proteger a la República de sus enemigos interiores. Sus víctimas fueron desde Mª Antonieta y otros realistas hasta antiguos compañeros de la Montaña y girondinos. El número de ejecutados fue de unos 40.000, siendo arrestados unos cientos de miles, encarcelados y juzgados. La mayoría de las ejecuciones se produjeron en la Vendée, en Lyon y otras regiones rebeldes. El terror no mostraba respeto ni interés alguno por los orígenes de clase de sus víctimas. Un 8% eran nobles, aunque como clase no resultaron sospechosos; un 14% burgueses; el 6% clérigos y no menos del 70% campesinos y trabajadores. En algunos casos, el terror fue brutal, como en Nantes, donde 2.000 personas fueron cargadas en barcazas y hundidas deliberadamente.

El Comité de Salvación Pública actuó como una dictadura conjunta. Preparó la legislación necesaria, controló a los “representantes en misión”, miembros de la Convención de servicio con los ejércitos y en las áreas rebeldes. Estableció el “Bulletin des loix”, para que todas las personas pudieran saber qué leyes tenían que cumplir y obedecer. Centralizó la administración, nombrando funcionarios leales en provincias.

Para ganar la guerra, el Comité proclamó la “levée en masse”, llamando a filas a todos los hombres útiles. Reclutó científicos para que trabajasen en fábricas de armas y municiones, como Lagrange y Lamarck, protegidos contra el terror, aunque el gran Lavoisier, el padre de la química moderna, fue guillotinado en 1794 por haber estado en un arrendamiento de impuestos con anterioridad a 1789. Instituyó controles económicos que a la par que satisfacían las demandas de los “enragés (furiosos)” o extremistas radicales, conseguían fondos para el ejército. Los asignados dejaron de desvalorizarse, protegiendo de esta manera el poder adquisitivo del gobierno y de las masas. Lo consiguió mediante el control de las exportaciones de oro, mediante la confiscación de efectivo y de moneda de los ciudadanos franceses, a los que pagaba con asignados, y mediante legislación contra el acaparamiento y la especulación. Los alimentos y los suministros para los ejércitos, así como para los civiles de las ciudades, se recogían y se asignaban mediante requisas; centralizado en una Comisión de Subsistencia, dependiente del Comité de Salvación Pública. Pusieron un “máximo general” para precios y salarios, frenaron la inflación, pero demostraron su falta de eficacia a la larga en una economía de libre mercado. En 1794, estimularon la empresa privada y la producción agrícola. El intento de mantener bajos los salarios tropezó con la oposición de los dirigentes de la clase trabajadora.

En junio de 1793, el Comité elaboró una Constitución, que establecía el sufragio universal masculino. Si bien, no entró en vigor porque el gobierno fue declarado revolucionario hasta la paz, por la situación de emergencia que vivía el país. Pero, por otro lado, legisló para las clases humildes, acabando con los vestigios del régimen señorial al eliminarse las compensaciones que debían pagar los campesinos, y consiguiendo más facilidad para la compra de tierra. Hubo incluso movimientos, en las leyes de Ventoso, de marzo de 1794, para confiscar los bienes de los sospechosos y entregarlos a los patriotas necesitados, pero al final acabaron en casi nada. El Comité también se ocupó de los servicios sociales y de mejoras públicas: publicó folletos para enseñar a los granjeros a mejorar sus cosechas, seleccionó a jóvenes para recibir instrucción profesional, abrió una escuela militar y extendió la educación hasta hacerla universal. Fue abolida la esclavitud en las colonias francesas y los negros fueron declarados libres, después de obtener los derechos civiles.

El Comité de Salvación Pública quería erigirse en detentador de la Revolución, controlando la violencia no autorizada. En otoño de 1793, arrestó a los dirigentes “enragés” y prohibió las organizaciones de mujeres revolucionarias. El radicalismo extremo tomó después el nombre de “hebertismo”, derivado de Hébert, funcionario de la Comuna de París. Incluía a muchos miembros de la Convención, denunciaban indiscriminadamente a la burguesía, partidarios del Terror extremo, lanzaron el movimiento de descristianización, consiguiendo que la Convención adoptara un calendario revolucionario: los años se contaban desde la fundación de la República, dividiéndose cada año en nueve meses de 30 días cada uno, y eliminando la semana que fue sustituida por la década.

Aunque no se adoptó hasta octubre de 1793, el calendario revolucionario computaba el Año I de la República Francesa desde el 22 de septiembre de 1792. Los nombres de los meses fueron sucesivamente: Vendimiario, Brumario, Frimario (otoño); Nivoso, Pluvioso, Ventoso (invierno); Germinal, Floreal, Prairial (primavera); Messidor, Thermidor, Fructidor (verano).

Otra forma de descristianización fue el culto a la Razón, que3 se extendió por toda Francia a finales de 1793. En Nôtre Dame, la Comuna organizó ceremonias en las que la Razón estaba representada por una actriz que era la mujer de un funcionario. Robespierre, que no veía con buenos ojos esta oleada de descristianización, consiguió que el Comité de Salvación Pública ordenara la tolerancia con los católicos pacíficos, y, que en junio de 1794, introdujera una especie de culto nacional al “Ser Supremo”, por el que la República reconocía la existencia de Dios y la inmortalidad del alma. Sin embargo, su propósito de aunar católicos con librepensadores, apelando a Voltaire, fue un fracaso y tanto unos como otros querían la caída de Robespierre.

Mientras, el Comité acababa con los “hebertistas”, dominaba a los “ejércitos” revolucionarios paramilitares, suprimía la Comuna de París y Robespierre colocaba en la alcaldía de París a personas de su confianza; así pudo desautorizar huelgas y mantener bajos los salarios, alegando necesidades militares, enajenándose así a los radicales que le acusaron de proburgués. Para disuadirlos, procedió contras elementos de la “Montaña”, acusándoles de deshonestidad financiera y tratos con contrarrevolucionarios, cayendo Dantón y sus seguidores.

En la primavera de 1794, la República francesa poseía un ejército de 800.000 hombres. Se trataba de un ejército nacional, mandado por oficiales que habían ascendido por su valía y compuesto por ciudadanos implicados en la defensa de su propia causa. Contrastaba profundamente con la indiferencia de los ejércitos adversarios, muchos de ellos integrados por mercenarios o siervos. En junio, los franceses ganaron la batalla de Fleurus, en Bélgica, luego invadieron los Países Bajos y 6 meses después entraban en Amsterdam. Las viejas provincias holandesas no tardaron en ser sustituidas por una República Bátava revolucionaria.

Estos éxitos hicieron ver a los franceses que ya no era necesario mantener un gobierno dictatorial. Un grupo de la Convención obtuvo la “proscripción” de Robespierre el 9 de Thermidor (27 de julio de 1794); Robespierre fue guillotinado al día siguiente, junto a algunos de sus correligionarios.

La reacción thermidoriana.

El terror se calmó, la Convención redujo los poderes del Comité y cerró el club jacobino. Se abolió el control de precios y otras regulaciones. Volvió la inflación, y las clases trabajadoras, sin dirigentes, sufrieron más que nunca. Estallaron motines, de los que el más importante fue la insurrección de Praririal del año III (mayo de 1795), en que una multitud casi dispersó la Convención por la fuerza. Por primera vez, desde 1789, fueran llamadas las tropas a París. Se arrestaron, encarcelaron y deportaron a unos 100.000 insurgentes. Unos pocos organizadores fueron guillotinados, incluido un militante negro.

Triunfó una burguesía, que en realidad nunca había sido desplazada del poder. Una burguesía de abogados o funcionarios públicos y que, frecuentemente obtenían unos ingresos de la propiedad de la tierra. A estos se añadieron advenedizos o nuevos ricos, que habían ganado dinero mediante los contratos con el gobierno en tiempo de guerra o beneficiarios de la inflación o de la compra de tierras de la Iglesia a muy bajo precio. Tales individuos implantaron un turbulento y ostentoso estilo de vida que dio mala fama al nuevo orden. También desataron un terror blanco contra los jacobinos.

Pero no habían perdido la fe en la Revolución, seguían creyendo en los derechos legales individuales y en una Constitución escrita. Desecharon la de 1793 y redactaron una nueva, la del Año III, implantada a finales de 1795.


OCHO APELLIDOS CATALANES

Escrito por Decineporlahistoria 12-12-2015 en CRÍTICA DE CINE. Comentarios (0)

El propósito del director Emilio Martínez Lázaro de repetir la fórmula de "Ocho apellidos vascos" (como hiciera antes con "El otro lado de la cama" y "Los dos lados de la cama") ha sido un éxito a juzgar por el resultado de la taquilla (casi cuatro millones de espectadores y 24,6 millones de recaudación hasta la fecha), que camina con paso firme hacia los 56 millones que recaudara la anterior película. Para los que no vieran la primera (raro, raro, porque una vez que funcionó el boca a boca, todos los medios de comunicación apostaron a caballo ganador, como suelen hacer casi siempre, dada su falta de riesgo, inteligencia y oportunidad) esta puede resultar entretenida, pero para lo que la vieron, "Ocho apellidos catalanes" dista mucho de la frescura, espontaneidad y originalidad de la primera (no tanto, si tenemos en cuenta que su espejo es "Bienvenidos al norte", de Dany Boom, con un gags visual idéntico, el que sufren ambos protagonistas al llegar al norte: la cortina de agua que les recibe). El esquema narrativo es idéntico, tanto que se puede decir que los golpes de humor aparecen en el mismo minuto del metraje, los personajes y las situaciones son un calco: donde allí fuera un abertzale pegado a las tradiciones y a la gorra con loctite, aquí es una independentista envuelta en su estelada, aderezada con sardanas y castellers y atrapada por una masía, que parece haber surgido de una fantasía de Tim Burton. Todo es, por tanto, bastante repetitivo. Ambos films no dejan de ser una variante del tan manido tema "La boda y sus alfoces", que hemos visto en infinidad de películas y que por lo que se ve la fórmula no parece agotada. La utilización de los contrastes sociales y de mentalidad de las Españas (que dijeran los prohombes del siglo XVII) está bien para darnos cuenta de que, en el fondo, lo que nos diferencia es una pura astracanada, que algunos se empeñan en revitalizar de cuando en cuando, para dar por saco al resto del personal. Pero todos, no solo los castellanos, vascos, gallegos, catalanes y demás, también los del mundo mundial, sangramos cuando nos pinchan, engullimos y evacuamos por los mismos sitios y sentimos las mismas angustias cuando el dinero no nos llega para pagar la hipoteca. Algunas cosas rechinan realmente, como la incultura que se achaca a los andaluces, cuyo desconocimiento del País Vasco y Cataluña es absoluto, según los guionistas; o el personaje que desempeña Berto Romero, un hipster refundado y embebido en las fuentes de Dalí y Ferrán Adriá, que no para de decir sandeces en toda la película, intentando hacer un sarcasmo con dos personajes que tuvieron y tienen algo que nunca podrán tener muchas personas, TALENTO. Ya, ya sé que es una parodia, que con la primera hasta me reí algo, que en mi es difícil si no se trata de los hermanos Marx o Jardiel Poncela, pero me disgusta que se siga ordeñando la idea de la España plural cuando, en el fondo, somos todos absolutamente iguales. El que unos llamen cebolleta a esos cebollines tiernos que salen de los ojos de las cebollas y otros calçots, es poco más que una chorrada, y que unos las coman, así, crudas, y otros las pasen por las brasas y las embadurnen con salsa rumescu, no deja de ser una variante sobre el mismo tema, en el fondo lo que se come es el tallo de ese excelente tubérculo que los romanos nos legaron por los siglos de los siglos amén. Que cabría decir lo mismo para el resto de la humanidad, pues también, que yo sepa todas las fronteras son artificiosas y artificiales, cuya única utilidad es puramente egoísta para poder decir a los demás: esto es mío. El día que al sol le de por crecer ya nos enteraremos de quién es este planeta, desgraciadamente no lo podré ver, ya estaré muerto.

Los actores y actrices, muy desiguales. Mejor Carmen Machi que en la primera, al igual que Clara Lago; en su línea Karra Elejalde; bien Belén Cuesta; Dani Rovira, una vez repuestos de su fresca aparición, intuimos lo que ya sabíamos, que aún le queda para llegar a ser actor; Rosa María Sardá, esa gran dama, la encuentro en horas bajas, repitiendo los sketches que hacía en televisión, con muy poca gracia y, Berto Romero es el que pasa por ahí, para ver si se hace un hueco, desgraciadamente no se si alguna vez llegará a ser actor.

Película, por tanto, para los que no vieron "Ocho apellidos vascos" y para los que no le pidan al guionista y director más inteligencia que la de arrancar unos euros, explotando la misma fórmula (y que conste que me parece bien, Fred Astaire y Ginger Rogers hicieron lo mismo, igual que Budd Abot y Lou Costello, Bing Crosby y Bob Hope o Jerry Lewis y Dean Martin y aquí, en España, Fernando Esteso y Andrés Pajares), pero sabiendo de donde partimos, por qué no intentar darle al tema otra vuelta de tuerca y utilizar los mimbres para no cometer los mismos errores, corregirlos, explotar los aciertos y añadir elementos realmente novedosos. Esperaba bastante más y he recibido bastante menos. 

CALIFICACIÓN:      

6. TIEMPO DE VÍSPERAS.LAS REVOLUCIONES 2. LA REVOLUCIÓN FRANCESA III.

Escrito por Decineporlahistoria 10-12-2015 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

6. Tiempos de vísperas. Las revoluciones 2. La Revolución Francesa III.

El impacto de la Revolución francesa en Europa.

Las doctrinas de la Revolución francesa eran altamente exportables por su concepto de una filosofía universal que proclamaba los derechos del hombre, sin distinciones de tiempo ni lugar, ni raza, ni nación.  Fueron las clases humildes las que se sintieron más estimuladas:

  ▪ Los tejedores de Silesia esperaban que vinieran los franceses.

  ▪ El Hamburgo hubo huelgas.

  ▪ El ejército prusiano experimentaba una infección de democracia.

  ▪ En Bélgica se produjo una segunda rebelión contra el emperador austriaco.

▪ En Inglaterra, los radicales como Thomas Paine o Richard Price, deseaban una revisión del modelo parlamentario y eclesiástico británicos.

▪ Los hombres de empresa eran también profranceses.

▪ Los irlandeses provocaron revueltas.

Paralelamente, el movimiento antirrevolucionario aumentaba. Edmund Burke, alarmado por los acontecimientos, publicó en 1790 Reflexiones sobre la Revolución en Francia, contra la situación anárquica del país vecino y contra una solución dictatorial, añadiendo que cada pueblo debe ser configurado según sus propias circunstancias nacionales, su historia y su carácter nacional, y no en base a unos principios abstractos inexperimentados. Sus tesis fueron escuchadas: el rey de Suecia, Gustavo III propuso dirigir una cruzada monárquica. La zarina Catalina cerró Rusia a la malévola influencia revolucionaria francesa, al igual que Carlos IV en España. Los emigrados franceses, principalmente nobles, predicaban una especie de guerra santa…

En resumen, Europa pronto se vio inclinada a una división. Lo mismo en América: en los EE.UU. el naciente partido de Jefferson fue calificado de jacobino; el de Hamilton, de reaccionario; mientras en la América hispana el independentismo se fortalecía, y el venezolano Miranda llegaba a general en el ejército francés.

Tal estado de cosas no se había producido desde la Reforma Protestante, ni volvió a producirse nada semejante hasta después de la Revolución Rusa.

La guerra.

Tardó. Catalina no quería implicarse. William Pitt también se resistía porque insistía en que los asuntos interiores de Francia no eran de la incumbencia del gobierno británico y que estaba más por la labor de sanear las finanzas agotadas después de la guerra de independencia de los EE.UU. Así las cosas, el elemento clave era el emperador austriaco, Leopoldo II, hermano de Mª Antonieta, reina de Francia, pero temía apoyar las demandas de una nobleza rival de la monarquía.

Sin embargo, el gobierno revolucionario francés estimulaba abiertamente el descontento europeo. Se anexionó Aviñón, feudo papal; abolió el feudalismo y los derechos señoriales de Alsacia, que formaba parte del antiguo imperio germánico, ofreciendo compensaciones a los príncipes alemanes con derechos en el territorio, sin su consentimiento. Estos recurrieron al emperador protestando contra la infracción de los acuerdos internacionales, y, por último, fue imposible negar que el rey francés estaba en cautiverio después de ser sorprendido en su intento de fuga en Varennes, una noche de junio de 1791.

En agosto de ese mismo año, se reunieron en Pillnitz Leopoldo II y el rey de Prusia, Federico Guillermo II (1786-1797), acordando una declaración de guerra, solo en el caso de que el resto de potencias hicieran lo mismo. Con esto, Leopoldo pretendía quitarse de encima a los emigrados franceses, pero en ningún momento se había planteado movilizar al ejército.

No obstante, los revolucionarios franceses no lo vieron así, dando una ventaja política a la facción dominante de los jacobinos, históricamente conocidos como GIRONDINOS, entre los que se encontraban el filósofo Condorcet, el jurista Brissot y el funcionario Roland, junto a su mujer, cuya casa convirtió en el cuartel general del grupo. Apoyados por pensadores extranjeros como Thomas Paine, Anacharsis Cloots, el alemán que se consideraba representante de la raza humana o James Watts, el hijo del inventor de la máquina de vapor, los girondinos se convirtieron en el partido de la revolución internacional. En su opinión, una vez que estallase la guerra, los pueblos de los Estados que agrediesen a Francia no apoyarían a sus gobiernos.

La guerra también era apoyada por un grupo acaudillado por Lafayette, que deseaba refrenar la Revolución, manteniéndola en la línea de la monarquía constitucional. Pensaban que la guerra podría restablecer el prestigio ínfimo de Luís XVI y acabar con la agitación jacobina. Sin embargo, lo que decidió su comienzo fue el fallecimiento de Leopoldo II y su sustitución por Francisco II, rey más volcado a los deseos de la nobleza y que reabrió las negociaciones con Prusia. Así que, el 20 de abril de 1792, sin oposición, la Asamblea declaraba la guerra al rey de Hungría y Bohemia, es decir, a Austria.

Guerra y Revolución.

Mientras, el descontento era generalizado entre las clases humildes, que pensaban que la Asamblea Constituyente y la Legislativa habían servido a los intereses de la alta burguesía. Los campesinos se quejaban de la irregular distribución de la tierra y los obreros de la subida de los precios. El oro había sido llevado del país por los emigrados; los asignados eran casi la única moneda circulante, aunque perdían valor constantemente. Por eso, los campesinos se resistían a vender sus productos a cambio de un papel desvalorizado. Pero, por descontentos que estuvieran, cuando la guerra comenzó se sintieron amenazados con un posible retorno de los emigrados y una restauración del Antiguo Régimen. De este modo, las clases humildes se adhirieron a la Revolución, pero no al gobierno revolucionario. La Asamblea Legislativa y la monarquía constitucional no tenían la confianza de buena parte de la población.

La guerra se desarrolló al principio muy desfavorablemente para los franceses. Prusia se unió a Austria y, en el verano de 1792, las dos potencias estaban a punto de invadir Francia. El 25 de julio publicaron el MANIFIESTO DE BRUNSWICK, declarando que si el rey y la reina franceses sufrían algún daño, las tropas austro-prusianas castigarían a los culpables. Tales amenazas solo sirvieron para justificar a los activistas más violentos, y las masas populares enardecidas por Robespierre, Danton y Marat, estallaron en una pasión de exaltación patriótica. Se volvieron contra el rey porque le identificaban con las naciones que les amenazaban y porque los que les apoyaban, dentro de Francia, lo utilizaban en su contra y así, surgió de manera natural el republicanismo.

La situación se aceleró a lo largo del verano de 1792. Los reclutas acudían a París desde todas las regiones en su camino hacia las fronteras. Un destacamento, procedente de Marsella, traía una canción de marcha, conocida como La marsellesa, una especie de llamada contra la tiranía. El 10 de agosto, los barrios obreros parisinos, apoyados por gentes procedentes de provincias, asaltaron las Tullerías, y apresaron y encarcelaron a la familia real. En París se formó un gobierno municipal revolucionario o Commune que, usurpando los poderes de la Asamblea Legislativa, consiguió la derogación de la Constitución y la elección de una Convención Nacional, que gobernaría Francia y prepararía una Constitución democrática.

Mientras, en París reinaban la histeria, la anarquía y el terror; un puñado de voluntarios insurrectos, declarando que había que poner fin a los enemigos interiores, sacaron de las cárceles a más de 1.100 sacerdotes refractarios y contrarrevolucionarios y los ejecutaron tras juicios sumarísimos (matanzas de septiembre). La insurrección del 10 de agosto de 1792 iniciaba la fase más activa de la Revolución.