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5. TIEMPO DE VÍSPERAS, LAS REVOLUCIONES 2. LA REVOLUCIÓN FRANCESA II

Escrito por Decineporlahistoria 26-10-2015 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

La nueva Francia: La Asamblea Nacional.

La Asamblea de Versalles solo podía restablecer el orden, satisfaciendo las demandas de los campesinos. La eliminación de todos los impuestos señoriales privaría a la nobleza de buena parte de sus ingresos. Ahondando en la supresión de estos privilegios, un pequeño grupo de diputados en la “noche del 4 de agosto”, aprovechando la ausencia de muchos miembros, concertados con unos pocos nobles liberales que se levantaron y renunciaron a sus derechos de caza, a sus “banalitès”, a sus derechos a los tribunales del señorío y a los privilegios feudales y señoriales en general, aprobaron dichas renuncias. También fueron abolidos los diezmos, mientras otros diputados repudiaban los privilegios especiales de las provincias. Sobre la cuestión más importante (los tributos derivados de la “propiedad eminente” en los señoríos) se llegó a un compromiso: desaparecían a cambio de una compensación a pagar por los campesinos, aunque buena parte no se pagó y, más tarde, en 1793, sería revocada.

En un decreto en el que se resumían las resoluciones de 4 de agosto, la Asamblea declaraba que el feudalismo quedaba abolido. Con el privilegio legal sustituido por la igualdad legal, procedía trazar los principios del nuevo orden. El 26 de agosto de 1789 hizo pública la DECLARACIÓN DE LOS DERECHOS DEL HOMBRE Y DEL CIUDADANO. Aunque en ambos casos se refiere a los dos sexos, lo cierto es que muy pocos defendían la igualdad legal entre los sexos, entre ellos Condorcet en Francia t Mary Wollstonecraft en Inglaterra (en 1792 publica “Reivindicación de los derechos de la mujer”).

La Declaración de 1789 pretendía afirmar los principios del nuevo estado, que eran, esencialmente, el dominio de la ley, la ciudadanía individual igual y la colectiva soberanía del pueblo. En el artículo I se dice: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”. Se afirmaba que los derechos naturales del hombre eran: “la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión”. Se garantizaba la libertad de pensamiento y la de religión; nadie podía ser detenido ni juzgado sin procedimiento legal; cualquiera podía ser persona elegible siempre que tuviera capacidad para ser funcionario. La libertad se definía como el poder de hacer todo lo que no perjudique a otro, quedando esto determinado por la ley. La ley, igual para todos, era la expresión de la voluntad general. La única soberana era la nación. Los impuestos no pueden establecerse sin común consentimiento y el gobierno y los funcionarios eran responsables de utilizarlos debidamente. Por último, el estado podía confiscar con fines públicos, y mediante la ley, la propiedad de las personas privadas, pero con una justa compensación. La Declaración se convirtió en el catecismo de la Revolución en Francia. Al traducirse a otros idiomas, llevó el mensaje a toda Europa.

Cuando, en septiembre de 1789, la Asamblea comenzó la planificación del nuevo gobierno, algunos querían un fuerte poder de veto para el rey y un cuerpo legislativo bicameral, como en Inglaterra; otros, los “patriotas”, querían solo un veto suspensivo para el rey y una sola cámara, porque temían que una cámara alta reintegrase a la nobleza su fuerza colectiva y pensaban que podía fortalecer en exceso al rey, de quien creían que había hecho piña con los nobles. Luís XVI dudaba en aceptar los decretos de 4 de agosto y la Declaración de Derechos. Su hermano, el conde de Artois, junto a algunos aristócratas, había huido al extranjero con la idea de recibir apoyos de los gobiernos absolutistas contra la Revolución. El debate fue interrumpido por la insurrección y la violencia. El 4 de octubre, una multitud de la clase baja, seguida por la guardia nacional, obligó a Luís XVI a abandonar Versalles y a trasladar su residencia a París. La Asamblea Nacional la siguió, triunfando así los “patriotas”, empujando a los más conservadores a abandonar la Asamblea y emigrar.

Pero los que querían seguir con el proceso revolucionario empezaron a organizarse en clubs. El más importante fue la Sociedad de Amigos de la Constitución, comúnmente llamado el “Club jacobino”, porque se reunía en un viejo monasterio jacobino de París. Las cuotas eran altas al principio, por lo que solamente la alta burguesía podía ingresar; después, se redujeron, pero nunca lo suficiente como para incluir a las clases humildes, que formaban clubs propios de menor importancia. Los jacobinos siguieron siendo un grupo de clase media, incluso durante la fase más radical de la Revolución.

La Asamblea Constituyente.

Desde octubre de 1789 a septiembre de 1791 la Asamblea, ahora llamada Constituyente, continuó su trabajo de gobierno de la nación, elaborando una Constitución y acabando con los restos del Antiguo Régimen. Todo tenía que desaparecer si había de mantenerse la esperanza de una ciudadanía igual bajo una soberanía nacional. La nueva Asamblea dividió Francia en 83 departamentos iguales, las ciudades recibieron la misma organización, variando solo en función del tamaño. Todos los funcionarios locales eran elegidos por sus vecinos, siendo el inicio de un proceso de descentralización como reacción al modelo absolutista.

La Constitución entró en vigor en 1791. La soberanía pasaba a ser ejercida por una asamblea elegida, de tipo unicameral, llamada Asamblea Legislativa. Solo se concedía al rey un derecho suspensivo de veto por un tiempo. Pero el rey, el poder ejecutivo, falló. Su huida (20/21 de junio de 1791) fue descubierta en Varennes. Pretendía reunirse con los nobles emigrados y solicitar la ayuda de las potencias absolutistas. Con este gesto quedaba claro que rechazaba la Revolución y sus principios. Fue llevado de nuevo a París y obligado a aceptar su situación de monarca constitucional. La actitud de Luís XVI dejó al país sin un ejecutivo fuerte, que despertase confianza; u así, en Francia, el gobierno fue ejercido por unos círculos de discusión sujeto a numerosos vaivenes.

Pero no todo era democrático. La Constitución distinguía entre ciudadanos “activos” y “pasivos”. Unos y otros tenían los mismos derechos civiles, pero solamente los activos tenían derecho al voto; podían elegir a los “electores”, sobre la base un elector por cada centenar de ciudadanos activos. Los electores se reunían en la capital del departamento y allí elegían a los diputados de la Asamblea y a algunos funcionarios locales. Estos ciudadanos activos eran varones mayores de 25 años y con recursos económicos suficientes para pagar un pequeño impuesto directo, lo que suponía a algo más de la mitad de la población masculina adulta. De entre estos, los electores eran los que pagaban un impuesto más alto, menos de la mitad; pero, en la práctica, lo que les habilitaba era su instrucción, su fortuna y tener todo el tiempo libre para formar parte de una Asamblea que se encontraba en París. Eso reducía su número a unas 50.000 personas en 1790/1791, porque esa era la proporción de un elector por cada 100 ciudadanos activos (5.000.000). De esta manera, las decisiones políticas quedaban en manos de la burguesía mayoritaria y de la nobleza revolucionaria.

Del mismo modo, las políticas económicas favorecieron a las clases medias. La deuda pública había precipitado la Revolución, pero los dirigentes revolucionarios nunca dejaron de reconocerla. Era obvio, la deuda estaba en manos de la burguesía y no iba a renunciar a su cobro. Para ello, recurrió a un procedimiento nada nuevo en Europa: confiscar las propiedades de la Iglesia y utilizarlas como garantía de pago. La Asamblea emitió “asignados”, para comprar parcelas de las antiguas tierras de la Iglesia. Al principio, fueron considerados como bonos de alto valor, con el tiempo pasarían a ser moneda corriente y emitidos en pequeños billetes. Los campesinos, aunque tuviesen el dinero, no podían comprar fácilmente las tierras, porque se vendían en pública subasta o en grandes bloques indivisos. No obstante, compraron una gran cantidad de tierras a través de intermediarios. También se les concedió un plazo, hasta 1793, para pagar la compensación por el fin de los derechos señoriales. Sin embargo, los no propietarios se sintieron perjudicados por la exaltación de la propiedad privada individual y el fin de los derechos colectivos vecinales. La Asamblea favorecía así el libre individualismo económico.

La Asamblea Constituyente abolió las corporaciones, organizaciones monopolísticas de pequeños empresarios o artesanos, interesados en controlar los precios. En Francia hubo también un movimiento obrero bastante organizado. En el periodo prerrevolucionario, frente a las corporaciones de artesanos, los asalariados formaron sus propias asociaciones, que recibieron el nombre de “compagnomages”. A pesar de ser declarados ilegales por el Antiguo Régimen, las asociaciones de carpinteros, estuquistas, papeleros, sombrereros, talabarteros, cuchilleros, herreros… habían florecido, recaudaban cuotas, negociaban con los maestros artesanos o con otros empresarios, exigiendo el pago de un salario o la revisión de las condiciones de trabajo. Las huelgas fueron frecuentes, incluso durante la Revolución, produciendo cierto desorden y recelo entre la burguesía. En 1791, la Asamblea aprobó la “Ley Le Chapelier”, que restableció la prohibición de los “compagnomages” y abolió las corporaciones y vedó la organización de intereses económicos especiales de todo tipo. También liberalizó el trabajo y aprobó la necesidad de acuerdo entre obreros y patronos en el salario. Esta ley siguió vigente durante 3 cuartos de siglo.

Los problemas con la Iglesia.

Aunque la cuestión material tuviera su importancia, el choque con la Iglesia fue de carácter político: la búsqueda de la subordinación del clero al Estado. Los miembros de la Asamblea no creían en una separación entre Iglesia y Estado, pensaban que los pobres necesitaban la religión si habían de respetar las propiedades de los ricos. Por eso redactaron la CONSTITUCIÓN CIVIL DEL CLERO en 1790.

Pretendía la instauración de una iglesia nacional francesa: los párrocos y los obispos eran elegidos, como si fueran funcionarios. Se abolieron los arzobispados, el número de diócesis se redujo de 130 a 83, en coincidencia con los departamentos; al Papa simplemente se le notificaría el nombramiento y no se le reconocía ningún tipo de autoridad. También puso fin a los abusos por los que los nobles habían sido sostenidos en parte por la Iglesia. Al margen de la Constitución Civil del Clero, la Asamblea prohibió la toma de votos religiosos y disolvió los conventos.

El Papa declaró que la Constitución Civil del Clero era una inmoral usurpación del poder en perjuicio de la Iglesia católica, y condenó la Revolución en su conjunto. La Asamblea Constituyente replicó, exigiendo a todo el clero francés que prestase un juramento de lealtad a la Constitución, incluida la Constitución Civil del Clero. La mitad y solo 7 obispos lo hicieron, entre ellos Talleyrand.

Ahora había 2 Iglesias en Francia: una clandestina y otra oficial; una sostenida por donaciones voluntarias o por fondos que entraban de contrabando desde el exterior y, la otra, financiada y protegida por el gobierno. La primera (el clero refractario) se hizo violentamente contrarrevolucionario. El clero constitucional, los que habían prestado juramento, se consideraban patriotas y defensores de los derechos del hombre. Los católicos seglares estaban confundidos. Si aceptaban la Revolución, desafiaban al Papa y, si no, se declaraban contrarrevolucionarios.

El propio rey utilizaba los servicios de sacerdotes refractarios, lo que le hacía poco fiable para los revolucionarios. La nobleza también prefería a este clero, al igual que buena parte del campesinado y de las familias obreras urbanas. Ante esta situación, la Asamblea Constituyente no sabía bien qué hacer.

La Constitución Civil del Clero ha sido considerada como el más importante error táctico de la Revolución. Sus consecuencias fueron muy desafortunadas:

▪ En el siglo XIX, la Iglesia sería antidemocrática y antiliberal, mientras que demócratas y liberales se declararon abiertamente anticlericales.

▪ El Papado se benefició de esta confusión, de tal manera que:

  — En 1870 se proclamaría la infalibilidad del Papa.

— Napoléon reconocería al Papado unas atribuciones que había perdido durante el Antiguo Régimen.

Con la proclamación de la Constitución en septiembre de 1791 se disolvió la Asamblea Constituyente, pero antes acordó que ninguno de sus miembros pudiera sentarse en la siguiente Asamblea Legislativa. El nuevo régimen   que entró en vigor en octubre de 1791 era una monarquía constitucional, de parlamento unicameral, que tenía al rey en contra.


LUIS DE MORALES, "EL DIVINO".

Escrito por Decineporlahistoria 19-10-2015 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

LUIS DE MORALES (1515-1586)

Nace en Badajoz (o quizá en Sevilla, como afirmó el pintor y biógrafo Jusepe Martínez) y es posible que estuviera emparentado con el pintor afincado en Sevilla entre 1526 y 1534, Cristóbal de Morales. Se formaría en la ciudad hispalense y es posible que fuera a Italia, pero son conjeturas, porque lo más seguro que sabemos de él es su fama en vida y la fortuna tras su muerte.

Francisco Pacheco en su “Arte de la pintura” (1649) elogia su arte, aunque dice que “le falta lo mejor del arte y el estudio del dibujo y pudiera haber caído en algunas licencias contra el decoro, al omitir las reales insignias de Cristo (la caña como cetro, la corona de espinas) en pasos como el Ecce Homo o Cristo con la cruz a cuestas”. Jusepe Martínez reconoció a mediados del siglo XVIII sus valores y Antonio Acisclo Palomino de Castro y Velasco, a comienzos del siglo XIX, lo incluyó en su “Parnaso español pintoresco laureado”, trazando su primera biografía completa. Fue quien le puso el sobrenombre de “el divino”. Palomino lo justificaría porque todo lo que pintó fueron cosas sagradas con tan gran primor y sutileza de los cabellos “que al más curioso en el arte ocasiona a querer soplarlos para que se muevan; porque parece que tiene la misma sutileza que los naturales”.

En esta doble realidad del tópico de divino, por sacro más que por artista, radicará el interés de un pintor al que pronto se reconoció como famoso y poseedor de un estilo propio (pese a que nunca firmó sus cuadros). Sin embargo, la historia del arte español ha tendido a relacionarlo con Badajoz y un arte provinciano. Se le ha presentado como un pintor sacro, encerrado en un mundo marginal en lo social, rural en lo cultural, popular en sus formas de vida y en sus formas de expresión religiosa y artística, que trabajaba para una clientela local de limitados gustos y para unas excepciones sociales que se habían fijado en el artista a causa del “prestigio” de su arte y la simpatía por el tono popular que daba a su pintura. Luis de Morales había sido el genio artístico que surge casi por generación espontánea, capaz de escapar con su arte de la servidumbre de la gleba local, aldeana, en la que habría nacido y en la que habría transcurrido toda su vida.

Sin embargo, y dentro de la pintura religiosa del Renacimiento español, destacaría junto al Greco; si bien éste, más cercano a la mística de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, y Morales más pegado a la devoción popular.

Hoy en día, los hechos tozudos van acabando con los tópicos y nos fijamos más en su interés por la función de la forma artística, por su capacidad y su éxito en la adecuación a las sensibilidades religiosas de su época.

De Luis de Morales sabemos algunas cosas. En 1550 se había casado con Leonor de Chaves, hermana de Hernando Becerra de Moscoso, un regidor de Badajoz. Tuvieron 2 varones, que entraron a trabajar en el taller paterno, y 3 hijas, una de ellas sería monja jerónima. En 1549-1550 hacía solamente 10 años que se había instalado en la ciudad extremeña, teniendo abierto un taller, en el que ya había trabajado el oficial de Zafra, Hernando de Madrid, y colaboraba entonces Estacio de Bruselas. En los años 30 realizó su aprendizaje en Sevilla y fue a Badajoz ya como maestro. De la mudanza sabemos por las declaraciones de diversos testigos que intervinieron en el pleito incoado por Estacio de Bruselas, vecino de Llerena y rival de Morales en la contratación de un retablo para la villa de Puebla de la Calzada; al final se repartiría salomónicamente la obra: las tablas figuradas para Morales y la pintura y dorado de la mazonería (obra de relieve del retablo) para Estacio.

En esta documentación se nos indica que se tenía a Morales como un artista que pintaba menos al natural que Estacio; por otra, se nos mencionan las obras realizadas hasta la fecha por Morales, como los retablos para el Hospital de San Andrés de Badajoz, el monasterio de Alconchel y las parroquias de Villanueva de Barcarrota y Villar del Rey. A ellos habría que sumar sus trabajos artesanales para la catedral de Badajoz, o de cuadros como el fechado en 1546 y tenido como procedente de la ermita de la Concepción o del citado Hospital. También conocemos los nombres y títulos de los clientes de carácter privado, como el prior de la Orden de San Juan, Antonio de Zúñiga; el IV conde de Feria, Pedro Suárez de Figueroa; y su tío don García de Toledo; el obispo de Plasencia, Gutierre de Carvajal y Vargas; el marqués de Tarifa y I duque de Alcalá, Parafán de Ribera; y el monasterio sevillano de las Cuevas, que se encontraba bajo su patronazgo; el conde de Oropesa; el duque de Alburquerque, Alonso de la Cueva y Benavides (primo del obispo de Badajoz, Francisco de Navarra); los inquisidores de Toledo y León, don Alonso Martínez, don Fadrique de Zúñiga, el duque de Braganza y el rey de Portugal, don Juan III el Piadoso.

Sorprende la entidad de esta clientela con la supuesta modestia de su arte, por otro lado, agreste, al servicio de las exigencias de una clientela provinciana, impresionable e ingenua, que buscaría solo el expresionismo trágico. Sin embargo, la realidad parece apuntar hacia un ambiente muy distinto. Lo mejor del arte de Morales se adecuaba al género de tablas de devoción privada, de oratorio particular, más que al de las grandes composiciones de tono narrativo de los retablos eclesiásticos. En la línea de la técnica pictórica flamenca, de productos refinados, naturalistas, cargados de devoción y detallismo. No pueden extrañarnos los clientes de Morales, ni que sus mejores obras pertenezcan a este género, el del cuadro de oratorio familiar o de pequeña capilla, como su Virgen con el Niño y el pajarito (1546, parroquia de San Agustín de Madrid, al parecer procedente de la Concepción de Badajoz), su Virgen con el Niño y San Juanito de la Colegiata navarra de Roncesvalles (encargo del obispo Francisco de Navarra), o su Piedad de la Academia de San Fernando de Madrid (procedente del colegio de jesuitas de Santa Catalina de Siena de Córdoba).

Su estilo es inconfundible por sus figuras recortadas sobre un fondo neutro, naturalista en lo descriptivo, convencional en el esquema y composición; de cuerpo y piel más que de carne y hueso, dotando de esta manera a unas imágenes sagradas características de una época y de un país:

─ Las escenas de la PASIÓN DE CRISTO, aisladas, generalmente medias figuras en las que resalta la emoción por encima de la historia que cuenta. Su objetivo es reconducir la meditación, como en el Ecce Homo de Nueva York (Hispanic Society) y Madrid (Real Academia de San Fernando), el Cristo atado a la columna y san Pedro del palacio episcopal de Madrid, el Cristo con la cruz a cuestas de la colección Grases de Barcelona, la Piedad del palacio episcopal de Madrid y la City Art Gallery de Leeds, o la Dolorosa del Ermitage de San Petersburgo.

─ Escenas de la INFANCIA DE CRISTO, ternuristas, aparentemente anecdóticas, pero que se presentaban como prefiguración de la futura pasión, sobre las que se debía reflexionar con la propia Virgen, más atenta a ella misma que al Niño; la Virgen con el Niño y el Pajarito de alas abiertas nos anticipa la crucifixión; en la tabla de Roncesvalles, María señala el pie del Niño; de igual forma nos advierte de la corona de espinas en la Virgen de la Leche (Prado, National Gallery), en ellas María acaricia la cabeza del Niño. Más evidente son la Virgen de la rueca, de la Hispanic Society de Nueva York, o la Virgen gitana (en Egipto) o del sombrerito de la colección Adanero de Madrid, por la aparición de pequeñas cruces. Como premoniciones de la Piedad pueden verse las Sagradas Familias de Madrid (colección marqués de Rivadulla), con el Niño dormido, y Nueva York, dormido y envuelto en una especie de pequeño sudario más que vestidito. Este último cuadro merece mayor atención: “en su fondo aparece, junto a una persona que ofrece una cesta de huevos y un lejano y diminuto anuncio del ángel a los pastores, una torre, identificada por una inscripción como la Turris Ader, tomada de la Parárasis al Evangelio de San Lucas de Erasmo de Rotterdam, publicada en latín en Alcalá de Henares (1525), y en la que se indica que Cristo había nacido según los oráculos antiguos; la profecía y el destino final quedan simbolizados por el esquema del horóscopo de Cristo, copiado del que había predicho y publicado Girolamo Cardano en sus «Commentaria in Claudium Ptolomeum» (Basilea, 1554). Este había sido amigo de Constantino Ponce de la Fuente, el canónigo magistral de la catedral sevillana de los 40 y los 50, que pasó del erasmismo a un evangelismo radical y moriría en las cárceles inquisitoriales de Sevilla en 1560, acusado de luterano, y que el texto del científico italiano, editado en Suiza había sido expurgado en este particular astrológico en 1571 por las autoridades eclesiásticas, tras años de sospecha. Y Erasmo, el máximo representante para la piedad española de la devoción moderna, había pasado de ser visto como modelo minoritario y culto para la práctica religiosa a ser considerado autor sospechoso, aunque solo fuera por su respuesta solo tibia al mundo del protestantismo y sus críticas a las formas tradicionales de la religiosidad, que a partir de la reacción contrarreformista fueron defendidas por más autoridades eclesiásticas que se oponían a cualquier cambio o crítica.

Visto así, la clientela, supuestamente iletrada y popular, en realidad era más bien culta, latinista, al día en materia bibliográfica e inquieta e innovadora en materia devocional y espiritual, rayando la herejía. Su más conocido cliente, casi su mecenas al pasarle un sueldo de 1670 ducados anuales, fue el futuro santo Juan de Ribera (luego obispo de Badajoz), quien le encargó su retrato del Prado, dos tablas con la Virgen en 1565 y, en 1566, otro retrato para su capilla (el tríptico del Ecce Homo, de Cádiz); una Virgen con Niño y una Procesión del Concilio de Trento; en 1565, el prelado había enviado dos tablas de la Virgen a Sevilla y, al año siguiente, una tercera al obispo de Ávila, Álvaro de Mendoza; en el bienio 1567-1568 pagaba al pintor por un tríptico de la Quinta Angustia (el ya citado de Cádiz, con su retrato), por su famosísimo Juicio del alma (Valencia, colegio del Patriarca), por 2 Cristo atado a la columna con San Pedro y por 2 Vírgenes gitanas.

Los tres prelados que más obras le encargaron [Francisco de Navarra (1498-1563), Cristobal de Rojas y Sandoval (1502-1580) y san Juan de Ribera (1532-1611)] presentaban características comunes en cuanto a su concepción teológica, cercana al erasmismo, en defensa de la reforma e innovación de la Iglesia en un sentido pacifista y pactista, muy próxima a la devoción personal más que pública y haciendo hincapié en el lado humano de Cristo, especialmente durante la Pasión. Rojas y Ribera serían acusados de causar y promover, si bien de forma involuntaria, la desviación herética de los alumbrados extremeños, cerrados con las leves cadenas del auto de fe de Llerena de 1579.

Algunos textos de este grupo, en los que se incluiría a san Juan de Ávila y fray Luis de Granada, se han puesto en relación, recientemente con algunas pinturas de Luis de Morales, como el Juicio del alma, al que se relaciona con “Agonía del tránsito de la muerte” de Alexo de Venegas, la “Confesión de un pecador” de Constantino Ponce de León y el “De praeparatione ad mortem”, de Erasmo. Aunque serán las obras de fray Luis de Granada las que más influirían en su obra, tanto su “Libro de oración”, como su “Guía espiritual”. Parece reflejarse en sus 2 Vírgenes enseñando a escribir al Niño. En la tabla de Sanlúcar de Barrameda (colecciones Medina Sidonia), el Niño redacta en latín un pasaje del evangelio de Mateo: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”; en la del Museo de la Academia de San Carlos de México se puede leer: “Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene potestad para perdonar los pecados”, del evangelio de Marcos.

Siguiendo pues, en buena medida, las recomendaciones diarias para la oración personal de fray Luis de Granada, Morales tiende a centrarse en los episodios de la Pasión y las meditaciones matinales, como las de los miércoles, que tienen presente a Cristo ante Anás, Cristo ante Caifás, Cristo ante Herodes y Cristo ante Pilatos y Flagelación; y las de los jueves, como sus Ecce Homo y Cristo con la cruz a cuestas. En todos ellos la visión es emotiva, no intelectual, como dice fray Luis: “Míralo todo dentro y fuera; el corazón atravesado con dolores, el cuerpo lleno de llagas, desamparado de sus discípulos, perseguido de los judíos, escarnecido de los soldados, y despreciado de los pontífices, desechado del Rey inicuo, acusado injustamente y desamparado de todo favor humano”.

En este sentido, uno de los mejores cuadros de Luis de Morales es su Varón de Dolores de Minneapolis (The Minneapolis Institute of Arts), que recuerda al Alberto Durero de los adenda a su gran Pasión. El CVristo a la espera de la Pasión se convierte en un Cristo meditando sobre ella.

Esta ambivalencia del pensamiento de fray Luis: mis pecados causan dolor a Cristo, pero este me redime con su sufrimiento, también está presente en Morales: convencionalismos nórdicos, sensibilidades italianas y rudeza lusitana por un lado; sensiblerías y esquematismos flamencos, naturalismo e imaginería hispalense, por otro; lo que produce una belleza formal, con esfumato leonardesco y un todo plañidero a lo Sebastiano del Piombo.

No es de extrañar que fuera la década de los 60 la de mayor éxito de su obra. Una tabla de la Virgen con el Niño y san Juanito pasó, en 1564, de las manos de Felipe II al monasterio madrileño de San Jerónimo el Real; su taller produjo sus más importantes retablos: el de Arroyo del Puerco (1563-1568, hoy Arroyo de la Luz en Cáceres), el del monasterio de Santo Domingo de Évora (1564), los de las parroquias de San Martín de Plasencia e Higuera la Real (1565-1570), al que habría que añadir el menor de Valencia de Alcántara. Estos retablos eran la fuente económica de los pintores de la época, y aunque no se valoraran como los de Madrid, Toledo o Sevilla, si le proporcionaron estabilidad económica durante la década.

Desaparecido el de Puebla de la Calzada, el retablo de la Concepción, de Badajoz es el más antiguo de los que se han conservado, si bien parcialmente: Virgen con el Niño y el Pajarito, Cristo con la cruz a cuestas, premonición y cumplimiento de la Pasión, que había encontrado su inicio en la Inmaculada Concepción de María, la advocación de la ermita y tema representado a través del Abrazo de San Joaquín y Santa Ana ante la Puerta Dorada de Jerusalén. En el conjunto de Higueruelas de Arriba, destinado a la familia Carvajal, el retablo incluía tablas dedicadas a la Epifanía de los Reyes Magos, el Bautismo, el Descendimiento de la Crus, San José con el Niño, Santiago y la imposición de la casulla a San Ildefonso, con poca conexión entre sí. El disperso retablo de la capilla del Sagrario de la catedral de Badajoz con su Anunciación, su Epifanía, una Piedad y una Estigmatización de San Francisco, parece formar parte de un programa mariano, aunque las dos últimas tablas podrían haber formado parte de un díptico o tríptico en el que el tema central sería el de las Cinco Llagas de Cristo y el santo de Asís. En todos ellos se tiende al desarrollo de escenas narrativas, con fondos paisajísticos o de interiores de casas e iglesias, tomados muchas veces de estampas italianas o germánicas. En el de Arroyo de la Luz, único conservado in situ, hay un doble programa; por una parte dedicado a la infancia, con la Anunciación, el Nacimiento, la Presentación en el Templo y la Epifanía, y, por otra, a una pormenorizada Pasión, con la Oración en el Huerto, el Ecce Homo, la Negación de San Pedro, el Camino del Calvario, el Descendimiento, el Santo Entierro, la bajada al Limbo, la Resurrección, la Ascensión y el Pentecostés; a estas se añadieron las dedicadas a Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, San Juan Bautista y San Jerónimo.

El retablo de Santo Domingo de Évora presentaba en origen el Nacimiento, imágenes de San Juan Bautista y San Juan Evangelista, San Pedro y San Pablo, a las que quizá se adjuntaron el Bautismo y la Virgen con el Niño del museo de Arte Antiga de Lisboa. El de Higuera la Real contenía un Cristo atado a la columna, un Ecce Homo con Poncio Pilato, un Cristo con la cruz a cuestas y una Quinta Angustia, con las figuras apaisadas de San Juan Bautista y la Magdalena en el banco. De pocas tablas era también el retablo de San Martín de Plasencia (Anunciación, Visitación y Purificación) u otro dedicado a San Martín y el pobre y 2 pequeñas escenas de su vida en la predela. Esas mismas escenas aparecían en el retablo de la iglesia mayor de Elvas (1575). Tal monotonía en la temática justificaría en parte su abandono en manos de sus ayudantes y su factura escasamente original, reservándose solamente la pintura de rostros y manos.

No es de extrañar que, en la década de los 70, con Diego de Simancas como obispo de Badajoz (1569-1578), fuera a de la decadencia, la vejez, los encargos de retablos lejanos como el de San Felices de los Gallegos en Salamanca (1572), el hoy en San Salvador de Elvas, en Portugal (1575), y los retablos de las Capillas Santillán y Ovando en la iglesia conventual de San Benito de los Caballeros Militares de Alcántara (1580). Sería también ésta la década de la ausencia de encargos episcopales. Los tiempos han cambiado desde la finalización del Concilio de Trento en 1563: las prácticas religiosas se han uniformado dentro de la más estricta ortodoxia impuesta por Roma. El ambiente de apertura y permisividad ha finalizado con la acusación de herejía a alumbrados, evangelistas, erasmistas y modernos. El fiscal inquisitorial del arzobispo Carrranza, el propio Diego de Simancas, impondrá la contrarreforma, incrementando el control de la imaginería, como parte fundamental en la práctica de una religión católica en defensa de las imágenes, las reliquias y su lugar preeminente en el culto.

Aunque en fecha imprecisa fuera contratado para pintar en el monasterio de El Escorial, volverá a ver a Felipe II en su última década, cuando en el verano de 1580 pase el rey por Badajoz camino de Lisboa. Morales, viejo y pobre, necesitado de ayuda económica, se dirige al rey, quien le recibe y le asigna de las arcas de la ciudad 200 ducados para comer, a lo que replicaría el artista: “Señor, ¿y para cenar?”; el rey le dará 100 ducados más.

Aparecen en esta década los fondos de paisajes y ruinas, con cielos bajos, pero en construcciones en las que el espacio no interesa y las representaciones de los escorzos de las figuras adolece de calidad; las figuras se acartonan, se vuelven rígidas, los gestos se endurecen, los rostros se estereotipan, los modelos en que se basa se vuelven anticuados. Algunos rasgos se mantienen: la descripción del detalle, la belleza y dulzura de los rostros de María, la elegancia de algunos movimientos femeninos, la bruta fealdad de los sayones, el patetismo exacerbado de los crucificados.

El taller le sobrevivió, no tanto por sus hijos Jerónimo y Cristobal, como por su más aventajado discípulo, Alonso González, como se puede comprobar porque todavía en 1591 realizaran encargo para Ávila o Sevilla.

VER MÁS:

J. Antonio Gaya Nuño: “Luis de Morales”, Madrid, Instituto Diego Velázquez, 1961.

Carmelo Solís Rodriguez: “Luis de Morales”, Badajoz, Fundación Caja Badajoz, 1997

www.museodelprado/enciclopedia/Luis de Morales 

Wikispaces/extremeños ilustres.com/Luis de Morales 

Faroxerbar.com/Galería de pintores españoles/Luis de Morales

www.artesepana.com/Luis de Morales

www.artehistoria.com/La obra de Luis de Morales.

Piedad, de la capilla del Sagrario de la Catedral de Badajoz, 1553/1554.

EL FUERO DE BRAÑOSERA

Escrito por Decineporlahistoria 14-10-2015 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

  Municipio palentino, al norte de la capital y en la cara sur de la cordillera cantábrica, cerca de Reinosa. Es el primer municipio de España, ya que en 824, el conde Munio Núñez, junto con su mujer Argilo, otorgó “puebla” a 5 familias para que repoblaran el valle donde se asienta actualmente el pueblo de Brañosera (la braña osera)

  Empujados por los musulmanes, como cuenta el Anónimo Mozárabe, la crónica de Alfonso III nos dice que “entre los godos que no perecieron por la espada o de hambre, la mayoría se refugió en esta patria de los asturianos”. Pronto se produciría una superpoblación como parece confirmarlo el poema de Fernán González: “Villas y castillos tengo,/ todos a mi mandar son;/ dellos me dejó mi padre,/ dellos me ganara yo./ Los que me dejó mi padre,/ poblelos de ricos hombres,/ los que yo me hube ganado,/ poblelos de labradores./ Quien no había más que un buey,/ dable otro que eran dos;/ el que casaba su hija,/ le daba yo rico don;/ cada día que amanece,/ por mi hacen oración”. Y luego continua: “eran en poca tierra/ muchos hombres juntados./ Visquieron castellanos/ grand tiempo, mala vida;/ en tierra muy angosta/ de viandas fallida./ Lacerados muy grand tiempo/ a la mayor medida,/ véyese en grand miedo/ con la gente descreída”.

  De los valles cantábricos se descuelga gente humilde, impulsada por el hambre y esperanzados por la “presura”, se establecen de forma dispersa y aleatoria. Detrás vienen los nobles y abades. Es el conde Munio Núñez quien entiende la necesidad de organizar la repoblación mediante carta puebla, que ampare a hombres libres al dotarles de derechos. Este modelo será el origen de Castilla.

  Munio Núñez Rasura, señor y conde de Amaya, nació en esta villa hacia finales de 789 o principios de 790, siendo señor de castilla el conde don Rodrigo, abuelo suyo. Su padre, don Nuño Rodríguez, puso mucho interés en su educación, encargándosela a un monje de San Martín de Tama, llamado Mauro. Pronto su nombre fue respetado social y militarmente. Los encuentros con los musulmanes le valieron fama de buen soldado, y sus consejos en la dirección administrativa del territorio, de buen político. No tenía aún 35 años cuando junto con su mujer, doña Argilo, dio fueros a su villa de Brañosera, estableciendo en ella un gobierno prudente, que influiría en el de Castilla y que le auparía al cargo de Juez.

  Muerto Alfonso II el Casto, fue llamado a la sucesión su primo don Ramiro, conde de Castilla por su segunda mujer doña Urraca Paterna, heredera de su padre el conde Diego Rodríguez. Temiendo los castellanos alborotos y levantamientos por no haber señor, acordaron elegir dos hombres rectos que administrasen justicia y amparasen el territorio de injusticias y de las correrías de los moros. Reunidos todos los “ricoshombes”, “hijosdalgo” y los Procuradores de los Concejos de Bardulia, a propuesta de don Suero Fernández, fueron nombrados Munio Núñez Rasura y Laín Calvo. Los asuntos de guerra recaerían en Laín, mientras que el gobierno político lo haría en Munio. El tiempo habló de su sabiduría y su prudencia. En Burgos, aunque fundada después de su muerte por el conde Diego Rodríguez Porcelos, se le rinde tributo como ilustre magistrado en un fresco de la sala capitular de la torre de Santa María y en una estatua de piedra que se colocó en la fachada de la propia torre. Se cree que murió en 862 y fue progenitor de los tres últimos condes de Castilla.

  La importancia del llamado fuero o carta puebla de Brañosera es doble y se extiende tanto a la historia política del condado de Castilla, como a la historia de las instituciones jurídicas medievales más antiguas; las que se desarrollaron en los primeros momentos de la sociedad castellana. El documento es el único testimonio verídico que nos da a conocer el linaje y los antepasados del conde Fernán González. Por otro lado, solo compite en antigüedad la capitular de Carlomagno del 801, acogiendo bajo su inmunidad y protección a los godos e hispanos de Barcelona y del castillo de Tarrasa; pero este texto no se ha conservado, aunque haya sido reconstruido sobre la base de las noticias que se tienen en otra capitular de 844 de su nieto Carlos el Calvo.

  Cuando en 824 se concedía la carta de población a Brañosera, los musulmanes dominaban la mayor parte de la península Ibérica; los cristianos solo controlaban la cornisa cantábrica y las montañas pirenaicas; Carlomagno había avanzado hasta el Lobregat, incorporando a su imperio los condados de Gerona y Barcelona. Faltaban casi 40 años para que el primer conde de Castilla, don Rodrigo, repoblara de nuevo el año 860 la antigua ciudad de Amaya; faltaban al menos 60 años para que su hijo, el conde Diego, repoblase Burgos, y casi 90 para que los condes castellanos llegasen al Duero y se fortificaran en 912 en la orilla norte, repoblando Riaza, Roa, San Esteban de Gormaz y Osma.

  En 824, cuando el conde Munio y su esposa Argilo otorgan el fuero, las tierras castellanas, lo mismo que las alavesas formaban parte del reino de Asturias, donde reinaba, desde 791, Alfonso II (791-842), hijo de Fruela (757-768), nieto de Alfonso I (739-757) y biznieto de Pelayo (718-737). [Entre medias, Favila (737-739), Aurelio (768-774), Silo (774-783), Mauregato (753-789) y Bermudo I (789-791)]. Su reino ocupa casi toda la cornisa cantábrica, desde la linde entre Vizcaya y Guipúzcoa hasta Finisterre. El emirato independiente de Córdoba estaba gobernado desde 822 por Abderramán II, quien en 823 enviará un ejército contra Álava y los Castillos, asolando todo a su paso.

  El fuero de Brañosera encaja con la idea de restauración y repoblación iniciada por Alfonso II después de las cabalgadas de saqueo de Hisham I (788-796) y Al Hakem I (796-822), al menos hasta 803. El objetivo era asentar población en la cara su de la cornisa cantábrica, como paso previo a la repoblación del valle del Duero, iniciada en 845 con un primer intento fallido de repoblar León. Sus sucesores, Ramiro I (842-850), Ordoño I (850-866) y, sobre todo, Alfonso III (866-910), llevarían la frontera hasta el Duero.

  El pergamino original en el que se puso por escrito esta carta puebla en 824 y al que se añadieron las confirmaciones de Gonzalo Fernández en 912, Fernán González en 968 y Sancho García en 998, no ha llegado a nosotros, al ser destruido probablemente durante la desamortización eclesiástica de 1835. Sabemos de su existencia por fray Prudencio Sandoval, que encontró en el monasterio de San Pedro de Arlanza “una escritura notable en pergamino de cuero, hecha en la Era 862, que es el año 824…” y que dio a la imprenta en 1615. Cien años después seguía allí el documento según Francisco de Berganza, pero no lo publicó porque ya lo había hecho Sandoval en su “Historia del conde Fernán González”. Este pergamino fue objeto en el siglo XVIII de dos copias simples manuscritas, independientes entre sí, que se encuentran en Santo Domingo de Silos. La primera de ellas, realizada hacia 1770 por el monje benedictino Liciniano Sáez, archivero de dicho monasterio. La segunda copia es obra de un copista anónimo. Es bastante más imperfecta e incompleta que la del padre Liciniano, ya que ofrece algunas omisiones entre los testigos que subscribes y especialmente en las 3 confirmaciones posteriores; pero que no utilizó de referencia la copia anterior, sino el mismo original, por la diferente interpretación que hizo de la escritura visigoda con que se hizo el original.

  Además de los dos textos silenses hay un tercero, el publicado por fray Prudencia Sandoval en 1615.

  En cualquier caso, hoy sabemos, gracias a los estudios de Alfonso García Gallo (1984), que el documento guardado en Arlanza no era el original de 824, sino una copia no anterior al siglo XI, por las interpolaciones que presenta el texto.



CORAZONES DE ACERO

Escrito por Decineporlahistoria 08-10-2015 en CRÍTICA DE CINE. Comentarios (0)

Una de guerra y, para mas inri, de la Segunda Guerra Mundial. Se ve que no lo habíamos visto todo. El director y guionista  (David Ayer) nos habla de la crudeza de la guerra y, para ello, nos la hace ver a través de los ojos de un joven que va para oficinista y acaba siendo ayudante de conductor de un tanque, el Fury, que en realidad es lo que da título a la peli. Su maestro de ceremonias y, a la vez, el del espectador es Brad Pitt, el sargento del pelotón que integra el carro. El es el encargado de decir frases estupendas como "las ideologías son pacíficas, es la historia la que es violenta", y se queda tan pancho. Asistimos al final de la guerra, los alemanes combaten con la desesperación del que se sabe perdido y los aliados con el temor de saber que la victoria está cerca, pero que aún habrá muchas muertes (otra frase lapidaria del prota). Siendo el tono bastante cínico: los integrantes del tanque están curtidos en mil batallas y ven la guerra como una profesión en la que matas o mueres, no tienen consideración con el enemigo, especialmente si es nazi y, por tanto, su actuación es esencialmente práctica, buscando la supervivencia en medio de tal brutalidad. Y sin embargo, al final, todo cambia y los cínicos se convierten en héroes, porque sí, porque lo dice el guión y no hay más que hablar y ellos solitos se enfrentan a tropecientos mil alemanes (no se acaban nunca) para evitar que la división caiga en una trampa infernal. Tanta heroicidad solo la he visto de forma tan enfática en Salvar al soldado Ryan o en las pelis bélicas de los cincuenta, donde había que exaltar valores patrióticos en medio de la Guerra Fría. 

En fin, película bien hecha, con buenos efectos especiales, buena fotografía, interpretaciones correctas, música episódica, guión enfático y puesta en escena decente, pero es una bélica más que no aporta nada, ni refleja nada, salvo lo dura que es la guerra y lo duros e insensibles que se vuelven los corazones por las salvajadas presenciadas y vividas.

CALIFICACIÓN      

AUTÓMATA

Escrito por Decineporlahistoria 08-10-2015 en CRÍTICA DE CINE. Comentarios (0)

Tiene un comienzo prometedor, con una estética que recuerda en parte a Blade Runner, luego gira y se parece a Yo, robot, y, cuando se hace intimista, hay retazos de El quinto elemento. En fin, lo que en principio parece una intriga sobre la relación entre el ser humano y las máquinas, se transforma con unas dosis de filosofía de andar por casa, en una dialéctica entre lo de aquí es estupendo, lo de allí es el inframundo y hay que hacer todo lo posible para salvaguardar lo de aquí, cueste lo que cueste. A mitad de la cinta la historia se ralentiza y deja de interesar porque en realidad no cuenta nada que no sepamos. El desierto adquiere alguna carga protagonista, no como en Lawrence de Arabia, ni de lejos, pero tiene su punto. Luego el final es como una de vaqueros en la que el bueno se carga a los malos malísimos de la muerte y las máquinas alcanzan el nirvana y el espectador el aburrimiento y la sensación de haber perdido el tiempo. Hay, no obstante, alguna escena que tiene su gracia, como la de ver a robots mendigando o en silla de ruedas. La aparición de Melanie Griffith es meramente testimonial, casi como la de Robert Foster, un actor del montón que últimamente está haciendo cosas interesantes. Se trata de una coproducción entre Francia y España, con unos efectos especiales muy apañados y una dirección bastante académica, el guión es lo que flojea.

CALIFICACIÓN