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EL MAESTRO DEL AGUA

Escrito por Decineporlahistoria 17-09-2015 en CRÍTICA DE CINE. Comentarios (0)

Debut en la dirección de Rusell Crowe, que también adquiere todo el protagonismo. Posiblemente el guión en otras manos hubiese dado más de sí, pero podemos conformarnos con el resultado, que no se aleja demasiado de lo escrupulosamente correcto. Bien la fotografía, cuidada puesta en escena, música cálida y cercana, que se pega bien a la historia e interpretaciones pasables, demasiado frías para mi gusto. No bastan unos ojos enrojecidos para expresar unos sentimientos, ni unas miradas fugaces para describir el comienzo de algo que puede llegar a ser amor. Faltan en algunos casos detalles y, en cambio, sobran en otros, especialmente en los flashback, que ralentizan la narrativa y que, francamente, en ocasiones llegan a provocar el tedio. Sin embargo, el film se ve bien, la acción te lleva de aquí para allá, no conocemos el origen de los poderes del protagonistas para encontrar agua, ni para hallar a sus hijos, pero nos resignamos, porque la historia no deja de ser emotiva y amable y el encuentro con los turcos que masacraron a los australianos en Gallipolli, durante la Primera Guerra Mundial, lleva a dejarnos un buen sabor de boca. En suma, historia épica que se queda pequeña por la escasa ambición del director. Es todo tan correcto, que resulta anodino en bastantes momentos. La cámara siempre se posiciona a la altura del espectador y este ve lo que podría ver si estuviera presente en la acción, lo cual no dice mucho de las cualidades estéticas y rítmicas del film. Recomendable para pasar una tarde de esas en las que se tienen hechos todos los deberes y no hay nada mejor que hacer.

CALIFICACIÓN:   

2. TIEMPO DE PRECEDENTES

Escrito por Decineporlahistoria 11-09-2015 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

Los acontecimientos del año 1895 son una consecuencia de la evolución tecnológica e industrial, iniciada en el último cuarto del siglo XVIII, y del proceso de autodestrucción europeo a partir de las llamadas guerras napoleónicas.

Tanto un hecho como el otro minaron el orden social constituido, basado en la existencia de un doble privilegio, el del rango hereditario de la nobleza de sangre y el del patrimonio espiritual, ejercido por la Iglesia y todas sus creencias derivadas. Amparadas ambos por una institución decadente pero aún sólida: la monarquía.

A mediados del siglo XIX, después de dos cruentas revoluciones (1820, 1830) que pretendían obtener el derecho de los pueblos a su independencia y sustituir el orden del antiguo régimen por uno liberal, tiene lugar una nueva revolución, la de 1848, en la que aparece el pueblo como protagonista, en demanda de unos derechos que fueron propuestos, unos días antes del estallido, en El manifiesto comunista por Carl Marx y Friedrich Engels.

Pero todos estos cambios habían empezado mucho antes. Primero nos centraremos en los procesos político-sociales, dejando para más adelante los económicos.

Los filósofos del siglo XVIII estaban convencidos de que la suya era la época de la Ilustración y el progreso por excelencia, pues, al echar la vista atrás, sobre el siglo XVII, se sintieron impresionados por la paz y la estabilidad política del tiempo que les tocó vivir, gracias a la lenta pero constante mejora de las condiciones de vida y por el aumento considerable de las libertades personales de los individuos, al menos en algunos países europeos.

No obstante, eran conscientes de que no vivían en el mejor de los mundos posibles. Advertían las injusticias de los sistemas legales europeos, la miseria de las masas, la persistencia de la servidumbre en la Europa oriental y de la esclavitud en las colonias de sus propios países y, pese a ello, creían que la época de Luís XV, Federico el Grande y Catalina de Rusia constituyó una enorme mejora comparada con cualquier otra del periodo inaugurado por el Renacimiento. Y se puede concebir la Revolución francesa a un tiempo como la eclosión final de una época de reformas liberales y como el cataclismo que trajo consigo el pago merecido a un siglo de estupidez, avaricia y corrupción.

A partir de 1715 se implantó la paz en general al remitir las querellas religiosas y soberanistas del siglo anterior. Los ejércitos reales mantuvieron a raya a las belicosas noblezas. Las minorías religiosas y políticas no se hallaban sujetas  la persecución en masa. El asesinato dejó de ser un recurso aceptable para zanjar desavenencias políticas. En las hogueras ardían cada vez menos acusados de brujería y herejes. Algunos grupos dirigentes incluso se dedicaron a pensar sobre la forma de mejorar el trato del gobierno con respecto a los pobres, los enfermos y los desamparados, e incluso consideraron que la consecución de la justicia abstracta era un cometido legítimo del Estado.

Las pasiones religiosas se habían enfriado. En Utrecht se resolvieron cuestiones de interés nacional y de equilibrio de poder, muy lejos de las cuestiones negociadas en Westfalia poco más de medio siglo antes. La mengua de la importancia de la religión en los asuntos políticos ejerció profundos efectos en el pueblo en general. Ya no se pidió impuestos elevados, ni sacrificios en nombre de una religión. En 1709, Luís XIV hizo un dramático llamamiento a los franceses para la salvación del país, aún cuando sus enemigos eran en su mayor parte protestantes.

La Guerra de Sucesión a la Corona de España (1700-1715) dio paso a un periodo de equilibrio, que favoreció en fin de un internacionalismo ideológico y el nacimiento de un aislacionismo, que dio lugar a su vez, a la expansión colonial del siglo XVIII y al aumento del interés de los gobernantes por los problemas internos. Probablemente, también explica el creciente interés de las élites cultas por la justicia y por una hacienda saneada.

En INGLATERRA, el liberal Robert Walpole erigió un sistema de control que se extendía desde el gabinete real a los niveles inferiores de la burocracia local. Anuló la política exterior agresiva y aprovechó el largo periodo de paz para llevar la prosperidad al reino, lo que unido al aumento de la población, sentaron las bases de la Revolución industrial. Su política liberal supuso el aislacionismo y el alejamiento de las clases sociales de la política. Fue una época en la que la aristocracia construía mansiones rurales de grandes dimensiones, inspiradas en modelos italianos, en especial los palacios de Andrea Palladio. Adam decoraba los techos con escayola, Chipendale adecuaba el mobiliario y Gainsborough, Pope, Samuel Johnson y Boswell realizaban espléndidos retratos. Los novelistas Samuel Richardson y Henry Fielding dieron a Inglaterra la hegemonía literaria en Europa, similar a la hegemonía científica que proporcionaron John Locke e Isaac Newton. Ni siquiera la aparición del Metodismo de John Wesley conmovió la estabilidad de la sociedad británica del siglo XVIII.

Cuando la guerra estalló en Europa en 1740, William Pitt sustituyó a Walpole. Hábil táctico político, aprovechó el conflicto austro-prusiano, en el que también intervino Francia, para atacar las ricas colonias ultramarinas galas. Para 1763 casi todas las posesiones francesas de América y Asia eran británicas. Aunque todo iba a cambiar durante el reinado de Jorge III, cuya política imperialista provocaría el independentismo norteamericano.

El caso FRANCÉS fue diferente. La recuperación económica sobrevenida después de Utrecht, fue dilapidada por el deseo de revancha contra los Habsburgo. Los desastres en Europa y en las colonias obligaron a Luís XV a delegar en su primer ministro Machault la urgencia de equilibrar la hacienda estatal. Este intentó gravar a todas las clases de la sociedad francesa con nuevos impuestos. Las protestas de las clases altas defenestraron a Machault y el envite de fuerzas entre privilegiados y monarquía se decantó a favor de los primeros, fraguándose en el reinado de Luís XVI el proceso revolucionario de 1789.

A mediados de siglo, Federico el Grande se propuso hacer de PRUSIA una potencia europea a costa del decadente imperio austriaco de los Habsburgo. La sucesión a la corona de Austria le permitió lanzarse en 1740 a la ofensiva y apoderarse de Silesia. Una nueva intervención en la Guerra de los Siete Años (1756-1763) favoreció la reunión de sus dispersos estados. Todo ello fue posible gracias al aumento del poder real: incremento de los impuestos, eficiencia de la administración y creación de un ejército profesional reducido pero perfectamente adiestrado. Centenares de inspectores controlaban a los funcionarios reales y enviaban informes confidenciales a Berlín; se incitaba a los jóvenes burócratas a informar sobre el sentir de sus superiores respecto al rey. Federico el Grande impuso a la sociedad prusiana un tipo de gobierno militarista de naturaleza semiespartana. La rapidez de la unificación y la aniquilación de la nobleza, impidieron la formación, como en Francia, de un grupo con capacidad de resistirse a la corona. Federico fue su propio ministro de Exteriores, del Tesoro y del Interior, primer juez y jefe del ejército. Constituyó la imagen más próxima al déspota oriental.

En cambio, el imperio de los Habsburgo aún vivía en la confusión feudal. Cada principado conservaba muchas de sus instituciones, poseía su propio ejército y sus propias leyes. El intento de crear una monarquía fuerte y centralizada durante el reinado de María Teresa no dio sus frutos por la fuerte oposición provincial y local. Su hijo José II decidió minar esa resistencia, atacando los privilegios de la nobleza y de la Iglesia, clausurando monasterios y liberando a los siervos, aunque por razones de estrategia política más que porque fuera un liberal y un ilustrado.

En RUSIA, la muerte de Pedro el Grande en 1725 puso fin a sus desesperados esfuerzos por crear un Estado moderno. El país seguía siendo de economía agrícola, basada en un régimen de servidumbre. El incremento del poder militar había logrado extender sus dominios sobre el Báltico oriental y el mar Negro, pero había dado pie a la formación de una clase militar y terrateniente poderosa, ansiosa de privilegios. Catalina II, conocida como la Grande, lo fue, porque fue la preferida de los nobles. Pese a declararse admiradora de Voltaire y Diderot, gobernaba Rusia como un soberano absolutista y reaccionario. Existía una enorme diferencia entre sus objetivos como reina y sus actos, probablemente porque los primeros se basaban en su deseo de imitar a los gobernantes europeos occidentales, y los últimos en las realidades sociales y políticas de la Europa oriental.

De esta manera, a pesar de los deseos de reformas basadas en los principios ilustrados, el siglo XVIII fue “la fase final de la historia de la sociedad jerárquica feudal que provenía de la Edad Media. Se habían ya puesto en duda la justeza de la tradicional división en clases determinadas por el nacimiento y de la existencia de una nobleza privilegiada que surgía como contrapunto de una clase media libre y un campesinado sometido (…) Como ha señalado Pirenne, el absolutismo ilustrado no fue nada realmente nuevo, sino más bien la nueva versión de la vieja idea del príncipe como padre de su país” (Fritz Hartung).

EL CINE

Sobre la Ilustración no hay muchas películas que la traten de forma directa, pero sí que hay algunas en las que puede verse algo de su pensamiento, como El pacto de los lobos (2001) de Christophe Gans; Las amistades peligrosas (1988) de Stephen Frears y Valmont (1989) de Milos Forman, basadas ambas en el mismo texto de Pierre Choderlos de Laclos; Amadeus (1984), de Milos Forman; El perfume  (2006) de Tom Tykwer; Infancia, vocación y primeras experiencias de Giacomo Casanova veneciano (1969) de Luigi Comencini; las dos versiones de Casanova, la de 1976 de Fellini y la de 2005 de Lasse Halstrom; La duquesa (2008) de Saul Dib, Mi tío Benjamín (1969) de Edouard Molinaro y la española Esquilache (1988) de Josefina Molina.

Acerca de la política, la sociedad o la economía de los distintos países europeos y sus imperios tampoco hay muchos films, aunque si hay alguno notable, como Barry Lindon (1975) de Stanley Kubriock o Los duelistas (1977) de Ridley Scott. También merecen mencionarse La espada del rey (2007) del ruso Oleg Ryaskov, sobre la guerra ruso-sueca de comienzos de siglo; La joven Jane Austen (2007) de Julian Jarrold; Capricho imperial (1934) de Josef von Sternberg, sobre la vida de Catalina la Grande; Fanfán la Tulipe (2003), de Gérard Krawczyk, sobre la vida de un aventurero durante la Guerra de los Siete Años; Farinelli (1994), de Gerard Corbiau; la delirante Las aventuras del barón de Munchaussen (1988) de Terry Gullian; las diversas versiones del motín de la Bounty (1935, Frank Lloyd; 1962, Lewis Milestone; 1984, Roger Donaldson); sobre la inminente revolución francesa, conviene revisitar Scaramouche (1952) de Georege Sidney; sobre la picaresca inglesa Tom Jones (1963) de Tony Richardson. El imperio español se aprecia en La misión (1986), de Roland Joffe; la anodina El puente de San Luis rey (2004) de Mary McGuckian o en el spaguetti western Los cañones de san Sebastián (1968) de Henry Verneuil. Las guerras franco-inglesas en El último mohicano (1992) de Michael Mann y el levantamiento indígena contra la dominación británica en Los inconquistables (1947) de Cecil B. de Mille. También podemos citar, pero en un tono de menor respeto histórico la serie de Piratas del mar Caribe (2003, 2006, 2007 y 2011) y la fantástica Sleepy Hollow (1999) de Tim Burton.



Mr. HOLMES O EL REMIENDO DE LA REBECA DE LA SEÑORA MUNRO

Escrito por Decineporlahistoria 11-09-2015 en CRÍTICA DE CINE. Comentarios (0)

Se ha estrenado medio de tapadillo una correcta película participada por la BBC (y eso se nota en el remiendo que luce la señora Munro en su rebeca), cuyo guión se basa en el libro de Mitch Cullin A slight trick of the mind (Un sencillo truco de la mente) y titulada Mr. Holmes, al igual que la publicación en España (Roca editorial). Dirigida por Bill Condon (Sister sister, Dioses y monstruos, Kinsey), cuenta con un buen plantel de actores (fundamentalmente los británicos Ian McKellen y Milo Parker y la estadounidense Laura Linney), una música acertada, magnífica fotografía, correcta puesta en escena y un relato que se adentra en el lado humano del mito Holmes. Ya anciano y con graves problemas de memoria, intenta reconstruir su último caso y conocer el motivo que le llevó a abandonar su profesión de detective y retirarse a Sussex a criar abejas. Se entremezclan tres historias no exactamente paralelas: una la presente que no deja de ser el tan manido tema de viejo cascarrabias que causa admiración en un niño al que cree más que a su propia madre; otra en un pasado reciente en Japón que lleva al anciano Holmes a acudir a ese país en busca del pimentero japonés y la del leiv motiv del film, 30 años atrás: el caso de una misteriosa mujer que toca la armónica de cristal. Aún estando bien ligadas, notamos que se nos queda algo por el camino. En parte, porque apenas se esboza el drama de un Japón ocupado y apenas dos años después de Hiroshima y Nagasaki (no nos basta con la mirada de horror de Holmes cuando observa la devastación), que resuelve con una mentira piadosa, muy traída por los pelos. En parte, porque su último caso no deja de ser una nadería para el gran Sherlock Holmes, muy del estilo de aquellos breves relatos como el del carbunclo azul o el de la habitación oculta, que resultan únicamente alimenticios;  no se profundiza en los problemas de la misteriosa mujer ni en los del marido. Y, en parte, porque lo más interesante, sin lugar a dudas, es su relación con el ama de llaves y su hijo, y aquí se convierte en una historia mil veces vista de viejo cascarrabias y niño agudo e inteligente. Por otro lado es donde vemos el lado humano de Holmes y donde somos conscientes de que los mitos también cumplen años y deterioros por la edad. Así que, los seguidores del gran detective pueden sentir cierta frustración porque su brillantez es bastante banal, la acción es pausada, prácticamente roma y el final es totalmente átono, lejos de esas soluciones inverosímiles, pero perfectamente razonables. 

La película se deja ver, te va llevando en busca de algo que resulta bastante obvio y decepciona por su poca fuerza, pese a que los intérpretes están estupendos. No solo el gran Ian McKellen, también Laura Linney, en su papel de madre humilde, abatida por una vida gris y por la reciente pérdida de su marido en acción de guerra, y Milo Parker, el niño, de gran vitalidad y fuerza, como corresponde a su ardor infantil. Mencionar un guiño para los más cinéfilos: en un momento determinado vemos a Holmes en el cine viendo una película sobre una de sus aventuras, el intérprete principal es Nicholas Rowe, el que protagonizase el primer caso del genial detective en El secreto de la pirámide y que recupera por la estética del film la serie que hizo la Fox y la Universal de Sherlock Holmes, encarnado por Batsil Rathbone.

Película para los fans de Sherlock Holmes y para aquellos que acudan al cine en busca de una historia tranquila, con efímeros momentos de humor, y que quieran recrearse en el verde paisaje del sur de Inglaterra.

CALIFICACIÓN: 

MISIÓN IMPOSIBLE (5): NACIÓN SECRETA

Escrito por Decineporlahistoria 03-09-2015 en CRÍTICA DE CINE. Comentarios (0)

Bueno, pues una más. Por fin Tom Cruise ha conseguido lo que al parecer tanto anhelaba: ser James Bond. El film es una producción de lujo, que recorre el planeta como si fuera un documental de Lonely Planet, aunque mostrándonos los lugares más cutres de cada ciudad (probablemente porque el presupuesto se iba en sueldos para las estrellas y había que ahorrar en puesta en escena. Por favor, esas afueras de Marrakech...). También hay una organización mala, mala (contribuye a ello de forma espectacular la cara de estreñido del malo que, por cierto es un buen actor), que se dedica a hacer, pues eso, maldades: el Sindicato, un sosias de Spectra. Y luego, recuperamos el viejo tema de persecución al bueno (el falso culpable de Hitchcock) y ya tenemos una historia que se resuelve de forma apresurada porque los giros y recontragiros del guión parece que daban para un par de horitas más de saltos, golpes, tiros, persecuciones y sustos. Hay también una especie de chica Bond (una agente del Mi6, a que tiene tufillo bondiano), Sarah Fergusson, de apariencia atlética (no la veo yo dando esos saltos y practicando esas llaves como si fuera una consumada maestra de las artes marciales) y rostro de esos que dan bien en pantalla, pero que, de momento, no dicen gran cosa. Si uno quiere pasar el rato viendo escenas de acción con poca o ninguna conexión entre sí, un plantel de actores de nombre, pero con poco lucimiento (lo de Jeremy Renner es de juzgado de guardia), y un recorrido turístico por Viena, algo de Marruecos y Londres, esta es su película.

CALIFICACIÓN: 

AHORA O NUNCA

Escrito por Decineporlahistoria 03-09-2015 en CRÍTICA DE CINE. Comentarios (0)


Comedia blanca sin otra pretensión que intentar arrancar una sonrisa al espectador. Se basa en un guión facilón, inspirado en cientos de guiones anteriores que vienen a contar lo mismo de diferentes maneras, es decir, los enredos que se suceden en los momentos previos a una boda cogida con alfileres. Así que, para poner en pie la historia, se recurre a clichés varios, tópicos diversos, actores y actrices de moda y una puesta en escena diáfana para que todo el mundo sepa donde se desarrolla en todo momento. De esta guisa, vemos los canales de Amsterdam, un pub británico, el interior de un aeropuerto francés... Casí me parecía estar reviviendo "Si hoy es martes, esto es Bélgica". Si a este cóctel turístico le añadimos un enredo de maletas (y traemos al recordado Louis de Funes con su "Oscar, una maleta, dos maletas, tres maletas"), un par de situaciones picantillas, alguna cara conocida y algún chiste con el inglés, tachán, tachán, tenemos una película de serie C, ideal para dormir la siesta una fría tarde de invierno.

CALIFICACIÓN: