Blog de Decineporlahistoria

MALDONADO

Capitulo 2. Alfonso III el Magno.

Escrito por Decineporlahistoria 23-02-2016 en MALDONADO. Comentarios (0)

Desperté de un sueño horrible. Una gigantesca boca oscura me atraía y no podía hacer nada por impedirlo. Centímetro a centímetro me acercaba a su inmensidad. Ya sentía como mis pies, mis tobillos, mis rodillas se diluían en una espesura melosa, como natillas de carbón. Mi rostro se giraba, en un ángulo imposible de noventa grados, hacia arriba, al encuentro de una luz difusa, en la que, en ocasiones, sobresalía una cara conocida, que buscaban mis brazos terminados en garfios. Por fin me aferré a algo parecido a un muñón de barro. Lo supuse porque mis afilados dedos entraban en su informe masa profundamente, sin encontrar resistencia. Y lo hacían una y otra vez, no logrando librarme de la boca, pero tampoco dejándome caer más hacia ella. Arriba, en la luz, se sucedían las formas conocidas, a veces ojos, a veces manos. Intentaba recordar, pero no podía. Esa enorme boca oscura, como un túnel, tiraba de mí, atrayéndome hacia su núcleo como un mastodóntico imán.

Había vuelto, pero era incapaz de abrir los ojos; los tenía pegados con sueño. Mis sentidos iban, poco a poco, recobrando la normalidad. Algunas voces me llegaban de muy lejos, del pasado. Entre ellas la voz ronca de padre; enterrada como estaba bajo metro y medio de infamia. Todas ellas pugnaban por salir, por hacerse luz, como esas caras de Belmez, que tanto estaban dando que hablar desde hacía poco más de cuatro años. Me las imaginaba empujando la tierra, agrietándola, como si el pasado estuviese ahí, olvidado por la indiferencia y solo recordado en fechas puntuales, como el día de difuntos. Y, casi sin querer, veía a madre haciendo buñuelos de viento en la sartén y a las hermanas comiendo castañas asadas en la lumbre.

“Manuel… Manuel… Manuel”, escuchaba una y otra vez. “Abre los ojos… abre los ojos… abre los ojos”. Las palabras se repetían tres veces, como el Agnus Dei de la misa. Y, cual vulgar mantra, obraron su efecto. El hombre que estaba a los pies de la cama era bajo, rechoncho y gastaba gafas de pasta oscura de las de culo de vaso. Salió como un rayo hacia la cabecera cuando dejé escapar un murmullo breve, pero intenso, como un último suspiro. Preocupado, me palpó las manos, los brazos, la cara. Observó mis ojos abiertos como platos y se tranquilizó cuando esbocé un rictus que debió parecerle una sonrisa. De inmediato se volvió y dio una voz. Al poco, la habitación se llenó de gente desconocida.

Los “¿sabes quién soy?” y ¿me conoces?” se apelotonaron en mi cabeza, como amasijos de estropajo. Al cabo de un rato de suplicio verbal, la habitación comenzó a darme vueltas. Veía los rostros como en la cúpula de San Antonio de la Florida, asomados a una barandilla imaginaria y cuyo óculo era una luz blanquecina que se iba difuminando poco a poco. Por fin, entró un señor de cierta edad, medio oculto por una bata blanca, que hizo salir a todo el mundo para, después, trastearme como si fuera un juguete roto. Me pasó una luz por los ojos, me auscultó, observó mis constantes vitales en el monitor, retiró la sábana y me pellizcó los pies, repitió “Manuel” varias veces y se giró hacia la puerta, desde donde aconsejó tranquilidad, después de decir “se está despertando”. En apenas unos segundos, la habitación se llenó de emociones descontroladas. Algunos gritos de alegría hendieron el aire. Alguien abrió la ventana, por la que entró un aire fino y frio que recompuso cuerpos y atenuó el olor a enfermedad. Luego cerré los ojos y me entró un sopor irresistible.

Al despertar de nuevo, caía la tarde y, en un acto reflejo, empecé a moverme. En el lado izquierdo de la cama estaba el hombre rechoncho de las gafas de pasta, observándome de reojo. Cuando abrí los ojos, se puso muy contento, se levantó, cogió unos folios garabateados de una mesita que estaba arrinconada, como un trasto viejo y se puso a leer en voz alta, para que le oyera. Y así, sin más preámbulos, comenzó:

Capítulo primero.

Hace frío. El invierno se cuela por las rendijas de la ciudad, aprovechándose de los últimos estertores del otoño. Las aguas del Durius bajan sosegadas, llevando la humedad como una túnica vaporosa. La niebla se derrama por ambas orillas, cubriendo de plata el valle.

Alfonso se arrebuja en su capa antes de salir al exterior. Siente los huesos resentidos. Necesita un baño caliente. La reciente cabalgada por tierras musulmanas le quebrantó el cuerpo, la rebelión de su hijo García, el alma. Ha cumplido 62 años y, aunque sus músculos son firmes y luce esbelto el talle, la mirada se le esconde avejentada.

Casi desde que nació tuvo que luchar para defender sus derechos al trono de su padre, el primer Ordoño. Asturias no era más que una olvidada comarca montañosa en tiempo de los godos. Fue Pelayo quien la convirtió en el único reducto cristiano capaz de frenar la marea caldea y Alfonso I quien amplió el territorio hacia la Bardulia, al este, y hacia la Gallaecia, al oeste, y puso sus ojos en el valle del Durius, siendo el verdadero fundador del reino. De él le viene a Alfonso la herencia a través de su abuelo y de su propio padre, pero aún se mantenía viva la vieja costumbre de elegir rey y hubo de hacer frente a múltiples sublevaciones e intentos por despojarle de la corona. La del conde de Lugo, Froilán Bermúdez, le obligó a buscar la protección de su tío Rodrigo, en tierras castellanas. Sus fideles consiguieron derrotar al usurpador. Un año más tarde, sometió la rebelión del vasco Elyo. Tiempo después, fueron sus hermanos Veremundo, Froilán y Odoario quienes intentaron destronarle. Salió ileso de un intento de asesinato del sicario Adamnir. Supo vencer las sublevaciones del conde Vímara Pérez, el conquistador de Coimbra, del leonés Hanno, de Witiza y los hijos de Sarracino, su primo, vástago de aquel Gatón a quien ordenó repoblar el Bierzo. Pero no pudo, al final de sus días, detener las ansias de reinar de sus hijos García, Ordoño y Froilán, apoyados por el conde castellano Munio y por su propia mujer, Amelina, la Jimena de las crónicas.

Únicamente le reconforta su hija Sancha. Ella ha sido quien le ha colocado la capa y quien le despide con un beso al salir de palacio.

- No quieres que te acompañe Boremundo –le dice ya desde el umbral de la puerta.

- Hija mía, repartido el reino, ¿quién querría atormentar estos pobres huesos?  -responde Alfonso. El fiel criado, de origen occitano, es una sombra a la espalda de Sancha.

- Pero aún eres rey.

- Sin trono, no lo olvides.

- Pero tus fideles…

- Déjalo ya, hija. Ya solo espero la llamada de la muerte. Mis días de algaradas han pasado… Y, ahora, entra, aquí fuera hace frío –termina al observar el ligero vestido de paño que la envuelve.

En la esquina occidental de El Salvador le espera su fiel Ioannis. Casi veinte años atrás le convenció para que abandonara el arrabal toledano y le ayudara a repoblar la ciudad de las turquesas, la Ocellum Duri romana, la Semuré visigoda.

- He dado orden de que vayan calentando el agua.

- Gracias, Ioannis.

Desde que comenzara a hacerle estragos el reuma, Alfonso se baña en agua traída expresamente desde Ledesma, conocida ya en época romana por sus efectos benéficos sobre las articulaciones.

- Como ordenasteis, ya se ha repartido el grano a Josías y a su gente. Para finales del invierno se habrán instalado al oeste de San Mamed, al otro lado del Esla.

- ¿Tendrán suficiente?

Alfonso había retomado la labor repobladora de sus ancestros. Cuando se hubo consolidado en el trono, comenzó a colonizar la Gallaecia Bracarense con gallegos y asturianos.

- Hemos vaciado prácticamente el alfolí de la sal  y la alhandega.

- ¡Quiera Dios que vengan años buenos y florezcan los campos antes que regrese la sequía.

- Pierda cuidado, mi rey…

- Te he dicho muchas veces que me retires el título –le cortó-. Ahora solo soy un caballero más. Son mis hijos los que reinan.

- Jamás tendré otro rey que vos.

  - Mi fiel Ioannis –las lágrimas le asaltan el rostro.

Aún le duele la traición. ¡Qué prisa tenían los hijos por dividir el reino que con tanto esfuerzo le había costado reunir! ¡Si ya era suyo! ¡Si él mismo les otorgó la gobernación para que maduraran en el sitial y aprendieran a conducirse con sabiduría y experiencia en el futuro!

En la puerta de San Claudio les alcanza un criado, reclamando la presencia de Ioannis en el telar de San Juan. La lana comprada a Azetello no es de la calidad prometida, está muy mezclada y el hilo sale desigual.

- No te preocupes, ve –dice Alfonso-. Resuelve el problema antes de que se haga mayor.

- Puede esperar, majestad –responde el hombre de pelo cano y barba rabínica nevada.

- Quien puede esperar soy yo, amado Ioannis. Atiende tu negocio que el mío ha ya que está terminado.

- Como deseéis –hace una seña al criado para que siga a Alfonso en la distancia.

Este le ve marchar con el semblante sombrío. Su fiel Ioannis ve más allá de lo que sus ojos delatan. Sabe que, quien desde que abandonara Toledo ha sido su señor, corre todavía peligro por más que pretenda ignorarlo. Aunque los hijos se han repartido sus posesiones, su sombra es muy larga y muchos de sus fideles aún recuerdan los días de gloria de Cellorigo, Valdemoro y Polvoraria, donde hicieron huir a los cordobeses gracias a la astucia del tercer Alfonso, el que llevara la frontera hasta el Durius. Pero ni el primogénito García, el que gobierna en León, ni Ordoño el que recibiera Galicia, ni Fruela, quien se sienta en el amado trono asturiano, le merecen. Ninguno tiene su inteligencia, ni su carisma y ni un atisbo de capacidad para adelantarse a los acontecimientos como había hecho Alfonso al enfrentarse a los enormes ejércitos del emir cordobés. Desechado Gonzalo, que prefirió la vida eclesiástica, el padre aún mantiene viva la esperanza en Ramiro, el pequeño, al que dieron título de rey, pero sin reino. En él ve su viva imagen, en ese mentón firme y decidido y en esos ojos agudos, llenos de sabiduría, pese a su juventud.

Sigue su camino paralelo a la muralla. En las Peñas de Santa Marta sube con dificultad al pretil por una escalera angosta. En el primer escalón le asalta el dolor. Le crece de las tripas y se le enrosca hasta el cuello como una bastarda leonesa. Al llegar arriba busca aire desesperadamente. El criado nota su gesto de flaqueza y se dirige hacia él, pero se detiene cuando observa que Alfonso se recompone. Desde las almenas contempla el discurrir del río. A su derecha, san Claudio de Olivares; en medio de olivos y cerca de la almazara, se yergue humilde bajo el lienzo sur-occidental de la muralla. Algunas casas de adobe y tejado a dos aguas de barro y césped, se espacian hacia poniente, hasta la ermita del Espíritu Santo. Casi frente por frente, el viejo puente romano resiste, restaurado con tablones, tras las destrucciones causadas por las riadas y el asedio al que sometieron a la ciudad Moawía, el falso Mahdí, y el rebelde al-Quittí.

La brisa castellana que le llega le hace olvidar el dolor. Se aúpa en la almena y pone sus ojos en el sur, en la llanada que se extiende al otro lado del río. La vieja calzada romana es apenas una cicatriz en una tierra devastada por la guerra. Chamurra, junto con Toro y Simancas son los primeros baluartes contra las acometidas del Islam. El Ocellum Duri, apenas una villa de postas en la Vía de la Plata que llega hasta Astorga, se convirtió en un villorio en época goda, cuando sirvió de freno a las incursiones suevas desde la Gallaecia. Conquistado por los caldeos, continuó sus labores de defensa ahora contra galaicos y astures que cada verano bajaban a saquear el valle, sobre todo tras la revuelta bereber del 129 de su calendario lunar, el 788[1] de nuestra era, que dejó sin guarniciones musulmanas la parte septentrional del valle del Durius.

Alfonso I la recuperó por esos años, pero no pudo evitar que el emir Muhammad la destruyera años más tarde. Alfonso II volvió a ocuparla, fortificándola en su parte occidental, donde hoy está el palacio. Pero de nuevo fue abandonada y hubo que esperar al tercer Alfonso para que la conquista fuera definitiva.

Recuerda aquel regreso de tierras pacenses y toledanas con sus dos mil caballeros protegiendo los más de tres millares de mozárabes que decidieron seguirle en busca de las esperanzas de libertad que les brindaba el reino cristiano del norte; y cómo, en poco tiempo, fortificaron con tanto ahínco la ciudad del Durius, que comenzó a ser llamada “la bien cercada”, con siete líneas de defensa en torno al palacio-castillo.

Erigieron casas, tiendas y talleres, plantaron viñedos, recuperaron las huertas de la orilla sur del río y construyeron un puente más hacia el este que el antiguo de época romana.

Dentro de las murallas predominan las Cortes o grandes solares cercados en cuyo interior se ubican las viviendas, los establos, las cuadras, las cocinas y los graneros, bien agrupados o bien dispersos. Entre el palacio y la iglesia de El Salvador, consagrada catedral por el obispo Atilano, y la alcazaba caldea desmochada, se abren algunas calles destinadas a albergar tiendas y viviendas de artesanos, clérigos y judíos. Pero apenas son unas pocas.

El hombre rechoncho de gafas de pasta dejó de leer para justificarse. “Quizá te ayude a recordar. Don Abdón me dijo que te hablara, que te comentara lo que iba sucediendo en España y en el pueblo. Que aunque parecieses dormido, era muy probable que escuchar una voz conocida te ayudase a reaccionar y salir antes del coma. Y como se me fueron acabando las noticias, me pareció una buena idea leerte lo que he ido escribiendo sobre Alfonso III, el rey leonés que murió en extrañas circunstancias y sobre el que te había propuesto el reto de saber si fue asesinado y, de ser así, quién fue la mano ejecutora”. Intenté responderle, pero no pude; tenía agujas en la garganta. Carraspeé para empujarlas hacia arriba y después tragarlas; me fue imposible. Alguien me había introducido una libra de cáñamo y se había quedado ahí, atascada en las mismas cuerdas vocales. Tardé en darme cuenta de que estaba sondado y una goma, insertada en la tráquea, me dificultaba el habla. “El neurocirujano que te atendió nos dijo que tuviéramos paciencia, que una persona no sale de un coma como en las películas, como si tal cosa; que se trata de un proceso largo y tedioso, pero, que en tu caso, dada tu juventud, tu fuerza y las ganas de vivir que demostraste antes, durante y después de la operación, confiaba en que te recuperases totalmente entre un par de meses y un  año”. La voz me sonaba a conocida, pero no era capaz de unirla a un recuerdo. “Que padecerías de amnesia por un tiempo, como consecuencia del trauma sufrido, pero que te recuperarías bien porque no apreció daños cerebrales irreparables. El coágulo era muy superficial y el hematoma adyacente se ha ido reduciendo hasta casi desaparecer. Las perspectivas son buenas. Es cuestión de esperar y de que la naturaleza obre su trabajo”. El hombre no paraba de hablar, como si le hubieran dado cuerda para un siglo. “Han venido a visitarte tu madre y tu hermana. No se han separado de tu lado ni un momento. Ahora están descansando. Justa y yo nos turnamos con ellas. A veces viene don Rogelio, el curita. También José, el de los sastres y don Eusebio, el alcalde. Su chico, que va para eminencia, también ha pasado en esta habitación unos buenos ratos. Está en cuarto de Derecho y su objetivo es ser juez del tribunal supremo. Ya sé que pica alto, pero si no se tienen ilusiones en esta vida, qué podemos esperar, salvo rutina y aburrimiento”. Asentí y dio un brinco de emoción. Le había entendido y eso debía de ser una buena señal. Unas lágrimas brotaron de sus ojos opacos y a mi debió de sucederme lo mismo, porque cogió un pañuelo y me lo pasó por las mejillas.



[1] 750 de la era cristiana. En tiempos de Alfonso III el tiempo se medía por la llamada Era Hispánica, iniciada en el 38 a.C., cuando se consideró pacificada la provincia a finales del Triunvirato de Octavio, Marco Antonio y Lépido.


EL BESO QUE TE DÍ Manuel A. Vidal. CAPÍTULO 1.

Escrito por Decineporlahistoria 10-02-2016 en MALDONADO. Comentarios (0)

1. La sirena de mirada verde.

Kezia tenía los ojos tristes. Apenas dos rendijas humedecidas por el cansancio y la soledad. Frente a ella se abría un valle angosto, labrado en granito salpicado de jaras y escobas. Por el fondo discurría más que un río un arroyo, de aguas oscuras, que, de cuando en cuando, cicatrizaba en forma de espadañas purulentas y lino violáceo. Luego, como si renaciese, salía a la luz, hasta el próximo recodo, donde se volvía turbio y perezoso.

Esperó a que el corazón dejara de galopar. Atenta, se mantuvo unos instantes adherida al tronco rugoso de un roble raquítico. Los grillos, que le habían acompañado en su camino desde la vaguada, seguían con su irritante concierto. Las sombras se alargaban hacia naciente, como si tuviesen alas. La ligera brisa mecía las copas de los árboles; su sonido imitaba el frufrú de la seda. Se tranquilizó, ningún chasquido de pisada le llegaba desde el sur, desde donde venía, desde donde la perseguían hacía más de tres horas. Sabía que tenía que girar a la izquierda, hacia el oeste, pero la angosta quebrada de ese lado se lo impedía. No tenía fuerzas para escalar el farallón de tierra suelta y gravilla, apenas sujeta por desperdigados matojos de tomillo y retama. Solo le quedaba seguir el curso del río y encontrar un valle, una senda o un camino que lo cruzara, para torcer y así dirigirse a Portugal, a la salvación.

Aunque, en realidad, no sabía dónde estaba. El muchacho la había dejado marchar y había corrido todo cuánto podían sus piernas, como cabeza desmochada. Sin rumbo fijo. Solo cuando llegó al puente y reconoció la vaguada, supo que había bajado al río y que debía seguir su curso. En su estado no podía hacer otra cosa.

Recuperado en parte el aliento, se movió con sigilo hacia las tinieblas. Paralelo al curso de agua, se adivinaba una senda estrecha. La siguió, dejando que, al tiempo, su mente viajara al pasado. Y se vio, unos años atrás, saliendo de su pueblo natal, San José de Itanhém, en busca de la felicidad. Un amigo de su difunto padre, el rufián Geraldo, le había hablado de la posibilidad de viajar a Europa para encontrarse con la familia de su madre. La ruptura entre ambos había sido muy violenta, de las de recordarse siglos y de razones tan arcanas, que ni el más experto zahorí hubiera sido capaz de entresacarlas de las entrañas del tiempo. Lo cierto es que una mañana, siendo ella apenas una cría de poco más de un palmo de alta, unos primos de su madre, los Galgos, entraron en la casa, los sacaron a todos a la calle y los tiraron al lodazal. Vecinos y curiosos se apelotonaron, incluso los guardinhas acudieron a ver el espectáculo. Nadie ponía freno a las cosas de familia. A padre lo apalearon hasta dejarlo medio muerto. A madre la marcaron para siempre con una cicatriz en la sien. Luego la empaquetaron en un buque y la enviaron de vuelta a casa. Ella quedó en mitad de la lama, sola y hecha un llanto. Los Galgos se mofaron de ella, llamándola bastarda y mestiza. Qué culpa tenía de ser hija de pardo y gallega. Primero la acogieron unos vecinos, mientras padre se restablecía. Después marchó con él al otro lado de la sierra, a Montes Claros, donde estuvo hasta que quedó huérfana. Volvió a San José y, después de muchas insatisfacciones, se dio cuenta de que se había quedado sin sitio en el mundo. Decidió entonces buscar sus orígenes, aunque para ello tuviera que saltar de cama en cama hasta Río de Janeiro.

Un ruido a su derecha le hizo volver a la realidad. Se paró en seco, con todos los sentidos alerta. El cielo se había enrojecido. De tanto mirar al suelo no se había dado cuenta del espectáculo que se desarrollaba por encima de su cabeza. Filamentos de luz se filtraban a través de nubes algodonosas sucias, sangrando por los bordes, como coronas de muerte. A su derecha, al otro lado del río, se arracimaban paredes de pizarra y granito, subiendo suavemente por la galaza, protegiendo prados y huertas de pequeño tamaño. Siguió sus irregulares líneas hasta la cima y entonces los vio. Cuatro siluetas se destacaban en la penumbra. Se dejó caer de costado al suelo, respirando agitadamente, gritando hacia dentro. De reojo los observó, esperando, esperando, esperando…

Solo se movió cuando cayeron hacia el otro lado. Se levantó y se impulsó con fuerza. La senda a veces se apartaba de la orilla y ascendía hasta embocar un camino o la entrada a una tierra de pan llevar. La noche ya era un hecho cuando encontró lo que buscaba, un valle que cortaba al que seguía. Giró a la izquierda, pero pronto se dio cuenta de que era una vaguada sin salida. Volvió sobre sus pasos y continuó. A lo lejos, como a un cuarto de legua, divisó las luces mortecinas de una población. Dudó en arriesgarse, pero pensó que seguramente allí la estarían esperando. Después de una curva pronunciada el valle se abría porque acogía la confluencia con otro río más importante, el Aliste y un arroyo que venía del norte, el Riofrío. A la derecha, en una suave ladera, Gallegos del Río, a la izquierda, remontando el curso de agua, Flores, donde aún podían verse los restos del antiguo convento de los Jerónimos.

Cruzó el río por un vado entre alisos; el agua estaba fría, pero, al menos, sirvió para aliviar sus cansados pies. De frente, se le venían varios fundales que caían desde una cresta poco pronunciada. Entró en uno cuajado de manzanos. Con dificultad remontó la ladera. La tierra estaba blanda por las lluvias de primavera y las pisadas se hundían en algunos lugares hasta casi el tobillo. Saltó la pared del fondo y se encontró con una carretera de tierra y grava suelta. Agachada lo que le permitía el ser que llevaba dentro, la atravesó para caer al otro lado, exhausta. Se tumbó de espaldas. Por ese lado, el cielo estaba oscuro como boca de lobo. De naciente le llegaba la tímida luz de una luna en cuarto creciente. En ocasiones, bandadas de nubes la traspasaban, formando sombras interminables en el suelo.

El muchacho la observaba con admiración. “Nunca había visto unos ojos tan hermosos como los suyos” —le dijo desde el más humilde respeto. No le contestó, no tenía ganas de iniciar ninguna conversación con el que hasta esa misma tarde había sido su carcelero. Pero él continuó. “Es una pena que estén encerrados entre estas cuatro paredes. Merecen que les de la luz”. Y, entonces, abrió la puerta y se fue con paso cauto. Kezia se movió con prudencia, azorada, pareciéndole imposible que le permitiera escapar. Traspasó el umbral de la habitación, embocó un pasillo interminable, ascendió por una escalera de roble y salió a un astro. En una de las paredes yacían apoyadas varias escopetas, en la otra colgaban morrales de una percha, junto a algunos chalecos y pellizas. Al pie, varios borceguíes de cazador en estado de descanso. De la parte trasera le llegaban voces alteradas, de las que confunde el vino bien macerado en una buena bota de piel de cabra. Salió con sigilo por la puerta principal y se perdió en la espesura de un bosquecillo de robles. Se habría apartado un centenar de pasos cuando escuchó los disparos, pero no iban contra ella y continuó hasta bajar a la hondonada y adentrarse en el valle que le había traído hasta donde se encontraba.

Recuperada, se incorporó. Frente a ella tierras de centeno de un par de palmos de altura. El verdor se lo había tragado la noche y parecían alfombras negras como el azabache. Saltó la pared, se introdujo en uno de los surcos y subió, andando con tiento, no fuera a caerse. Al llegar arriba, respiró. Un camino cabalgaba sobre el lomo de la cumbre. Del otro lado, la negrura y el rumor de un arroyo. Creyéndose a salvo, se expuso más de la cuenta y apenas pudo escuchar el disparo. Las postas, como fuego ardiendo, le traspasaron el hombro, forzándola a caer contra una jara. Así, medio colgada, la encontraron los cuatro hombres. El más joven y grueso la cogió del pelo, la volvió al camino y la arrastró con violencia. Un dolor inmenso le trepó desde las entrañas. Sin mediar palabra, la golpearon en la espalda y la empujaron hasta el borde de una cuesta pronunciada. El mayor le dio la vuelta y le miró a los ojos. Los suyos tenían las pupilas dilatadas y el glóbulo ensangrentado de ira. Se incorporó y dijo: “Padre, échele un responso que de esta noche no pasa”. Luego, le dio tal patada que la hizo rodar por la cuesta. Sonaron nuevos disparos, pero ella no los escuchó, estaba ya al borde del otro mundo.

De todo esto me enteré muchos años más tarde, poco antes de que Franco exhalase su último suspiro.