Blog de Decineporlahistoria

CURSO HISTORIA

16. LA REVOLUCIÓN DE 1848.

Escrito por Decineporlahistoria 31-10-2016 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

  Tras los procesos de 1820 y 1830 se inicia en Francia un nuevo movimiento revolucionario, que se propaga por toda Europa (excepto Países Escandinavos, Rusia, Turquía, Inglaterra y la Península Ibérica) merced a una red de organizaciones secretas. Las clases populares son la pequeña burguesía y los grupos de obreros adeptos a la ideología socialista. En Italia, Alemania y el Imperio austriaco adquirió también formas nacionalistas.

  Por primera vez toma protagonismo el CUARTO ESTADO; las masas, en busca del sufragio universal, como bandera más representativa. Incitadas por republicanos y socialistas románticos, además del hecho ideológico, les movía unas realizaciones materiales concretas. Y es que la burguesía de la primera mitad del siglo XIX había sabido organizar su libertad y su haciendo, pero no habían sido conscientes del surgimiento de una nueva clase social que también tenía derecho a la vida. Cuando en los años 1846-1847 se produjo en Europa Occidental una crisis cerealística, las masas trabajadoras pidieron pan y la burguesía solo supo responder con caridad o represión. Esta respuesta las llevó a caer en manos de la propaganda republicana, predicada en Francia por Lamartine y Ledou-Rollin y en Italia por Mazzini. Sin embargo, el significado del término LIBERTAD difería con el de las masas, que lo equiparaban a SEGURIDAD y JUSTICIA, explicando el fracaso de la revolución de 1848.

  A estos principios se añadieron dos nuevos aspectos:

▪ El del nacionalismo teñido de romanticismo, que suspiraba por rehacer el pasado nacional de pueblos de una misma raza y un mismo territorio.

▪ El de “renovación”, que dio proclamas a las organizaciones políticas que pusieron por delante el término “joven”: Joven Italia, Joven Alemania…

  LA REVOLUCIÓN DE FEBRERO Y MARZO DE 1848.

  Comenzó en Francia porque la monarquía de Luís Felipe de Orleans tenía dos puntos vulnerables:

  ▪ No era legítima.

▪ No se apoyaba en la masa total de la nación francesa, solo en la alta burguesía.

  El gobierno de Guizot vivía amenazado por la izquierda monárquica, que solicitaba la ampliación del derecho electoral. Para ello, se reunían en banquetes. Guizot los prohibió (22 de febrero de 1848), dando lugar a unas protestas de escasa importancia, que provocaron la caída del primer ministro. En la noche del 23 y a consecuencia de un choque entre obreros y la fuerza pública, la protesta se convirtió en insurrección republicana. Volvieron las barricadas y la Guardia Nacional, no vinculada al monarca, dudó y no atajó la revuelta, motivando la abdicación de Luís Felipe el día 24.

  Los sublevados, dueños del Ayuntamiento y de la Cámara de los Diputados, proclamaron la República: la democrática, Lamartine; la socialista, Louis Blanc. El gobierno provisional encabezado por el primero fue el triunfo de una minoría audaz.

  La revolución de febrero en París se propagó por Europa en dos oleadas:

▪ La primera afectó a Austria e Italia. En Viena, la juventud burguesa se echó a la calle y Fernando I (1835-1848) hizo dimitir a Metternich. Además, los revolucionarios obtuvieron la concesión de ciertas garantías liberales: libertad de prensa, guardia nacional, constitución; pero, envalentonados, impusieron al emperador la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente, elegida por sufragio universal. Al día siguiente, Fernando I y su corte huían de Viena (16 de mayo). Mientras, en las provincias, se levantaban los nacionalistas, reclamando una constitución federal para el imperio. En Praga, un Comité Nacional obtuvo una “Carta de Bohemia” (8 de abril) y se abría un Congreso checoslovaco; en Croacia, Jeliachich intentaba formar un estado autónomo; en Hungría, la Dieta reforzaba el nacionalismo, logrando por las leyes de 11 de abril equipararse a los austriacos y formar un estado propio, unitario, parlamentario y democrático.

En Italia, los sucesos de París reavivaron una sublevación que venía preparándose desde tiempo atrás, en especial por Mazzini (1805-1872), que había fundado en 1831 la Joven Italia. Con ella defendía la unidad italiana, pero con métodos antiguos que le llevaron al fracaso entre 1830 y 1848. Sin embargo, desde 1846, tanto el Papa Pío IX, como el rey del Piamonte, Carlos Alberto, o el duque de Toscana, concedieron algunas reformas, preparando el camino a la insurrección, que estalló primero en Sicilia (12 de enero), donde Fernando II de Nápoles se vio obligado a otorgar una constitución liberal, similar a la francesa de 1830. Carlos Alberto de Piamonte le imitó promulgando el Estatuto Real de 17 de febrero. Por otro lado, tanto en Venecia como en Milán se produjo un levantamiento contra Viena, que arrinconó a las tropas austriacas del mariscal Radetzky y empujó a Carlos Alberto a declarar la guerra al imperio austriaco el 25 de marzo.

▪ La segunda oleada se produjo en Alemania central y Prusia. Después de los acuerdos de Teplitz y Viena que habían puesto fin a la revolución de 1830 en Hannover, se instaló Ernesto Augusto, un nuevo soberano reaccionario, mientras en Prusia, Federico Guillermo IV (1840-1861) se había mostrado levemente liberal y nacionalista. En 1847 publicó una patente estableciendo la Dieta Unida, en la que se reunirían representantes de las 8 asambleas provinciales creadas por su padre en 1823. Pero, la Dieta defraudó a los liberales pues el voto solo era consultivo y no tenía ni periodicidad, ni iniciativa. Tal desilusión facilitó la agitación de marzo al ser conocidos los sucesos de febrero en París. En Baden, Baviera, Wuttemburgo, Hannover, Sajonia… hubo manifestaciones, cambios de gobierno, un giro liberal. Entre el 31 de marzo y el 3 de abril se reunieron unos delegados en Heidelberg, que solicitaron la convocatoria de un Parlamento general para discutir una nueva constitución de Alemania. La Dieta de la Confederación accedió a esta demanda y convocó una Asamblea para el mes de mayo siguiente.

Mientras, Berlín, secundaba el movimiento. Ante las manifestaciones de estudiantes, burgueses y obreros, el rey prometió reunir la Dieta Unida, que no acalló la agitación, sobre todo, tras el triunfo de la revolución en Viena. Un desafortunado enfrentamiento entre el ejército y los manifestantes el 18 de marzo llevó a las barricadas. Federico Guillermo IV anunció la reunión de una Asamblea Nacional prusiana para discutir una constitución liberal.

  LA REACCIÓN BURGUESA.

  La burguesía y otros grupos conservadores, apoyados por el ejército, reaccionaron atemorizados por el rumbo democrático que tomaba el movimiento revolucionario. En Francia, la IIª República tuvo poca duración, por el antagonismo entre socialistas y republicanos y la oposición conservadora. En la Asamblea Nacional de mayoría republicana, una comisión ejecutiva, presidida por Arago, decidió frenar las pretensiones socialistas y el modelo de trabajo colectivista de los Talleres Nacionales, ideado por Louis Blanc. Entre el 24 y el 26 de junio de 1848, los republicanos, al mando del general Cavaignac, acabaron con las barricadas parisinas. La Constitución de noviembre de 1848, de tipo democrático, daba amplios poderes al presidente. Las elecciones subsiguientes dieron el triunfo a Luís Napoleón frente al republicano Cavaignac, dando también mayoría conservadora a la Asamblea. Bonapartistas, conservadores y legitimistas (alta burguesía y campesinado) ocuparon el poder. Las posteriores discrepancias entre el presidente Luís Napoleón y la Asamblea entre 1849 y 1851, terminaron con el golpe de Estado del primero de 2 de diciembre de 1851. La IIª República daba paso a una dictadura personal.

  En Austria, fue el ejército quien restableció la autoridad del emperador. El príncipe Windischgrätz impuso su ley en Praga. En Italia, el mariscal Radetzky derrotó a los piamonteses en Custozza (25 de julio); en Viena, los príncipes Schwarzenberg y Windischgrätz se adueñaron de la ciudad el 31 de octubre. La Asamblea fue disuelta en mayo de 1849 por el nuevo soberano Francisco José (1848-1916), en quien había abdicado Fernando I. Solo Hungría se mantuvo firme de la mano del demócrata Kossuth, proclamado dictador: el 14 de abril de 1849 la Dieta húngara decretó la deposición de los Habsburgo. Austria tuvo que recurrir a la ayuda del zar Nicolás I de Rusia para aplastar la revuelta en Vilagos (13 de agosto). Desde ese momento Austria gobernó Hungría de forma dictatorial.

  En Prusia, Federico Guillermo IV, ante el éxito de la reacción austriaca, decidió restablecer su autoridad: el conde de Brandenburgo fue nombrado primer ministro el 2 de noviembre; el ejército de Wrangel se adueñó de Berlín el 15 del mismo mes y la Asamblea fue disuelta. Sin embargo, Prusia mantuvo una constitución, sufragio censitario y escasamente democrático (Constitución de 31 de enero de 1850).

  El triunfo conservador en Austria y Prusia determinó el fracaso del Parlamento de Frankfurt reunido el 18 de mayo de 1848, que no pudo hacer frente a la anexión de los ducados de Schleswig-Holstein por Dinamarca (Federico VII), ni a los deseos prusianos de una Alemania unida basada en una imposición y no sobre la base de principios democráticos. De este modo, la Asamblea fue disuelta y la Confederación Germánica restablecida en 1851.

  En el norte de Italia, la derrota de Custozza radicalizó el movimiento subversivo. Manin estableció la República de Venecia (septiembre de 1848) y Mazzini en Toscana (febrero de 1849). Pío IX tuvo que huir de Roma (24 de noviembre de 1848). Carlos Alberto de Piamonte fue derrotado en Novara (23 de marzo de 1849), teniendo que abdicar en su hijo Víctor Manuel II. Radetzky gobernó de forma autoritaria Lombardía. Venecia fue sometida en agosto de 1849; el rey de Nápoles restauró el absolutismo en mayo y Pío IX fue restablecido en su autoridad por tropas francesas el 14 de julio. Solo Piamonte mantuvo el régimen constitucional.


14. TIEMPO DE VÍSPERAS: LAS NUEVAS IDEAS

Escrito por Decineporlahistoria 19-09-2016 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

  14.1. Romanticismo y Posromanticismo.

    Después del racionalismo estricto de la Ilustración y su capacidad de suprimir la vida de las cosas, Rousseau recordó a Europa la existencia de la emoción, no con el fin de sustituirla por la razón, sino con objeto de prevenir contra una dependencia exclusiva de una u otra.

  Las generaciones que puebla el medio siglo que conduce de una crisis europea a la siguiente (1789 a 1848) no confundían vida y abstracción. La experiencia revolucionaria, primero y napoleónica después, les había marcado. Así, el romanticismo, antes que un movimiento o incluso un nombre, fue un cambio radical de sensibilidad. No surgió como una reacción contra lo anterior, sino como una búsqueda de un mundo nuevo. Por ello, el racionalismo fue revisado para incorporarlo a un esquema de valores más amplio.

  En un principio, los románticos se centraron en la recuperación de valores olvidados por la Ilustración. Mientras sir Joshua Reynolds enseñaba en su academia a pintar lo general, Blake insiste en que el arte consiste en lo particular, porque es individual, único y vivo. En consecuencia, los pensadores y artistas románticos dejan de tratar del Hombre como abstracción con mayúscula. El romántico busca en sí mismo e informa de sus hallazgos; de ahí su tinte egoísta. Sus sueños e ilusiones forman parte de la realidad, pero necesitan ser verificados, por eso su pasión por la historia y la relevancia que le dieron.

Aprendieron que el pasado no es confusión a olvidar, sino que es un espectáculo en movimiento, un fragmento de humanidad aún vivo. Eliminar los siglos que siguieron a Roma por bárbaros, despreciar la arquitectura gótica, creer que la razón humana comenzó con Newton, como había hecho la Ilustración, suponía ignorar la propia vida, el espíritu del pueblo, reconocido como la gran base democrática de la civilización occidental.

  Estas reflexiones les llevaron a la búsqueda del conocimiento exterior. Chateaubrian nos ha dejado descripciones entusiastas del Nuevo Mundo; Delacroix marchó a pintar a Marruecos; numerosos poetas dirigieron su mirada al Próximo Oriente. Lo exótico les resultaba fundamental para entenderse y entenderlo.

  Rousseau fue la bisagra entre Ilustración y Romanticismo; puso a Kant sobre la senda de la “razón práctica”, influyó en el sentimiento de Goethe sobre la naturaleza… 60 años después de su obra “La Nueva Eloisa” (publicada en 1761), Shelley podía seguir analizándola con la sensación de encontrarse ante una revelación y, en sus célebres “Confesiones” (1782), aportó a los líricos y psicólogos del siglo siguiente una guía para la búsqueda de uno mismo.

  Además de Rousseau, en el siglo XVIII, el romanticismo se había hecho hueco en el arte y la literatura a través del gusto por la arquitectura gótica y los jardines silvestres, y en el drama, las baladas populares y los cuentos de misterio y horror. Algo parecido ocurrió en Alemania como respuesta a la dominación francesa. Y, de forma paralela, fluirá el “pietismo” a través del “metodismo” y otros movimientos religiosos afines, que sobresalían por su fervor religioso, la poesía y la humildad.

  Todos estos elementos se fundieron en la filosofía romántica que puede sintetizarse como el predominio del drama en un mundo de seres animados. Un mundo de conflicto interior entre el héroe y el esclavo consagrado por Goethe en su “Fausto”, al dar lugar a una moralidad en la que lo importante no es la meta, sino el camino.

  El arte romántico es abierto, dinámico, imperfecto, dramático, particular, perfectamente entroncado con las novelas históricas de Walter Scott o con los análisis sociales de la “Comedia humana” de Balzac o con los estallidos psicológicos de Stendhal. Las baladas líricas de Wordsworth eran imitaciones populares de las baladas populares. Los primeros relatos en verso de Byron nos llevaban al Próximo Oriente. Goethe y Víctor Hugo, Pushkin y Mickiewitz, Heinrich Heine, Alfred de Vigny, Leopardi, Keats y Shelley alimentaban el deseo de oír una voz individual que vibrara de pasión y aportara a la conciencia humana emociones y sensaciones nuevas.

  Aunque el teatro experimentó un periodo de esterilidad, la pintura de Turner, Bonington, Gericault y Delacroix lo compensarán con creces., al igual que la música de Beethoven, Weber, Berlioz, Mendelssohn, Glinka, Schubert, Donizetti, Bellini y Chopin. El individualismo romántico alimentó la idea del “genio”, de la capacidad del ser humano de la grandeza y la miseria; por eso los románticos, pese a todo, eran realistas en el más pleno sentido del término, exploradores de la realidad. Y ello les llevó al estudio de la vida, dejando de lado lo abstracto y mecánico de la Física y la Matemática, y abrazando la Biología y el Evolucionismo.

  Buffon atrajo hacía 1750 la atención sobre notables analogías. Su discípulo, Danberton, amplió el conocimiento de los hombres sobre la anatomía comparativa. El ayudante de Buffon, Lamarck, realizó un análisis exhaustivo de las especies y concibió el primer sistema razonable de evolución natural. Simultáneamente, Erasmo Darwin, botánico, físico y poeta, abuelo de Charles Darwin, caminaba en la misma dirección de Lamarck, anticipando a su nieto algunos de sus temas, pero formuló la hipótesis de que la necesidad y la voluntad de la criatura de lograr sus fines, conducía a las variaciones de forma que luego, con la descendencia, llevarían a los resultados que conocemos con el nombre de evolución.

  El Evolucionismo se difundió rápidamente. Lo encontramos en Goethe, fue objeto de controversia entre Cuvier y Saint-Hilaire hacia 1830. Tres años después, Charles Lyell lo aplicaba a su “Geología”.

  Quizá, de modo inconsciente, esta nueva forma de pensar fue la principal aportación del Romanticismo; de hecho es nuestro método habitual de entender el presente y de guiarnos en la vida.

  El pensamiento evolucionista halló su aplicación y utilidad más inmediata en la filosofía social. Ahora, las únicas historias aceptables eran las que describían la evolución más amplia, ya fueran del derecho o del linaje. Este modo de entender el pasado y el presente tuvo una influencia inmediata en los temores y esperanzas: los miedos a la revolución eran suscitados en parte por las pruebas de la evolución, las cuales enseñaban que los grandes cataclismos obstaculizaban y a la vez promovían el progreso. Parecía como si la humanidad nunca se hubiera detenido en su avance. Esto permitía esperar a todo partidario del progreso político o social que, interviniendo en la historia, la evolución podría alcanzarse antes y la utopía estaría más cerca.

  Esta forma de pensar la encontramos en Marx, que heredó la fe en el progreso del evolucionismo romántico. De hecho, proliferaron los sistemas encaminados a explicar cómo el hombre había llegado a su situación social e intelectual en ese momento:

▪ El primero fue el del conde Henry de Saint-Simon, quién comparó los tiempos primitivos conocidos a la infancia; los tiempos greco-romanos a la juventud; los tiempos modernos representarían la madurez. Esta “Ley de los tres estadios” preparaba para la fase última de la evolución: una tecnocracia altamente organizada. Industriales y banqueros habían de garantizar la prosperidad, la paz y una justa distribución de la riqueza producida por la técnica. El movimiento saint-simoniano tuvo una gran influencia entre la juventud idealista y los pensadores especulativos de las décadas de 1820 y 1830.

▪ La idea de los tres estadios inspiró a Hegel una filosofía de la historia con la que trató de explicar la Europa posnapoleónica. Dividía la evolución del hombre en tres estadios según el grado en que la idea de libertad se hubiese producido en cada uno de ellos: la tiranía unipersonal del mundo antiguo, la libertad exclusiva de la nobleza medieval y la libertad de todos de la época moderna. Para ello, la humanidad se valió de la dialéctica de los contrarios. El conflicto no dio el triunfo a ninguno de los contendientes, pero sí dio lugar a una síntesis enriquecedora. El hegelianismo ha sido una de las aportaciones más duraderas del pensamiento romántico.

▪El tercer sistema evolucionista es el positivismo de Augusto Comte. En la infancia de la humanidad el hombre es religioso. En la Edad Media se hace metafísico: deduce abstracciones con capacidad de transmitir poder a las cosas. En la era moderna, el hombre abandona la abstracción y llega a alcanzar el estadio positivo del pensamiento al analizar la naturaleza tal cual es, mediante el método científico.

  Desde el punto de vista de la política, el romanticismo aportó fundamentalmente la idea de LIBERTAD, independientemente de las diferencias en cómo alcanzarla. Por eso, entre los románticos existe una enorme disparidad política: Walter Scott fue un conservador reconocido; Byron y Hazlitt, radicales; Víctor Hugo y Lamennais llegarán al socialismo, partiendo del conservadurismo y pasando por el liberalismo. A Wordsworth y Coleridge les pasó lo contrario. En Alemania, la confusión también fue notable: Fichte defiende una nación independiente y un estado corporativo; Heine era un liberal cosmopolita; hubo también anarquistas y conversos al catolicismo.

  La búsqueda de la libertad que inspiró a todos los románticos llevó al hombre occidental a pasar por cada una de las opciones políticas posibles. Primero, se adoptó el “laissez faire” del liberalismo y se vieron sus carencias; vino luego la democracia conservadora para proteger a los desheredados de los liberales despiadados. Como resultó insuficiente, los socialismos y comunismos de todo tipo inundaron Europa.

  Desde puntos de vista diferentes, el romanticismo aportó al arte cambios que hoy día entendemos como circunstanciales al orden normal de la existencia:

• Dieron al arte y a los artistas un valor de genialidad hasta entonces despreciado, y así fueron encumbrados Goethe, Wordsworth, Víctor Hugo, Pushkin, Constable, Gericault, Bonington, Delacroix, Beethoven, Weber, Berlioz, Chopin, Walter Scott, Balzac, Stendhal y Gogol.

• Crearon el culto a lo nuevo y obligaron al espectador y al lector a aceptar el pluralismo en cuestión de estilos.

  Se mantuvo hasta mediados de siglo, cuando la desilusión y pérdida de esperanza sobrevinieron tras el fracaso de las revoluciones de 1848. Se sintió la necesitad de un encogimiento de la conciencia, una vuelta a lo que era sencillo y posible; y como este terreno solo podía aspirar a lo tangible y material, se dio el nombre de REALISMO al nuevo movimiento artístico y literario.

    14.2. Liberalismo.

  La primera mitad del siglo XIX europeo resultó un periodo de equilibrio inestable salpicado de revueltas y represiones armadas por la lucha entre las siguientes tendencias:

  — La restauración del principio de legitimidad del Antiguo Régimen.

  — El liberalismo en su búsqueda de implantar la democracia.

  — El sentimiento romántico nacionalista.

  El Congreso de Viena puso sus esperanzas de una paz permanente en la Cuádruple Alianza (Austria, Rusia, Prusia y Gran Bretaña). Se reunirían en congresos periódicos para decidir sobre la posibilidad de una intervención armada: “Sistema Metternich”. Dentro del Imperio de los Habsburgo, los húngaros, los croatas, los checos, los polacos y los alemanes iniciaron su nacionalismo a través de la prensa, el teatro, las asociaciones estudiantiles y los grupos profesionales. Se impusieron la censura y el control policíaco para anular el nacionalismo, pero la política de enviar tropas de una nacionalidad como guarnición a otra nación, potenció su común hostilidad.

  Fuera de Austria, Metternich trató de controlar los mosaicos de Estados de las Alemanias al norte e Italia al sur. En ese eje entre el Báltico y el Mediterráneo no había una sola nación independiente. Contra el liberalismo existente en estos territorios, Metternich impuso a partir del Congreso de Carlsbad(1819) una serie de decretos que imponían el silencio a las universidades y a la prensa, creaban un sistema de espionaje y prohibían cualquier tipo de constitución en “desacuerdo con el principio monárquico”.

  A pesar de ello, Italia se sublevó, En 1820, Fernando IV de Nápoles fue obligado a conceder una constitución, gracias al empuje de jóvenes liberales y nacionalistas agrupados en una sociedad secreta: los Carbonarios. El Congreso de Troppau se declaró a favor de la intervención: un ejército austriaco restableció el orden. Otras revueltas siguieron en el norte de Italia, en Rusia, en Gran Bretaña, en España y en la América portuguesa, donde Brasil se independizó.

  En la península Balcánica, los serbios iniciaron su proceso de separación del Imperio turco, al que siguieron Grecia (en su defensa murió Lord Byron), Moldavia y Valaquia.  En 1823, Gran Bretaña se apartó de la Cuádruple Alianza y apoyó al presidente de Estados Unidos, Monroe, en su apoyo a la independencia de las colonias de América del sur. Pero, en 1829 todavía no estaba claro este movimiento, si era a favor de las naciones libres o de los ciudadanos libres. Fueron necesarios dos acontecimientos para aclararlo.

▪ Al principio, fue en Francia donde se produjeron los más agudos enfrentamientos entre legitimistas victoriosos y liberales derrotados. Con la Carta de 1814, Luis XVIII garantizaba el gobierno representativo, la libertad religiosa y los derechos civiles. Pero pronto el poder fue tomado por los reaccionarios que iniciaron la persecución de los liberales, que pasaron a la clandestinidad. Tan extremas fueron sus medidas que el rey disolvió la Cámara; la nueva mayoría fue más moderada, quedando ultras y liberales apartados del poder. No obstante, la Carta de 1814 restringía la soberanía popular a los propietarios. Solo quienes pagaran anualmente 1.000 francos de impuestos directos podían votar. Así, ampliar los derechos electorales mediante la menor exigencia de requisitos de propiedad constituyó el primer paso de los liberales para llegar a la conquista del sufragio universal. La segunda exigencia liberal fue la libertad de prensa, conseguida por los realistas moderados.

Por otro lado, y paulatinamente, se abolió el comercio de esclavos; disidentes, judíos y exiliados políticos fueron redimidos, obteniendo derechos civiles y políticos. Pero, poco después, fue asesinado el sobrino del rey, el duque de Berry, produciéndose una reacción contraria: los contribuyentes de 2.000 francos tenían doble voto, la legislatura se prolongaba 7 años, la Iglesia obtenía amplias atribuciones en el ámbito educativo, se puso en marcha una policía de Estado y el ultra-reaccionario Carlos X sustituía a su fallecido hermano Luís XVIII en 1824.

▪ El nuevo rey y su gobierno reaccionario hicieron lo posible por fomentar un levantamiento liberal, gracias a sus impopulares medidas: indemnización a los terratenientes por las pérdidas durante el decenio revolucionario, reunida mediante la reducción de la tasa de interés de la deuda nacional. La burguesía no iba a tolerar la afrenta y, en las elecciones de 1827, obtuvieron mayoría en la Cámara, que Carlos X compensó nombrando primer ministro a un reaccionario. Las ordenanzas contra la prensa y la propia Cámara provocaron una insurrección general que consiguió la abdicación del rey y su sustitución por Luis Felipe de Orleans, no como rey de Francia, sino como rey de los franceses. La Revolución de 1830 se extendió a todo el continente, siendo el primer avance eficaz del liberalismo para reanudar la tarea inacabada de 1789.

  El sentimiento popular que llevó a Inglaterra a la revolución de 1832 se debió tanto a factores internos como importados. La causa principal fue un cambio social y económico que convirtió al Parlamento inglés en un órgano falto de representatividad. Mientras las nuevas ciudades industriales de Manchester, Birmingham, Leeds y Shefield aumentaban de tamaño y los propietarios de las fábricas en influencia, los “burgos podridos” (donde se vendían los votos) y los “burgos de bolsillo” (a veces casi deshabitados), hicieron que los terratenientes volvieran a la Cámara de los Comunes.

  Por otra parte, había grupos marginados, como los católicos privados de los derechos civiles, los disidentes no conformistas y los intelectuales. Y los nuevos intereses financieros sabían que el Estado había mostrado durante mucho tiempo su ineficacia al estar dirigidos por nobles obispos y lores. En el umbral de la mayor expansión productiva de la historia había llegado el momento del cambio.

  Los empresarios industriales obtuvieron la ayuda de la nueva clase obrera por una parte y, por otra, del partido liberal que veía en la agitación en marcha una oportunidad para entrar en el poder. Ya en 1819, el liberal lord John Rusell propuso conceder el voto a los obreros, diez años después el jefe del partido liberal, Earl Grey, hizo de esta reforma el eje de su política. Pero solo tras grandes dificultades consiguieron, en la década de 1830, eliminar las incapacidades a las que se había sometido a disidentes y católicos.

  Tras las jornadas de julio de 1830 en París, y con motivo de generalizadas manifestaciones en las principales ciudades inglesas, los conservadores se pudieron nerviosos e hicieron caer a Wellington. Earl Grey, nuevo jefe de gobierno, propuso la primera “Reform Bill”, derrotada en 1831. Volvió a la carga con una segunda “Reform Bill”, desechada en la Cámara de los Lores. Fue entonces cuando se produjo la “revolución” liberal inglesa. De nuevo en el poder, Earl Grey obtuvo del rey el reconocimiento para crear nuevos pares liberales que neutralizaban el veto de los Lores y la aprobación de una tercera “Reform Bill”. Esta ley de 1832 abolió los “burgos podridos”, reajustando la representación de la población. Las nuevas grandes ciudades obtuvieron voto, al tiempo que los derechos electorales se extendieron y simplificaron en 1,5%. Pero las elecciones continuaron siendo de votación abierta, tan útil para los sobornos y la coerción; aunque al menos el periodo de votación quedó reducido de 2 semanas a 2 días, lo que aminoró las posibilidades de tráfico de votos.

  Además de quebrantar con una violencia mínima a la vieja oligarquía, los principales resultados de la reforma fueron: la liberación de los municipios del cartel de las camarillas perpetuas, un nuevo derecho penal y la emancipación de los judíos.

  En el continente, el único resultado firme de la oleada revolucionaria de 1830 fue la separación de Bélgica de Holanda. Tras algunas jornadas de lucha en Bruselas, Francia e Inglaterra obligaron al rey a ceder su Estado vasallo. A su vez, Bélgica se convirtió en un reino liberal, pero comprometido a mantener neutral bajo la garantía de las potencias.

  Desde 1830, el conservadurismo recuperó su dominio en todas partes. En Italia, el liberalismo fracasó por la cooperación de los Habsburgo y el Papado. Rusia aplastó el levantamiento polaco de 1831, anexionándose el reino. Se puede pensar que lo que los liberales consideraban progreso político fue en realidad una confusión y un doble equívoco. Por un lado, el nacionalismo tendía a la libertad; por otro, las constituciones perseguidas, raramente iban acompañadas por la necesaria madurez política de las poblaciones. Las constituciones escritas no garantizaban de por sí el orden, la justicia ni los derechos civiles. Los monarcas engañaban a sus pueblos “por su propio bien”; los jefes populares adoptaban lemas liberales “como un primer paso” hacia la autonomía nacional; y las burguesías que obtuvieron plenos derechos civiles, como en Inglaterra y en Francia, confundieron su llegada al poder con la consecución final de la libertad para el género humano. Pero, a partir de 1830, la clase trabajadora empezó a darse cuenta de que su baño de sangre en las barricadas no hacía mejorar demasiado su situación. Y los teóricos de la libertad de la clase obrera aparecieron pronto en escena, siguiendo dos caminos diferentes.

❶ Un grupo de reformadores quería rehacer la sociedad desde su base. Proyectaban e intentaban realizar sistemas utópicos de vida comunitaria en la que cada persona tenía una función y una recompensa. La prosperidad y la felicidad quedabas aseguradas gracias a la obediencia debida a las leyes y al legislador de la utopía. Tales sistemas, ideados por Saint-Simon, Fourier, Cabet o Robert Owen, pueden definirse como formas de despotismo filantrópico. Pero sus escritos, así como los de los socialistas, comunistas y anarquistas puramente teóricos, como Sismondi, Bell, Gray, Moses Hess y Proudhon fueron los primeros en atacar la doctrina liberal de la economía burguesa, y en determinar el curso de la posterior teoría socialista, que condujo al comunismo ruso y al Estado asistencial.

❷ El segundo grupo confiaba en las instituciones representativas con el objetivo de hacerlas plenamente democráticas, denominación derivada de la “Carta de las libertades del pueblo” que había de establecer el verdadero parlamento y preparar el terreno a todas las reformas necesarias. El Cartismo quedó reducido a seis reivindicaciones básicas de la democracia política:

  ─ Elecciones anuales (periódicas) al Parlamento.

  ─ Sufragio universal.

  ─ Voto secreto.

  ─ Salario para los miembros del Parlamento.

  ─ Distritos electorales iguales.

  ─ Eliminación de los requisitos de propiedad para poder ser diputado.

  Las ideas que expresaban estos grupos, y los temores que sentían, agitaron a Europa. De Escandinavia a España y de Prusia a Italia, hombres, libros, partidos, conspiraciones, reivindicaciones, disturbios y derrotar, culminaron en las revoluciones de 1848.

  Inglaterra, que escapó a lo peor de la crisis, se convirtió en el santuario de los exiliados, mientras su Cartismo se iba extinguiendo.

  En Francia, la República implantó el sufragio universal, pero sucumbió al golpe de Estado de Luís Napoleón. En Europa Central las rivalidades nacionalistas se desplegaron, atacándose entre sí para su común destrucción. Y la dividida Asamblea de Frankfurt parecía demostrar que los idealistas eran incapaces de desenvolverse en un marco parlamentario y de participar en el gobierno de una nación moderna. En el sur, el movimiento de la Joven Italia de Mazzini inspiró multitud de tumultos con los que el nuevo papa, Pío IX, y el rey de Cerdeña, Carlos Alberto, parecían simpatizar. Pero pronto comenzó la reacción: el Papa cambió de opinión y Carlos Alberto fue derrotado por los austriacos.

  Estas revoluciones que duraron cerca de 4 años no significaron lo mismo para todas las naciones afectadas, pero sí que hubo 2 hechos claros:

▪ En el futuro, el nacionalismo iba a demostrarse como un ideal unificador y, por tanto, más fuerte que el de la libertad.

▪ El idealismo se verá aquejado por una pérdida constante de influencia.

  Entre los pensadores sobrevino, tras 1848, el recurso a los políticos, a la fuerza y al número, a la política de las cosas (Realpolitik), al cinismo y al espíritu de masa. El liberalismo, la democracia, la educación universal y el bienestar se convirtieron en características de la civilización occidental a partir de 1870, pero en cierto aspecto, la Ilustración y los principios de 1789 murieron en 1848.

  14.3. Socialismo.

    A principios del siglo XIX aparecieron los primeros defensores de una nueva tradición que ofrecían tanto una crítica de la sociedad, como un proyecto social perfecto. Hacia la década de 1830 se le había bautizado con el nombre de socialismo. Las fuentes parten del pensamiento del siglo XVIII y de la Revolución francesa (jacobinos, Babeuf, el concepto de revolución).

  Su origen son las nuevas circunstancias económicas de Europa. Los socialistas propusieron la solución de los problemas de una sociedad en expansión industrial.

    En Inglaterra, el socialismo empezó con ROBERT OWEN, propietario progresista y director de una fábrica. Era un firme creyente en la doctrina que, partiendo de Claude Adrien Helvetius y David Hartley, aseguraba que el hombre era una criatura de su ambiente, y que podían cambiar su naturaleza cambiando el ambiente. Las teorías económicas clásicas sobre el capital y el liberalismo se inclinaban peligrosamente hacia una mala distribución de la riqueza, al subconsumo y a la pobreza. Esta concepción se acentuó con la aportación de Robert Malthus acerca de la amenaza de la superpoblación que, junto con el optimismo de Adam Smith y Jean Baptiste Say, darán lugar a la teoría del conflicto inevitable entre las clases económicas, basada en el análisis del economista británico David Ricardo. No deja de ser curioso que algunos de los discípulos de Owen (Thomas Hodgskin) y el propio Karl Marx, adoptaran buena parte de las enseñanzas de Ricardo (sobre el origen del valor del trabajo y su concepción de la lucha de clases) y volvieran al campo de la economía clásica para construir una justificación teórica del socialismo.

    En Francia, CHARLES-EDMOND FOURIR propuso una combinación de intuición y claras tonterías, e instaba a una reconstrucción de la sociedad con todo el realismo que cabe esperar de una persona que acudía a su casa a una hora fija cada día, esperando la llegada de algún filántropo que subvencionara sus planes de regeneración social. ETIENNE CABET llegó más lejos, defendiendo la formación de comunidades que se conducirían con arreglo a normas y principios socialistas y que señalarían lo que Owen denominó “el nuevo mundo moral”; esta característica fue la que llevó a Marx y Engels en su momento a desecharlos despectivamente, tachándoles de socialistas utópicos.

    Mayor repercusión tuvo la obra del conde HENRY DE SAINT-SIMON, un intelectual aristócrata venido a menos, que anticipó la moderna sociedad tecnológica, en la que banqueros y empresarios sustituirían a las viejas aristocracias de terratenientes y abogados, donde la remuneración se establecería según la producción social de cada individuo. La influencia de Saint-Simon afectó a Thomas Carlyle y John Stuart Mill en Inglaterra y, a través de algunos discípulos, dio forma a la economía francesa en la aparición de banqueros, industriales e ingenieros, como Ferdinand de Lesseps, el constructor del Canal de Suez. Pero los saintsimonianos también denunciaron la contradicción entre libertad y organización inherente a la teoría política de Rousseau.

    Estas corrientes variadas y fecundas de la doctrina socialista convergieron en la obra de KARL MARX. Nacido en Tréveris, Renania, en 1818, era hijo de un abogado judío, ilustrado y liberal, que se había convertido al luteranismo por conveniencia. Karl estudió derecho en la universidad de Bonn y en Berlín, donde se hizo filósofo o, con más propiedad, un intelectual entusiasta. La obra del filósofo materialista Ludwig Feuerbach sugirió a Marx una vía por la que aportar mayor concreción al hegelianismo, así como una justificación por la acción política: la solución residía en rechazar el espíritu como la fuerza motriz de la evolución y sustituirlo por las condiciones materiales (la economía). El resultado fue el MATERIALISMO HISTÓRICO, sustrato de la obra de Marx, que convirtió en plausible su análisis socioeconómico.

    Mantenido primero por su familia, luego por sus colaboraciones periodísticas, Marx adquirió pronto una reputación de radical violente, y en 1834 se vio obligado a abandonar Alemania. Marchó a París donde participaría en el fermento socialista. En 1844 conoció a FRIEDRICH ENGELS, próspero hijo de un industrial alemán a quien representaba en Inglaterra y que al año siguiente alcanzaría una cierta reputación publicando un análisis sobre la situación de las clases trabajadoras en la Inglaterra industrial. Engels, hegeliano radical y gran divulgador se convirtió en devoto amigo de Marx, al que invitó a dedicar mayor atención al análisis del sistema económico dominante, que habían realizado los economistas ingleses, en especial David Ricardo. Cuando sus actividades le hicieron “persona no grata” huyó de Francia a Bélgica y de allí a Londres.

    En París, Marx se había pasado al comunismo, al ala radical del socialismo. Tras su experiencia revolucionaria de los últimos años del reinado de Luís Felipe de Orleans, Marx había llegado a concebir el proletariado como la negación última de la sociedad burguesa, como la burguesía lo había sido de la sociedad feudal, si bien, hasta que el proletariado estuviera plenamente preparado para vivir en la sociedad comunista final, los dirigentes ejercerían una dictadura, una “revolución permanente”. Llegado el momento, desaparecería el Estado y ocuparía su lugar la asociación libre, el verdadero comunismo.

    Estas ideas quedaron sintetizadas en el MANIFIESTO DEL PARTIDO COMUNISTA, firmado conjuntamente con Engels en la víspera de la revolución de febrero de 1848. Se trata de un esbozo de la dinámica histórica que condujo al triunfo de la civilización burguesa, una denuncia de sus crueldades y vicios, y una llamada al proletariado para acelerar el proceso histórico: “los proletarios nada tienen que perder sino sus cadenas, y en cambio tienen todo un mundo que ganar”.

    Marx llegó a Inglaterra en el mes de agosto de 1848 para centrarse en la elaboración de su vasto tratado económico, “El Capital”, cuyo primer volumen apareció en 1867; los dos volúmenes restantes, menos depurados, no aparecieron hasta después de su muerte. Su principal mérito es su brillante análisis histórico, más que el económico, pues Marx proyectó las categorías de los economistas clásicos hacia el futuro, cuando ya los economistas burgueses hacían estallar las bases de esta economía.

    En su estancia en Londres abandonó el énfasis insurreccional del “Manifiesto”, para preparar a la clase trabajadora para su papel histórico, a una cooperación temporal con la burguesía, al fomento de la actividad sindical y a la aprobación de la legislación social: fundamentó así el socialismo democrático, sin dejar de lado la idea de que la revolución derrocaría a la burguesía. Su obra sería el punto de partida de las distintas teorías socialistas, de la historia económica y de la sociología.

    Otros tres pensadores socialistas pueden considerarse como sus competidores:

• PIERRE JOSEPH PROUDHON. Hijo de obreros, autodidacta, en 1840 escribió un librito titulado “¿Qué es la propiedad?”, a lo que respondía: “la propiedad es un robo”. A pesar de sus magníficas frases y paradojas y de ser un polemista mordaz, defendía la propiedad privada y se oponía al sistema burgués solo porque era injusto y explotador. Pensaba que la victoria del proletariado iba a acaecer gradualmente, merced al establecimiento de un sistema de crédito gratuito, que librara a los productores de la tiranía de los prestamistas y les permitiera hacer frente a las necesidades de cada cual de manera libre. Se oponía al socialismo democrático de Estado inspirado por Louis Blanc, así como al comunismo de Etienne Cabet o del joven Marx. Pero la tensión moral y el individualismo de Proudhon, su hostilidad hacia el Estado, así como su decidido compromiso con las organizaciones obreras francesas, fueron legados para las variantes sindicalista y anarquista de socialismo a finales del siglo XIX y en el XX en Francia, Italia y España.

• MIJAIL BAKUNIN combatía un revolucionarismo romántico profundamente ruso. Reconocía la entidad de Marx en cuanto teórico socialista, tradujo el “Manifiesto” al ruso y fue contratado para traducir también “El Capital”. En cambio se opuso a la centralización preconizada por Marx, al preferir pequeñas unidades a las que había que conferir la libertad de levantarse en defensa de sus propios intereses y, fiel a su índole conspirativa y extravagante, propugnó la idea de revolución violenta que Marx había abandonado de forma tácita a favor de la acción política. Bakunin hizo una aportación vital a los movimientos anarquistas y constituyó una fuente para el terrorismo anarquista.

• FERDINAND LASALLE. Poco original pensador alemán, nacionalista a ultranza y opuesto a Marx en la táctica política a seguir. Creía en el socialismo de Estado y durante los últimos años de su vida, mantuvo una correspondencia constante con Bismarck. Fundó en 1863 el primer partido socialista alemán, antecedente del partido socialdemócrata, hasta su desaparición a manos de Hitler en 1933.

    Los enfrentamientos entre estas tendencias se entablaron en la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) fundada en Londres en 1864. Su fracaso tras la guerra franco-prusiana de 1870 y la Comuna de París, motivó la creación de la llamada “Segunda Internacional” en 1889, donde ya estarían los grandes partidos socialistas nacionales.

    La politización del socialismo tuvo efectos sobre la política social de los países europeos: leyes fabriles, indemnizaciones, seguros de enfermedad y vejez… Este fomento del bienestar y la prosperidad eliminaron la posibilidad de una revolución inminente y obligaron a algunos socialistas a replanteamientos como el “revisionismo” de Eduard Bernstein.

  En Francia y en toda la Europa meridional surgió el SINDICALISMO, procedente de la teoría proudhoniana y de la experiencia sindical, ponía el acento en una economía y en un Estado que se organizarían sobre la base de los intereses económicos, tras una revolución sobrevenida con el recurso a la huelga general.

  La Gran Guerra supuso la victoria del nacionalismo sobre la solidaridad de clase y sobre el internacionalismo de Marx, dejando abierta la vía del comunismo.

CINE

Son centenares las películas de temática romántica, me he permitido copiar estas reflexiones vertidas en un blog denominado The Curated crew por su  autor, Antonio.

“El séptimo arte guarda una relación especial con la literatura, y es usual ver que algunos textos no se queden solo en el papel. Durante el siglo XVIII y el siglo XIX, particularmente, se escribieron libros de tal envergadura que cien años después, se volvieron éxitos rotundos en la gran pantalla.House of Usher (1960),The man in the iron mask (1998)yLos Miserables (2012)son algunos ejemplos de las adaptaciones que capturan lo mejor de aquel periodo.

La primera película está basada enEl hundimiento de la casa Usher, del mítico Edgar Allan Poe. La importancia de su autor durante el Romanticismo se debe al hecho de que fue el único, hasta ese entonces, capaz de defender la libertad y los sentimientos individuales, dejándoles los pelos de punta a todos con sus cuentos.

Esta pieza fue llevada al cine en 1960, por Roger Corman y contó con la participación de Vincent Price y Mark Damon, este último ganador del Golden Globe por su papel de Philip Winthrop. 20 años más adelante se replicaría la producción sin mucho éxito. La cinta de terror, refleja el irracionalismo de Roderick Usher al igual que Poe en su texto, una característica ineludible del movimiento romántico.

Por su parte,The man in the iron maskestá basada en la obraEl vizconde de Bragelonne, último libro de la trilogía deLos tres mosqueterosescrita por Alexandre Dumas (padre), y también en una leyenda urbana deLa Revolution. Randall Wallace fue el responsable de adaptar la historia del francés, y estrenó la cinta protagonizada por Leonardo Di Caprio en 1998.

A pesar de que no fue exitosa en taquilla, y que los mosqueteros parecían “un oxidado trío de jubilados de la edad media” como afirmó en su momento el Washington Post, la película carga con un par de detalles sobresalientes.

En primer lugar, posee escenarios intensos y paisajes naturales bellísimos. Además, carga con esa nostalgia que significa llevar la historia de a Athos, Aramis, Porthos -y D’Artagan- al cine, personajes clásicos de los franceses y su nacionalismo.

En ese sentido, no es diferente a la obra de Victor Hugo. Pues la historia deLes Misérables,escrita en 1862, personifica aspectos de la vida individual de cualquier sujeto de la época. Llegó a ser tan importante, que tuvo múltiples adaptaciones en el teatro, y posteriormente en el cine a lo largo del siglo XX.

Tom Hooper se encargó de adaptar un musical de 1980 basado en la novela, y de que Hollywood se adhiriera a este proyecto. El resultado final fue un drama musical llevado a la gran pantalla a finales de 2012, con actores de renombre como: Anne Hathaway, Russell Crowe y Hugh Jackman. Además la película se llevó 3 galardones en la ceremonia de los Oscar ese año; a mejor actriz de reparto, mejor sonido y mejor maquillaje.

El director de películas comoEl discurso del reyyLa chica danesasupo enriquecer esta valiosa novela, a través de una forma diferente de contar la historia. Sin embargo, hay quienes piensan que por arriesgarse con ello dejo de lado aspectos más relevantes que aparecen en el propio libro. Algo que está mal para quienes pasan por alto que es la adaptación de la adaptación.

Si bien es cierto que los tres ejemplos son muy diferentes, hay algo que los relaciona estrictamente: Aquellos personajes narrativos del Romanticismo influenciaron la realidad y los principios de las personas. Los escritores de la época estaban más allá del bien y del mal, pues con sus obras hicieron parte de una importante revolución cultural.

A su vez, el cine permitió ver más de cerca con lo que estalló este movimiento. Permitió conocer el contexto donde surgía esta nueva forma de pensamiento. E incluso, permitió leer entre líneas las reflexiones de los personajes, que se volcaron a la realidad en aquella época; el sentir de manera irracional y a flor de piel, el sentido de libertad absoluta, el orgullo desmesurado por una nación, y sobretodo el deseo de dejar de serles miserables”.

Películas de corte socialista también están muy representadas. Valgan estos ejemplos: “Capitalismo, una historia de amor” de Michael Moore; “Sambizanga”, de la angoleña Sarah Maldoror; “El club de la lucha”, del excelente David Fincher; la chirriante “Teléfono rojo, volamos hacia Moscú” de Kubrick; “Machuca” , del chileno Andrés Wood; “Inside Job” de Charles Ferguson; la muy conocida “La batalla de Chile” de Patricio Guzmán; “Norma Rae” de Martin Ritt; la portuguesa “Días cinco, cinco noches” de José Fonseca e Costa; “El fin de San Petersburgo” del gran Pudovkin; “The edukators” de Hans Weintgartner; “Los santos inocentes” de Mario Camus; “Queimada” y “La batalla de Argel”del italiano Gillo Pontecorvo; la curiosa “Matewan”, de John Sayles; la estupenda “Y también la lluvia”, de Icíar Bollain; la oscarizada “Diarios de motocicleta”, de Walter Salles; “La huelga” y “Octubre” del pionero Eisenstein; la larguísima “La mejor juventud” del italiano Tullio Giordana; la populista “Che” de Steven Soderberg; “Estado de sitio” del muy comprometido Costa-Gavras; “El viento que agita la cebada”, de Ken Loach; “Apocalupse Now”, de Francis Ford Coppola; “Rojos”, del insólito Warren Beaty; la descarnada “Los lunes al sol”, de Fernando León de Aranoa; “El odio” de Mathieu Kassovitz; “La sal de la tierra”, de Herbert J. Biberman; “Noveccento” de Bertolucci; o “Las uvas de la ira” de John Ford.


EL MADRID DEL HIERRO (Síntesis del trabajo de María Rosa Sardá: “Hierro y arquitectura en el Madrid del siglo XIX”)

Escrito por Decineporlahistoria 03-06-2016 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

1. La llegada de la tecnología del hierro a España.

     Se produce en el último tercio del siglo XIX. Causa del retraso: la concatenación de guerras napoleónicas, pérdida de colonias ultramarinas, guerras carlistas, inestabilidad política…

  Durante la regencia de María Cristina se realizan los primeros intentos:

• En 1832, Manuel Heredia construye los primeros altos hornos en Marbella (Málaga): La Constancia y la Concepción o Río Verde. Utiliza el sistema inglés de fundición, pudelado y reverbero con carbón vegetal. En 1840 tenía 2.500 empleados y podía producir unos 300.000 quintales de hierro (magnetita de Ojén), aunque la demanda española apenas llegaba a los 100.000.

    • En 1841, Juan Giró pone en marcha el alto horno de El Ángel (Málaga).

• En 1844, el ingeniero Elorza se encarga del proyecto de alto horno de El Pedroso (Sevilla).

  Será en el reinado de Isabel II cuando se instale el primer horno de coque (1848) en España (Mieres, Asturias). La razón principal de esta ubicación es la existencia de cuencas carboníferas en Asturias y León. Se pondrán en marcha instalaciones de fundición de hierro en La Felguera (1859) y Vega (1859).

  Seis años más tarde se abrirá el alto horno de Bolueta en Vizcaya, seguido, en 1879, por el de Sestao.

  Ya en la Restauración, la producción de acero se traslada definitivamente a Vizcaya. En 1885 se produce el primer lingote de acero Bessemer. El primer alto horno Siemens-Martin se construye en 1888/1889.

  La producción de acero en el periodo isabelino se vio incentivada por el desarrollo del ferrocarril (1848, 1851, 1855…)

  En el ámbito arquitectónico la siderurgia influyó en un doble sentido:

  • En la producción de elementos estructurales en serie.

  • En el abaratamiento de los costes.

2. La sociedad madrileña y el hierro.

     En la segunda mitad del siglo XIX, la sociedad madrileña se distinguió por su carácter emprendedor y progresista, y no es de extrañar que aceptara el hierro al identificarse con sus cualidades de innovación y lo adoptara como símbolo de futuro. En consecuencia, las fábricas comenzaron a fundir todo tipo de elementos arquitectónicos y decorativos: pilares, columnas, vigas, armaduras de cubierta, marquesinas, voladizos, balaustres, zócalos, frisos, montantes, remates, lámparas, farolas, urinarios, quioscos, mesas, sillas, camas candelabros, jarrones o bancos.

  Madrid fue poco a poco vistiéndose de hierro, sobre todo durante la Restauración.

3. El hierro como material ornamental.

    Al principio se introduce en los balcones en sustitución de las antiguas celosías de madera. Los huecos en la fachada vienen dotados de un pequeño voladizo (balcones), que se irá multiplicando conforme aumenta el número de plantas; de baja más dos plantas y buhardilla de principios del siglo XVIII, hasta seis o siete plantas de finales del XIX.

  En el periodo isabelino los edificios se estructurarán en cuerpo basamental, piso principal, pisos secundarios y coronación con sotobanco. Ya durante la Restauración se introducirá el piso entresuelo.

  La arquitectura utilizó el hierro como signo de distinción y, por eso, fue empleada en elementos externos, singularmente en balcones, pasando sus formas de rectilíneas y sobrias a finales del siglo XVIII a curvas e imaginativas de mediados del siglo XIX. A partir de los años setenta se introducirán los estilos históricos neogriego y neogótico, así como el muy apreciado neorrenacimiento. Como ejemplos: el palacio del marqués de Salamanca (Narciso Pascual y Colomer) o el palacio Dóriga (Francisco de Cubas, Recoletos, 15). La influencia francesa trajo el neobarroco (estilos Luís XIV, XV y XVI), que se observa en el palacio del Marqués de Casa-Riera (Rodriguez Arias, Alcalá, 44, pegado al Círculo de Bellas Artes). Lo neomudéjar lo contemplamos en las Escuelas Aguirre (Emilio Rodriguez Ayuso).

  Los miradores de hierro y metal no aparecerán hasta la segunda mitad del siglo XIX en los huecos de planta principal y segunda, con lo que el balcón se incorporará al interior de la vivienda, siendo, además, un signo de distinción de la fachada.

  Además de balcones y miradores, el hierro conquistó los montantes de las entradas a los portales, las puertas, las cajas de escalera, los cierres de ascensor, las galerías interiores y las lámparas y candelabros de las fachadas, como ocurre en el Ateneo de Madrid, la Bolsa o el Banco de España.

  4. El hierro en el medio urbano.

    Madrid tuvo como modelo a París. A partir de mediados del siglo XIX las condiciones fueron favorables: mejora de la economía del país, asentamiento en la capital de una desahogada clase burguesa y el poder institucional, y la demanda de lugares de recreo y diversión. Todo ello propició la aparición de nuevos espacios urbanos y mejora de los existentes. El resultado es un cambio en la fisonomía de la ciudad, más cercano al de otras capitales europeas.

  Una de las primeras intervenciones de embellecimiento fue el Paseo o Salón del Prado, proyecto de 1842 del arquitecto municipal Juan José Sánchez Pescador, que incluía verjas de hierro fundido sobre piedra berroqueña, que dividía las zonas de paseo de cohes y caballos, balaustradas, bancos, lámparas, además de arboleda y vegetación.

  Desde mediados del siglo XIX, las plazas comenzaron a ajardinarse siguiendo el modelo de plaza inglesa, con estatuas en el centro, jardinillos alrededor y una pequeña cancela o verja rodeando el conjunto: estatua ecuestre de Felipe IV, de Felipe III, la de Hernán Cortés (Plaza del Progreso), la de Cervantes (Plaza de las Cortes) o la de Quevedo. Mientras plazas y paseos completaban su fisonomía con bancos, farolas, quioscos, urinarios… Como ejemplo, la Puerta del Sol.

  En 1868, tras la caída de Isabel II, el Retiro se abrió al público. El ayuntamiento comenzó su embellecimiento, sustituyendo las cercas por verjas de hierro, con espléndidas puertas de entrada. El proceso continuaría hasta finales del siglo XIX, interviniendo arquitectos como Agustín Peyró y José Uriarte y Velada.

  El cerramiento sirvió de ejemplo a palacetes como el del marqués de Salamanca, el de Buenavista, los del marqués de Villamejor (Castellana, 3), de los duques de Santo Mauro (Zurbano 36), del duque de Zabalburu (Marqués del Duero, 7), del marqués de Cerralbo (Ventura Rodríguez, 17). Y en edificios institucionales como la Biblioteca Nacional y el Museo Arqueológico, el antiguo Ministerio de Fomento  , el Banco de España, las iglesias de San Manuel y San Benito (neobizantino, 1902-1910, Fernando Arbós y Tremanti, Alcalá, 83) y la de la Concepción (neogótico, 1912-1914, Giménez Corera, Jesús Carrasco, Goya, 26), la Real Basílica de Nuestra Señora de Atocha, las Escuelas Aguirre (neomudéjar, 1886, Rodríguez Ayuso, Alcalá, 62)…

  Madrid se cubrió de hierro.

  5. La arquitectura del hierro.

    España entró tarde y de forma moderada. No obstante, Madrid llegó a contar con algunos notables ejemplos de edificios en hierro y cristal. Por desgracia, gran parte de estas obras han desaparecido.

  En un principio, la arquitectura del hierro estuvo relacionada con grandes pabellones destinados a exposiciones, mercados, invernaderos, estufas y estaciones. Además, se construyeron grandes armaduras de hierro y cubiertas (cúpulas y bóvedas rematando patios, galerías, bibliotecas) y el antiguo viaducto de la calle Segovia.

  Las primeras construcciones estuvieron destinadas al uso de mercado. En 1867, cuando el ayuntamiento de Madrid decidió realizar dos mercados, uno en la plaza de La Cebada y otro en el solar resultante de la demolición del convento de Los Mostenses (Plaza de los Mostenses, espaldas Gran Vía), se quiso seguir el criterio parisino de Les Halles, optando por el hierro y el cristal. Ambos mercados, proyectados por el arquitecto Mariano Calvo y Pereira, se iniciaron en 1870.

  El de la Cebada tenía una base o zócalo de ladrillo de la que nacía una estructura de finas columnas de fundición, rematadas con arquerías de medio punto. El edificio mantenía una decoración clasicista y un lenguaje industrial. El de los Mostenses era muy similar. Ninguno existe actualmente.

  En 1875 se inauguró el mercado de Olavide, de menores dimensiones y ambición constructiva, también derribado. El único ejemplo que ha llegado hasta nuestros días es el mercado de San Miguel, realizado entre 1912 y 1916 y proyectado por Alonso Dubé Díez. Cuenta con sótano para almacenar alimentos y una planta baja donde se ubican los diferentes puestos de venta. La estructura está formada por columnas de fundición con capiteles jónicos y estrías en el fuste. Sobre los pilares se apoya una armadura de cubierta que conforma unas naves sobre los pasillos de circulación, con penetración de luz por la parte superior. Mezclando ornamentación clasicista y funcionalidad industrial.

  Los pabellones de exposición son las construcciones más emblemáticas del siglo XIX y origen de la arquitectura del hierro. Nacidos con motivo de la primera exposición universal de Londres de 1851. Paxton realizó el primer modelo de pabellón invernadero o pabellón estufa, realizado en hierro y cristal. Su éxito hizo que estos pabellones se convirtieran en el símbolo de la modernidad.

  Madrid no fue ajena a esta moda; aunque no llegó a ser la sede de una gran evento universal, sí celebró en la década de los ochenta algunas exposiciones nacionales que dejaron como herencia algunos pabellones actuales:

— De la Exposición Nacional de la Industria y las Artes, tenemos el actual Museo de Ciencias Naturales y Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales.

  — De la Exposición Nacional de Minería tenemos el actual Palacio de Velázquez del Retiro.

—De la Exposición de Filipinas nos ha quedado el Palacio de Cristal (Retiro).

  Los dos primeros son construcciones convencionales. El hierro se reserva para la cubierta, con cúpulas y cierres de armadura férrica, cristal y cinc. El de la Exposición Nacional de la Industria fue diseñado por Fernando de la Torriente. La construcción finalizó en 1889, ya fallecido su autor y sustituyéndole Emilio Boix: cuenta con un pabellón central y dos alas laterales a modo de galerías, que terminan en dos pabellones en los extremos. La cúpula central se realiza en hierro y cristal. Las cubiertas fueron traídas de Bélgica.

  El Palacio de Velázquez fue realizado por el arquitecto Ricardo Velázquez Bosco para la Exposición Nacional de Minería de 1883. También presenta pabellón central, torreones en los extremos y galerías de unión con fachada de fábrica y decoraciones de azulejería. La planta es rectangular y sin divisiones internas al margen de los 4 torreones de los extremos. Es pues, un pabellón diáfano. Las cubiertas son de hierro. El ingeniero calculista fue Alberto de Palacio y el artífice del hierro fue Bernardo Asins.

  Los tres trabajarían en el Palacio de Cristal, realizado para la Exposición de Filipinas de 1887. Velázez y Bosco lo diseñó según el modelo de invernadero de hierro y cristal y adoptando procedimiento de prefabricación, terminando la obra en cinco meses. Las piezas de fundición se realizaron en la fábrica Alonso Millán y Cía de Bilbao y su ensamblaje lo hizo Bernardo Asins (formado en París, fue Cerrajero de la Casa Real. En 1867 fundó la Casa Asins, que en 1890 llegó a tener 100 operarios, llegando a los 200 a principios del siglo XX. A él debemos las verjas de la Biblioteca Nacional, los herrajes del Banco de España y del Ministerio de Fomento, además de colaborar en las mejoras de San Francisco el Grande y del Palacio de Buenavista).

  El Palacio de Cristal tuvo como fin servir de invernadero de plantas y flores exóticas provenientes de Filipinas. Es todo de hierro y cristal, con arquerías de hierro cerradas por vidrio y sostenidas por columnas jónicas, con volutas en los capiteles, que se completan con una roseta en el centro de su enrollamiento y en otras se transforman en grecas.

  Las cubiertas de hierro y cristal son bóvedas de cañón que convergen en una cúpula de 24 metros de altura en el punto central. La planta adopta una distribución que recuerda el crucero y el ábside de una iglesia gótica. Su ambiguo eclecticismo hizo a Velázquez Bosco realizar un pórtico de columnas y semicolumnas de orden jónico, con dos pequeños pabellones en los extremos coronados todo ello con balaustradas. Los detalles decorativos son de predominancia clásica, como palmetas, gárgolas, rosetas, guirnaldas, relieves de cabeza… azulejería de los hermanos Zuloaga. El Palacio se complementa con un pequeño lago que refuerza la imagen etérea del pabellón. Pese a su monumentalidad, se trata de una obra de pequeño tamaño, con un área de 2,500 metros cuadrados (55.000 tiene el Cristal Palace de Londres).

  De los años setenta son dos proyectos de pabellones estufas que no llegaron a construirse. Uno de ellos es un edificio para conciertos firmado en 1876 por el arquirtecto de Edimburgo, R. Morham. El “Concert Hall” tenía 60 metros de longitud y 30 de altura, en hierro y cristal. El interior se concebía como un circo, con gradas en todo el perímetro, un corredor en la parte superior y una zona de escenario en una de las cabeceras de la planta ovalada.

  Un segundo caso es el del proyecto del “Skating Rink” para el Retiro, también de 1876. Fue iniciativa de Juan de Bustelli Toscolo, duque de Marignan, que deseaba un establecimiento de recreo y gimnasia. Pero no llegó a tener la aprobación del Ayuntamiento madrileño.

  Interesante fue también el proyecto de estufa que propuso el arquitecto Francisco Jareño en 1883 para el jardín botánico de la Universidad Central (más tarde Instituto Cardenal Cisneros).

  La burguesía madrileña también incorporó pabellones invernaderos en sus nuevas residencias:

— Invernadero mandado construir por el marqués de Salamanca. Hecho en Londres, pasó al ayuntamiento de Madrid en 1876, que lo instaló en la Rosaleda de El Retiro (desapareció durante la Guerra Civil).

— En el palacete del marqués de Zabalburu, el arquitecto Luís de Landecho añadió, ya entrado el siglo XX, una estufa de hierro y cristal en su parte posterior.

  Las casas de vecinos también utilizaron estas estructuras como remate superior del edificio a modo de última cubierta. Tal es el caso de la propuesta para la casa den Costanilla de los Ángeles nº 2, con fachada a la calle del Arenal, con arcos de medio punto, palmetas, flor de lis… Más modestos son los ejemplos de la casa de Rafael Colás en la calle Alcalá 31 (1883, Sainz de Lastra) y la de la calle Mayor nº 73 (1884, Fernando de la Torriente). En ambos casos, una galería de hierro y cristal, como pabellón invernadero, culmina el edificio. Todavía se puede contemplar la casa de la Cava Baja con vuelta a plaza de Herradores.

  Como proyectos curiosos están los presentados para realizar una galería de la Puerta del Sol, denominada Galería del Príncipe de Asturias, don Alfonso, y otro para cubrir la Plaza Mayor.

  Las construcciones de hierro de mayor envergadura son, sin duda, las estaciones. Madrid cuenta con 3 magníficos ejemplos:

— La primera, en estricto orden temporal, fue la del Norte o del Príncipe Pío, de las Compañía de los Caminos de Hierro del Norte. El proyecto, de 1877, corrió a cargo del grupo de ingenieros de la Compañía, firmado por el francés Biarez. Pese a ser una estación término, el edificio adopta el esquema propia de una estación de paso, disponiéndose paralelo a las vías. Sobre estas, se realiza una gran cubierta de 40 metros de luz, calculada por el ingeniero Mercier en 1881 con el sistema de cuchillos Polenceau, todavía con tornapuntas y tirantes. De estilo francés, por sus formas y dimensiones. A comienzos del siglo XX se amplía la cubierta por el ingeniero Gasset y, posteriormente, en 1926, se construirá un edificio en la cabecera. 

— La estación de las Delicias es prácticamente coetánea a la anterior, pues se inicia en 1878, siendo su cubierta sobre los andenes más antigua. A esta estación llegaba la línea Madrid-Ciudad Real-Badajoz, luego Madrid-Cáceres, Portugal. Será el ingeniero francés Èmile Cachelievre el autor del proyecto. La inauguración tendrá lugar en 1880. Dos pabellones paralelos a las vías y una gran cubierta sobre las mismas y los andenes es el esquema elegido, siendo también una estación de paso y no de término, como debería. No obstante, presenta un frontal de remate de la estación con un gran tímpano de cristal sobre las puertas de entrada. La cubierta es de gran envergadura, 175 metros de largo, 35 de ancho y 22 de alto, Cachelievre utilizó un sistema estructural de cuchillos metálicos, conocido como sistema De Dion. La estación de Delicias recibe luz por la parte superior de los paramentos laterales. Para ello, la nave sobre las vías y andenes es de mayor altura que los pabellones laterales de fábrica y hierro, sobresaliendo sus paramentos de hierro y cristal. Apenas tiene ornamentación. Actualmente, tras su cierre al transporte ferroviario en 1971 se ha reconvertido en Museo del Ferrocarril y Nacional de la Ciencia y de la Técnica.

— La estación de Atocha o de Mediodía, de la Compañía de los Ferrocarriles Madrid-Zaragoza-Alicante, sustituye a la anterior por insuficiente. La Compañía encargó al arquitecto e ingeniero bilbaíno Alberto de Palacio un proyecto que firma en 1889. Es una estación término o cabecera de línea, organizada mediante dos pabellones laterales paralelos a las vías y un cuerpo bajo uniendo ambos en la fachada que da a la plaza de Carlos V o glorieta de Atocha. Sobre este cuerpo bajo se muestra el gran frente de la enorme cubierta de andenes y vías, la imagen más significativa de la estación. La estructura de la cubierta fue calculada por el ingeniero Henry Saint James, también con el sistema De Dion. La cubierta presenta sección de casco de nave invertido ligeramente curvado y está formado mediante una sucesión de arcos estructurales de hierro roblonado, apuntados rebajados y una estructura secundaria también metálica. Todo ello se recubre con cristal a lo largo del centro de la nave y cinc en los laterales. La parte superior de los paramentos laterales presenta la entrada de luz. Las dimensiones de la cubierta son notables: 48 metros de luz, 152 de longitud y 27 de altura. La espacialidad interna es impactante y se enfatiza con la gran fachada acristalada de su frente de cabecera, tal como se ve en otras grandes estaciones europeas como Saint Pancras (Londres) o La Gare de L’Est y la Gare du Nord (París). Esta fachada transparente cierra el frente principal, dotando al conjunto de gran armonía. El cuchillo queda expuesto y se integra con los hierros decorativos del muro acristalado. La fachada se corona con crestería y grifos y preside el conjunto un globo terráqueo. Otra pieza acristalada forma el frente trasero de la zona de andenes y vías. La estación se finalizó en 1892, siendo construida por una empresa belga, la Société Anonyme de Construction et des Atelliers de Willebroeck. En 1985-1992 sufrió una remodelación, quedando la antigua estación como hall de la nueva.

  También existen en Madrid ejemplos de edificios que combinan formas tradicionales al exterior, con interiores de hierro y cristal. Algunos se destinaron a espectáculos públicos, necesitados de espacios de gran amplitud, con buena visibilidad, como el Nuevo Circo Teatro Price, obra del arquitecto Ortíz de Villajos, del año 1880. El espacio central estaba formado por una sala poligonal de 16 lados y una interior de 8 lados, con cubiertas de diferentes alturas sobre delgadas columnas de fundición. Por desgracia, fue derribado, al igual que sucedió con el Gran Panorama Nacional (Al comienzo de La Castellana), edificio destinado a muestra de grandes reproducciones de paisajes y monumentos españoles. Fue diseñada por Saínz de la Lastra en 1881.

  Otros ejemplos son la antigua Plaza de Toros (Fuente del Berro) de Rodríguez Ayuso y Álvarez Capra; el demolido frontón de Fiesta Alegre (cines Madrid, plaza del Carmen), del arquitecto Francisco Andrés Octavio o el todavía en pie, pero con gran deterioro, frontón Beti-Jai (Marqués de Riscal, 7) de Joaquín Rucoba Octavio de Toledo (1893-1899).


13. TIEMPO DE VÍSPERAS. LA EXPANSIÓN DE LA INDUSTRIALIZACIÓN

Escrito por Decineporlahistoria 11-05-2016 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

En la expansión de la revolución industrial, el proceso de difusión empezó cuando otras naciones se dieron cuenta de que los británicos contaban con ciertos procedimientos industriales que les daban resultado y ventajas. Por ello, los ingleses promulgaron muchas leyes para que no salieran del país las nuevas máquinas o sus proyectos. Esas leyes no se abolieron hasta 1845, cuando ya eran claramente obsoletas.

Los franceses enviaron espías a Inglaterra y ofrecieron grandes sumas de dinero a los obreros ingleses que llevaran sus conocimientos técnicos a Francia. William Wilkinson, Ferrero y metalúrgico, se trasladó a Francia y cooperó en el montaje de un centro metalúrgico en La Creusot. William Cockerill y su hijo John llevaron consigo planos de maquinaria textil a lo que hoy es Bélgica. Y Samuel Slater, constructor de maquinaria textil, marchó a Rhode Island y, en compañía de Moses Brown, montó un próspero negocio de hiladas en los EE.UU.

Durante la primera fase de difusión, las industrias que se extendieron no requerían grandes inversiones iniciales, además de una estrecha relación con Inglaterra y unas condiciones similares. El capital podía irse formando gradualmente con los beneficios obtenidos. También se dieron como condiciones básicas la existencia de un mercado, energía hidráulica, mineral de hierro, carbón o mano de obra barata, lo que podía garantizar un bajo coste de producción. Así se extendió la industria textil a Mülhaussen (Alsacia) con abundante energía hidroeléctrica o a Nueva Inglaterra por idéntico motivo. También llegó a Gante (Bélgica) y Chemnitz (Alemania), donde había importantes reservas de carbón.

A mediados del siglo XIX, este primer periodo había concluido, comenzando una segunda fase que llegaría hasta la Primera Guerra Mundial. En este segundo periodo, la industria se trasladó primero a la periferia de las antiguas áreas industriales y luego a aquellos lugares donde la extracción de las materias primas fuera económica. Zonas como el valle del Ruhr y la Silesia en Alemania, el norte de Francia, la zona valona de Bélgica, y las ciudades o poblaciones costeras, o situadas junto a canales o vías fluviales, se convirtieron en emplazamientos adecuados. Entre 1880 y 1910 la revolución industrial se extendió a la mayor parte de Francia y de Bélgica, a toda la Alemania situada al oeste del Elba, especialmente a lo largo del Rin, Hannover, Sajonia, Bohemia, la parte central de Austria, y la parte septentrional de Italia, en particular el Piamonte y la Lombardía. En 1890, el Reino Unido, Francia, Bélgica, Alemania, Italia y Suecia producían el 83% de los productos manufacturados europeos y, en 1914, el 74%.

No obstante, merece destacarse el fuerte crecimiento alemán por obtener de Inglaterra y Francia capital y tecnología para su propia industrialización, por dedicar todos sus esfuerzos al desarrollo industrial, mientras Francia y el Reino Unido creaban su imperio colonial, porque tenía hulla más que suficiente y unos recursos químicos superiores, y, en última instancia, Alemania desarrollo un sistema científico-educativo mucho más eficaz que el resto.

Otro aspecto más del segundo periodo de la industrialización europea vino representado por las contribuciones en el campo de la tecnología de la mecanización. En primer lugar, para la obtención de acero barato es de destacar las contribuciones del inglés de origen alemán, William Siemens y de los hermanos franceses Emile y Pierre Martin en la década de 1860. El inglés Joseph Aspdin inventó el cemento Portland, el alemán Friedrich Wöhler descubrió el aluminio; Gotlieb Daimler, también alemán, perfeccionó el motor de combustión interna; el belga Ernst Solvay descubrió el proceso electrolítico para la producción de sosa a partir de la sal común; el sueco Alfred Nobel inventó la dinamita, mientras el italiano Guglielmo Marconi inventaba la radio.

El transporte se desarrolló de forma paralela. Europa quedó atravesada por tendidos ferroviarios; en el último cuarto del siglo XIX el barco de vapor superó al de vela y los canales interoceánicos de Suez, Panamá y Kiel acortaron las distancias. En 1914, el tonelaje mundial de navegación oceánica estaba en torno a los 20,5 millones de toneladas. Gracias a esto, Europa se convirtió en el taller del mundo.

El incremento de la producción industrial sufrió diversos vaivenes o ciclos, cuyas ondas iban del punto máximo al mínimo en un periodo de 2 a 4 años. La oscilación hacia arriba se caracterizaba por el optimismo de los empresarios por la expansión de las instalaciones, el pleno empleo y el aumento de precios. Cuando se llegaba a un punto en el que los empresarios creían que ya no podían vender más artículos a los precios existentes, dejaban de ampliar las instalaciones, echaban obreros y empezaban a rebajar los precios para liquidar existencias. La más profunda de estas depresiones fue la de 1929, pero antes hubo una larga depresión entre 1873 y 1896; de hecho, muchos economistas creyeron que la posibilidad de una expansión económica posterior pasaba por la expansión geográfica, contribuyendo a la oleada imperialista de 1870 a 1914.

Otra preocupación provenía de la fuerza del trabajo. Los trabajadores ya no eran los dueños de los medios de producción y dependían de sus salarios, que a su vez dependían del empresario y del éxito de su empresa. Muchos pensadores intentaron buscar soluciones a la situación de los obreros en el capitalismo. Lógicamente, los liberales eran partidarios de la autorregulación del sistema, que haría sobrevivir a los más aptos, generando una fuerte injusticia social. Por ello, las transformaciones sociales vinieron de la mano de los críticos del sistema que, o bien querían sustituirlo por un modelo utópico, o bien querían derrocarlo completamente. De esta manera y de forma paulatina se produjo una mejora de las condiciones del trabajador por la presión de los sindicatos; la gradual devolución a los trabajadores de muchos de los productos del trabajo y, finalmente, la aparición del Estado asistencial, responsable del bienestar de todos y de la protección del individuo desde su nacimiento hasta su muerte.

Una economía mundial.

Aunque la industrialización estuvo centrada durante el siglo XIX principalmente en Europa occidental y en los EE.UU., sus efectos fueron de alcance mundial. Ya a finales del siglo XVIII, el esquema de una economía mundial, además de la Europa occidental, abarcaba Rusia, la India, las Indias orientales, Oriente Medio, África septentrional y occidental y las Américas. El comercio se había multiplicado en el transcurso del siglo; la navegación había aumentado en volumen y velocidad, y se habían forjado fuertes lazos financieros.

El comercio, las migraciones y los asentamientos coloniales no solo condujeron a la difusión de ideas, técnicas y productos, sino también a la de cultivos, como la caña de azúcar, el café, el algodón, el maíz, las patatas o el tabaco. Sin embargo, el comercio mundial quedaba limitado a las zonas costeras y a lo largo de los grandes ríos. La expansión hacia el interior, y su difusión por China, Japón, Oceanía y África fue obra del siglo XIX, gracias a la revolución de los medios de transporte, las migraciones, la colonización de vastas áreas, el desarrollo de la industria europea, la inversión del capital europeo y la multiplicada expansión comercial.

En el ámbito oceánico la máxima velocidad en navegación a vela se consiguió con los “clipper” en la década de 1850, llegando a los 15 nudos (x 1,8 km = 27 km/hora). En el transporte por tierra no hubo un progreso paralelo. Lo único, la ampliación de la red fluvial allí donde se podía. El transporte por carretera continuaba siendo lento, incierto y caro, hasta la llegada del ferrocarril en la década de 1830. En 1850, los EE.UU. contaban con 15.000 km. De vías; Gran Bretaña casi 11.000; Alemania, 6.500 y Francia, 3.000. Veinte años después se construían los ferrocarriles intercontinentales: los EE.UU en 1869; el Bombay-Calcuta en 1870; Canadá en 1885; el Calais-Constantinopla en 1888; el Transiberiano en 1903 y el Argentina-Chile en 1910.- El tendido ferroviario continuó a un ritmo imparable hasta después de la Primera Guerra Mundial. Hoy en día existen menos vías férreas que en 1914.

Los barcos a vapor comenzaron su andadura en 1807 (Fulton), demostrando su importancia en los ríos norteamericanos ya en la década de 1810. Hacia 1850 navegaban por el Ganges, el Nilo, el Amazonas y el Río de la Plata. El uso del acero en lugar de la madera, la sustitución de las paletas por hélices propulsoras y la introducción del motor compuesto permitieron a los barcos competir con los de vela en la navegación oceánica. Determinante fueron las aperturas de los Canales de Suez (1869) y Panamá (1914).

En 1890, Gran Bretaña poseía las tres cuartas partes del tonelaje mundial y botaba los dos tercios de los nuevos navíos, pero a partir de entonces tuvo que afrontar la competencia de Alemania, EE.UU., Noruega, Japón y otros países ya en menor medida.

El desarrollo del automóvil y el aeroplano no solo redujo considerablemente el tiempo de recorrido, también abrió grandes zonas del mundo. Paralelamente, el telégrafo, usado por primera vez en 1844, se difundió rápidamente. En la década de 1850 los hilos y cables submarinos llegaban a Sicilia y Malta y también a la India y a extensas áreas de Oriente Próximo. Hacia 1902 se habían tendido 480.000 km de cables submarinos, la mayoría propiedad de Gran Bretaña.

El abaratamiento de los transportes favoreció la colonización de unos 21 millones de km². Otros factores fueron el rápido crecimiento de la acumulación de capitales, la tierra virgen y las diversas ayudas ofrecidas a los inmigrantes y la disminución o eliminación de los aranceles sobre las importaciones de productos agrícolas a Europa occidental.

Pueden distinguirse cinco corrientes principales de migración intercontinental: de Europa a América, Oceanía y África del sur y oriental; de Rusia a Siberia y Asia Central; de Europa meridional a África del Norte; de China y Japón a Asia oriental y meridional; y de la India al Sudeste de Asia y a África del sur y oriental. Los inmigrantes y sus descendientes suponían más de la mitad del crecimiento de la población de Argentina y Siberia, dos terceras partes de la de EE.UU y Brasil y menos de la quinta parte de Canadá.

En los años 30 del siglo XX la población europea del norte de África superaba los dos millones. Controlaba la actividad industrial, comercial y financiera y una gran parte del sector agrícola. Constituían el grueso de las clases empresarial y profesional y la mayor parte del trabajo cualificado. Pero siguieron representando un grupo claramente distinto, objeto de la animadversión nacionalista, provocando un éxodo masivo después de la Segunda Guerra Mundial, que suprimió el asentamiento europeo en esta región del planeta.

Algo parecido sucedió con la emigración asiática. Tras la pérdida del imperio, seis millones de japoneses volvieron a su patria, dos de ellos desde China. Chinos e indios, que se extendieron por las costas del océano Índico, al no fundirse con la población autóctona, muchos tuvieron que volver a sus respectivos países cuando Birmania, Vietnam, Malasia e Indonesia obtuvieron la independencia.

En los cincuenta años anteriores a 1914, las diferentes partes del mundo se vincularon a través de las actividades comerciales y financieras más que en toda la historia anterior (R.C.O. Mathews). Los vínculos eran las monedas convertibles basadas en el patrón oro, una red cada vez más extensa de actividades bancarias, un flujo masivo de capital y la liberalización del comercio. En todos estos procesos el papel principal lo tenía Gran Bretaña, hasta el estallido de la Gran Guerra.

El patrón oro se impuso a partir de 1870 con el incremento del suministro de oro procedente de Siberia, California, Australia y África del Sur. El periodo del patrón oro dominado por Gran Bretaña (hasta 1914) fue una época de relativa estabilidad de precios.

Desde el fin de las guerras napoleónicas, Inglaterra concedió préstamos en una escala sin precedentes, llegando a los 4.000 millones de libras esterlinas hacia 1914, suponiendo casi la mitad del ahorro británico. Francia llegó al tercio y Alemania poco más de la décima parte. Siendo el total de la inversión mundial de unos 44 billones de dólares (unos 2 billones de libras). El grueso de este capital llegó a áreas de asentamiento reciente como EE.UU., Canadá, Argentina, Brasil, Australia, Nueva Zelanda, África del Sur y Rusia, buena parte destinada a la construcción de ferrocarriles. Mientras el destinado a la India y Egipto estaba ligado al aumento del precio del algodón.

La mayor parte de esta inversión de capital contribuyó a la economía de los países prestatarios si bien una cantidad sustancial se empleó en usos improductivo y dejó una pesada carga de deudas, en particular en el Oriente Medio y en algunos países latinoamericanos. El valor de todas las importaciones y las exportaciones se disparó de 340 millones de libras en 1820 a 8.360 millones en 1913, siendo una tasa de crecimiento sin precedentes y Gran Bretaña la que marcó el camino agilizando las transacciones, al reducir o eliminar los aranceles sobre navegación y comercio; de tal manera que, entre 1850 y 1870, hubo un periodo de libre comercio virtual que terminó por la gran depresión de los años 1870-1880 y la vuelta al proteccionismo. Este intercambio impulsado por el desarrollo industrial, las exportaciones de capital y la política comercial estimularon la producción agrícola y minera fuera de Europa, favoreciendo a Europa occidental que, a su vez, exportaba productos manufacturados y equipamiento.

La Gran Guerra quebrantó el sistema financiero internacional y trastocó la circulación del capital. El resultado fue la aceleración del nacionalismo en todo el mundo; cada pueblo, para ser fuerte, debía alcanzar la independencia política e industrializarse.

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL EN EL CINE

No hay demasiadas películas que traten este periodo, aunque algunas de las que existen son realmente muy recomendables, como “¡Qué verde era mi valle!” de John Ford, o “Germinal” de Claude Berri (basada en la novela de Zola), sobre la minería. Menos conocidas, pero también notables son la belga “Daens”, de Stijs Coninjs, sobre la vida del sacerdote católico Adolf Daens que luchó por los derechos de los trabajadores en plena segunda revolución industrial; “El corazón de la tierra”, de Antonio Cuadri, sobre la explotación de las minas de Riotinto por una compañía británica; “La tierra de la gran promesa” de Andrej Wajda, que retrata los entresijos de una empresa textil; o “La sal de la tierra” de Wim Wenders, sobre la vida del fotógrafo brasileño Sebastiao Salgado y su mirada hacia los desfavorecidos del planeta.

Muy interesantes son “Tiempos modernos”, de Charlie Chaplin; “La huelga” de Sergei M. Eisenstein; u “Oliver Twist” en sus diferentes versiones (la de Polansky es la mejor, pero también es notable la de Carol Reed, tratada como un musical).

Más cercanas en el tiempo y que tratan los conflictos de los trabajadores con los empresarios son “Todo va bien” de Jean Luc Goddard o “Pan y rosas” de Ken Loach.

Tratan de refilón la cuestión: “Gangs of New York” de Scorsese, “Noveccento” de Bertolucci o “Amistad” de Spielberg. Interesantes son sin suda “Pozos de ambición” de Paul Thomas Anderson; “Gigante” de George Stevens, ambas sobre el impacto social y económico del petróleo; y “Norma Rae” de Martin Ritt y “Sacco e Vanzetti” de Giuliano Montaldo, las dos sobre las luchas de los trabajadores contra los patronos.


12. TIEMPO DE VÍSPERAS. LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL EN INGLATERRA.

Escrito por Decineporlahistoria 19-03-2016 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

La Revolución Industrial supuso un cambio en los modos de producción, de manual con ayuda de herramientas sencillas al empleo de maquinaria y procesos químicos más complejos, gracias a una fuente de energía inanimada. Los avances necesarios se produjeron en Gran Bretaña durante la segunda mitad del siglo XVIII. Más que cualquier otro estado, contaba entre 1750 y 1850 con varias ventajas o factores necesarios. En primer lugar, fue el principal innovador de los métodos que habían de hacer las materias primas más útiles al ser humano, aunque no tuviera el monopolio de las invenciones. Lavoisier descubrió la naturaleza química de la combustión; otro francés, Berthollet, desarrolló el ácido prúsico (cianhídrico), y empleó cloro para el blanqueo; Leblanc descubrió un procedimiento para la obtención de sosa a partir del agua marina. Louis Robert descubrió el procedimiento de la obtención de papel en cintas continuas. El norteamericano, Eli Whitney, inventó la desgranadora de algodón, y el alemán Liebig determinó los principales componentes químicos de las plantas, sentando las bases para la industria química de los fertilizantes.

En la industria textil algodonera, en 1821 Inglaterra recibía el 70% de las exportaciones americanas de algodón en bruto. En 1840, extraía 31 millones de toneladas de carbón. En 1850 poseía más toneladas netas de barcos mercantes que Francia, EE.UU y los estados alemanes juntos. En 1870 producía más acero que Francia y Alemania juntas. Esto le dio a Inglaterra una posición de dominio militar, especialmente naval, que le permitió apoderarse de extensas colonias. De esta forma, las restantes naciones vieron con toda claridad que tenían que industrializarse para sobrevivir.

En el campo de la agricultura, los latifundistas empezaron a consolidar e incrementar sus propiedades, con frecuencia a costa de los pequeños propietarios, en inferioridad de condiciones por la falta de capital, los impuestos y la escasa productividad. De estos, los más capaces, se convirtieron en arrendatarios, otros vendieron sus tierras y se fueron a la ciudad, y una importante mayoría se hizo jornalero, surgiendo así el modelo victoriano de terrateniente rural que vivía de sus rentas. La exigencia de administrar grandes fincas dio lugar a métodos nuevos. El más importante fue el cercado (enclosure), sustituyendo el viejo sistema de campos abiertos (openfield). El cercado permitió los nuevos cultivos rotatorios y la mejora de la ganadería, formulándose muchos proyectos para la aplicación de la maquinaria a la agricultura. No obstante, la producción agrícola no parece haber aumentado de forma notable en el siglo XVIII, dependiendo el aumento de la población de la importación de cereales.

Pero sí fue notable el incremento del comercio exterior, pese a la contracción del mercado europeo, compensada con creces por el aumento de la demanda de artículos ingleses, procedente de las áreas tropicales y de las colonias norteamericanas, aportando un capital excedente destinado a la inversión y potenciación de su maquinaria comercial.

El cambio fundamental fue el rápido crecimiento de la población iniciado en la década de 1740. Las causas de este aumento son diversas: disminución de la mortalidad, aumento de la tasa de natalidad por, entre otras cosas, la reducción de la edad de matrimonio, mejores condiciones de vida… Entre 1750 y 1820 la población se duplicó, y había que alimentar, vestir y alojar a toda esta gente. Las ciudades crecieron por la inmigración rural y el aumento natural, rebasando las estructuras medievales.

La industria se vio obligada a encontrar soluciones al aumento de la demanda. En un principio, el sistema más natural y rentable fue la subdivisión y especialización que permitía un mercado en expansión, siguiendo el ejemplo del comerciante, que si al principio del siglo XVIII podía comprar y vender una amplia variedad de artículos, poseer o alquilar barcos y operar como asegurador o banquero, a finales se especializó en una rama de la actividad e incluso en la compra-venta de un artículo concreto.

En la industria del hierro se recurrió a métodos más revolucionarios. La antigua industria inglesa del hierro basada en hornos y forja de carbón de leña no podía hacer frente a la demanda, incluso cuando la hulla sustituyó al carbón vegetal. Habrá que esperar a que la máquina de vapor inyecte aire caliente en 1770 y al procedimiento Cort de pudelado para que se haga efectivo el progreso. Luego cooperaría en la revolución de la industria minera, profundizando la excavación con un equipamiento más elaborado para las técnicas de arrastre, elevación y bombeo.

La industria textil no requería una maquinaria tan costosa, pero si un urgente aumento de la productividad. La lana no era ya una industria de vanguardia, porque lo que el mundo quería era ropa de algodón. La nueva materia prima había llegado desde la India en el siglo XVII. Contaba con una ventaja, era nueva y no tuvo que luchar contra la tradición artesanal, favoreciendo la experimentación mecánica que dio lugar a avances que aumentaron la productividad: la lanzadera volante, la Jenny, la wáter frame, la mule. La mecanización llegó primero al hilado. En la segunda mitad del siglo XVIII la industria del algodón fue la primera en convertirse en una producción fabril a gran escala. En 1769, James Watt había encontrado un procedimiento para aumentar la eficacia de las máquinas de vapor utilizadas desde finales del siglo XVII para bombear en las minas. Pronto fue adoptada por la industria siderúrgica para inyectar aire caliente y accionar los martillos a vapor. En la década de los 80, Watt vio la manera de convertir el braceo lateral de su máquina en movimiento circular, lo que permitió montar las fábricas en las ciudades.

Pero lo que dotó a la población de una conciencia mayor sobre las transformaciones industriales fue el ferrocarril, inaugurado con la línea de pasajeros Liverpool-Manchester en 1830. Concebido al principio como complemento de la red de caminos y canales tendidos por toda Inglaterra a finales del siglo XVIII, acabó acaparando el transporte. Casi todos los aspectos de la vida inglesa se vieron afectados: se aceleró el movimiento de pasajeros, el correo y el transporte de mercancías; a todo el país accedieron materias primas y productos manufacturados; la fisonomía del territorio cambió con la aparición de viaductos, tajos, túneles…

La revolución industrial fue producto de cientos de personas de amplio espectro: mercaderes, hacendados, terratenientes, incluso clérigos disidentes, artesanos…, empresarios, en suma. La ley y los prejuicios heredados les negaron las ventajas de la moderna sociedad por acciones. Hasta 1844 no fue fácil asociarse y hubo que esperar a 1855 para que se aprobara la responsabilidad limitada.

Inglaterra tenía la fortuna de contar con un sistema bancario desarrollado, que podía conceder préstamos a los inversores o a las empresas, y que movía el dinero allí donde existía una mayor demanda. En lo más alto estaba el Banco de Inglaterra, fundado en 1694, un banco por acciones de propiedad privada, que se dedicaba básicamente a las necesidades del gobierno. Sin embargo, hasta finales del siglo XIX no asumió el papel de banco central. Por ello, la banca inglesa estuvo sujeta a los vaivenes cíclicos de la economía, no teniendo capacidad para impedir la desaparición de empresas en los periodos de crisis, y con ellas, los medios de subsistencia de sus obreros, a menudo las reputaciones de los propietarios.

En cuanto a los trabajadores, durante el siglo XVIII eran una masa de obreros cualificados y no cualificados, que constituían una compleja jerarquía de rentas y posición social. El industrialismo aumentó esta complejidad, incluyendo responsabilidades nuevas para los más capaces y ambiciosos. Por otra parte, se abrieron nuevas oportunidades de empleo para mujeres y niños, de los cuales solía haber mayor demanda en algunas industrias. Y, de esta manera, los trabajadores se hicieron conscientes de las distinciones que se establecían a través de la instrucción, la preparación y la educación; y de pertenecer a una clase social, con intereses comunes que habían de defender frente a los patronos. Precisamente por esto, los empresarios se mostraron resueltamente contrarios a los sindicatos, que serían puestos fuera de la ley en 1799 y 1800, aunque se les legalizó en 1824 y echaron a andar de una manera reconocida, sólida y estable entre 1840 y 1860.

A lo largo del siglo XVIII tuvo lugar una mejora continua del nivel de vida de la clase trabajadora, excepto en los peores trabajos pesados, restos de sastrería, costura, elaboración de tabaco, y algunos otros ejemplos de un sistema doméstico que desaparecía paulatinamente. Lo que no es óbice para que estuviera expuesta a la enfermedad, orfandad o viudedad sin protección, o a ser echado del trabajo con motivo de una recesión.

El modelo económico que amparó este cambio fue el LIBERAL. La obra fundamental fue Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (1776) de Adam Smith, seguida de la sistematización del pensamiento económico realizada por David Ricardo 40 años después. Aún centrados en los problemas derivados de las relaciones entre el terrateniente, el capitalista y el trabajador, así como en la naturaleza de la renta, lo cierto es que sus teorías se podían aplicar al análisis de la sociedad industrial y llevar en última instancia al socialismo a través del binomio valor-trabajo, expuesto por Ricardo. No obstante, la visión optimista de Adam Smith sufrió un primer contratiempo por el impacto del principio malthusiano de la población. Teniendo en cuenta que buena parte del pensamiento social y económico victoriano estuvo dominado por la noción de un fondo salarial a dividir entre los trabajadores disponibles, cuanto más eran estos a menos tocaban, resultando un obstáculo para el crecimiento y el progreso capitalista.

Otras corrientes de pensamiento trataron de suavizar la lucha de clases que se adivinaba con actitudes caritativas, que condujeron a la fundación de hospitales, escuelas y demás instituciones dirigidas a mejorar la calidad de vida, como contraste con un estado que se había mostrado ineficaz y corrupto.

En cualquier caso, surgieron ajustes sociales de carácter público aplicables a un mejor tratamiento de la justicia social, como la creación de la policía, una administración de justicia más humana, la relevancia social de la familia, la tradición del orden jerárquico y, sobre todo, una revolución moral que humanizó el trabajo, el sexo, las conductas privada y pública y la idea de respetabilidad, muy apreciada por una clase media en crecimiento. Así, la sociedad de mediados del siglo XIX fue cada vez más segura, confortable y pacífica.

Los defensores del laissez faire tuvieron que recurrir al estado para eliminar los obstáculos mercantilistas, para revisar el sistema impositivo en beneficio del libre cambio y para que se agilizara el movimiento de trabajo y capital. Cada vez más se recurrió al Estado como árbitro regulador entre patronos y trabajadores. También atendió a la educación, primero subvencionando la construcción de escuelas, luego legislando planes de estudio, formando maestros y creando una red de escuelas públicas. Ferrocarriles, constitución de sociedades por acciones, actividad bancaria, enseñanza y comunicaciones, quedaron sometidas, en mayor o menos medida, a la regulación del Estado.

Pero ante todo, el Estado tuvo que hacer frente a la pobreza; en Inglaterra mediante la Ley de Pobres de 1834. También se enfrentó a los problemas de vivienda y la sanidad pública en las ciudades de rápido crecimiento. De tal manera que, a mediados del siglo XIX, el Estado se había convertido en el principal instrumento de control y guía de la vida de los ingleses.

Hacia la década de 1860 la red ferroviaria había sido sustancialmente completada, la agricultura tradicional había alcanzado su culminación, y la economía librecambista se mantenía libre de críticas. La liberalización económica se había ido implantando de forma gradual desde 1820, con las leyes del grano de 1846 y de navegación de 1849. En la actividad comercial, como en política exterior, Gran Bretaña era el líder mundial indiscutido; aunque ya se adivinaba en el horizonte la presencia de competidores que iban a minar tal dominio.