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9. TIEMPO DE VÍSPERAS. LA EUROPA NAPOLEÓNICA I.

Escrito por Decineporlahistoria 15-01-2016 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

9. Tiempo de vísperas. La Europa napoleónica I.

Bonaparte era un hombre bajo y moreno, de tipo mediterráneo, de aspecto gris. Sus modales eran más bien toscos; perdía la calma, hacia trampas en el juego y tiraba de las orejas a la gente en plan broma; no era un caballero. Hijo de la Ilustración y de la Revolución, se emancipó totalmente no solo del pasado, también de los escrúpulos morales. Consideraba el mundo como un plasma al que había que dar forma su propia mente. Tenía una creencia exaltada en su destino que, con el paso de los años, fue haciéndose más mística y exagerada. Sus ideas de lo bueno y lo malo eran algo rústicas, pero era un hombre de extraordinaria capacidad intelectual. Sui atención se centraba en temas sólidos, como la historia, el derecho, la ciencia militar, la administración pública… Era tenaz y ordenado; poseía todas las cualidades inherentes a la facultad de mando. Inspiraba confianza por su palabra vigorosa, por sus decisiones rápidas y por su inmediata comprensión de problemas complejos. Intelectuales de su tiempo como Goethe, Beethoven o Carnot le miraron inicialmente con simpatía. Y representaba o parecía representar lo que muchos franceses deseaban después de 10 años de dudas.

El Consulado.

Francia volvió a una forma de despotismo ilustrado. Bonaparte se complacía en afirmar la soberanía del pueblo, pero, en su opinión, el pueblo era un soberano como el dios de Voltaire, que de algún modo creó el mundo, pero no volvió a intervenir en él. En las semanas siguientes a Brumario se aseguró un mandato popular ideando una Constitución escrita y sometiéndola a un “plebiscito” fue aceptada por 3.011.007 votos contra 1.562.

La nueva Constitución establecía una ficción de instituciones parlamentarias. Concedía el sufragio universal masculino, pero los ciudadanos solo elegían a los “notables”; los hombres de las listas de notables eran luego nombrados por el gobierno para su función pública. Podían formar parte de un Cuerpo Legislativo, en el que no podían iniciar ni discutir ninguna ley, sino simplemente rechazarla o aprobarla. Había también un Tribunado que discutía y deliberaba pero que no tenía facultades de aprobación. Había un Senado Conservador, que tenía derechos de nombramiento de notables para los cargos. El principal núcleo del nuevo gobierno era el Consejo de Estado, imitado del Antiguo Régimen; preparaba la legislación importante, a menudo bajo la presidencia del propio Primer Cónsul, que era quien adoptaba todas las decisiones y gobernaba el Estado. El régimen no representaba abiertamente a nadie, y esa era su fuerza, porque provocaba menos oposición.

A finales de 1799, la cuestión militar se había simplificado gracias a la retirada de los rusos. En Italia solo tenía Napoleón que enfrentarse a los austriacos, a los que derrotó en Marengo en junio de 1800. En febrero de 1801, los austriacos firmaron el Tratado de Luneville, en el que ratificaron los términos de Campo Formio. Un año después, en marzo de 1802 hizo la paz también con Inglaterra.

Mantuvo la paz interior gracias a su policía política secreta y a una centralizada maquinaria administrativa, controlada por prefectos, dirigidos por el ministro del interior. Las guerrillas de la Bretaña y La Vendée desaparecieron. Bonaparte ofreció una amnistía general e invitó a regresar a Francia, salvo excepciones, a los desterrados de toda condición. Su Segundo Cónsul era Cambacérès, un regicida del Terror; y su Tercer Cónsul, Lebrun, había sido colega de Maupeon en los tiempos de Luís XVI. Fouché, ministro de seguridad, había sido un hebertista y terrorista extremado, que había contribuido a provocar la caída de Robespierre. Antes de 1789, había sido un oscuro y burgués profesor de física. Talleyrand aparece como ministros de asuntos extranjeros; había pasado el Terror en Estados Unidos y sus principios, suponiendo que tuviera alguno, eran los de la monarquía constitucional. Antes de 1789 había sido obispo y era de linaje aristocrático.

Bonaparte hizo todo lo posible por acrecentar su prestigio, manipulando los hechos. En la Nochebuena de 1800, cuando se dirigía hacia la ópera, sufrió un atentado con bomba y, aunque fue obra de los realistas, lo presentó como fruto de una conspiración jacobina, que fueron represaliados. En 1804 exageró ciertas confabulaciones realistas en su contra, que justificaron la invasión del estado independiente de Baden para arrestar al duque de Enghien, que estaba emparentado con los Borbones, haciéndolo luego fusilar, aun sabiendo que era inocente. De esta manera, intentaba congraciarse con los jacobinos.

Acuerdo con la Iglesia y otras reformas.

La reconciliación resultó más sencilla por el establecimiento de la paz con la Iglesia. Pragmático ante todo, Bonaparte percibió el resurgimiento católico y lo utilizó en su provecho. En 1801, firmó un Concordato con el Vaticano. Los dos ganaron. El papa obtuvo el derecho a deponer a los obispos franceses, cayendo el clero constitucional bajo la disciplina de la Santa Sede. Se permitió el culto católico público, los seminarios volvieron a abrirse… Pero Bonaparte consiguió que el papa reconociera a la República francesa y que renunciara a las tierras de la Iglesia. A cambio, el clero francés percibiría salarios del Estado; al igual que ministros protestantes de todas las confesiones, evitando así que la Iglesia Católica se convirtiera en la religión oficial del Estado. Al mismo tiempo desarmaba el argumento religioso de los contrarrevolucionarios.

Luego, dio forma al Estado moderno: toda la autoridad pública se concentraba en agentes pagados del gobierno, la única autoridad legal era la del Estado, que alcanzaba a todas las personas. Los ciudadanos ascenderían en el servicio público solo en virtud de su capacidad. Era la doctrina de las “carreras abiertas al talento”; era lo que la burguesía había querido antes de la Revolución. La cualificación pasó a depender cada vez más de la instrucción, reorganizándose para ello las escuelas secundarias y superiores, con la creación de universidades y liceos. Se facilitaron becas que recayeron, sobre todo, en las clases media-altas.

El Consulado también reformó la hacienda pública. No hubo exenciones de impuestos por razón de nacimiento, de posición o de acuerdos especiales. Aunque estos cambios se habían introducido en 1789, no entraron en vigor hasta 1799. Por primera vez se recaudaba con regularidad, pudiendo el gobierno planificar los gastos en relación a los ingresos reales. Se produjo, además, una concentración de la administración financiera, utilizándose los recursos racionalmente. También subsanó el deterioro del valor del dinero, creando el Banco de Francia, que ya venía del Antiguo Régimen, y estabilizando la moneda.

También codificó las leyes. A los 300 sistemas legales del Antiguo Régimen, y a las numerosas ordenanzas reales, se sumaban los millares de leyes aprobadas por las asambleas revolucionarias. Napoleón ordenó el caos, promulgando 5 códigos: el Código Civil (llamado simplemente de Napoleón), los códigos de procedimiento civil y de procedimiento criminal, y los códigos comercial y penal. Aseguraron la igualdad legal de todos los ciudadanos. Formulaban la nueva ley de propiedad y establecieron la ley de contratos, deudas, arrendamientos, sociedades anónimas y materias similares, de tal modo que crearon la estructura legal para una economía de empresa privada. No obstante, repetían la prohibición de todos los regímenes anteriores acerca de las clases bajas, cuya declaración no era aceptable ante los tribunales en contra de su patrono. El código criminal era más libre, al dar al gobierno los medios para descubrir el crimen, que al conceder al acusado los medios para defenderse. En relación con la familia, los códigos reconocían el matrimonio civil y el divorcio, pero dejaban a la mujer con unos poderes muy restringidos sobre la propiedad, y al padre con una amplia autoridad sobre los hijos mejores. Francia mantenía su carácter burgués, legalmente igualitario y administrativamente burocrático.

Con el Consulado, la Revolución había terminado en Francia. Menos la clase obrera, claramente perjudicada en el proceso revolucionario, el resto de grupos sociales se sentía reconocido y seguro. En 1802, la República estaba en paz con el papado, con Gran Bretaña y con Austria, Prusia y Rusia. Llegaban sus fronteras hasta el Rin y tenía repúblicas dependientes en Holanda e Italia. En ese mismo año, se había proclamado Cónsul Vitalicio. En 1804, una nueva Constitución ratificada por plebiscito declaraba que el gobierno de la República era confiado al emperador.

El Consulado se convirtió en Imperio y Napoleón I se convirtió en emperador de los franceses. Y ahora, tocaba exportar la revolución fuera de sus fronteras.

La construcción del Imperio.

En 1795, concluyó la Primera Coalición, cuya casi única realización fue la destrucción del estado polaco.

La Segunda Coalición, la de 1797, no fue mejor. Una vez que la flota inglesa derrotó a la francesa en la batalla del Nilo, aislando al ejército francés en Egipto, los rusos vieron sus ambiciones en el Mediterráneo bloqueadas principalmente por los ingleses, y retiraron el ejército de Suvorov de la Europa occidental. La aceptación por parte de Austria de la paz de Luneville, en 1801, disolvió la Segunda Coalición. En 1802, la Gran Bretaña firmó la paz de Amiens. Fue el único momento, entre 1792 y 1814 en que ninguna potencia estaba en guerra en Europa; si bien los ingleses se enfrentaban a algunos príncipes indios, los rusos con algunos jefes de tribu caucasianos, y los franceses con Toissaint Louverture, el negro ex – esclavo, que intentaba fundar una república independiente en Haití.

Napoleón aprovechó la paz para reducir la colonia rebelde y restablecer el control de la Luisiana en Norteamérica, cedida por España en 1800. Reorganizó la República Cisalpina como una República “italiana”, declarándose él mismo presidente. También reorganizó la República Helvética y Alemania. En el caso de esta última, dio lugar a la llamada “vergüenza de los príncipes”. Estos compitieron descaradamente por los territorios, sobornando a los gobernantes franceses (Talleyrand ganó más de 10 millones de francos en la operación). La mayor parte de sus principados eclesiásticos y 45 de sus 51 ciudades libres desaparecieron anexionadas por sus vecinos más grandes. Prusia, Baviera, Württemberg y Baden se consolidaron y extendieron, siendo ratificados en febrero de 1803 por la Dieta imperial.

La Tercera Coalición.

Inglaterra y Francia reanudaron la guerra en 1803. Para entonces, Napoleón había renunciado a rehacer su imperio en Norteamérica y vendido Luisiana a los Estados Unidos. En mayo de 1804 se proclamó emperador de los franceses para asegurar la hereditariedad de su sistema. Francisco II de Austria, al ver el hundimiento del Sacro Imperio Romano, creó el Imperio austriaco en agosto de 1804. En 1805 firmaba la paz con Gran Bretaña. La Tercera Coalición se completó con la incorporación del zar ruso, Alejandro I.

 Este último, nieto de Catalina la Grande, había sido educado para ser un déspota ilustrado, pero se convirtió en zar en 1801, con 24 años, tras una revuelta palaciega, que le implicaba en el asesinato de su padre, Pablo. De talante liberal, se consideraba el anti-Napoleón en la conducción de los destinos de Europa.

Sorprendido por la violación de la soberanía de Baden, realizada por Napoleón para capturar al duque de Eghien en 1804, se sintió dispuesto a integrar la Tercera Coalición. En abril de 1805 firmó un tratado con Inglaterra por el que ésta le pagaba 1,.250.000 libras por cada 100.000 soldados que los rusos aportasen a la coalición.

Mientras, Bonaparte preparaba la invasión de Gran Bretaña, adiestrando a sus tropas para una operación de desembarco, pero necesitaba distraer a la flota británica durante algunos días y derrotar al ejército austro-ruso, obligándole a desplazar 7 cuerpos (entre 200.000 y 300.000 soldados) del ejército del Canal. El 15 de octubre le derrotó en Ulm, Baviera, pero el 21, una flota franco-española era derrotada en Trafalgar, acabando con el proyecto de invasión. Su única posibilidad era controlar Europa y a ello encaminó sus pasos. El 21 de diciembre vencía a la coalición austro-rusa en Austerlitz, forzando a Austria a pedir la paz. Mediante el tratado de Pressburg, Napoleón arrebató Venecia a los austriacos, anexionándola a su reino de Italia, al norte de Roma. En Alemania, a comienzos de 1806, el emperador convertía a Baviera y Württemberg en reinos y a Baden en Gran Ducado. Liquidado el Sacro Imperio Romano, Bonaparte formó una federación de estados alemanes, denominada “Confederación del Rin”.

Prusia, sintiéndose amenazada, declaró la guerra a Francia, siendo derrotada en Jena y Auerstädt, en octubre de 1806. El rey prusiano, Federico Guillermo III y su gobierno buscaron protección en Rusia, pero de nada les sirvió. Los rusos fueron de nuevo derrotados en Eylau y, luego, el 14 de junio de 1807, en Friedland. Ante el temor de un mayor descalabro, Alejandro I entabló negociaciones con el emperador francés. El resultado fue la paz de Tilsit, de julio de 1807. Los imperios francés y ruso se convirtieron en aliados contra Gran Bretaña. Alejandro I, el emperador del este, con las manos libres para intervenir en Turquía, Persia, Afganistán y la India, aceptaba a Napoleón como el emperador del oeste. En cuanto a Prusia, perdió los territorios al oeste del Elba y, combinados con otros arrebatados a Hannover, dieron lugar al nuevo reino de Westfalia, que formó parte de la Confederación del Rin.

La guerra de España.

Abandonada la invasión de Inglaterra, Napoleón proyectó vencerla forzándola a una guerra económica, para lo que era necesario impedir que artículos y barcos británicos pudieran acceder al continente. Así esperaba hundir el comercio inglés. Ya en 1806, en Berlín, tras Jena, publicó el Decreto de Berlín, prohibiendo la importación de productos británicos en cualquier parte de Europa aliada con él o dependiente de él, quedando establecido el llamado SISTEMA CONTINENTAL. Rusia, Prusia y Austria aceptaron, e incluso declararon la guerra a Gran Bretaña. Luego, ordenó a Dinamarca y Portugal que se adhiriesen. La primera, empujada por la agresividad británica, que bombardeó Copenhague, se unió, pero Portugal no. En 1808, consiguió que los Borbones españoles abdicasen en un Bonaparte, José I, y envió un ejército, cometiendo un grave error, pues los españoles, apoyados por el ejército del inglés Wellington, iniciaron una guerra que duró 5 años.

La guerra de liberación austriaca.

Napoleón convocó un congreso general que se reunió en Erfurt (Sajonia) en septiembre de 1808.Convocados numerosos monarcas dependientes con el propósito de amedrentar a Alejandro, pero no lo consiguió, pues éste estaba alerta por el inicio de la reconstrucción del estado polaco con el nombre de Gran Ducado de Varsovia, por parte de Bonaparte, y porque no había recibido el apoyo francés en su deseo de expansión por los Balcanes.

Mientras, en abril de 1809, Austria anunció una guerra de liberación, pero fue derrotada en Wagram en el mes de julio. En octubre pidió la paz. Como castigo, Napoleón se apoderó de importantes extensiones de su territorio. Una parte de la Polonia austriaca se utilizó para ampliar el Gran Ducado de Varsovia, y partes de Dalmacia, Eslovenia y de Croacia, en el sur, fueron la base para la creación de las Provincias Ilirias.

El cenit de Napoleón.

La derrota austriaca supuso el acceso al poder del pragmático Clemens von Metternich, alemán de una región anexionada por Francia. Convencido de que Rusia era el problema de Austria, estaba totalmente decidido a acercarse a Napoleón, que en 1809 tenía 40 años y seguía sin tener hijos. Napoleón se divorció de Josefina en la idea de casarse con una mujer más joven y de la más alta cuna. Dudaba entre Habsburgos y Romanovs. Ante las dudas que le transmitió el zar para casarse con su hermana, se vio empujado hacia Mª Luisa, de 18 años, hija del emperador austriaco y sobrina de Mª Antonieta. Se casaron en 1810 y un año después tenían un hijo, al que Napoleón dio el título de rey de Roma.

En la cúspide de su poder, se rodeó de una nobleza de nuevo cuño, mayormente de procedencia militar. Talleyrand se convirtió en el Príncipe de Benevento y el hebertista Fouché en el Duque de Otranto. Todas las potencias de las sucesivas coaliciones estaban aliadas con el francés, y el Hijo de la Revolución se refería ahora al emperador de Austria como “mi padre”.

CINE.

Sobre Napoleón he visto poco y lo que he visto no me ha gustado, especialmente las películas que se han hecho sobre sus amores, como Desirée o María Waleska. Se le presenta como un inadaptado social y no penetra en su pensamiento, ni en cómo veía la realidad de su tiempo, siendo como era un adelantado a su época. Lo cierto es que no hay ninguna película que le haga justicia (salvo la muda de Abel Gance), habiendo quedado en el tintero el viejo proyecto de Kubrick.

Me guío por el Blog de “decine21” para hacer la selección de filmes que guardan alguna relación con Napoleón y su tiempo: Mi Napoleón (Alan Taylor,2001); Desirée (Henry Koster, 1954); Pan Tadeusz (Andrej Wajda, 1999); Quills (Phillip Kaufman, 2000); Sabotage (Esteban y José Manuel Ibarretxe, 2000); Guerra y paz (King Vidor, 1956); La última batalla (Antoine de Caunes, 2003); Napoleón (Abel Gance, 1927); La última noche de Boris Grushenko (Woody Allen, 1975); María Walewska (Clarence Brown, 1937); Waterloo (Sergei Bondarchuk, 1970); Napoleón y yo (Paolo Virzi, 2006); Austerlitz (Abel Gance, 1960); Napoleón (Sacha Guitry, 1955).


EL PUENTE DE LOS ESPÍAS

Escrito por Decineporlahistoria 11-01-2016 en CRÍTICA DE CINE. Comentarios (0)

Una de espías durante la guerra fría, en la que, como no hay chica que sufra, carece de un mínimo de dramatismo, porque de tensión ni hablamos. Película de Spielberg, correcta, sobria, con buen manejo de la cámara y de los tiempos, con un Tom Hanks cada vez más envarado y rígido (el está en la historia, pero la historia no pasa por él). Es muy probable que los hechos sucedieran como se narran, pero el director o el guionista o quien haya perpetrado la historia (los hermanos Cohen andan por ahí), no ha sabido meterse en el mundo interior de los personajes y por eso, a mí y a mi mujer, como espectadores, no nos importa lo más mínimo lo que sucede, porque quien sea no ha sabido hacernos cómplices de sus problemas, sus angustias, sus expectativas. Los hechos discurren sin pena ni gloria (he visto docudramas televisivos más emocionantes que esto, incluso alguno de esos de subastas) con un principio y un final en el que se demuestra lo grande que es Estados Unidos y lo grande que es su complejo sistema judicial. Hay dos detalles chocantes en los que no me voy a explayar para no destripar la peli. Uno, la respuesta del espía ruso a la pregunta "¿es que no te preocupa lo que pueda sucederte?": "Ayudaría en algo". Y dos, la historia del abrigo del prota y el constipado que coge (¡voto a bríos!, ¡qué chorrada!, no tiene ninguna utilidad salvo para rellenar algo el diálogo). Desde luego, si los hechos sucedieron tal y como nos lo cuentan por qué contarlos si carecen de interés. Oye, un intercambio de espías y ya está. Que interviene un abogado medio representando al gobierno de Estados Unidos, pues vale, y qué, que nos transmite, aparte de una factura correcta y que ya sabemos todos que Spileberg es un buen director. Se ve que como se le fue la mano en "El color púrpura" anda arrepintiéndose todavía para no cometer los mismos errores. En fin, película que me ha dejado absolutamente indiferente de puro tradicional, carente de originalidad y que ha costado un dineral para recrear el muro de Berlín y todos sus alrededores, y que a pesar de ello, no aporta nada.
Para los amantes del cine de Spielberg básicamente y para los seguidores de Tom Hanks. 

CALIFICACIÓN: 

8. LA REVOLUCIÓN FRANCESA V

Escrito por Decineporlahistoria 04-01-2016 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

8. Tiempo de vísperas. Las revoluciones 2. La Revolución Francesa V.

El Directorio (1795-1799).

Solo duró 4 años. Su debilidad fue la base que lo sostuvo, demasiado exigua y demasiado pendiente de los éxitos militares. La nueva Constitución tenía como ámbito de aplicación no solo Francia, también Bélgica, no cedida por los Habsburgo ni aceptada por los británicos.

La Constitución de 1795 comprometía, pues, a la República a un programa de expansión victoriosa. Al propio tiempo, reducía la clase políticamente activa. Concedió el voto a casi todos los adultos varones, pero los votantes únicamente votaban a los “electores”, para los que se establecieron más o menos las mismas características que en la Constitución de 1789/1791. Debían de ser hombres con tiempo y recursos (clases medias), que a su vez elegían a todos los funcionarios importantes de los departamentos y a los miembros de la Asamblea Legislativa, dividida en dos cámaras. La Baja se denominaba Consejo de los Quinientos, y la Alta, de 250 miembros, Consejo de los Ancianos (de más de 40 años). Las cámaras elegían el ejecutivo, que se llamaba Directorio, compuesto por 5 directores.

Ahora el gobierno pasa a manos de los propietarios urbanos y rurales, aunque su base real era aún más estrecha (muchos pensaron en restaurar la monarquía). La Convención para protegerse a sí misma estableció que dos tercios de los elegidos para los Quinientos y el Consejo de Ancianos, debían ser ex miembros de la Convención. Esta interferencia en la libertad de elección provocó disturbios en París, y hubo que recurrirse al ejército, comandado por un joven general que se encontraba en la ciudad, Napoleón Bonaparte.

El nuevo régimen tenía enemigos a derecha e izquierda. Los realistas no se cortaban en agitar París. Su centro era el Club Clichy, y estaban en contacto permanente con el hermano del rey ejecutado, el conde de Provenza, al que ellos consideraban como Luís XVIII (Luís XVII sería el hijo de Luís XVI, muerto en la cárcel). Luís XVIII estaba en Verona, desde donde dirigía un centro de propaganda financiado con dinero británico. En 1795, al asumir el título, había publicado la “Declaración de Verona”, en la que anunciaba su propósito de restaurar el Antiguo Régimen. Si hubiera ofrecido lo que haría en 1814 probablemente sus partidarios hubieran podido proceder a la restauración monárquica y acabado con la guerra, porque los franceses no eran precisamente republicanos, sino básicamente anti-régimen señorial y que se mantuvieran las conquistas económicas, políticas y sociales conseguidas durante la Revolución.

La izquierda apoyaba todavía las ideas más democráticas. Algunos de sus componentes creían que la caída de Robespierre había sido un gran desastre. Un pequeño grupo de extremistas formó la “Conspiración de los Iguales”, organizada en 1796 por “Gracchus” Babeuf, cuyo propósito era derrocar el Directorio y sustituirlo por un gobierno dictatorial, que él definía como “democrático”, en el que se aboliría la propiedad privada y se decretaría la igualdad (precursor del comunismo moderno). El Directorio no tuvo dificultades en acabar con el problema y guillotinar a Babeuf, ya que ni siquiera las clases inferiores estaban en situación de oponerse.

La crisis de 1797.

En marzo de 1797 se produjo la primera elección republicana libre. Los candidatos vencedores fueron, en su mayoría, monárquicos constitucionales o vagamente realistas. Es en este momento cuando surge la figura de Napoleón Bonaparte.

Había nacido en Córcega en 1769, poco después de la anexión de la isla a Francia. Ingresado en el ejército, en 1793 era un joven oficial jacobino que había contribuido a expulsar a los ingleses de Tolón, siendo por ello ascendido a general de brigada por el gobierno del Terror. En 1795 sirvió a la Convención, reprimiendo una manifestación realista. En 1796 recibió el mando de un ejército con el que cruzó los Alpes y expulsó del norte de Italia a los austriacos. Sus victorias le convirtieron en autosuficiente y autónomo del gobierno de París.

Su llegada a Italia convulsionó la situación política. Las ciudades venecianas se levantaron contra Venecia; Bolonia contra el Papa; Milán contra Austria y la monarquía sarda se vio amenazada por levantamientos internos. Aprovechándose del estado de cosas, Napoleón estableció una República “Cisalpina” en el valle del Po, con Milán como capital. Pero, el Directorio, había pretendido devolver Milán a los austriacos como compensación por el reconocimiento de los Habsburgo de la ocupación de Bélgica, a lo que se negaba Napoleón, que necesitaba de un gobierno expansionista, truncado por las elecciones de 1797.

Los austriacos negociaron con Bonaparte una paz por separado. Algo parecido hicieron los ingleses con el Directorio en Lille, tras los reveses sufridos, la amenaza de bancarrota y la fuerte crisis interna, con Irlanda en rebeldía.

Las perspectivas de paz eran aceptables en el verano de 1797, aunque en Francia las condiciones no eran demasiado favorables, pues la mayoría realista quería volver al Antiguo Régimen pese a la fuerte oposición republicana. El golpe de Estado de Fructidor (4 de septiembre de 1797) resolvió todas las dudas. El Directorio pidió ayuda a Bonaparte, quien envió a Paría a uno de sus generales, Augereau. Con su apoyo, los Consejos anularon las elecciones de primavera, depuraron los directores, siendo uno de ellos desterrado (Lázare Carnot, el “organizador de la Victoria” en el Comité de Salvación Pública). El golpe llevó al poder a los republicanos que, sin proponérselo, pasaron a depender del ejército.

Tras el golpe de Fructidor, el nuevo gobierno rompió las negociaciones con Inglaterra, firmó con Austria el tratado de Campo Formio el 17 de octubre de 1797, por el que Austria reconocía la anexión francesa de Bélgica, el derecho de Francia a incorporarse la orilla izquierda del Rin y la República Cisalpina. A cambio, Bonaparte permitía a los austriacos la anexión de Venecia y de la mayor parte del territorio véneto. Las posesiones venecianas de las islas Jónicas, frente a la costa griega, pasaban a Francia.

En los meses siguientes, el espíritu revolucionario penetró en Italia, surgiendo en torno a Génova la República de Liguria. El Roma, el Papa fue depuesto de su poder temporal y se estableció una República romana. En Italia meridional, se instauró una República napolitana, llamada también Partenopea. En Suiza, se creó una nueva República Helvética.

Por el tratado de Campo Formio, los príncipes alemanes que fueron desalojados de la orilla izquierda del Rin, serían compensados con territorios de la Iglesia en la parte oriental. De esta manera, Francia intervenía en la reconstrucción territorial de Alemania.

El golpe de Brumario de 1799.

Sin embargo, se abandonó la idea de mantener la república como un gobierno libre y el Directorio se convirtió en una especie de ineficaz dictadura, que repudió la mayor parte de los asignados y de la deuda, no consiguiendo restaurar la confianza financiera. La actividad guerrillera volvió en la Vendée y en otras zonas. El cisma religioso se agudizó y el Directorio adoptó severas medidas respecto al clero refractario.

Mientras, crecía el prestigio de Napoleón. Destinado al mando del ejército que iba a invadir Inglaterra, decidió que el momento no era propicio y vio importante amenazar la India invadiendo Egipto. En 1798 desembarcó en las bocas del Nilo, poniendo en alerta a los rusos, que tenían sus propias aspiraciones sobre el imperio turco. Así que, unida a Austria, que no estaba conforme con la reorganización que se había hecho de Alemania, y a Inglaterra, formaron la Segunda Coalición, generalizándose la guerra, desfavorable para Francia. La escuadra británica derrotó a la francesa en Abukir, obligando a Napoleón a repatriar el ejército; y las tropas del general ruso Suvorov llegaron hasta Suiza y el norte de Italia, derrumbándose la República Cisalpina.

Bonaparte reapareció en Francia por sorpresa, aprovechando que un sector de la Convención estaba buscando un hombre fuerte, que encauzara la situación; pero la dictadura de un militar como Napoléon repugnaba a la mayoría de los republicanos de los Quinientos y de los Ancianos, por lo que Bonaparte, Sièyes y sus seguidores recurrieron a la fuerza, dando el golpe de Estado de Brumario (9 de noviembre de 1799), en el que los legisladores fueron expulsados de las cámaras por el ejército. Se proclamó una nueva forma de república, a la que Bonaparte llamó el “Consulado”, dirigida por tres Cónsules, siendo Napoléon el Primero de ellos.


STAR WARS VII: EL DESPERTAR DE LA FUERZA

Escrito por Decineporlahistoria 02-01-2016 en CRÍTICA DE CINE. Comentarios (0)

Si lo que se trata es de disfrutar, se disfruta, siempre y cuando seas capaz de sumergirte en el mundo creado por George Lucas allá por el lejano 1977. Después de verlas todas y reflexionar, no mucho por cierto porque tampoco da de si una historia poco creíble desde el principio, uno cae en la cuenta de que lo que atrae es su capacidad mítica, el valor que se da a la fuerza, especialmente a la interior, la que todos añoramos tener, para llevar a cabo nuestras particulares venganzas. Esa idea del uno y otro lado de la fuerza, que ya vemos en el zoroastrismo o en el ying y yang hindú y que recupera Lewis Carroll en su Alicia al otro lado del espejo, es lo que nutre de vida al complejo neuronal del imaginario galáctico de Lucas, y le damos las gracias por su percepción. El eterno enfrentamiento entre el bien y el mal y, sobre todo, la enorme capacidad de atracción del mal sobre el bien (encarnada en la tradición machista judeocristiana por la mujer: la serpiente y la manzana, las tentaciones de Cristo, la seducción de Sansón y el intento frustrado de Salomé sobre Juan el Bautista) adquiere una dimensión nueva no explorada por el cine negro (casi siempre el poder del dinero o la femme fatale, salvo en sus raros componentes psicopáticos representados por Hannibal Lecrer o Norman Bates) ni por el western: el poder de salirse de las reglas civico-sociales sin que nadie pueda criticarlo o juzgarlo. Ese lado oscuro (tan estupendamente plasmado por "El señor de los anillos", con quien coincide en la fealdad del mal o por "Cristal oscuro") resulta tan atractivo que es realmente difícil poder apartarse de su camino y casi a eso se reduce el argumento de las 7 películas producidas hasta la fecha bajo el título genérico de "Star Wars". Abrams recupera el tono de las dos primeras (la IV y la V de la serie) a pesar de verse obligado a darle el tono Disney, que se traduce en algunos gags infantiles y en un estilo relativamente amable, que se rompe por sorpresa bien avanzado el metraje. Ese giro es lo que le salva, da fuerza y respeto. Los nuevos personajes encajan bastante bien, especialmente la chatarrera Rey (Daisy Ridley) y el piloto experimentado de la República, Poe Dameron (Oscar Isaac); no tanto el desertor Finn (John Boyega). En esta ocasión, el mal lo representa un sosias de Darth Vader, llamado Kylo Ren (Adam Driver, ¿por qué tienen los malos rostros tan difíciles?) que, de momento, es muy inferior al original; Le acompañan un anecdótico y femenino Capitán Phasma (no había otro nombre menos ridículo, interpretado por Gwndolyne Christie) y su maestro, el lider supremo Snoke de la Primera Orden, sucesora del Imperio (Andy Serkis). Y a jugar, que diría el añorado Joaquín Prat. No importa que el guión sea un poco remedo de la primera, la de 1977, ni que Harrison Ford o Carrie Fisher no estén ya para pelis de acción, ni que te mareen con naves de movimientos imposibles. Lo cierto es que funciona, que el tiempo se pasa volando gracias al ritmo frenético que le impone Abrams y a que nos pasamos buena parte del metraje recordando el mito original. 

Para incondicionales del género, especialmente para los seguidores de Star Wars.

CALIFICACIÓN:     


PALMERAS EN LA NIEVE

Escrito por Decineporlahistoria 28-12-2015 en CRÍTICA DE CINE. Comentarios (0)

Película de Fernando González Molina, que lleva el mismo título de la novela homónima cuya autora es Luz Gabás. Seré breve: demasiado larga (ese fue el comentario general de los espectadores que tenía a mi alrededor, que se movían como culebras en sus asientos), porque tarda mucho en llegar el núcleo de la trama, para luego estirarlo como un chicle otra hora más. No obstante, la factura es excelente, con una notable carga épica y algunas metáforas conseguidas, pero se diluyen en una confusa historia que muestra el presente y el pasado con escasa solvencia (ignoro si es a causa de la novela, porque no la he leído), dejando bastantes cosas en el aire o explícitamente confusas para mantener la atención del espectador. Hasta pasado un buen rato no se sabe quien es hija de quien, sobre todo por esos nombres tan hispanos de los protagonistas: Killian y Clarence y, en la turbamulta del final, tampoco sabemos de quien es el segundo de los hijos de la protagonista. Para entonces, la historia me había dejado de interesar y estaba deseando que terminase: demasiada playa, demasiados encuentros tórridos (un festín de desnudos se pega uno oiga), muy bonitas las tortugas y muy bonito el vigilante de la costa. Uno, con cierta complacencia, esperaba encontrar algo sobre cómo fue la relación de los españoles con la población de Guinea, cómo salimos de ahí y en qué circunstancias y también y quizá, ahondar en el aspecto étnico de los bubis, sus costumbres, sus misterios. Tanto lo uno como lo otro, queda en un demasiado segundo plano, con pinceladas demasiado cortas y poco definidas (uno hecha de menos películas como "El Yang-tse en llamas" o "El año que vivimos peligrosamente" o "Éxodo"), dejando a las historias de amor (hay nada menos que tres: dos en el pasado y una en el presente) algo huérfanas, poco arropadas por los hechos históricos dramáticos que viven los personajes. Ese encuentro-desencuentro entre historias es lo que deja a la película bastante vacía, haciéndola tediosa al centrar su núcleo en un hecho casual y muy, muy traído por los pelos, algo tan tópico y recurrente, que no sorprende, aunque hubiese sido real.

Para los aficionados al drama romántico, de cuño español.

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