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CIEN AÑOS DE PERDÓN

Escrito por Decineporlahistoria 11-05-2016 en CRÍTICA DE CINE. Comentarios (0)

Película interesante de Daniel Calparsoro y guión de Jorge Guerricaechevarría. El sencillo y bien estudiado atraco a un banco se complica por algo tan imprevisible como la lluvia. La situación, los personajes, el ritmo, la tensión están más que conseguidos. No importa el Macguffin que se inventan mediado el metraje. Lo importante es la brillante puesta en escena, las ajustadas interpretaciones, el diálogo de besugos que se establece entre la policía y los atracadores que tienen objetivos muy distintos, las angustias y ambiciones que se cruzan y entrecruzan y que demuestran que, en ocasiones, no es oro todo lo que reluce y que siempre, siempre, las apariencias engañan. No conviene destripar la trama, porque el visionado del film se vendría abajo, pero es ciertamente muy recomendable pese a su flojo final.

CALIFICACIÓN:       

13. TIEMPO DE VÍSPERAS. LA EXPANSIÓN DE LA INDUSTRIALIZACIÓN

Escrito por Decineporlahistoria 11-05-2016 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

En la expansión de la revolución industrial, el proceso de difusión empezó cuando otras naciones se dieron cuenta de que los británicos contaban con ciertos procedimientos industriales que les daban resultado y ventajas. Por ello, los ingleses promulgaron muchas leyes para que no salieran del país las nuevas máquinas o sus proyectos. Esas leyes no se abolieron hasta 1845, cuando ya eran claramente obsoletas.

Los franceses enviaron espías a Inglaterra y ofrecieron grandes sumas de dinero a los obreros ingleses que llevaran sus conocimientos técnicos a Francia. William Wilkinson, Ferrero y metalúrgico, se trasladó a Francia y cooperó en el montaje de un centro metalúrgico en La Creusot. William Cockerill y su hijo John llevaron consigo planos de maquinaria textil a lo que hoy es Bélgica. Y Samuel Slater, constructor de maquinaria textil, marchó a Rhode Island y, en compañía de Moses Brown, montó un próspero negocio de hiladas en los EE.UU.

Durante la primera fase de difusión, las industrias que se extendieron no requerían grandes inversiones iniciales, además de una estrecha relación con Inglaterra y unas condiciones similares. El capital podía irse formando gradualmente con los beneficios obtenidos. También se dieron como condiciones básicas la existencia de un mercado, energía hidráulica, mineral de hierro, carbón o mano de obra barata, lo que podía garantizar un bajo coste de producción. Así se extendió la industria textil a Mülhaussen (Alsacia) con abundante energía hidroeléctrica o a Nueva Inglaterra por idéntico motivo. También llegó a Gante (Bélgica) y Chemnitz (Alemania), donde había importantes reservas de carbón.

A mediados del siglo XIX, este primer periodo había concluido, comenzando una segunda fase que llegaría hasta la Primera Guerra Mundial. En este segundo periodo, la industria se trasladó primero a la periferia de las antiguas áreas industriales y luego a aquellos lugares donde la extracción de las materias primas fuera económica. Zonas como el valle del Ruhr y la Silesia en Alemania, el norte de Francia, la zona valona de Bélgica, y las ciudades o poblaciones costeras, o situadas junto a canales o vías fluviales, se convirtieron en emplazamientos adecuados. Entre 1880 y 1910 la revolución industrial se extendió a la mayor parte de Francia y de Bélgica, a toda la Alemania situada al oeste del Elba, especialmente a lo largo del Rin, Hannover, Sajonia, Bohemia, la parte central de Austria, y la parte septentrional de Italia, en particular el Piamonte y la Lombardía. En 1890, el Reino Unido, Francia, Bélgica, Alemania, Italia y Suecia producían el 83% de los productos manufacturados europeos y, en 1914, el 74%.

No obstante, merece destacarse el fuerte crecimiento alemán por obtener de Inglaterra y Francia capital y tecnología para su propia industrialización, por dedicar todos sus esfuerzos al desarrollo industrial, mientras Francia y el Reino Unido creaban su imperio colonial, porque tenía hulla más que suficiente y unos recursos químicos superiores, y, en última instancia, Alemania desarrollo un sistema científico-educativo mucho más eficaz que el resto.

Otro aspecto más del segundo periodo de la industrialización europea vino representado por las contribuciones en el campo de la tecnología de la mecanización. En primer lugar, para la obtención de acero barato es de destacar las contribuciones del inglés de origen alemán, William Siemens y de los hermanos franceses Emile y Pierre Martin en la década de 1860. El inglés Joseph Aspdin inventó el cemento Portland, el alemán Friedrich Wöhler descubrió el aluminio; Gotlieb Daimler, también alemán, perfeccionó el motor de combustión interna; el belga Ernst Solvay descubrió el proceso electrolítico para la producción de sosa a partir de la sal común; el sueco Alfred Nobel inventó la dinamita, mientras el italiano Guglielmo Marconi inventaba la radio.

El transporte se desarrolló de forma paralela. Europa quedó atravesada por tendidos ferroviarios; en el último cuarto del siglo XIX el barco de vapor superó al de vela y los canales interoceánicos de Suez, Panamá y Kiel acortaron las distancias. En 1914, el tonelaje mundial de navegación oceánica estaba en torno a los 20,5 millones de toneladas. Gracias a esto, Europa se convirtió en el taller del mundo.

El incremento de la producción industrial sufrió diversos vaivenes o ciclos, cuyas ondas iban del punto máximo al mínimo en un periodo de 2 a 4 años. La oscilación hacia arriba se caracterizaba por el optimismo de los empresarios por la expansión de las instalaciones, el pleno empleo y el aumento de precios. Cuando se llegaba a un punto en el que los empresarios creían que ya no podían vender más artículos a los precios existentes, dejaban de ampliar las instalaciones, echaban obreros y empezaban a rebajar los precios para liquidar existencias. La más profunda de estas depresiones fue la de 1929, pero antes hubo una larga depresión entre 1873 y 1896; de hecho, muchos economistas creyeron que la posibilidad de una expansión económica posterior pasaba por la expansión geográfica, contribuyendo a la oleada imperialista de 1870 a 1914.

Otra preocupación provenía de la fuerza del trabajo. Los trabajadores ya no eran los dueños de los medios de producción y dependían de sus salarios, que a su vez dependían del empresario y del éxito de su empresa. Muchos pensadores intentaron buscar soluciones a la situación de los obreros en el capitalismo. Lógicamente, los liberales eran partidarios de la autorregulación del sistema, que haría sobrevivir a los más aptos, generando una fuerte injusticia social. Por ello, las transformaciones sociales vinieron de la mano de los críticos del sistema que, o bien querían sustituirlo por un modelo utópico, o bien querían derrocarlo completamente. De esta manera y de forma paulatina se produjo una mejora de las condiciones del trabajador por la presión de los sindicatos; la gradual devolución a los trabajadores de muchos de los productos del trabajo y, finalmente, la aparición del Estado asistencial, responsable del bienestar de todos y de la protección del individuo desde su nacimiento hasta su muerte.

Una economía mundial.

Aunque la industrialización estuvo centrada durante el siglo XIX principalmente en Europa occidental y en los EE.UU., sus efectos fueron de alcance mundial. Ya a finales del siglo XVIII, el esquema de una economía mundial, además de la Europa occidental, abarcaba Rusia, la India, las Indias orientales, Oriente Medio, África septentrional y occidental y las Américas. El comercio se había multiplicado en el transcurso del siglo; la navegación había aumentado en volumen y velocidad, y se habían forjado fuertes lazos financieros.

El comercio, las migraciones y los asentamientos coloniales no solo condujeron a la difusión de ideas, técnicas y productos, sino también a la de cultivos, como la caña de azúcar, el café, el algodón, el maíz, las patatas o el tabaco. Sin embargo, el comercio mundial quedaba limitado a las zonas costeras y a lo largo de los grandes ríos. La expansión hacia el interior, y su difusión por China, Japón, Oceanía y África fue obra del siglo XIX, gracias a la revolución de los medios de transporte, las migraciones, la colonización de vastas áreas, el desarrollo de la industria europea, la inversión del capital europeo y la multiplicada expansión comercial.

En el ámbito oceánico la máxima velocidad en navegación a vela se consiguió con los “clipper” en la década de 1850, llegando a los 15 nudos (x 1,8 km = 27 km/hora). En el transporte por tierra no hubo un progreso paralelo. Lo único, la ampliación de la red fluvial allí donde se podía. El transporte por carretera continuaba siendo lento, incierto y caro, hasta la llegada del ferrocarril en la década de 1830. En 1850, los EE.UU. contaban con 15.000 km. De vías; Gran Bretaña casi 11.000; Alemania, 6.500 y Francia, 3.000. Veinte años después se construían los ferrocarriles intercontinentales: los EE.UU en 1869; el Bombay-Calcuta en 1870; Canadá en 1885; el Calais-Constantinopla en 1888; el Transiberiano en 1903 y el Argentina-Chile en 1910.- El tendido ferroviario continuó a un ritmo imparable hasta después de la Primera Guerra Mundial. Hoy en día existen menos vías férreas que en 1914.

Los barcos a vapor comenzaron su andadura en 1807 (Fulton), demostrando su importancia en los ríos norteamericanos ya en la década de 1810. Hacia 1850 navegaban por el Ganges, el Nilo, el Amazonas y el Río de la Plata. El uso del acero en lugar de la madera, la sustitución de las paletas por hélices propulsoras y la introducción del motor compuesto permitieron a los barcos competir con los de vela en la navegación oceánica. Determinante fueron las aperturas de los Canales de Suez (1869) y Panamá (1914).

En 1890, Gran Bretaña poseía las tres cuartas partes del tonelaje mundial y botaba los dos tercios de los nuevos navíos, pero a partir de entonces tuvo que afrontar la competencia de Alemania, EE.UU., Noruega, Japón y otros países ya en menor medida.

El desarrollo del automóvil y el aeroplano no solo redujo considerablemente el tiempo de recorrido, también abrió grandes zonas del mundo. Paralelamente, el telégrafo, usado por primera vez en 1844, se difundió rápidamente. En la década de 1850 los hilos y cables submarinos llegaban a Sicilia y Malta y también a la India y a extensas áreas de Oriente Próximo. Hacia 1902 se habían tendido 480.000 km de cables submarinos, la mayoría propiedad de Gran Bretaña.

El abaratamiento de los transportes favoreció la colonización de unos 21 millones de km². Otros factores fueron el rápido crecimiento de la acumulación de capitales, la tierra virgen y las diversas ayudas ofrecidas a los inmigrantes y la disminución o eliminación de los aranceles sobre las importaciones de productos agrícolas a Europa occidental.

Pueden distinguirse cinco corrientes principales de migración intercontinental: de Europa a América, Oceanía y África del sur y oriental; de Rusia a Siberia y Asia Central; de Europa meridional a África del Norte; de China y Japón a Asia oriental y meridional; y de la India al Sudeste de Asia y a África del sur y oriental. Los inmigrantes y sus descendientes suponían más de la mitad del crecimiento de la población de Argentina y Siberia, dos terceras partes de la de EE.UU y Brasil y menos de la quinta parte de Canadá.

En los años 30 del siglo XX la población europea del norte de África superaba los dos millones. Controlaba la actividad industrial, comercial y financiera y una gran parte del sector agrícola. Constituían el grueso de las clases empresarial y profesional y la mayor parte del trabajo cualificado. Pero siguieron representando un grupo claramente distinto, objeto de la animadversión nacionalista, provocando un éxodo masivo después de la Segunda Guerra Mundial, que suprimió el asentamiento europeo en esta región del planeta.

Algo parecido sucedió con la emigración asiática. Tras la pérdida del imperio, seis millones de japoneses volvieron a su patria, dos de ellos desde China. Chinos e indios, que se extendieron por las costas del océano Índico, al no fundirse con la población autóctona, muchos tuvieron que volver a sus respectivos países cuando Birmania, Vietnam, Malasia e Indonesia obtuvieron la independencia.

En los cincuenta años anteriores a 1914, las diferentes partes del mundo se vincularon a través de las actividades comerciales y financieras más que en toda la historia anterior (R.C.O. Mathews). Los vínculos eran las monedas convertibles basadas en el patrón oro, una red cada vez más extensa de actividades bancarias, un flujo masivo de capital y la liberalización del comercio. En todos estos procesos el papel principal lo tenía Gran Bretaña, hasta el estallido de la Gran Guerra.

El patrón oro se impuso a partir de 1870 con el incremento del suministro de oro procedente de Siberia, California, Australia y África del Sur. El periodo del patrón oro dominado por Gran Bretaña (hasta 1914) fue una época de relativa estabilidad de precios.

Desde el fin de las guerras napoleónicas, Inglaterra concedió préstamos en una escala sin precedentes, llegando a los 4.000 millones de libras esterlinas hacia 1914, suponiendo casi la mitad del ahorro británico. Francia llegó al tercio y Alemania poco más de la décima parte. Siendo el total de la inversión mundial de unos 44 billones de dólares (unos 2 billones de libras). El grueso de este capital llegó a áreas de asentamiento reciente como EE.UU., Canadá, Argentina, Brasil, Australia, Nueva Zelanda, África del Sur y Rusia, buena parte destinada a la construcción de ferrocarriles. Mientras el destinado a la India y Egipto estaba ligado al aumento del precio del algodón.

La mayor parte de esta inversión de capital contribuyó a la economía de los países prestatarios si bien una cantidad sustancial se empleó en usos improductivo y dejó una pesada carga de deudas, en particular en el Oriente Medio y en algunos países latinoamericanos. El valor de todas las importaciones y las exportaciones se disparó de 340 millones de libras en 1820 a 8.360 millones en 1913, siendo una tasa de crecimiento sin precedentes y Gran Bretaña la que marcó el camino agilizando las transacciones, al reducir o eliminar los aranceles sobre navegación y comercio; de tal manera que, entre 1850 y 1870, hubo un periodo de libre comercio virtual que terminó por la gran depresión de los años 1870-1880 y la vuelta al proteccionismo. Este intercambio impulsado por el desarrollo industrial, las exportaciones de capital y la política comercial estimularon la producción agrícola y minera fuera de Europa, favoreciendo a Europa occidental que, a su vez, exportaba productos manufacturados y equipamiento.

La Gran Guerra quebrantó el sistema financiero internacional y trastocó la circulación del capital. El resultado fue la aceleración del nacionalismo en todo el mundo; cada pueblo, para ser fuerte, debía alcanzar la independencia política e industrializarse.

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL EN EL CINE

No hay demasiadas películas que traten este periodo, aunque algunas de las que existen son realmente muy recomendables, como “¡Qué verde era mi valle!” de John Ford, o “Germinal” de Claude Berri (basada en la novela de Zola), sobre la minería. Menos conocidas, pero también notables son la belga “Daens”, de Stijs Coninjs, sobre la vida del sacerdote católico Adolf Daens que luchó por los derechos de los trabajadores en plena segunda revolución industrial; “El corazón de la tierra”, de Antonio Cuadri, sobre la explotación de las minas de Riotinto por una compañía británica; “La tierra de la gran promesa” de Andrej Wajda, que retrata los entresijos de una empresa textil; o “La sal de la tierra” de Wim Wenders, sobre la vida del fotógrafo brasileño Sebastiao Salgado y su mirada hacia los desfavorecidos del planeta.

Muy interesantes son “Tiempos modernos”, de Charlie Chaplin; “La huelga” de Sergei M. Eisenstein; u “Oliver Twist” en sus diferentes versiones (la de Polansky es la mejor, pero también es notable la de Carol Reed, tratada como un musical).

Más cercanas en el tiempo y que tratan los conflictos de los trabajadores con los empresarios son “Todo va bien” de Jean Luc Goddard o “Pan y rosas” de Ken Loach.

Tratan de refilón la cuestión: “Gangs of New York” de Scorsese, “Noveccento” de Bertolucci o “Amistad” de Spielberg. Interesantes son sin suda “Pozos de ambición” de Paul Thomas Anderson; “Gigante” de George Stevens, ambas sobre el impacto social y económico del petróleo; y “Norma Rae” de Martin Ritt y “Sacco e Vanzetti” de Giuliano Montaldo, las dos sobre las luchas de los trabajadores contra los patronos.


12. TIEMPO DE VÍSPERAS. LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL EN INGLATERRA.

Escrito por Decineporlahistoria 19-03-2016 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

La Revolución Industrial supuso un cambio en los modos de producción, de manual con ayuda de herramientas sencillas al empleo de maquinaria y procesos químicos más complejos, gracias a una fuente de energía inanimada. Los avances necesarios se produjeron en Gran Bretaña durante la segunda mitad del siglo XVIII. Más que cualquier otro estado, contaba entre 1750 y 1850 con varias ventajas o factores necesarios. En primer lugar, fue el principal innovador de los métodos que habían de hacer las materias primas más útiles al ser humano, aunque no tuviera el monopolio de las invenciones. Lavoisier descubrió la naturaleza química de la combustión; otro francés, Berthollet, desarrolló el ácido prúsico (cianhídrico), y empleó cloro para el blanqueo; Leblanc descubrió un procedimiento para la obtención de sosa a partir del agua marina. Louis Robert descubrió el procedimiento de la obtención de papel en cintas continuas. El norteamericano, Eli Whitney, inventó la desgranadora de algodón, y el alemán Liebig determinó los principales componentes químicos de las plantas, sentando las bases para la industria química de los fertilizantes.

En la industria textil algodonera, en 1821 Inglaterra recibía el 70% de las exportaciones americanas de algodón en bruto. En 1840, extraía 31 millones de toneladas de carbón. En 1850 poseía más toneladas netas de barcos mercantes que Francia, EE.UU y los estados alemanes juntos. En 1870 producía más acero que Francia y Alemania juntas. Esto le dio a Inglaterra una posición de dominio militar, especialmente naval, que le permitió apoderarse de extensas colonias. De esta forma, las restantes naciones vieron con toda claridad que tenían que industrializarse para sobrevivir.

En el campo de la agricultura, los latifundistas empezaron a consolidar e incrementar sus propiedades, con frecuencia a costa de los pequeños propietarios, en inferioridad de condiciones por la falta de capital, los impuestos y la escasa productividad. De estos, los más capaces, se convirtieron en arrendatarios, otros vendieron sus tierras y se fueron a la ciudad, y una importante mayoría se hizo jornalero, surgiendo así el modelo victoriano de terrateniente rural que vivía de sus rentas. La exigencia de administrar grandes fincas dio lugar a métodos nuevos. El más importante fue el cercado (enclosure), sustituyendo el viejo sistema de campos abiertos (openfield). El cercado permitió los nuevos cultivos rotatorios y la mejora de la ganadería, formulándose muchos proyectos para la aplicación de la maquinaria a la agricultura. No obstante, la producción agrícola no parece haber aumentado de forma notable en el siglo XVIII, dependiendo el aumento de la población de la importación de cereales.

Pero sí fue notable el incremento del comercio exterior, pese a la contracción del mercado europeo, compensada con creces por el aumento de la demanda de artículos ingleses, procedente de las áreas tropicales y de las colonias norteamericanas, aportando un capital excedente destinado a la inversión y potenciación de su maquinaria comercial.

El cambio fundamental fue el rápido crecimiento de la población iniciado en la década de 1740. Las causas de este aumento son diversas: disminución de la mortalidad, aumento de la tasa de natalidad por, entre otras cosas, la reducción de la edad de matrimonio, mejores condiciones de vida… Entre 1750 y 1820 la población se duplicó, y había que alimentar, vestir y alojar a toda esta gente. Las ciudades crecieron por la inmigración rural y el aumento natural, rebasando las estructuras medievales.

La industria se vio obligada a encontrar soluciones al aumento de la demanda. En un principio, el sistema más natural y rentable fue la subdivisión y especialización que permitía un mercado en expansión, siguiendo el ejemplo del comerciante, que si al principio del siglo XVIII podía comprar y vender una amplia variedad de artículos, poseer o alquilar barcos y operar como asegurador o banquero, a finales se especializó en una rama de la actividad e incluso en la compra-venta de un artículo concreto.

En la industria del hierro se recurrió a métodos más revolucionarios. La antigua industria inglesa del hierro basada en hornos y forja de carbón de leña no podía hacer frente a la demanda, incluso cuando la hulla sustituyó al carbón vegetal. Habrá que esperar a que la máquina de vapor inyecte aire caliente en 1770 y al procedimiento Cort de pudelado para que se haga efectivo el progreso. Luego cooperaría en la revolución de la industria minera, profundizando la excavación con un equipamiento más elaborado para las técnicas de arrastre, elevación y bombeo.

La industria textil no requería una maquinaria tan costosa, pero si un urgente aumento de la productividad. La lana no era ya una industria de vanguardia, porque lo que el mundo quería era ropa de algodón. La nueva materia prima había llegado desde la India en el siglo XVII. Contaba con una ventaja, era nueva y no tuvo que luchar contra la tradición artesanal, favoreciendo la experimentación mecánica que dio lugar a avances que aumentaron la productividad: la lanzadera volante, la Jenny, la wáter frame, la mule. La mecanización llegó primero al hilado. En la segunda mitad del siglo XVIII la industria del algodón fue la primera en convertirse en una producción fabril a gran escala. En 1769, James Watt había encontrado un procedimiento para aumentar la eficacia de las máquinas de vapor utilizadas desde finales del siglo XVII para bombear en las minas. Pronto fue adoptada por la industria siderúrgica para inyectar aire caliente y accionar los martillos a vapor. En la década de los 80, Watt vio la manera de convertir el braceo lateral de su máquina en movimiento circular, lo que permitió montar las fábricas en las ciudades.

Pero lo que dotó a la población de una conciencia mayor sobre las transformaciones industriales fue el ferrocarril, inaugurado con la línea de pasajeros Liverpool-Manchester en 1830. Concebido al principio como complemento de la red de caminos y canales tendidos por toda Inglaterra a finales del siglo XVIII, acabó acaparando el transporte. Casi todos los aspectos de la vida inglesa se vieron afectados: se aceleró el movimiento de pasajeros, el correo y el transporte de mercancías; a todo el país accedieron materias primas y productos manufacturados; la fisonomía del territorio cambió con la aparición de viaductos, tajos, túneles…

La revolución industrial fue producto de cientos de personas de amplio espectro: mercaderes, hacendados, terratenientes, incluso clérigos disidentes, artesanos…, empresarios, en suma. La ley y los prejuicios heredados les negaron las ventajas de la moderna sociedad por acciones. Hasta 1844 no fue fácil asociarse y hubo que esperar a 1855 para que se aprobara la responsabilidad limitada.

Inglaterra tenía la fortuna de contar con un sistema bancario desarrollado, que podía conceder préstamos a los inversores o a las empresas, y que movía el dinero allí donde existía una mayor demanda. En lo más alto estaba el Banco de Inglaterra, fundado en 1694, un banco por acciones de propiedad privada, que se dedicaba básicamente a las necesidades del gobierno. Sin embargo, hasta finales del siglo XIX no asumió el papel de banco central. Por ello, la banca inglesa estuvo sujeta a los vaivenes cíclicos de la economía, no teniendo capacidad para impedir la desaparición de empresas en los periodos de crisis, y con ellas, los medios de subsistencia de sus obreros, a menudo las reputaciones de los propietarios.

En cuanto a los trabajadores, durante el siglo XVIII eran una masa de obreros cualificados y no cualificados, que constituían una compleja jerarquía de rentas y posición social. El industrialismo aumentó esta complejidad, incluyendo responsabilidades nuevas para los más capaces y ambiciosos. Por otra parte, se abrieron nuevas oportunidades de empleo para mujeres y niños, de los cuales solía haber mayor demanda en algunas industrias. Y, de esta manera, los trabajadores se hicieron conscientes de las distinciones que se establecían a través de la instrucción, la preparación y la educación; y de pertenecer a una clase social, con intereses comunes que habían de defender frente a los patronos. Precisamente por esto, los empresarios se mostraron resueltamente contrarios a los sindicatos, que serían puestos fuera de la ley en 1799 y 1800, aunque se les legalizó en 1824 y echaron a andar de una manera reconocida, sólida y estable entre 1840 y 1860.

A lo largo del siglo XVIII tuvo lugar una mejora continua del nivel de vida de la clase trabajadora, excepto en los peores trabajos pesados, restos de sastrería, costura, elaboración de tabaco, y algunos otros ejemplos de un sistema doméstico que desaparecía paulatinamente. Lo que no es óbice para que estuviera expuesta a la enfermedad, orfandad o viudedad sin protección, o a ser echado del trabajo con motivo de una recesión.

El modelo económico que amparó este cambio fue el LIBERAL. La obra fundamental fue Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (1776) de Adam Smith, seguida de la sistematización del pensamiento económico realizada por David Ricardo 40 años después. Aún centrados en los problemas derivados de las relaciones entre el terrateniente, el capitalista y el trabajador, así como en la naturaleza de la renta, lo cierto es que sus teorías se podían aplicar al análisis de la sociedad industrial y llevar en última instancia al socialismo a través del binomio valor-trabajo, expuesto por Ricardo. No obstante, la visión optimista de Adam Smith sufrió un primer contratiempo por el impacto del principio malthusiano de la población. Teniendo en cuenta que buena parte del pensamiento social y económico victoriano estuvo dominado por la noción de un fondo salarial a dividir entre los trabajadores disponibles, cuanto más eran estos a menos tocaban, resultando un obstáculo para el crecimiento y el progreso capitalista.

Otras corrientes de pensamiento trataron de suavizar la lucha de clases que se adivinaba con actitudes caritativas, que condujeron a la fundación de hospitales, escuelas y demás instituciones dirigidas a mejorar la calidad de vida, como contraste con un estado que se había mostrado ineficaz y corrupto.

En cualquier caso, surgieron ajustes sociales de carácter público aplicables a un mejor tratamiento de la justicia social, como la creación de la policía, una administración de justicia más humana, la relevancia social de la familia, la tradición del orden jerárquico y, sobre todo, una revolución moral que humanizó el trabajo, el sexo, las conductas privada y pública y la idea de respetabilidad, muy apreciada por una clase media en crecimiento. Así, la sociedad de mediados del siglo XIX fue cada vez más segura, confortable y pacífica.

Los defensores del laissez faire tuvieron que recurrir al estado para eliminar los obstáculos mercantilistas, para revisar el sistema impositivo en beneficio del libre cambio y para que se agilizara el movimiento de trabajo y capital. Cada vez más se recurrió al Estado como árbitro regulador entre patronos y trabajadores. También atendió a la educación, primero subvencionando la construcción de escuelas, luego legislando planes de estudio, formando maestros y creando una red de escuelas públicas. Ferrocarriles, constitución de sociedades por acciones, actividad bancaria, enseñanza y comunicaciones, quedaron sometidas, en mayor o menos medida, a la regulación del Estado.

Pero ante todo, el Estado tuvo que hacer frente a la pobreza; en Inglaterra mediante la Ley de Pobres de 1834. También se enfrentó a los problemas de vivienda y la sanidad pública en las ciudades de rápido crecimiento. De tal manera que, a mediados del siglo XIX, el Estado se había convertido en el principal instrumento de control y guía de la vida de los ingleses.

Hacia la década de 1860 la red ferroviaria había sido sustancialmente completada, la agricultura tradicional había alcanzado su culminación, y la economía librecambista se mantenía libre de críticas. La liberalización económica se había ido implantando de forma gradual desde 1820, con las leyes del grano de 1846 y de navegación de 1849. En la actividad comercial, como en política exterior, Gran Bretaña era el líder mundial indiscutido; aunque ya se adivinaba en el horizonte la presencia de competidores que iban a minar tal dominio.


EL RENACIDO

Escrito por Decineporlahistoria 25-02-2016 en CRÍTICA DE CINE. Comentarios (0)

Film del mexicano González Iñárritu, de planteamiento épico que se deja ver por la fuerza de las imágenes, por cómo lo cuenta y no por lo que cuenta que, en suma, no es más que la historia de una venganza. No nos sumerge en las dificultades que tuvieron los pioneros europeos en una Norteamérica libre y fértil, nos introduce en una historia simplemente pasable que nos muestra que el protagonista, papel inmenso el de Leonardo diCaprio, tiene más vidas que un gato. Pero la envoltura es excelente, tanto que parece un documental de National Geographic, por la minuciosa descripción de una naturaleza implacable en una estación hostil como es el invierno y unos pueblos amenazados por la llegada del hombre blanco, que intentan defenderse de su agresividad (raptaban a las mujeres indígenas para aliviar sus ardores sexuales). Lo peor, la excesiva duración. Si el guión hubiera caído en manos de pongamos por ejemplo, Raoul Walsh o William Wellman, tendríamos una obra maestra. Demasiada nieve, demasiado cielo, demasiados ojos y miradas, hay un exceso de planos detalle sin lógica alguna. Recomendaría a los directores actuales que dejaran de mirarse tanto en el ombligo de autores como Lynch, Tarantino o Malick, cuya principal aportación es la puesta en escena y un tratamiento de la violencia heredada del gran Sam Peckimpah. Preferiría que volvieran sus ojos al Kurosawa de Ran o de Dersu Usalá, y aprendieran que la violencia no está en las imágenes, sino en los ojos de los que la contemplan, en los sentimientos de quienes la padecen. El realismo se encuentra en ser conscientes de cómo actuarían seres normales en situaciones anormales sin mostrar divismos, egocentrismos o lucimientos de cara a la galería. Que la naturaleza es salvaje, pues vale; que los seres humanos somos una calamidad, ya lo sabemos, que si sumamos dos más dos salen cuatro; qué nos queda entonces de El Renacido que no hayamos visto en por ejemplo "El hombre de una tierra salvaje", de David Sarafian y protagonismo de Richard Harris, con quien tiene notables similitudes, como que el prota es atacado por un oso, los compañeros le abandonan y tras muchos esfuerzos llega hasta ellos en pleno invierno (también hay mucha nieve). Pero el hecho de que mi mirada cinematográfica esté harta de películas de escasa o nula aportación a la historia del cine, no significa que El renacido no sea una película recomendable. Todo lo contrario, hay que verla, porque de lo que tenemos en las salas es de lo poco que se salva. Pero de ningún modo es una obra maestra y tampoco dejará una huella como por poner un ejemplo "Sin perdón" o "Ciudad de Dios". 

La interpretación es estupenda. Las escenas de acción están magníficamente rodadas. No hay muchos diálogos y el texto del protagonista es casi inexistente, pero bueno debía seguir el consejo de John Ford de no dejar hablar a los actores a no ser que tuvieran algo que decir y se ve que DiCaprio no lo tiene. La música acompaña muy bien y la fotografía es excelente.

CALIFICACIÓN:          

AVE CÉSAR

Escrito por Decineporlahistoria 23-02-2016 en CRÍTICA DE CINE. Comentarios (0)

Película de los hermanos Coen y ya por eso debería ser una garantía. Pues no, es un pestiño de descomunales dimensiones, que no acaba de arrancar en ningún momento. Cuando acaba la película todavía estamos esperando a que empiece. Ya fue muy mal recibida en Venecia y las críticas tampoco le han sido benévolas. Visionándola se entiende. Digamos que es una "boutade" que no funciona por un mal guión y una interpretación poco más que episódica de las estrellas. Clooney está, al igual que la Johansson; los dos pasan por ahí como el que no tiene otra cosa mejor que hacer. Menos mal que Josh Brolin está bien y da algo de empaque al desastre. Si no fuera por la mala estructuración y la poca habilidad que tienen los Coen para tratar la comedia (ya lo vimos en Crueldad intolerable, Ladykillers -les faltaba Alec Guines, claro-, y en Quemar después de leer), el tema podría haber dado de sí en las manos de un Mel Brooks o de un Woody Allen en estado de gracia. En fin, la peli trata de los entresijos de los estudios cinematográficos de Hollywood en plena guerra fría, con rapto de por medio y algunas escenas soberbias, como la del vaquero metido a galán de drama o la del pañuelo de Frances Mcdormand.

Para los incondicionales de los Coen y poco más. Los demás saldrán no solo decepcionados, también cabreados.

CALIFICACIÓN: