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14. TIEMPO DE VÍSPERAS: LAS NUEVAS IDEAS

Escrito por Decineporlahistoria 19-09-2016 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

  14.1. Romanticismo y Posromanticismo.

    Después del racionalismo estricto de la Ilustración y su capacidad de suprimir la vida de las cosas, Rousseau recordó a Europa la existencia de la emoción, no con el fin de sustituirla por la razón, sino con objeto de prevenir contra una dependencia exclusiva de una u otra.

  Las generaciones que puebla el medio siglo que conduce de una crisis europea a la siguiente (1789 a 1848) no confundían vida y abstracción. La experiencia revolucionaria, primero y napoleónica después, les había marcado. Así, el romanticismo, antes que un movimiento o incluso un nombre, fue un cambio radical de sensibilidad. No surgió como una reacción contra lo anterior, sino como una búsqueda de un mundo nuevo. Por ello, el racionalismo fue revisado para incorporarlo a un esquema de valores más amplio.

  En un principio, los románticos se centraron en la recuperación de valores olvidados por la Ilustración. Mientras sir Joshua Reynolds enseñaba en su academia a pintar lo general, Blake insiste en que el arte consiste en lo particular, porque es individual, único y vivo. En consecuencia, los pensadores y artistas románticos dejan de tratar del Hombre como abstracción con mayúscula. El romántico busca en sí mismo e informa de sus hallazgos; de ahí su tinte egoísta. Sus sueños e ilusiones forman parte de la realidad, pero necesitan ser verificados, por eso su pasión por la historia y la relevancia que le dieron.

Aprendieron que el pasado no es confusión a olvidar, sino que es un espectáculo en movimiento, un fragmento de humanidad aún vivo. Eliminar los siglos que siguieron a Roma por bárbaros, despreciar la arquitectura gótica, creer que la razón humana comenzó con Newton, como había hecho la Ilustración, suponía ignorar la propia vida, el espíritu del pueblo, reconocido como la gran base democrática de la civilización occidental.

  Estas reflexiones les llevaron a la búsqueda del conocimiento exterior. Chateaubrian nos ha dejado descripciones entusiastas del Nuevo Mundo; Delacroix marchó a pintar a Marruecos; numerosos poetas dirigieron su mirada al Próximo Oriente. Lo exótico les resultaba fundamental para entenderse y entenderlo.

  Rousseau fue la bisagra entre Ilustración y Romanticismo; puso a Kant sobre la senda de la “razón práctica”, influyó en el sentimiento de Goethe sobre la naturaleza… 60 años después de su obra “La Nueva Eloisa” (publicada en 1761), Shelley podía seguir analizándola con la sensación de encontrarse ante una revelación y, en sus célebres “Confesiones” (1782), aportó a los líricos y psicólogos del siglo siguiente una guía para la búsqueda de uno mismo.

  Además de Rousseau, en el siglo XVIII, el romanticismo se había hecho hueco en el arte y la literatura a través del gusto por la arquitectura gótica y los jardines silvestres, y en el drama, las baladas populares y los cuentos de misterio y horror. Algo parecido ocurrió en Alemania como respuesta a la dominación francesa. Y, de forma paralela, fluirá el “pietismo” a través del “metodismo” y otros movimientos religiosos afines, que sobresalían por su fervor religioso, la poesía y la humildad.

  Todos estos elementos se fundieron en la filosofía romántica que puede sintetizarse como el predominio del drama en un mundo de seres animados. Un mundo de conflicto interior entre el héroe y el esclavo consagrado por Goethe en su “Fausto”, al dar lugar a una moralidad en la que lo importante no es la meta, sino el camino.

  El arte romántico es abierto, dinámico, imperfecto, dramático, particular, perfectamente entroncado con las novelas históricas de Walter Scott o con los análisis sociales de la “Comedia humana” de Balzac o con los estallidos psicológicos de Stendhal. Las baladas líricas de Wordsworth eran imitaciones populares de las baladas populares. Los primeros relatos en verso de Byron nos llevaban al Próximo Oriente. Goethe y Víctor Hugo, Pushkin y Mickiewitz, Heinrich Heine, Alfred de Vigny, Leopardi, Keats y Shelley alimentaban el deseo de oír una voz individual que vibrara de pasión y aportara a la conciencia humana emociones y sensaciones nuevas.

  Aunque el teatro experimentó un periodo de esterilidad, la pintura de Turner, Bonington, Gericault y Delacroix lo compensarán con creces., al igual que la música de Beethoven, Weber, Berlioz, Mendelssohn, Glinka, Schubert, Donizetti, Bellini y Chopin. El individualismo romántico alimentó la idea del “genio”, de la capacidad del ser humano de la grandeza y la miseria; por eso los románticos, pese a todo, eran realistas en el más pleno sentido del término, exploradores de la realidad. Y ello les llevó al estudio de la vida, dejando de lado lo abstracto y mecánico de la Física y la Matemática, y abrazando la Biología y el Evolucionismo.

  Buffon atrajo hacía 1750 la atención sobre notables analogías. Su discípulo, Danberton, amplió el conocimiento de los hombres sobre la anatomía comparativa. El ayudante de Buffon, Lamarck, realizó un análisis exhaustivo de las especies y concibió el primer sistema razonable de evolución natural. Simultáneamente, Erasmo Darwin, botánico, físico y poeta, abuelo de Charles Darwin, caminaba en la misma dirección de Lamarck, anticipando a su nieto algunos de sus temas, pero formuló la hipótesis de que la necesidad y la voluntad de la criatura de lograr sus fines, conducía a las variaciones de forma que luego, con la descendencia, llevarían a los resultados que conocemos con el nombre de evolución.

  El Evolucionismo se difundió rápidamente. Lo encontramos en Goethe, fue objeto de controversia entre Cuvier y Saint-Hilaire hacia 1830. Tres años después, Charles Lyell lo aplicaba a su “Geología”.

  Quizá, de modo inconsciente, esta nueva forma de pensar fue la principal aportación del Romanticismo; de hecho es nuestro método habitual de entender el presente y de guiarnos en la vida.

  El pensamiento evolucionista halló su aplicación y utilidad más inmediata en la filosofía social. Ahora, las únicas historias aceptables eran las que describían la evolución más amplia, ya fueran del derecho o del linaje. Este modo de entender el pasado y el presente tuvo una influencia inmediata en los temores y esperanzas: los miedos a la revolución eran suscitados en parte por las pruebas de la evolución, las cuales enseñaban que los grandes cataclismos obstaculizaban y a la vez promovían el progreso. Parecía como si la humanidad nunca se hubiera detenido en su avance. Esto permitía esperar a todo partidario del progreso político o social que, interviniendo en la historia, la evolución podría alcanzarse antes y la utopía estaría más cerca.

  Esta forma de pensar la encontramos en Marx, que heredó la fe en el progreso del evolucionismo romántico. De hecho, proliferaron los sistemas encaminados a explicar cómo el hombre había llegado a su situación social e intelectual en ese momento:

▪ El primero fue el del conde Henry de Saint-Simon, quién comparó los tiempos primitivos conocidos a la infancia; los tiempos greco-romanos a la juventud; los tiempos modernos representarían la madurez. Esta “Ley de los tres estadios” preparaba para la fase última de la evolución: una tecnocracia altamente organizada. Industriales y banqueros habían de garantizar la prosperidad, la paz y una justa distribución de la riqueza producida por la técnica. El movimiento saint-simoniano tuvo una gran influencia entre la juventud idealista y los pensadores especulativos de las décadas de 1820 y 1830.

▪ La idea de los tres estadios inspiró a Hegel una filosofía de la historia con la que trató de explicar la Europa posnapoleónica. Dividía la evolución del hombre en tres estadios según el grado en que la idea de libertad se hubiese producido en cada uno de ellos: la tiranía unipersonal del mundo antiguo, la libertad exclusiva de la nobleza medieval y la libertad de todos de la época moderna. Para ello, la humanidad se valió de la dialéctica de los contrarios. El conflicto no dio el triunfo a ninguno de los contendientes, pero sí dio lugar a una síntesis enriquecedora. El hegelianismo ha sido una de las aportaciones más duraderas del pensamiento romántico.

▪El tercer sistema evolucionista es el positivismo de Augusto Comte. En la infancia de la humanidad el hombre es religioso. En la Edad Media se hace metafísico: deduce abstracciones con capacidad de transmitir poder a las cosas. En la era moderna, el hombre abandona la abstracción y llega a alcanzar el estadio positivo del pensamiento al analizar la naturaleza tal cual es, mediante el método científico.

  Desde el punto de vista de la política, el romanticismo aportó fundamentalmente la idea de LIBERTAD, independientemente de las diferencias en cómo alcanzarla. Por eso, entre los románticos existe una enorme disparidad política: Walter Scott fue un conservador reconocido; Byron y Hazlitt, radicales; Víctor Hugo y Lamennais llegarán al socialismo, partiendo del conservadurismo y pasando por el liberalismo. A Wordsworth y Coleridge les pasó lo contrario. En Alemania, la confusión también fue notable: Fichte defiende una nación independiente y un estado corporativo; Heine era un liberal cosmopolita; hubo también anarquistas y conversos al catolicismo.

  La búsqueda de la libertad que inspiró a todos los románticos llevó al hombre occidental a pasar por cada una de las opciones políticas posibles. Primero, se adoptó el “laissez faire” del liberalismo y se vieron sus carencias; vino luego la democracia conservadora para proteger a los desheredados de los liberales despiadados. Como resultó insuficiente, los socialismos y comunismos de todo tipo inundaron Europa.

  Desde puntos de vista diferentes, el romanticismo aportó al arte cambios que hoy día entendemos como circunstanciales al orden normal de la existencia:

• Dieron al arte y a los artistas un valor de genialidad hasta entonces despreciado, y así fueron encumbrados Goethe, Wordsworth, Víctor Hugo, Pushkin, Constable, Gericault, Bonington, Delacroix, Beethoven, Weber, Berlioz, Chopin, Walter Scott, Balzac, Stendhal y Gogol.

• Crearon el culto a lo nuevo y obligaron al espectador y al lector a aceptar el pluralismo en cuestión de estilos.

  Se mantuvo hasta mediados de siglo, cuando la desilusión y pérdida de esperanza sobrevinieron tras el fracaso de las revoluciones de 1848. Se sintió la necesitad de un encogimiento de la conciencia, una vuelta a lo que era sencillo y posible; y como este terreno solo podía aspirar a lo tangible y material, se dio el nombre de REALISMO al nuevo movimiento artístico y literario.

    14.2. Liberalismo.

  La primera mitad del siglo XIX europeo resultó un periodo de equilibrio inestable salpicado de revueltas y represiones armadas por la lucha entre las siguientes tendencias:

  — La restauración del principio de legitimidad del Antiguo Régimen.

  — El liberalismo en su búsqueda de implantar la democracia.

  — El sentimiento romántico nacionalista.

  El Congreso de Viena puso sus esperanzas de una paz permanente en la Cuádruple Alianza (Austria, Rusia, Prusia y Gran Bretaña). Se reunirían en congresos periódicos para decidir sobre la posibilidad de una intervención armada: “Sistema Metternich”. Dentro del Imperio de los Habsburgo, los húngaros, los croatas, los checos, los polacos y los alemanes iniciaron su nacionalismo a través de la prensa, el teatro, las asociaciones estudiantiles y los grupos profesionales. Se impusieron la censura y el control policíaco para anular el nacionalismo, pero la política de enviar tropas de una nacionalidad como guarnición a otra nación, potenció su común hostilidad.

  Fuera de Austria, Metternich trató de controlar los mosaicos de Estados de las Alemanias al norte e Italia al sur. En ese eje entre el Báltico y el Mediterráneo no había una sola nación independiente. Contra el liberalismo existente en estos territorios, Metternich impuso a partir del Congreso de Carlsbad(1819) una serie de decretos que imponían el silencio a las universidades y a la prensa, creaban un sistema de espionaje y prohibían cualquier tipo de constitución en “desacuerdo con el principio monárquico”.

  A pesar de ello, Italia se sublevó, En 1820, Fernando IV de Nápoles fue obligado a conceder una constitución, gracias al empuje de jóvenes liberales y nacionalistas agrupados en una sociedad secreta: los Carbonarios. El Congreso de Troppau se declaró a favor de la intervención: un ejército austriaco restableció el orden. Otras revueltas siguieron en el norte de Italia, en Rusia, en Gran Bretaña, en España y en la América portuguesa, donde Brasil se independizó.

  En la península Balcánica, los serbios iniciaron su proceso de separación del Imperio turco, al que siguieron Grecia (en su defensa murió Lord Byron), Moldavia y Valaquia.  En 1823, Gran Bretaña se apartó de la Cuádruple Alianza y apoyó al presidente de Estados Unidos, Monroe, en su apoyo a la independencia de las colonias de América del sur. Pero, en 1829 todavía no estaba claro este movimiento, si era a favor de las naciones libres o de los ciudadanos libres. Fueron necesarios dos acontecimientos para aclararlo.

▪ Al principio, fue en Francia donde se produjeron los más agudos enfrentamientos entre legitimistas victoriosos y liberales derrotados. Con la Carta de 1814, Luis XVIII garantizaba el gobierno representativo, la libertad religiosa y los derechos civiles. Pero pronto el poder fue tomado por los reaccionarios que iniciaron la persecución de los liberales, que pasaron a la clandestinidad. Tan extremas fueron sus medidas que el rey disolvió la Cámara; la nueva mayoría fue más moderada, quedando ultras y liberales apartados del poder. No obstante, la Carta de 1814 restringía la soberanía popular a los propietarios. Solo quienes pagaran anualmente 1.000 francos de impuestos directos podían votar. Así, ampliar los derechos electorales mediante la menor exigencia de requisitos de propiedad constituyó el primer paso de los liberales para llegar a la conquista del sufragio universal. La segunda exigencia liberal fue la libertad de prensa, conseguida por los realistas moderados.

Por otro lado, y paulatinamente, se abolió el comercio de esclavos; disidentes, judíos y exiliados políticos fueron redimidos, obteniendo derechos civiles y políticos. Pero, poco después, fue asesinado el sobrino del rey, el duque de Berry, produciéndose una reacción contraria: los contribuyentes de 2.000 francos tenían doble voto, la legislatura se prolongaba 7 años, la Iglesia obtenía amplias atribuciones en el ámbito educativo, se puso en marcha una policía de Estado y el ultra-reaccionario Carlos X sustituía a su fallecido hermano Luís XVIII en 1824.

▪ El nuevo rey y su gobierno reaccionario hicieron lo posible por fomentar un levantamiento liberal, gracias a sus impopulares medidas: indemnización a los terratenientes por las pérdidas durante el decenio revolucionario, reunida mediante la reducción de la tasa de interés de la deuda nacional. La burguesía no iba a tolerar la afrenta y, en las elecciones de 1827, obtuvieron mayoría en la Cámara, que Carlos X compensó nombrando primer ministro a un reaccionario. Las ordenanzas contra la prensa y la propia Cámara provocaron una insurrección general que consiguió la abdicación del rey y su sustitución por Luis Felipe de Orleans, no como rey de Francia, sino como rey de los franceses. La Revolución de 1830 se extendió a todo el continente, siendo el primer avance eficaz del liberalismo para reanudar la tarea inacabada de 1789.

  El sentimiento popular que llevó a Inglaterra a la revolución de 1832 se debió tanto a factores internos como importados. La causa principal fue un cambio social y económico que convirtió al Parlamento inglés en un órgano falto de representatividad. Mientras las nuevas ciudades industriales de Manchester, Birmingham, Leeds y Shefield aumentaban de tamaño y los propietarios de las fábricas en influencia, los “burgos podridos” (donde se vendían los votos) y los “burgos de bolsillo” (a veces casi deshabitados), hicieron que los terratenientes volvieran a la Cámara de los Comunes.

  Por otra parte, había grupos marginados, como los católicos privados de los derechos civiles, los disidentes no conformistas y los intelectuales. Y los nuevos intereses financieros sabían que el Estado había mostrado durante mucho tiempo su ineficacia al estar dirigidos por nobles obispos y lores. En el umbral de la mayor expansión productiva de la historia había llegado el momento del cambio.

  Los empresarios industriales obtuvieron la ayuda de la nueva clase obrera por una parte y, por otra, del partido liberal que veía en la agitación en marcha una oportunidad para entrar en el poder. Ya en 1819, el liberal lord John Rusell propuso conceder el voto a los obreros, diez años después el jefe del partido liberal, Earl Grey, hizo de esta reforma el eje de su política. Pero solo tras grandes dificultades consiguieron, en la década de 1830, eliminar las incapacidades a las que se había sometido a disidentes y católicos.

  Tras las jornadas de julio de 1830 en París, y con motivo de generalizadas manifestaciones en las principales ciudades inglesas, los conservadores se pudieron nerviosos e hicieron caer a Wellington. Earl Grey, nuevo jefe de gobierno, propuso la primera “Reform Bill”, derrotada en 1831. Volvió a la carga con una segunda “Reform Bill”, desechada en la Cámara de los Lores. Fue entonces cuando se produjo la “revolución” liberal inglesa. De nuevo en el poder, Earl Grey obtuvo del rey el reconocimiento para crear nuevos pares liberales que neutralizaban el veto de los Lores y la aprobación de una tercera “Reform Bill”. Esta ley de 1832 abolió los “burgos podridos”, reajustando la representación de la población. Las nuevas grandes ciudades obtuvieron voto, al tiempo que los derechos electorales se extendieron y simplificaron en 1,5%. Pero las elecciones continuaron siendo de votación abierta, tan útil para los sobornos y la coerción; aunque al menos el periodo de votación quedó reducido de 2 semanas a 2 días, lo que aminoró las posibilidades de tráfico de votos.

  Además de quebrantar con una violencia mínima a la vieja oligarquía, los principales resultados de la reforma fueron: la liberación de los municipios del cartel de las camarillas perpetuas, un nuevo derecho penal y la emancipación de los judíos.

  En el continente, el único resultado firme de la oleada revolucionaria de 1830 fue la separación de Bélgica de Holanda. Tras algunas jornadas de lucha en Bruselas, Francia e Inglaterra obligaron al rey a ceder su Estado vasallo. A su vez, Bélgica se convirtió en un reino liberal, pero comprometido a mantener neutral bajo la garantía de las potencias.

  Desde 1830, el conservadurismo recuperó su dominio en todas partes. En Italia, el liberalismo fracasó por la cooperación de los Habsburgo y el Papado. Rusia aplastó el levantamiento polaco de 1831, anexionándose el reino. Se puede pensar que lo que los liberales consideraban progreso político fue en realidad una confusión y un doble equívoco. Por un lado, el nacionalismo tendía a la libertad; por otro, las constituciones perseguidas, raramente iban acompañadas por la necesaria madurez política de las poblaciones. Las constituciones escritas no garantizaban de por sí el orden, la justicia ni los derechos civiles. Los monarcas engañaban a sus pueblos “por su propio bien”; los jefes populares adoptaban lemas liberales “como un primer paso” hacia la autonomía nacional; y las burguesías que obtuvieron plenos derechos civiles, como en Inglaterra y en Francia, confundieron su llegada al poder con la consecución final de la libertad para el género humano. Pero, a partir de 1830, la clase trabajadora empezó a darse cuenta de que su baño de sangre en las barricadas no hacía mejorar demasiado su situación. Y los teóricos de la libertad de la clase obrera aparecieron pronto en escena, siguiendo dos caminos diferentes.

❶ Un grupo de reformadores quería rehacer la sociedad desde su base. Proyectaban e intentaban realizar sistemas utópicos de vida comunitaria en la que cada persona tenía una función y una recompensa. La prosperidad y la felicidad quedabas aseguradas gracias a la obediencia debida a las leyes y al legislador de la utopía. Tales sistemas, ideados por Saint-Simon, Fourier, Cabet o Robert Owen, pueden definirse como formas de despotismo filantrópico. Pero sus escritos, así como los de los socialistas, comunistas y anarquistas puramente teóricos, como Sismondi, Bell, Gray, Moses Hess y Proudhon fueron los primeros en atacar la doctrina liberal de la economía burguesa, y en determinar el curso de la posterior teoría socialista, que condujo al comunismo ruso y al Estado asistencial.

❷ El segundo grupo confiaba en las instituciones representativas con el objetivo de hacerlas plenamente democráticas, denominación derivada de la “Carta de las libertades del pueblo” que había de establecer el verdadero parlamento y preparar el terreno a todas las reformas necesarias. El Cartismo quedó reducido a seis reivindicaciones básicas de la democracia política:

  ─ Elecciones anuales (periódicas) al Parlamento.

  ─ Sufragio universal.

  ─ Voto secreto.

  ─ Salario para los miembros del Parlamento.

  ─ Distritos electorales iguales.

  ─ Eliminación de los requisitos de propiedad para poder ser diputado.

  Las ideas que expresaban estos grupos, y los temores que sentían, agitaron a Europa. De Escandinavia a España y de Prusia a Italia, hombres, libros, partidos, conspiraciones, reivindicaciones, disturbios y derrotar, culminaron en las revoluciones de 1848.

  Inglaterra, que escapó a lo peor de la crisis, se convirtió en el santuario de los exiliados, mientras su Cartismo se iba extinguiendo.

  En Francia, la República implantó el sufragio universal, pero sucumbió al golpe de Estado de Luís Napoleón. En Europa Central las rivalidades nacionalistas se desplegaron, atacándose entre sí para su común destrucción. Y la dividida Asamblea de Frankfurt parecía demostrar que los idealistas eran incapaces de desenvolverse en un marco parlamentario y de participar en el gobierno de una nación moderna. En el sur, el movimiento de la Joven Italia de Mazzini inspiró multitud de tumultos con los que el nuevo papa, Pío IX, y el rey de Cerdeña, Carlos Alberto, parecían simpatizar. Pero pronto comenzó la reacción: el Papa cambió de opinión y Carlos Alberto fue derrotado por los austriacos.

  Estas revoluciones que duraron cerca de 4 años no significaron lo mismo para todas las naciones afectadas, pero sí que hubo 2 hechos claros:

▪ En el futuro, el nacionalismo iba a demostrarse como un ideal unificador y, por tanto, más fuerte que el de la libertad.

▪ El idealismo se verá aquejado por una pérdida constante de influencia.

  Entre los pensadores sobrevino, tras 1848, el recurso a los políticos, a la fuerza y al número, a la política de las cosas (Realpolitik), al cinismo y al espíritu de masa. El liberalismo, la democracia, la educación universal y el bienestar se convirtieron en características de la civilización occidental a partir de 1870, pero en cierto aspecto, la Ilustración y los principios de 1789 murieron en 1848.

  14.3. Socialismo.

    A principios del siglo XIX aparecieron los primeros defensores de una nueva tradición que ofrecían tanto una crítica de la sociedad, como un proyecto social perfecto. Hacia la década de 1830 se le había bautizado con el nombre de socialismo. Las fuentes parten del pensamiento del siglo XVIII y de la Revolución francesa (jacobinos, Babeuf, el concepto de revolución).

  Su origen son las nuevas circunstancias económicas de Europa. Los socialistas propusieron la solución de los problemas de una sociedad en expansión industrial.

    En Inglaterra, el socialismo empezó con ROBERT OWEN, propietario progresista y director de una fábrica. Era un firme creyente en la doctrina que, partiendo de Claude Adrien Helvetius y David Hartley, aseguraba que el hombre era una criatura de su ambiente, y que podían cambiar su naturaleza cambiando el ambiente. Las teorías económicas clásicas sobre el capital y el liberalismo se inclinaban peligrosamente hacia una mala distribución de la riqueza, al subconsumo y a la pobreza. Esta concepción se acentuó con la aportación de Robert Malthus acerca de la amenaza de la superpoblación que, junto con el optimismo de Adam Smith y Jean Baptiste Say, darán lugar a la teoría del conflicto inevitable entre las clases económicas, basada en el análisis del economista británico David Ricardo. No deja de ser curioso que algunos de los discípulos de Owen (Thomas Hodgskin) y el propio Karl Marx, adoptaran buena parte de las enseñanzas de Ricardo (sobre el origen del valor del trabajo y su concepción de la lucha de clases) y volvieran al campo de la economía clásica para construir una justificación teórica del socialismo.

    En Francia, CHARLES-EDMOND FOURIR propuso una combinación de intuición y claras tonterías, e instaba a una reconstrucción de la sociedad con todo el realismo que cabe esperar de una persona que acudía a su casa a una hora fija cada día, esperando la llegada de algún filántropo que subvencionara sus planes de regeneración social. ETIENNE CABET llegó más lejos, defendiendo la formación de comunidades que se conducirían con arreglo a normas y principios socialistas y que señalarían lo que Owen denominó “el nuevo mundo moral”; esta característica fue la que llevó a Marx y Engels en su momento a desecharlos despectivamente, tachándoles de socialistas utópicos.

    Mayor repercusión tuvo la obra del conde HENRY DE SAINT-SIMON, un intelectual aristócrata venido a menos, que anticipó la moderna sociedad tecnológica, en la que banqueros y empresarios sustituirían a las viejas aristocracias de terratenientes y abogados, donde la remuneración se establecería según la producción social de cada individuo. La influencia de Saint-Simon afectó a Thomas Carlyle y John Stuart Mill en Inglaterra y, a través de algunos discípulos, dio forma a la economía francesa en la aparición de banqueros, industriales e ingenieros, como Ferdinand de Lesseps, el constructor del Canal de Suez. Pero los saintsimonianos también denunciaron la contradicción entre libertad y organización inherente a la teoría política de Rousseau.

    Estas corrientes variadas y fecundas de la doctrina socialista convergieron en la obra de KARL MARX. Nacido en Tréveris, Renania, en 1818, era hijo de un abogado judío, ilustrado y liberal, que se había convertido al luteranismo por conveniencia. Karl estudió derecho en la universidad de Bonn y en Berlín, donde se hizo filósofo o, con más propiedad, un intelectual entusiasta. La obra del filósofo materialista Ludwig Feuerbach sugirió a Marx una vía por la que aportar mayor concreción al hegelianismo, así como una justificación por la acción política: la solución residía en rechazar el espíritu como la fuerza motriz de la evolución y sustituirlo por las condiciones materiales (la economía). El resultado fue el MATERIALISMO HISTÓRICO, sustrato de la obra de Marx, que convirtió en plausible su análisis socioeconómico.

    Mantenido primero por su familia, luego por sus colaboraciones periodísticas, Marx adquirió pronto una reputación de radical violente, y en 1834 se vio obligado a abandonar Alemania. Marchó a París donde participaría en el fermento socialista. En 1844 conoció a FRIEDRICH ENGELS, próspero hijo de un industrial alemán a quien representaba en Inglaterra y que al año siguiente alcanzaría una cierta reputación publicando un análisis sobre la situación de las clases trabajadoras en la Inglaterra industrial. Engels, hegeliano radical y gran divulgador se convirtió en devoto amigo de Marx, al que invitó a dedicar mayor atención al análisis del sistema económico dominante, que habían realizado los economistas ingleses, en especial David Ricardo. Cuando sus actividades le hicieron “persona no grata” huyó de Francia a Bélgica y de allí a Londres.

    En París, Marx se había pasado al comunismo, al ala radical del socialismo. Tras su experiencia revolucionaria de los últimos años del reinado de Luís Felipe de Orleans, Marx había llegado a concebir el proletariado como la negación última de la sociedad burguesa, como la burguesía lo había sido de la sociedad feudal, si bien, hasta que el proletariado estuviera plenamente preparado para vivir en la sociedad comunista final, los dirigentes ejercerían una dictadura, una “revolución permanente”. Llegado el momento, desaparecería el Estado y ocuparía su lugar la asociación libre, el verdadero comunismo.

    Estas ideas quedaron sintetizadas en el MANIFIESTO DEL PARTIDO COMUNISTA, firmado conjuntamente con Engels en la víspera de la revolución de febrero de 1848. Se trata de un esbozo de la dinámica histórica que condujo al triunfo de la civilización burguesa, una denuncia de sus crueldades y vicios, y una llamada al proletariado para acelerar el proceso histórico: “los proletarios nada tienen que perder sino sus cadenas, y en cambio tienen todo un mundo que ganar”.

    Marx llegó a Inglaterra en el mes de agosto de 1848 para centrarse en la elaboración de su vasto tratado económico, “El Capital”, cuyo primer volumen apareció en 1867; los dos volúmenes restantes, menos depurados, no aparecieron hasta después de su muerte. Su principal mérito es su brillante análisis histórico, más que el económico, pues Marx proyectó las categorías de los economistas clásicos hacia el futuro, cuando ya los economistas burgueses hacían estallar las bases de esta economía.

    En su estancia en Londres abandonó el énfasis insurreccional del “Manifiesto”, para preparar a la clase trabajadora para su papel histórico, a una cooperación temporal con la burguesía, al fomento de la actividad sindical y a la aprobación de la legislación social: fundamentó así el socialismo democrático, sin dejar de lado la idea de que la revolución derrocaría a la burguesía. Su obra sería el punto de partida de las distintas teorías socialistas, de la historia económica y de la sociología.

    Otros tres pensadores socialistas pueden considerarse como sus competidores:

• PIERRE JOSEPH PROUDHON. Hijo de obreros, autodidacta, en 1840 escribió un librito titulado “¿Qué es la propiedad?”, a lo que respondía: “la propiedad es un robo”. A pesar de sus magníficas frases y paradojas y de ser un polemista mordaz, defendía la propiedad privada y se oponía al sistema burgués solo porque era injusto y explotador. Pensaba que la victoria del proletariado iba a acaecer gradualmente, merced al establecimiento de un sistema de crédito gratuito, que librara a los productores de la tiranía de los prestamistas y les permitiera hacer frente a las necesidades de cada cual de manera libre. Se oponía al socialismo democrático de Estado inspirado por Louis Blanc, así como al comunismo de Etienne Cabet o del joven Marx. Pero la tensión moral y el individualismo de Proudhon, su hostilidad hacia el Estado, así como su decidido compromiso con las organizaciones obreras francesas, fueron legados para las variantes sindicalista y anarquista de socialismo a finales del siglo XIX y en el XX en Francia, Italia y España.

• MIJAIL BAKUNIN combatía un revolucionarismo romántico profundamente ruso. Reconocía la entidad de Marx en cuanto teórico socialista, tradujo el “Manifiesto” al ruso y fue contratado para traducir también “El Capital”. En cambio se opuso a la centralización preconizada por Marx, al preferir pequeñas unidades a las que había que conferir la libertad de levantarse en defensa de sus propios intereses y, fiel a su índole conspirativa y extravagante, propugnó la idea de revolución violenta que Marx había abandonado de forma tácita a favor de la acción política. Bakunin hizo una aportación vital a los movimientos anarquistas y constituyó una fuente para el terrorismo anarquista.

• FERDINAND LASALLE. Poco original pensador alemán, nacionalista a ultranza y opuesto a Marx en la táctica política a seguir. Creía en el socialismo de Estado y durante los últimos años de su vida, mantuvo una correspondencia constante con Bismarck. Fundó en 1863 el primer partido socialista alemán, antecedente del partido socialdemócrata, hasta su desaparición a manos de Hitler en 1933.

    Los enfrentamientos entre estas tendencias se entablaron en la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) fundada en Londres en 1864. Su fracaso tras la guerra franco-prusiana de 1870 y la Comuna de París, motivó la creación de la llamada “Segunda Internacional” en 1889, donde ya estarían los grandes partidos socialistas nacionales.

    La politización del socialismo tuvo efectos sobre la política social de los países europeos: leyes fabriles, indemnizaciones, seguros de enfermedad y vejez… Este fomento del bienestar y la prosperidad eliminaron la posibilidad de una revolución inminente y obligaron a algunos socialistas a replanteamientos como el “revisionismo” de Eduard Bernstein.

  En Francia y en toda la Europa meridional surgió el SINDICALISMO, procedente de la teoría proudhoniana y de la experiencia sindical, ponía el acento en una economía y en un Estado que se organizarían sobre la base de los intereses económicos, tras una revolución sobrevenida con el recurso a la huelga general.

  La Gran Guerra supuso la victoria del nacionalismo sobre la solidaridad de clase y sobre el internacionalismo de Marx, dejando abierta la vía del comunismo.

CINE

Son centenares las películas de temática romántica, me he permitido copiar estas reflexiones vertidas en un blog denominado The Curated crew por su  autor, Antonio.

“El séptimo arte guarda una relación especial con la literatura, y es usual ver que algunos textos no se queden solo en el papel. Durante el siglo XVIII y el siglo XIX, particularmente, se escribieron libros de tal envergadura que cien años después, se volvieron éxitos rotundos en la gran pantalla.House of Usher (1960),The man in the iron mask (1998)yLos Miserables (2012)son algunos ejemplos de las adaptaciones que capturan lo mejor de aquel periodo.

La primera película está basada enEl hundimiento de la casa Usher, del mítico Edgar Allan Poe. La importancia de su autor durante el Romanticismo se debe al hecho de que fue el único, hasta ese entonces, capaz de defender la libertad y los sentimientos individuales, dejándoles los pelos de punta a todos con sus cuentos.

Esta pieza fue llevada al cine en 1960, por Roger Corman y contó con la participación de Vincent Price y Mark Damon, este último ganador del Golden Globe por su papel de Philip Winthrop. 20 años más adelante se replicaría la producción sin mucho éxito. La cinta de terror, refleja el irracionalismo de Roderick Usher al igual que Poe en su texto, una característica ineludible del movimiento romántico.

Por su parte,The man in the iron maskestá basada en la obraEl vizconde de Bragelonne, último libro de la trilogía deLos tres mosqueterosescrita por Alexandre Dumas (padre), y también en una leyenda urbana deLa Revolution. Randall Wallace fue el responsable de adaptar la historia del francés, y estrenó la cinta protagonizada por Leonardo Di Caprio en 1998.

A pesar de que no fue exitosa en taquilla, y que los mosqueteros parecían “un oxidado trío de jubilados de la edad media” como afirmó en su momento el Washington Post, la película carga con un par de detalles sobresalientes.

En primer lugar, posee escenarios intensos y paisajes naturales bellísimos. Además, carga con esa nostalgia que significa llevar la historia de a Athos, Aramis, Porthos -y D’Artagan- al cine, personajes clásicos de los franceses y su nacionalismo.

En ese sentido, no es diferente a la obra de Victor Hugo. Pues la historia deLes Misérables,escrita en 1862, personifica aspectos de la vida individual de cualquier sujeto de la época. Llegó a ser tan importante, que tuvo múltiples adaptaciones en el teatro, y posteriormente en el cine a lo largo del siglo XX.

Tom Hooper se encargó de adaptar un musical de 1980 basado en la novela, y de que Hollywood se adhiriera a este proyecto. El resultado final fue un drama musical llevado a la gran pantalla a finales de 2012, con actores de renombre como: Anne Hathaway, Russell Crowe y Hugh Jackman. Además la película se llevó 3 galardones en la ceremonia de los Oscar ese año; a mejor actriz de reparto, mejor sonido y mejor maquillaje.

El director de películas comoEl discurso del reyyLa chica danesasupo enriquecer esta valiosa novela, a través de una forma diferente de contar la historia. Sin embargo, hay quienes piensan que por arriesgarse con ello dejo de lado aspectos más relevantes que aparecen en el propio libro. Algo que está mal para quienes pasan por alto que es la adaptación de la adaptación.

Si bien es cierto que los tres ejemplos son muy diferentes, hay algo que los relaciona estrictamente: Aquellos personajes narrativos del Romanticismo influenciaron la realidad y los principios de las personas. Los escritores de la época estaban más allá del bien y del mal, pues con sus obras hicieron parte de una importante revolución cultural.

A su vez, el cine permitió ver más de cerca con lo que estalló este movimiento. Permitió conocer el contexto donde surgía esta nueva forma de pensamiento. E incluso, permitió leer entre líneas las reflexiones de los personajes, que se volcaron a la realidad en aquella época; el sentir de manera irracional y a flor de piel, el sentido de libertad absoluta, el orgullo desmesurado por una nación, y sobretodo el deseo de dejar de serles miserables”.

Películas de corte socialista también están muy representadas. Valgan estos ejemplos: “Capitalismo, una historia de amor” de Michael Moore; “Sambizanga”, de la angoleña Sarah Maldoror; “El club de la lucha”, del excelente David Fincher; la chirriante “Teléfono rojo, volamos hacia Moscú” de Kubrick; “Machuca” , del chileno Andrés Wood; “Inside Job” de Charles Ferguson; la muy conocida “La batalla de Chile” de Patricio Guzmán; “Norma Rae” de Martin Ritt; la portuguesa “Días cinco, cinco noches” de José Fonseca e Costa; “El fin de San Petersburgo” del gran Pudovkin; “The edukators” de Hans Weintgartner; “Los santos inocentes” de Mario Camus; “Queimada” y “La batalla de Argel”del italiano Gillo Pontecorvo; la curiosa “Matewan”, de John Sayles; la estupenda “Y también la lluvia”, de Icíar Bollain; la oscarizada “Diarios de motocicleta”, de Walter Salles; “La huelga” y “Octubre” del pionero Eisenstein; la larguísima “La mejor juventud” del italiano Tullio Giordana; la populista “Che” de Steven Soderberg; “Estado de sitio” del muy comprometido Costa-Gavras; “El viento que agita la cebada”, de Ken Loach; “Apocalupse Now”, de Francis Ford Coppola; “Rojos”, del insólito Warren Beaty; la descarnada “Los lunes al sol”, de Fernando León de Aranoa; “El odio” de Mathieu Kassovitz; “La sal de la tierra”, de Herbert J. Biberman; “Noveccento” de Bertolucci; o “Las uvas de la ira” de John Ford.


EL MADRID DEL HIERRO (Síntesis del trabajo de María Rosa Sardá: “Hierro y arquitectura en el Madrid del siglo XIX”)

Escrito por Decineporlahistoria 03-06-2016 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

1. La llegada de la tecnología del hierro a España.

     Se produce en el último tercio del siglo XIX. Causa del retraso: la concatenación de guerras napoleónicas, pérdida de colonias ultramarinas, guerras carlistas, inestabilidad política…

  Durante la regencia de María Cristina se realizan los primeros intentos:

• En 1832, Manuel Heredia construye los primeros altos hornos en Marbella (Málaga): La Constancia y la Concepción o Río Verde. Utiliza el sistema inglés de fundición, pudelado y reverbero con carbón vegetal. En 1840 tenía 2.500 empleados y podía producir unos 300.000 quintales de hierro (magnetita de Ojén), aunque la demanda española apenas llegaba a los 100.000.

    • En 1841, Juan Giró pone en marcha el alto horno de El Ángel (Málaga).

• En 1844, el ingeniero Elorza se encarga del proyecto de alto horno de El Pedroso (Sevilla).

  Será en el reinado de Isabel II cuando se instale el primer horno de coque (1848) en España (Mieres, Asturias). La razón principal de esta ubicación es la existencia de cuencas carboníferas en Asturias y León. Se pondrán en marcha instalaciones de fundición de hierro en La Felguera (1859) y Vega (1859).

  Seis años más tarde se abrirá el alto horno de Bolueta en Vizcaya, seguido, en 1879, por el de Sestao.

  Ya en la Restauración, la producción de acero se traslada definitivamente a Vizcaya. En 1885 se produce el primer lingote de acero Bessemer. El primer alto horno Siemens-Martin se construye en 1888/1889.

  La producción de acero en el periodo isabelino se vio incentivada por el desarrollo del ferrocarril (1848, 1851, 1855…)

  En el ámbito arquitectónico la siderurgia influyó en un doble sentido:

  • En la producción de elementos estructurales en serie.

  • En el abaratamiento de los costes.

2. La sociedad madrileña y el hierro.

     En la segunda mitad del siglo XIX, la sociedad madrileña se distinguió por su carácter emprendedor y progresista, y no es de extrañar que aceptara el hierro al identificarse con sus cualidades de innovación y lo adoptara como símbolo de futuro. En consecuencia, las fábricas comenzaron a fundir todo tipo de elementos arquitectónicos y decorativos: pilares, columnas, vigas, armaduras de cubierta, marquesinas, voladizos, balaustres, zócalos, frisos, montantes, remates, lámparas, farolas, urinarios, quioscos, mesas, sillas, camas candelabros, jarrones o bancos.

  Madrid fue poco a poco vistiéndose de hierro, sobre todo durante la Restauración.

3. El hierro como material ornamental.

    Al principio se introduce en los balcones en sustitución de las antiguas celosías de madera. Los huecos en la fachada vienen dotados de un pequeño voladizo (balcones), que se irá multiplicando conforme aumenta el número de plantas; de baja más dos plantas y buhardilla de principios del siglo XVIII, hasta seis o siete plantas de finales del XIX.

  En el periodo isabelino los edificios se estructurarán en cuerpo basamental, piso principal, pisos secundarios y coronación con sotobanco. Ya durante la Restauración se introducirá el piso entresuelo.

  La arquitectura utilizó el hierro como signo de distinción y, por eso, fue empleada en elementos externos, singularmente en balcones, pasando sus formas de rectilíneas y sobrias a finales del siglo XVIII a curvas e imaginativas de mediados del siglo XIX. A partir de los años setenta se introducirán los estilos históricos neogriego y neogótico, así como el muy apreciado neorrenacimiento. Como ejemplos: el palacio del marqués de Salamanca (Narciso Pascual y Colomer) o el palacio Dóriga (Francisco de Cubas, Recoletos, 15). La influencia francesa trajo el neobarroco (estilos Luís XIV, XV y XVI), que se observa en el palacio del Marqués de Casa-Riera (Rodriguez Arias, Alcalá, 44, pegado al Círculo de Bellas Artes). Lo neomudéjar lo contemplamos en las Escuelas Aguirre (Emilio Rodriguez Ayuso).

  Los miradores de hierro y metal no aparecerán hasta la segunda mitad del siglo XIX en los huecos de planta principal y segunda, con lo que el balcón se incorporará al interior de la vivienda, siendo, además, un signo de distinción de la fachada.

  Además de balcones y miradores, el hierro conquistó los montantes de las entradas a los portales, las puertas, las cajas de escalera, los cierres de ascensor, las galerías interiores y las lámparas y candelabros de las fachadas, como ocurre en el Ateneo de Madrid, la Bolsa o el Banco de España.

  4. El hierro en el medio urbano.

    Madrid tuvo como modelo a París. A partir de mediados del siglo XIX las condiciones fueron favorables: mejora de la economía del país, asentamiento en la capital de una desahogada clase burguesa y el poder institucional, y la demanda de lugares de recreo y diversión. Todo ello propició la aparición de nuevos espacios urbanos y mejora de los existentes. El resultado es un cambio en la fisonomía de la ciudad, más cercano al de otras capitales europeas.

  Una de las primeras intervenciones de embellecimiento fue el Paseo o Salón del Prado, proyecto de 1842 del arquitecto municipal Juan José Sánchez Pescador, que incluía verjas de hierro fundido sobre piedra berroqueña, que dividía las zonas de paseo de cohes y caballos, balaustradas, bancos, lámparas, además de arboleda y vegetación.

  Desde mediados del siglo XIX, las plazas comenzaron a ajardinarse siguiendo el modelo de plaza inglesa, con estatuas en el centro, jardinillos alrededor y una pequeña cancela o verja rodeando el conjunto: estatua ecuestre de Felipe IV, de Felipe III, la de Hernán Cortés (Plaza del Progreso), la de Cervantes (Plaza de las Cortes) o la de Quevedo. Mientras plazas y paseos completaban su fisonomía con bancos, farolas, quioscos, urinarios… Como ejemplo, la Puerta del Sol.

  En 1868, tras la caída de Isabel II, el Retiro se abrió al público. El ayuntamiento comenzó su embellecimiento, sustituyendo las cercas por verjas de hierro, con espléndidas puertas de entrada. El proceso continuaría hasta finales del siglo XIX, interviniendo arquitectos como Agustín Peyró y José Uriarte y Velada.

  El cerramiento sirvió de ejemplo a palacetes como el del marqués de Salamanca, el de Buenavista, los del marqués de Villamejor (Castellana, 3), de los duques de Santo Mauro (Zurbano 36), del duque de Zabalburu (Marqués del Duero, 7), del marqués de Cerralbo (Ventura Rodríguez, 17). Y en edificios institucionales como la Biblioteca Nacional y el Museo Arqueológico, el antiguo Ministerio de Fomento  , el Banco de España, las iglesias de San Manuel y San Benito (neobizantino, 1902-1910, Fernando Arbós y Tremanti, Alcalá, 83) y la de la Concepción (neogótico, 1912-1914, Giménez Corera, Jesús Carrasco, Goya, 26), la Real Basílica de Nuestra Señora de Atocha, las Escuelas Aguirre (neomudéjar, 1886, Rodríguez Ayuso, Alcalá, 62)…

  Madrid se cubrió de hierro.

  5. La arquitectura del hierro.

    España entró tarde y de forma moderada. No obstante, Madrid llegó a contar con algunos notables ejemplos de edificios en hierro y cristal. Por desgracia, gran parte de estas obras han desaparecido.

  En un principio, la arquitectura del hierro estuvo relacionada con grandes pabellones destinados a exposiciones, mercados, invernaderos, estufas y estaciones. Además, se construyeron grandes armaduras de hierro y cubiertas (cúpulas y bóvedas rematando patios, galerías, bibliotecas) y el antiguo viaducto de la calle Segovia.

  Las primeras construcciones estuvieron destinadas al uso de mercado. En 1867, cuando el ayuntamiento de Madrid decidió realizar dos mercados, uno en la plaza de La Cebada y otro en el solar resultante de la demolición del convento de Los Mostenses (Plaza de los Mostenses, espaldas Gran Vía), se quiso seguir el criterio parisino de Les Halles, optando por el hierro y el cristal. Ambos mercados, proyectados por el arquitecto Mariano Calvo y Pereira, se iniciaron en 1870.

  El de la Cebada tenía una base o zócalo de ladrillo de la que nacía una estructura de finas columnas de fundición, rematadas con arquerías de medio punto. El edificio mantenía una decoración clasicista y un lenguaje industrial. El de los Mostenses era muy similar. Ninguno existe actualmente.

  En 1875 se inauguró el mercado de Olavide, de menores dimensiones y ambición constructiva, también derribado. El único ejemplo que ha llegado hasta nuestros días es el mercado de San Miguel, realizado entre 1912 y 1916 y proyectado por Alonso Dubé Díez. Cuenta con sótano para almacenar alimentos y una planta baja donde se ubican los diferentes puestos de venta. La estructura está formada por columnas de fundición con capiteles jónicos y estrías en el fuste. Sobre los pilares se apoya una armadura de cubierta que conforma unas naves sobre los pasillos de circulación, con penetración de luz por la parte superior. Mezclando ornamentación clasicista y funcionalidad industrial.

  Los pabellones de exposición son las construcciones más emblemáticas del siglo XIX y origen de la arquitectura del hierro. Nacidos con motivo de la primera exposición universal de Londres de 1851. Paxton realizó el primer modelo de pabellón invernadero o pabellón estufa, realizado en hierro y cristal. Su éxito hizo que estos pabellones se convirtieran en el símbolo de la modernidad.

  Madrid no fue ajena a esta moda; aunque no llegó a ser la sede de una gran evento universal, sí celebró en la década de los ochenta algunas exposiciones nacionales que dejaron como herencia algunos pabellones actuales:

— De la Exposición Nacional de la Industria y las Artes, tenemos el actual Museo de Ciencias Naturales y Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales.

  — De la Exposición Nacional de Minería tenemos el actual Palacio de Velázquez del Retiro.

—De la Exposición de Filipinas nos ha quedado el Palacio de Cristal (Retiro).

  Los dos primeros son construcciones convencionales. El hierro se reserva para la cubierta, con cúpulas y cierres de armadura férrica, cristal y cinc. El de la Exposición Nacional de la Industria fue diseñado por Fernando de la Torriente. La construcción finalizó en 1889, ya fallecido su autor y sustituyéndole Emilio Boix: cuenta con un pabellón central y dos alas laterales a modo de galerías, que terminan en dos pabellones en los extremos. La cúpula central se realiza en hierro y cristal. Las cubiertas fueron traídas de Bélgica.

  El Palacio de Velázquez fue realizado por el arquitecto Ricardo Velázquez Bosco para la Exposición Nacional de Minería de 1883. También presenta pabellón central, torreones en los extremos y galerías de unión con fachada de fábrica y decoraciones de azulejería. La planta es rectangular y sin divisiones internas al margen de los 4 torreones de los extremos. Es pues, un pabellón diáfano. Las cubiertas son de hierro. El ingeniero calculista fue Alberto de Palacio y el artífice del hierro fue Bernardo Asins.

  Los tres trabajarían en el Palacio de Cristal, realizado para la Exposición de Filipinas de 1887. Velázez y Bosco lo diseñó según el modelo de invernadero de hierro y cristal y adoptando procedimiento de prefabricación, terminando la obra en cinco meses. Las piezas de fundición se realizaron en la fábrica Alonso Millán y Cía de Bilbao y su ensamblaje lo hizo Bernardo Asins (formado en París, fue Cerrajero de la Casa Real. En 1867 fundó la Casa Asins, que en 1890 llegó a tener 100 operarios, llegando a los 200 a principios del siglo XX. A él debemos las verjas de la Biblioteca Nacional, los herrajes del Banco de España y del Ministerio de Fomento, además de colaborar en las mejoras de San Francisco el Grande y del Palacio de Buenavista).

  El Palacio de Cristal tuvo como fin servir de invernadero de plantas y flores exóticas provenientes de Filipinas. Es todo de hierro y cristal, con arquerías de hierro cerradas por vidrio y sostenidas por columnas jónicas, con volutas en los capiteles, que se completan con una roseta en el centro de su enrollamiento y en otras se transforman en grecas.

  Las cubiertas de hierro y cristal son bóvedas de cañón que convergen en una cúpula de 24 metros de altura en el punto central. La planta adopta una distribución que recuerda el crucero y el ábside de una iglesia gótica. Su ambiguo eclecticismo hizo a Velázquez Bosco realizar un pórtico de columnas y semicolumnas de orden jónico, con dos pequeños pabellones en los extremos coronados todo ello con balaustradas. Los detalles decorativos son de predominancia clásica, como palmetas, gárgolas, rosetas, guirnaldas, relieves de cabeza… azulejería de los hermanos Zuloaga. El Palacio se complementa con un pequeño lago que refuerza la imagen etérea del pabellón. Pese a su monumentalidad, se trata de una obra de pequeño tamaño, con un área de 2,500 metros cuadrados (55.000 tiene el Cristal Palace de Londres).

  De los años setenta son dos proyectos de pabellones estufas que no llegaron a construirse. Uno de ellos es un edificio para conciertos firmado en 1876 por el arquirtecto de Edimburgo, R. Morham. El “Concert Hall” tenía 60 metros de longitud y 30 de altura, en hierro y cristal. El interior se concebía como un circo, con gradas en todo el perímetro, un corredor en la parte superior y una zona de escenario en una de las cabeceras de la planta ovalada.

  Un segundo caso es el del proyecto del “Skating Rink” para el Retiro, también de 1876. Fue iniciativa de Juan de Bustelli Toscolo, duque de Marignan, que deseaba un establecimiento de recreo y gimnasia. Pero no llegó a tener la aprobación del Ayuntamiento madrileño.

  Interesante fue también el proyecto de estufa que propuso el arquitecto Francisco Jareño en 1883 para el jardín botánico de la Universidad Central (más tarde Instituto Cardenal Cisneros).

  La burguesía madrileña también incorporó pabellones invernaderos en sus nuevas residencias:

— Invernadero mandado construir por el marqués de Salamanca. Hecho en Londres, pasó al ayuntamiento de Madrid en 1876, que lo instaló en la Rosaleda de El Retiro (desapareció durante la Guerra Civil).

— En el palacete del marqués de Zabalburu, el arquitecto Luís de Landecho añadió, ya entrado el siglo XX, una estufa de hierro y cristal en su parte posterior.

  Las casas de vecinos también utilizaron estas estructuras como remate superior del edificio a modo de última cubierta. Tal es el caso de la propuesta para la casa den Costanilla de los Ángeles nº 2, con fachada a la calle del Arenal, con arcos de medio punto, palmetas, flor de lis… Más modestos son los ejemplos de la casa de Rafael Colás en la calle Alcalá 31 (1883, Sainz de Lastra) y la de la calle Mayor nº 73 (1884, Fernando de la Torriente). En ambos casos, una galería de hierro y cristal, como pabellón invernadero, culmina el edificio. Todavía se puede contemplar la casa de la Cava Baja con vuelta a plaza de Herradores.

  Como proyectos curiosos están los presentados para realizar una galería de la Puerta del Sol, denominada Galería del Príncipe de Asturias, don Alfonso, y otro para cubrir la Plaza Mayor.

  Las construcciones de hierro de mayor envergadura son, sin duda, las estaciones. Madrid cuenta con 3 magníficos ejemplos:

— La primera, en estricto orden temporal, fue la del Norte o del Príncipe Pío, de las Compañía de los Caminos de Hierro del Norte. El proyecto, de 1877, corrió a cargo del grupo de ingenieros de la Compañía, firmado por el francés Biarez. Pese a ser una estación término, el edificio adopta el esquema propia de una estación de paso, disponiéndose paralelo a las vías. Sobre estas, se realiza una gran cubierta de 40 metros de luz, calculada por el ingeniero Mercier en 1881 con el sistema de cuchillos Polenceau, todavía con tornapuntas y tirantes. De estilo francés, por sus formas y dimensiones. A comienzos del siglo XX se amplía la cubierta por el ingeniero Gasset y, posteriormente, en 1926, se construirá un edificio en la cabecera. 

— La estación de las Delicias es prácticamente coetánea a la anterior, pues se inicia en 1878, siendo su cubierta sobre los andenes más antigua. A esta estación llegaba la línea Madrid-Ciudad Real-Badajoz, luego Madrid-Cáceres, Portugal. Será el ingeniero francés Èmile Cachelievre el autor del proyecto. La inauguración tendrá lugar en 1880. Dos pabellones paralelos a las vías y una gran cubierta sobre las mismas y los andenes es el esquema elegido, siendo también una estación de paso y no de término, como debería. No obstante, presenta un frontal de remate de la estación con un gran tímpano de cristal sobre las puertas de entrada. La cubierta es de gran envergadura, 175 metros de largo, 35 de ancho y 22 de alto, Cachelievre utilizó un sistema estructural de cuchillos metálicos, conocido como sistema De Dion. La estación de Delicias recibe luz por la parte superior de los paramentos laterales. Para ello, la nave sobre las vías y andenes es de mayor altura que los pabellones laterales de fábrica y hierro, sobresaliendo sus paramentos de hierro y cristal. Apenas tiene ornamentación. Actualmente, tras su cierre al transporte ferroviario en 1971 se ha reconvertido en Museo del Ferrocarril y Nacional de la Ciencia y de la Técnica.

— La estación de Atocha o de Mediodía, de la Compañía de los Ferrocarriles Madrid-Zaragoza-Alicante, sustituye a la anterior por insuficiente. La Compañía encargó al arquitecto e ingeniero bilbaíno Alberto de Palacio un proyecto que firma en 1889. Es una estación término o cabecera de línea, organizada mediante dos pabellones laterales paralelos a las vías y un cuerpo bajo uniendo ambos en la fachada que da a la plaza de Carlos V o glorieta de Atocha. Sobre este cuerpo bajo se muestra el gran frente de la enorme cubierta de andenes y vías, la imagen más significativa de la estación. La estructura de la cubierta fue calculada por el ingeniero Henry Saint James, también con el sistema De Dion. La cubierta presenta sección de casco de nave invertido ligeramente curvado y está formado mediante una sucesión de arcos estructurales de hierro roblonado, apuntados rebajados y una estructura secundaria también metálica. Todo ello se recubre con cristal a lo largo del centro de la nave y cinc en los laterales. La parte superior de los paramentos laterales presenta la entrada de luz. Las dimensiones de la cubierta son notables: 48 metros de luz, 152 de longitud y 27 de altura. La espacialidad interna es impactante y se enfatiza con la gran fachada acristalada de su frente de cabecera, tal como se ve en otras grandes estaciones europeas como Saint Pancras (Londres) o La Gare de L’Est y la Gare du Nord (París). Esta fachada transparente cierra el frente principal, dotando al conjunto de gran armonía. El cuchillo queda expuesto y se integra con los hierros decorativos del muro acristalado. La fachada se corona con crestería y grifos y preside el conjunto un globo terráqueo. Otra pieza acristalada forma el frente trasero de la zona de andenes y vías. La estación se finalizó en 1892, siendo construida por una empresa belga, la Société Anonyme de Construction et des Atelliers de Willebroeck. En 1985-1992 sufrió una remodelación, quedando la antigua estación como hall de la nueva.

  También existen en Madrid ejemplos de edificios que combinan formas tradicionales al exterior, con interiores de hierro y cristal. Algunos se destinaron a espectáculos públicos, necesitados de espacios de gran amplitud, con buena visibilidad, como el Nuevo Circo Teatro Price, obra del arquitecto Ortíz de Villajos, del año 1880. El espacio central estaba formado por una sala poligonal de 16 lados y una interior de 8 lados, con cubiertas de diferentes alturas sobre delgadas columnas de fundición. Por desgracia, fue derribado, al igual que sucedió con el Gran Panorama Nacional (Al comienzo de La Castellana), edificio destinado a muestra de grandes reproducciones de paisajes y monumentos españoles. Fue diseñada por Saínz de la Lastra en 1881.

  Otros ejemplos son la antigua Plaza de Toros (Fuente del Berro) de Rodríguez Ayuso y Álvarez Capra; el demolido frontón de Fiesta Alegre (cines Madrid, plaza del Carmen), del arquitecto Francisco Andrés Octavio o el todavía en pie, pero con gran deterioro, frontón Beti-Jai (Marqués de Riscal, 7) de Joaquín Rucoba Octavio de Toledo (1893-1899).


PALABRAS MALDITAS

Escrito por Decineporlahistoria 11-05-2016 en CRÍTICA TEATRO. Comentarios (0)

La hacen en la sala Margarita Xirgú del Teatro Español (eso sala, porque teatro no es y, desgraciadamente, se nota, por esa sensación de amateurismo que conlleva, por mucha posmodernidad que denote y muy antiguo sea mi pensamiento, aspectos estos que como decíamos antaño, me la refanfinflan) y eso la lastra. La obra merece representarse en un escenario más complejo porque tiene entidad, otra cosa es que guste más o menos, o que consiga sus propósitos (nadie hace nada por nada). 

Y es que estamos ante un estupendo flashback, bastante conseguido. Una poetisa de origen gallego y que ha labrado su fama en México, es entrevistada por una joven periodista a la que cuenta las causas que le llevaron al contacto con Erato y el posterior reconocimiento internacional. En un momento determinado la periodista le pregunta sobre su seudónimo Vicente Rincón y ella, sorpresivamente, le dice que tal persona existe... o existió. Y, entonces, comienza la historia. Independientemente de que no me gusta que los actores entren y salgan en oscuro en los cambios de escena, en este caso tiene un pase porque no les queda otra, dada la cutrez del "teatro". Así, los cambios se hacen con oscuros y con un trajín de tazas de café que sorprende que no se caigan o que los actores no tropiecen en sus desplazamientos. Dejando de lado las cuestiones de puesta en escena (nada del otro mundo, por cierto), y centrándonos en un texto que fue accésit al Lope de Vega, indicar su corrección (el autor, Eduardo Alonso, ha leído mucho teatro y ha visto mucho teatro, también lo ha dirigido y se nota), su carga emocional indudable y su visita a sitios comunes con los que el público se identifica. Dicho esto y por esos sitios comunes la historia resulta previsible desde el principio (sabemos qué va a pasar en el encuentro entre la prostituta y el profesor de francés perseguido por los falangistas), pero no importa, porque el texto es estupendo, las interpretaciones muy ajustadas (quizá sobreactuada Sara Casasnovas y pelín floja Luma Gómez), especialmente la de Miguel Insúa, y las situaciones se dejan ver, aunque no las sepamos de memoria, porque ya las hemos visto y vivido en otras obras, en otras novelas o en otras películas. 

La vuelta al trasfondo de la posguerra resulta, por un lado, cargante, por su maniqueísmo, pero, por otro lado, edificante, porque de alguna manera puede ser una metáfora sobre la carga que supuso para la creatividad literaria y para la intelectualidad no solo la guerra civil, sino y, sobre todo, el sesgo que adoptaron los vencedores, obligando al exilio a mentes extraordinariamente lúcidas que se perdieron irremediablemente para una España que necesitaba encontrarse a sí misma.

Función que merece verse, pero no en esas condiciones.

CALIFICACIÓN:    

Y LA CASA CRECÍA

Escrito por Decineporlahistoria 11-05-2016 en CRÍTICA TEATRO. Comentarios (0)

La vi de chiripa y me gustó. Jardiel Poncela renacido, me dije, porque entra de lleno en el género del teatro de lo absurdo, nacido como una crítica contra la ambición humana y la esclavitud que conlleva. Y dicho esto, que se me antoja un perfecto resumen, decir que asombra en casi todo. Espectacular la escenografía (la casa crece de verdad, se multiplican las habitaciones, la altura de las columnas, los espacios de representación), los giros de guión (valga el ejemplo cinematográfico por su fácil traslación al séptimo arte), los enredos y situaciones. Los actores están más que correctos, bien elegidos y dirigidos por el propio autor, Jesús Campos. El texto, en resumen, asombra, y, aunque pretenda hacer reír con la absurdez de la historia, no siempre lo consigue porque algunos gagas no funcionan del todo, sobre todo, cuando te das cuenta de que la casa crece y ya no hace falta insistir en la abundancia de habitaciones y, especialmente, en el tramo final, con esa especie de moraleja de andar por casa sobre la ambición de los poderosos expuesta físicamente por personajes históricos, que elevan lo absurdo a grado sumo. Merece la pena verse, aunque sea por la calidad escenográfica. No obstante, la historia, a mi juicio, decae al final, porque se fuerza en exceso la situación. Recomendable.

CALIFICACIÓN:    

EL LIBRO DE LA SELVA

Escrito por Decineporlahistoria 11-05-2016 en CRÍTICA DE CINE. Comentarios (0)

Jon Favreau es un director especializado en grandes producciones plagadas de efectos especiales y le ha ido bien, porque ha repetido dos veces con Iron Man (en la tercera fue el productor). Tanto "Elf", como Zathura", sus primeros films, no dejan de ser unas aproximaciones, que explota en "Aliens & Cowboys", ese engendro que funciona por su ritmo y acción, pero que carece de pies y, sobre todo, de cabeza y que confirma en este acertado "Libro de la selva", todo el construido digitalmente en estudio y que mantiene el encanto de la película original de Disney. Aunque el niño (Mowgli) resulta algo soso al principio, con el avance de la historia se va entonando y, al final, resulta hasta creíble su hazaña contra Shere Khan. Chocan las proporciones de los animales, el orangután convertido en Gigantopithecus prehistórico y el desmesurado tamaño de la serpiente Kaa, una especie de anaconda descomunal trasladada a la selva indostánica. También produce cierto recelo la facilidad con la que algunos animales hablan (no sé por qué no lo hacen todos y algunos hasta cantan), pero te acabas acostumbrando porque entras en el juego con facilidad, dada la fascinación de las imágenes. El ritmo es trepidante (las casi dos horas te parecen cortas), las situaciones se enlazan con la armonía de los clásicos, nada chirría en exceso y todo resulta creíble, por más increíble que pueda parecer. Es la magia Disney hecha carne. Película familiar que busca el entretenimiento y lo consigue. No esperéis otra cosa. Me gustó.

CALIFICACIÓN: