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17. EL NACIONALISMO: ITALIA Y ALEMANIA.

Escrito por Decineporlahistoria 24-11-2016 en CURSO DE HISTORIA. Comentarios (0)

17. EL NACIONALISMO: ITALIA Y ALEMANIA.

  El término nacionalista se había utilizado a finales de la Edad Media y durante la era moderna, a veces, para designar la unidad lingüística y otras la unidad geográfica o estatal de determinadas poblaciones. Sería el siglo XIX quien lo definiría como una agrupación característica por su unidad cultural e histórica, que había de tener una plasmación política efectiva. Esta idea era revolucionaria porque hasta ese momento la única legitimidad política la otorgaba la monarquía. No es extraño que “democracia” y “nacionalismo” fueran de la mano desde la Revolución francesa.

  Bajo una base cultural común (habla, costumbres, colectividad…) el nacionalismo tradicional, fomentado por los idealistas y románticos de la primera mitad del siglo XIX, desembocó necesariamente en nacionalismo político, y se convirtió en un elemento fundamental de disgregación política, cultural y económica de la civilización europea occidental.

  Fueron los poetas, los historiadores, los eruditos y los profesores universitarios (la “intelligentsia”) los que antecedieron a los políticos nacionalistas. Esta nueva corriente tuvo manifestaciones opuestas según los pueblos. En Alemania e Italia se mostró con carácter unificador; en otros como los imperio austriaco o turco dio síntomas disgregadores. En los demás estados tuvo mayor complejidad ya que junto al exaltado nacionalismo se produjo un fenómeno segregacionista tímido: agitación irlandesa en el Reino Unido, felíbrige (asociación literaria) provenzal en Francia, la “Renaixença” catalana en España, la existencia de mentalidades nacionales diferentes (Polonia, Ucrania, Finlandia…) en Rusia.

  De este modo, el nacionalismo se convirtió en una fuerza política fundamental a lo largo del siglo XIX; primero vinculado a los movimientos de izquierda y, a partir de 1848, coincidiendo con el auge de la burguesía y el desarrollo imperialista, a los de derecha.

  Rusia y el Segundo Imperio francés.

  Para la realización nacionalista era necesario que cambiase la política internacional nacida del Congreso de Viena. De Rusia no podía esperarse que abandonara su política autocrática y fue Francia quien se convirtió en la protectora de los movimientos nacionales. En este enfrentamiento de voluntades, la Guerra de Crimea fue decisiva.

  Desde la insurrección “decabrista” (decembrista, 1825), la experiencia subversiva de Polonia (1830) y las alteraciones europeas de 1848, Rusia había acentuado las medidas de represión y policía, tanto por lo que respecta al alejamiento de Occidente como a la vigilancia de las enseñanzas universitarias. Sin embargo, no era consciente de las diferencias en aumento que existían con la realidad social, tanto por la aparición del proletariado en las grandes ciudades, como por la insostenible situación de servidumbre del campesinado. Tal situación convertía a Rusia en un gigante con pies de barro por su débil modernización y por la endeblez de sus estructuras.

  En Francia, el golpe de Estado de 2 de diciembre de 1850 dado por Luís Napoleón  contra la Asamblea, seguido por la detención de los líderes monárquicos y del aniquilamiento de la insurrección popular, dio paso al llamado “régimen de los africanos” o de “los generales” (Saint Arnaud, Canrobert, Espinasse), que habían apoyado el golpe, junto con la gran burguesía que lo había financiado. El régimen alcanzó su plenitud con la Constitución de enero de 1852, réplica de la Consular del año VIII: presidente con amplias atribuciones, Senado por él nombrado con capacidad legislativa, Asamblea elegida con funciones limitadas y un Consejo de Estado, principal órgano de gobierno y de la administración francesa. Un plebiscito amañado (noviembre de 1852) condujo a la proclamación imperial de dos de diciembre, como Napoleón III.

  El nuevo emperador practicó una política nacional en el interior y nacionalista en el exterior. Apoyado en una amplia base social (católicos moderados, campesinos, obreros) pudo llevar a cabo planes económicos, industriales y técnicos de envergadura. Recuperó la idea imperialista y defendió el nacionalismo que habría de acabar con los imperios tradicionales y contribuiría a la unificación de Italia y Alemania, tan contraria a los intereses franceses anteriores y posteriores.

  La Guerra de Crimea y el Tratado de París de 1856.

  En 1852, la cuestión suscitada por la discrepancia entre los monjes católicos y los ortodoxos en los Santos Lugares de Palestina complicó las relaciones franco-rusas. A pesar de las concesiones hechas por Napoleón III, el zar Nicolás I decidió exigir del gobierno turco la concesión a Rusia del protectorado sobre la Iglesia y la población ortodoxa del imperio otomano. Al no obtener satisfacción a sus demandas, el zar ordenó la invasión de los principados danubianos. La derrota turca en la bahía de Sinope (noviembre de 1853) decidió a Francia e Inglaterra a declarar la guerra a Rusia el 27 de marzo de 1854.

  La neutralidad de Austria y Rusia dejó a Rusia completamente aislada. La guerra tuvo un solo escenario: la península de Crimea y la plaza fuerte de Sebastopol. Las operaciones duraron de mayo de 1854 a septiembre de 1855, acabando con el triunfo aliado. El Tratado de paz de París (30 de marzo de 1856) estableció la integridad territorial de Turquía, la libre navegación por el Danubio y la neutralización del Mar Negro, debilitando la posición rusa en el Mediterráneo oriental. También supuso la declaración de autonomía de los dos principados danubianos, Moldavia y Valaquia, garantizada por las grandes potencias (lo que ponía en entredicho la supuesta preservación del Imperio turco).

  La Guerra de Crimea tuvo otras consecuencias, como el aislamiento de Austria al romper su alianza con Rusia, la hegemonía de Francia, el fin de la política conservadora de Nicolás I y la llegada de un nuevo zar, Alejandro III (1855-1881), que promulgó una serie de reformas jurídicas, estableciendo en 1864 asambleas provinciales elegidas por los nobles, los ciudadanos y los campesinos, y otorgando en 1855 la emancipación de los siervos de la gleba de la Corona, y en 1861 de los privados. Rusia había dejado de ser el bastión de la autocracia.

  La unificación italiana.

  La conciencia de la idea nacional, surgida del choque contra el francés, fue ampliada luego por románticos e historiadores como Manzoni o Leopardi. Esta corriente de integración nacional actuó como movimiento revolucionario, por esta causa fue aliada hasta la segunda mitad del siglo XIX con las agitaciones liberales contra los regímenes absolutistas de la península. La figura más destacada de esta concienciación unificadora fue el genovés Mazzini (1805-1872), partidario de una república nacional unitaria. En Mazzini se mezclaron el culto a Roma, el impulso irracional de los románticos y el nuevo culto al pueblo como fuerza natural.

  El continuo fracaso de los métodos revolucionarios dio paso a la idea de la integración por otros caminos, basados en el odio al dominio austriaco y la necesidad de acabar con él para conseguir la unificación e independencia de Italia:

▪ El abate Vincenzo Gioberti postulaba una confederación italiana bajo la presidencia de los papas (neogüelfismo) en su obra “Primacía moral y civil de los italianos” (1843).

  ▪ Un grupo de piamonteses vinculaba a la dinastía de Saboya toda posibilidad de llevar a cabo la unidad de Italia desde un punto de vista liberal moderado.

▪ Cesare Balbo en 1844 (la “Speranza d’Italia) y Massimo d’Azeglio en 1846 (“Gli ultima casi di Romagna”) expusieron la preeminencia de una lucha contra Austria, dirigida por el Piamonte (la “espada de Italia”).

▪ El periódico “Il Risorgimento” (Camilo Benso, conde de Cavour, 1810-1861) urgía a la monarquía de Saboya para realizar su destino histórico.

  Después del fracaso de 1838, solo en Piamonte se conservó la idea nacionalista. Víctor Manuel II (1849-1879) mantuvo la Constitución otorgada por su antecesor y confió el gobierno a nacionalistas convencidos, como d’Azeglio y, desde 1952, Cavour. Este practicó una política de reformas interiores, fomentó el librecambio, reforzó el ejército y logró atraer a la causa a los republicanos. Finalmente, consiguió el apoyo de la Francia de Napoleón III, facilitada por la guerra de Crimea y las negociaciones de París de 1856. En Plombières (21-VII-1858) se reunieron Cavour y el emperador francés, decidiendo obligar a Austria a declarar la guerra y reorganizar la península Itálica: se mantuvieron los estados de Toscana, Roma y Dos Sicilias, Francia recibía Saboya y Niza. Efectivamente, ante las provocaciones del Piamonte, Austria declaró la guerra el 23-IV-1859. Las operaciones militares tuvieron lugar en Lombardía y allí los ejércitos franco-piamonteses vencieron en Magenta y Solferino (junio). Ante la amenaza de la intervención de Prusia, Napoleón III ofreció una salida a Austria, proclamándose la paz de Zurich (11-XI-1859). Austria cedía Lombardía al Piamonte, pero conservaba Venecia. Los italianos se sintieron humillados y Cavour dimitió.

  De nuevo al frente del gobierno (20-I-1860) Cavour cambió de táctica: fomentar motines e insurrecciones contra los gobiernos legítimos. En marzo, las poblaciones de Toscana, Parma, Módena y los Estados Pontificios votaron su anexión al Piamonte. Napoleón III dio su conformidad no sin antes hacerse entregar Saboya y Niza (abril), aumentando la animadversión italiana contra Francia.

  En el reino de las Dos Sicilias, Fernando II (1830-1856) había mantenido las formas tradicionales de gobierno. En abril de 1860 estalló una insurrección contra el nuevo monarca Francisco II. Al frente de la revuelta se puso el aventurero romántico Giuseppe Garibaldi (defensor de la independencia en América del Sur). Apoyado por Cavour, los “camisas rojas” del líder revolucionario partieron de Génova el 5 de mayo de 1860, desembarcaron en Sicilia y se adueñaron de la isla. El 19 de agosto pasaron al sur de Nápoles y ante la pasividad del ejército borbónico se apoderaron del reino. Entonces, Cavour mandó su ejército a través de los Estados Pontificios, llegando a Nápoles. Un plebiscito, organizado en octubre, manifestó la voluntad de las Marcas, Umbría y Sicilia de integrarse al Piamonte. Gaeta capituló en enero de 1861, cayendo Francisco II. El 14 de marzo un parlamento, reunido en Turín, proclamaba la creación del reino de Italia.

  Poco después, moría Cavour (6-VI), dejando excluida del nuevo reino solo Venecia y Roma. El enfrentamiento entre Austria y Prusia y Prusia y Francia entre 1866 y 1870 se las pondría en bandeja.

   La unificación alemana. 

  El Zollverein y la retirada de Olmütz.

  El sentimiento nacional se manifestó en 1848 por vez primera, en forma integradora. Desde 1830 el nacionalismo alemán buscó sus raíces en los elementos tradicionales y conservadores del país; por este motivo, el proceso de integración nacional se consuma por los príncipes, y se presenta como un fenómeno político que resuelve el dualismo entre Prusia y Austria, dando lugar a un federalismo.

  El idealismo y el romanticismo dotaron a Alemania de los conceptos de nación y patria. Los historiadores, como Ranke, Gervinus y Dahlman exaltaron las glorias del pasado, la importancia del imperio germánico medieval. Igual amor a la vieja Alemania demostraron los poetas de la Joven Alemania (Heine, Börne). Cuando en 1840 hubo ciertas amenazas de Francia contra la Confederación germánica (durante la crisis del Imperio turco en descomposición, resuelta con el Tratado de Londres de 1841, que calmaba los deseos franceses en la zona), se produjo una explosión del sentimiento popular, surgiendo los himnos patrióticos: “La guardia del Rin” de Schneckenberger; el “Deutschland über Alles” de Hoffmann de Fallerbon; el “Rin alemán” de Becker…

  Los resultados prácticos de esta efervescencia fueron, sin embargo, nulos. La unificación comenzó a escenificarse en clave económica. El empuje económico alemán después de 1815 llevó a algunos economistas a acabar con las barreras aduaneras y poner en marcha el “Zollverein”, favorecido por los intereses de Prusia.

  Los pasos para esta unión aduanera comenzaron a darse después del Congreso de Viena (ley del ministro Massen). De 1819 a 1826, Prusia consiguió englobar a varios principados, asegurándoles compensaciones económicas. En 1828, el gran ducado de Hesse-Darmstad se adhirió a esta unión. Al tiempo, Baviera y Württemberg fundaban una asociación aduanera similar y poco después Sajonia lo implantaba. No parecía viable la existencia de 3 uniones aduaneras, por lo que en 1834, Prusia encabezaba un Zollverein único. Poco después, en 1838, se tomaban las primeras medidas para la unificación monetaria.

  No se puede hablar del mismo avance en el ámbito político. Tras el fracaso del intento unificador del Parlamento de Frankfurt en 1849, Prusia intentó impulsar una Liga con Sajonia y Hannover para sustituir a la Confederación germánica, inspirada en los principios de Frankfurt. Austria respondió con otra especie de liga de 18 estados alemanes. Tal rivalidad promovió la formación de una Liga de los Cuatro Reyes” (Hannover, Sajonia, Baviera y Württemberg) al margen de Austria y Prusia.

  Las posiciones se enconaron y a punto estuvieron las distintas opciones de enfrentarse, teniendo que ceder Prusia el 28 de noviembre de 1850 al declararse dispuesta a una reforma de la Confederación (retirada de Olmütz), aunque esto no revirtiera en la constitución de un Reich dirigido por Austria.

  El sistema Bach en Austria y la “Nueva Era” en Prusia: Bismarck.

  Hasta 2859 la situación se mantuvo estable. Desde esa fecha, el nacionalismo alemán avanzó por dos motivos:

  — Los éxitos italianos.

— La aparición de una burguesía capitalista, beneficiada por el Zollverein y dispuesta a favorecer un movimiento de integración política y legislativa, prestando su apoyo a Prusia, pues Austria no veía esta unión con buenos ojos.

  El Imperio austriaco, durante la oleada revolucionaria de 1848/1849 y bajo el gobierno del conservador Schwarzenberg, solo había concedido la emancipación de los campesinos, ya que la carta constitucional de 1849 fue derogada el 31 de diciembre de 1851. Con el sustituto de Schwarzenberg, Alexander Bach, el Imperio se convirtió en una monarquía centralizada a la francesa, que debía modernizar el país con la introducción del ferrocarril, la fundación de bancos y el apoyo a la agricultura y la industria.

  Pero este “sistema” Bach no pudo resistir el desastre de 1859 ante Francia y Piamonte. En 1860, el emperador promulgó una Constitución federal, pero asustado por las pretensiones de checos y húngaros, Francisco José I la transformó en unitaria (1861), causando frustración y resentimiento.

  Mientras, en Prusia, el hermano de Federico Guillermo IV, Guillermo, se convertía en regente en 1858, y en el nuevo rey en 1861. Un año después, Otto von Bismarck era nombrado primer ministro. Guillermo I (1861-1888), pragmático, defendía el militarismo, el autoritarismo y la renovación de la potencialidad prusiana. Era partidario de la unidad alemana, pero sin lucha. Propuso una reorganización militar conforme al aumento de la población y la riqueza del Estado. La oposición de la Dieta de mayoría progresista y liberal, hizo que el rey dejara la negociación el cambio en manos de Bismarck (1815-1898), un conservador, monárquico y de gran visión política. Sus primeros pasos fueron dirigidos a aislar a Austria con quien inevitablemente tendría que enfrentarse Prusia, impulsando las quiméricas ideas de Napoléon III y apoyando a Rusia en 1863 en la represión de la insurrección polaca de ese año. Finalmente, consiguió imponerse a la Dieta en la necesidad de la reforma del ejército.

  Los ducados daneses y la guerra austroprusiana.

  Aunque la cuestión de Schleswig y Holstein pareció quedar resuelta en el Protocolo de Londres de 1852 a favor de Dinamarca, se reavivó a la muerte del rey danés Federico VII. Su sucesor, Christian IX (1863-1906) ratificó la incorporación de ambos ducados a su reino (acta constitucional de 13 de noviembre de 1863). Bismarck reconoció al nuevo rey, pero no el acta constitucional, atrayendo a Austria a su postura. La guerra no se hizo esperar (enero 1864) y la derrota danesa le hizo perder los dos ducados (Paz de Viena de 30 de octubre de 1864).

  Tras algunas dudas, en agosto de 1865, Austria y Prusia se ponen de acuerdo en Gastein para proceder al reparto: la primera administraría Holstein, y la segunda Schleswig con derecho a ocupar el puerto de Kiel. Pero el acuerdo solo era transitorio. En febrero de 1866, Bismarck veía la guerra inminente. En abril se aseguraba un pacto militar con Italia que se sumaba a la neutralidad de Francia conseguida en octubre de 1865 en Biarritz. Entonces, comenzó a maniobrar, buscando la simpatía de los estados alemanes con la propuesta de sufragio directo para un Parlamento común y la elaboración de una constitución federal. Austria contraatacó con la reunión de la Dieta para resolver el dilema y, entonces, Bismarck movilizó el ejército. La guerra no se hizo esperar (15/VI/1866).

  La campaña fue breve. El ejército alemán dotado con fusiles de repetición y excelentemente preparado por Helmuth von Moltke acabó con la resistencia de Hannover, Hesse y Sajonia e invadirá Bohemia desde Silesia y por el Elba. En Sadowa-Koniggrätz (3/VII) las tropas aliadas austro-alemanas, al mando del general Benedak sufrieron una aplastante derrota. Austria estaba atada por Italia en el sur, por la entrada en guerra del Piamonte y, aunque obtuvo algunas victorias (la segunda de Custozza y la de Lirra) no pudo evitar firmar el armisticio de Nikoleburgo y, después, la paz de Praga (23/VIII). Francia, indecisa, fue incapaz de evitar el expansionismo prusiano.

  Bismarck y Napoleón III.

  Hannover, Hesse, el gran ducado de Nassau y la ciudad de Frankfurt fueron anexionadas a la corona de Prusia, formando un todo continuo desde el Niemen al Rin. También Schleswig y Holstein se incorporaron a Prusia. Pero, los estados alemanos del sur fueron respetados y Austria mantuvo su integridad a excepción de Venecia que pasó a formar parte del reino de Italia (Convención de Viena, agosto de 1866).

Mientras, el emperador austriaco, Francisco José I, consiguió pacificar el imperio con el compromiso de 1867, que inauguraba la monarquía dual austro-húngara, con solo 3 organismos comunes: la corona, los ministerios de Asuntos Exteriores, Guerra y hacienda, y una delegación mixta de ambos parlamentos. Austria mantuvo la Constitución de 1861 y Hungría recuperó la de 1848.

  En la nueva Alemania de Bismarck se creó en su apoyo el partido nacional liberal. El consolidado primer ministro entró en relaciones con Baviera, Hesse-Darmstadt y Baden, con los que firmó acuerdos militares secretos (VIII/1866), quedando las 3 bajo la protección de Prusia. Al tiempo, se constituía la Confederación del Norte de Alemania, con un Parlamento federal que aprobó una Constitución en julio de 1867. El rey de Prusia obtenía la presidencia de la Confederación, con un Bundestag (Consejo federal) y el Reichstag (elegido por sufragio directo y secreto) con el poder legislativo en sus manos.  En 1868, se reunió en Berlín un Parlamento aduanero (Zollparlament), formado por la Confederación alemana del Norte y los estados del sur que integraban el Zollverein.

En estas circunstancias, entró en juego Napoleón III con una torpe política en demanda de compensaciones territoriales en las fronteras y el Rin, en particular el Luxemburgo, provocando exaltación patriótica en Alemania y recelos en Rusia e Inglaterra.

Estos desaciertos y el fracaso de la expedición que mandó a Méjico debilitaron el régimen imperial en Francia. Hasta 1589, el régimen imperial había evolucionado hacia formas más liberales. En 1860 y 1861 se restableció en parte la actividad política del Cuerpo Legislativo. En 186y7 y 1868 se dio el derecho de interpelación a la Asamblea y ampliación del régimen de libertad de prensa y reunión. En 1869 y 1870 dos senatoconsultos imperiales transformaron el Imperio en monarquía constitucional no parlamentaria. Para esta última fecha la oposición al emperador había aumentado. Las grandes ciudades apoyaban a los republicanos y demócratas; renacieron los partidos legitimista y orleanista.

  El conflicto francoprusiano.

  Desde 1867, tanto Bismarck como Napoleón III presentían el ineludible enfrentamiento. Ambos se prepararon; Francia buscando el apoyo de Austria, y Prusia, la neutralidad de Rusia. Inglaterra se mantuvo al margen. Un incidente imprevisto proporcionó el motivo: el ofrecimiento de la corona española al príncipe Leopoldo de Hohenzollern (febrero de 1870). Bismarck aconsejó al príncipe que aceptara, mientras Francia se oponía. El 21 de julio, el príncipe renunciaba, pero Francia quería que Gullermo I no volviera a aceptar una candidatura semejante. El rey prusiano rehusó y Bismarck aprovechó la situación para adulterarla de modo que pudiera ser interpretado como un insulto al embajador francés. La respuesta fue la guerra (19/VII/1870).

Francia quedó aislada, mientras Prusia obtenía el apoyo de los estados meridionales alemanes. El ejército prusiano de Moltke pronto mostró su superioridad. A principios de agosto, las batallas de Wörth y Colombey liberaron Alsacia y Lorena. El 18 el ejército francés de Bazaine quedaba bloqueado en Metz y solo quedaba operativo el ejército de Mac-Mahon, concentrado en Chalons. Puesto en movimiento para liberar Metz, fue rodeado en Sedán (1 de septiembre). Al día siguiente, las tropas francesas y Napoleón III capitularon.

El desastre provocó un golpe de Estado republicano en París el 4 de septiembre. A mediados del mismo mes, los prusianos iniciaron el asedio de París. El 27 se rendía Estrasburgo y capitulaba Bazaine en Metz. El nuevo gobierno republicano francés intentó, en un esfuerzo desesperado, romper el cerco de la capital, pero los ejércitos improvisados fueron derrotados en Loira (Orleans y Le Mans), en el norte (Amiens y San Quintín) y en el este (Belfort, Lisaine). París capituló el 28 de enero de 1871, el 26 de febrero se firmaban los preliminares de paz en Versalles y el 10 de mayo se concluía en Frankfurt el acuerdo que ponía fin al conflicto. Francia perdía toda Alsacia y gran parte de Lorena y se comprometía a pagar una indemnización de guerra de cinco mil millones de francos.

La caída del IIº Imperio francés fue aprovechada por el gobierno italiano para apoderarse de Roma (20/IX/1870). En julio de 1871, Víctor Manuel II fijaba su residencia en Roma, dando por finalizada la unidad italiana.

El 18 de enero de 1871 había sido proclamado en Versalles el IIº Imperio (Reich) alemán. Los estados del sur de Alemania aceptaron unirse a la confederación del Norte, salvando el último obstáculo que ofreció Luís II de Baviera.

  La disgregación del Imperio turco: la guerra ruso-turca y el Congreso de Berlín.

  El Imperio turco, indemne tras los tratados de París de 1856, era un organismo falto de vitalidad y las ambiciones rusas sobre los Balcanes lo dejaron en entredicho. En París se habían discutido las reclamaciones de los delegados de Moldavia y Valaquia para formar un estado nacional rumano. Gracias a Napoleón III se celebraron elecciones en 1858 bajo el programa: autonomía, unión y gobierno representativo. Tras el resultado, una conferencia de embajadores, reunida en París, acordó mantener la separación de ambos principados, pero con idénticas leyes e instituciones. La unión no se hizo esperar: el 24 de enero de 1859 los parlamentos de ambos principados eligieron un mismo príncipe: Alejandro I Cuza (1859-1866); en 1862 se fusionaron en una única asamblea legislativa en Bucarest. Cuatro años después, Alejandro es depuesto, siendo sustituido por un Hohenzollern, Carlos I (1866-1917) fundador de la Rumanía moderna.

Paralelamente, los príncipes de Serbia, los Obrenovich, en el poder desde 1858, en lugar de los Karageorgevitch, forzaron el régimen autonómico. En 1865 consiguieron que los turcos evacuaran su ejército, obteniendo esperanzas de independencia. Al sueño de la Gran Serbia se sumó el de la Gran Grecia. Por no poder lograrlo, Otón I fue depuesto en 1862, siendo sustituido por el candidato inglés Jorge I (1863-1915). Grecia recibió las Islas Jónicas, pero no pudo obtener Creta.

En Turquía, el fracaso de las reformas del sultán Abdul Aziz (1861-1876) y la derogación en 1871 de la cláusula de neutralidad del Mar Negro, dieron alas al zar Alejandro II para reivindicar su influencia en los Balcanes. En 1876, la antieuropeista Joven Turquía depuso al sultán sustituyéndole primero por Amurates V y luego por Abdel Hamid II (1876-1909), poniendo así fin a la política de transigencia. Los príncipes Milán de Serbia y Nicolás de Montenegro declararon la guerra a Constantinopla. También los eslavos de Bosnia y Herzegovina y los búlgaros se sublevaron, pero la insurrección fue sofocada de modo cruel. Por ello, Rusia exigió de Turquía el armisticio con Serbia y Montenegro y la concesión de reformas a Bosnia Herzegovina y Bulgaria. Abdul Hamid II fingió aceptar el ultimátum ruso para ganar tiempo, mientras se preparaba para la guerra. Alejandro II movilizó sus ejércitos (24/IV/1877). Poco antes había obtenido la neutralidad de Austria (acuerdo de Viena de 15 de enero) a cambio de una eventual ocupación de Bosnia Herzegovina por los austriacos. Alemania y Francia también lo dejaron estar. Solo Inglaterra puso alguna objeción.

Las operaciones comenzaron en el verano de 1877 en los Balcanes. El 10 de diciembre los rusos rendían Plevna y, en enero siguiente, Filópolis y Adrianópolis, amenazando Constantinopla. Por el Tratado de San Stéfano (3/III/1878), Turquía reconocía a Rusia la posesión de varias plazas en Armenia (Batum, Kars, Bayazid) y de toda Besarabia, cedida por Rumanía, además de una fuerte indemnización de guerra. Serbia, Montenegro y Rumanía obtenían la independencia y algún territorio (la región de Nish, 2 puertos en el Adriático y la Dobrudja septentrional, respectivamente). Pero, lo más importante, fue la creación de la Gran Bulgaria, englobando las dos Rumelias y toda Macedonia. San Stéfano implicaba la irremediable y pronta extinción del Imperio turco en Europa.

Los éxitos rusos inquietaron al resto de potencias. Alejandro II aceptó la sugerencia de Bismarck de reunir un Congreso. El Tratado de Berlín (3/VII/1878) garantizó lo accesorio de San Stéfano, pero anulando lo fundamental: la Gran Bulgaria. Rumanía, Serbia y Montenegro fueron reconocidos como estados independientes. Bulgaria consiguió una autonomía del Danubio a los Balcanes, y tanto Rumelia como Macedonia quedaron en la órbita de Constantinopla. Austria-Hungría recibió el derecho a ocupar Bosnia Herzegovina. Inglaterra aprovechó para obtener Chipre. El sultanato turco se mantuvo, pero con sus fronteras reducidas.

LA HISTORIA EN EL CINE

Respecto a la unificación italiana citar cuatro películas: El Gatopardo de Visconti (1963), Viva L’Italia de Rosellini (1960), Li chiamarono… birganti de Pasquale Squitieri (1999) y, la más reciente Noi credevamo de Mario Martone (2010). El cine se ha ocupado muy poco de la unificación alemana, en parte porque tampoco ha habido un gran autor que lo haya novelado. A destacar “Bismarck” de Wolfgang Liebeneiner (1940). Sobre las repercusiones de la guerra francoprusiana que puso fin al IIº Imperio francés de Napoleón III, a destacar “La rebelde” de Sòlveig Anspach (2010).

           


16. LA REVOLUCIÓN DE 1848.

Escrito por Decineporlahistoria 31-10-2016 en CURSO HISTORIA. Comentarios (0)

  Tras los procesos de 1820 y 1830 se inicia en Francia un nuevo movimiento revolucionario, que se propaga por toda Europa (excepto Países Escandinavos, Rusia, Turquía, Inglaterra y la Península Ibérica) merced a una red de organizaciones secretas. Las clases populares son la pequeña burguesía y los grupos de obreros adeptos a la ideología socialista. En Italia, Alemania y el Imperio austriaco adquirió también formas nacionalistas.

  Por primera vez toma protagonismo el CUARTO ESTADO; las masas, en busca del sufragio universal, como bandera más representativa. Incitadas por republicanos y socialistas románticos, además del hecho ideológico, les movía unas realizaciones materiales concretas. Y es que la burguesía de la primera mitad del siglo XIX había sabido organizar su libertad y su haciendo, pero no habían sido conscientes del surgimiento de una nueva clase social que también tenía derecho a la vida. Cuando en los años 1846-1847 se produjo en Europa Occidental una crisis cerealística, las masas trabajadoras pidieron pan y la burguesía solo supo responder con caridad o represión. Esta respuesta las llevó a caer en manos de la propaganda republicana, predicada en Francia por Lamartine y Ledou-Rollin y en Italia por Mazzini. Sin embargo, el significado del término LIBERTAD difería con el de las masas, que lo equiparaban a SEGURIDAD y JUSTICIA, explicando el fracaso de la revolución de 1848.

  A estos principios se añadieron dos nuevos aspectos:

▪ El del nacionalismo teñido de romanticismo, que suspiraba por rehacer el pasado nacional de pueblos de una misma raza y un mismo territorio.

▪ El de “renovación”, que dio proclamas a las organizaciones políticas que pusieron por delante el término “joven”: Joven Italia, Joven Alemania…

  LA REVOLUCIÓN DE FEBRERO Y MARZO DE 1848.

  Comenzó en Francia porque la monarquía de Luís Felipe de Orleans tenía dos puntos vulnerables:

  ▪ No era legítima.

▪ No se apoyaba en la masa total de la nación francesa, solo en la alta burguesía.

  El gobierno de Guizot vivía amenazado por la izquierda monárquica, que solicitaba la ampliación del derecho electoral. Para ello, se reunían en banquetes. Guizot los prohibió (22 de febrero de 1848), dando lugar a unas protestas de escasa importancia, que provocaron la caída del primer ministro. En la noche del 23 y a consecuencia de un choque entre obreros y la fuerza pública, la protesta se convirtió en insurrección republicana. Volvieron las barricadas y la Guardia Nacional, no vinculada al monarca, dudó y no atajó la revuelta, motivando la abdicación de Luís Felipe el día 24.

  Los sublevados, dueños del Ayuntamiento y de la Cámara de los Diputados, proclamaron la República: la democrática, Lamartine; la socialista, Louis Blanc. El gobierno provisional encabezado por el primero fue el triunfo de una minoría audaz.

  La revolución de febrero en París se propagó por Europa en dos oleadas:

▪ La primera afectó a Austria e Italia. En Viena, la juventud burguesa se echó a la calle y Fernando I (1835-1848) hizo dimitir a Metternich. Además, los revolucionarios obtuvieron la concesión de ciertas garantías liberales: libertad de prensa, guardia nacional, constitución; pero, envalentonados, impusieron al emperador la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente, elegida por sufragio universal. Al día siguiente, Fernando I y su corte huían de Viena (16 de mayo). Mientras, en las provincias, se levantaban los nacionalistas, reclamando una constitución federal para el imperio. En Praga, un Comité Nacional obtuvo una “Carta de Bohemia” (8 de abril) y se abría un Congreso checoslovaco; en Croacia, Jeliachich intentaba formar un estado autónomo; en Hungría, la Dieta reforzaba el nacionalismo, logrando por las leyes de 11 de abril equipararse a los austriacos y formar un estado propio, unitario, parlamentario y democrático.

En Italia, los sucesos de París reavivaron una sublevación que venía preparándose desde tiempo atrás, en especial por Mazzini (1805-1872), que había fundado en 1831 la Joven Italia. Con ella defendía la unidad italiana, pero con métodos antiguos que le llevaron al fracaso entre 1830 y 1848. Sin embargo, desde 1846, tanto el Papa Pío IX, como el rey del Piamonte, Carlos Alberto, o el duque de Toscana, concedieron algunas reformas, preparando el camino a la insurrección, que estalló primero en Sicilia (12 de enero), donde Fernando II de Nápoles se vio obligado a otorgar una constitución liberal, similar a la francesa de 1830. Carlos Alberto de Piamonte le imitó promulgando el Estatuto Real de 17 de febrero. Por otro lado, tanto en Venecia como en Milán se produjo un levantamiento contra Viena, que arrinconó a las tropas austriacas del mariscal Radetzky y empujó a Carlos Alberto a declarar la guerra al imperio austriaco el 25 de marzo.

▪ La segunda oleada se produjo en Alemania central y Prusia. Después de los acuerdos de Teplitz y Viena que habían puesto fin a la revolución de 1830 en Hannover, se instaló Ernesto Augusto, un nuevo soberano reaccionario, mientras en Prusia, Federico Guillermo IV (1840-1861) se había mostrado levemente liberal y nacionalista. En 1847 publicó una patente estableciendo la Dieta Unida, en la que se reunirían representantes de las 8 asambleas provinciales creadas por su padre en 1823. Pero, la Dieta defraudó a los liberales pues el voto solo era consultivo y no tenía ni periodicidad, ni iniciativa. Tal desilusión facilitó la agitación de marzo al ser conocidos los sucesos de febrero en París. En Baden, Baviera, Wuttemburgo, Hannover, Sajonia… hubo manifestaciones, cambios de gobierno, un giro liberal. Entre el 31 de marzo y el 3 de abril se reunieron unos delegados en Heidelberg, que solicitaron la convocatoria de un Parlamento general para discutir una nueva constitución de Alemania. La Dieta de la Confederación accedió a esta demanda y convocó una Asamblea para el mes de mayo siguiente.

Mientras, Berlín, secundaba el movimiento. Ante las manifestaciones de estudiantes, burgueses y obreros, el rey prometió reunir la Dieta Unida, que no acalló la agitación, sobre todo, tras el triunfo de la revolución en Viena. Un desafortunado enfrentamiento entre el ejército y los manifestantes el 18 de marzo llevó a las barricadas. Federico Guillermo IV anunció la reunión de una Asamblea Nacional prusiana para discutir una constitución liberal.

  LA REACCIÓN BURGUESA.

  La burguesía y otros grupos conservadores, apoyados por el ejército, reaccionaron atemorizados por el rumbo democrático que tomaba el movimiento revolucionario. En Francia, la IIª República tuvo poca duración, por el antagonismo entre socialistas y republicanos y la oposición conservadora. En la Asamblea Nacional de mayoría republicana, una comisión ejecutiva, presidida por Arago, decidió frenar las pretensiones socialistas y el modelo de trabajo colectivista de los Talleres Nacionales, ideado por Louis Blanc. Entre el 24 y el 26 de junio de 1848, los republicanos, al mando del general Cavaignac, acabaron con las barricadas parisinas. La Constitución de noviembre de 1848, de tipo democrático, daba amplios poderes al presidente. Las elecciones subsiguientes dieron el triunfo a Luís Napoleón frente al republicano Cavaignac, dando también mayoría conservadora a la Asamblea. Bonapartistas, conservadores y legitimistas (alta burguesía y campesinado) ocuparon el poder. Las posteriores discrepancias entre el presidente Luís Napoleón y la Asamblea entre 1849 y 1851, terminaron con el golpe de Estado del primero de 2 de diciembre de 1851. La IIª República daba paso a una dictadura personal.

  En Austria, fue el ejército quien restableció la autoridad del emperador. El príncipe Windischgrätz impuso su ley en Praga. En Italia, el mariscal Radetzky derrotó a los piamonteses en Custozza (25 de julio); en Viena, los príncipes Schwarzenberg y Windischgrätz se adueñaron de la ciudad el 31 de octubre. La Asamblea fue disuelta en mayo de 1849 por el nuevo soberano Francisco José (1848-1916), en quien había abdicado Fernando I. Solo Hungría se mantuvo firme de la mano del demócrata Kossuth, proclamado dictador: el 14 de abril de 1849 la Dieta húngara decretó la deposición de los Habsburgo. Austria tuvo que recurrir a la ayuda del zar Nicolás I de Rusia para aplastar la revuelta en Vilagos (13 de agosto). Desde ese momento Austria gobernó Hungría de forma dictatorial.

  En Prusia, Federico Guillermo IV, ante el éxito de la reacción austriaca, decidió restablecer su autoridad: el conde de Brandenburgo fue nombrado primer ministro el 2 de noviembre; el ejército de Wrangel se adueñó de Berlín el 15 del mismo mes y la Asamblea fue disuelta. Sin embargo, Prusia mantuvo una constitución, sufragio censitario y escasamente democrático (Constitución de 31 de enero de 1850).

  El triunfo conservador en Austria y Prusia determinó el fracaso del Parlamento de Frankfurt reunido el 18 de mayo de 1848, que no pudo hacer frente a la anexión de los ducados de Schleswig-Holstein por Dinamarca (Federico VII), ni a los deseos prusianos de una Alemania unida basada en una imposición y no sobre la base de principios democráticos. De este modo, la Asamblea fue disuelta y la Confederación Germánica restablecida en 1851.

  En el norte de Italia, la derrota de Custozza radicalizó el movimiento subversivo. Manin estableció la República de Venecia (septiembre de 1848) y Mazzini en Toscana (febrero de 1849). Pío IX tuvo que huir de Roma (24 de noviembre de 1848). Carlos Alberto de Piamonte fue derrotado en Novara (23 de marzo de 1849), teniendo que abdicar en su hijo Víctor Manuel II. Radetzky gobernó de forma autoritaria Lombardía. Venecia fue sometida en agosto de 1849; el rey de Nápoles restauró el absolutismo en mayo y Pío IX fue restablecido en su autoridad por tropas francesas el 14 de julio. Solo Piamonte mantuvo el régimen constitucional.


LA CHICA DEL TREN

Escrito por Decineporlahistoria 27-10-2016 en CRÍTICA DE CINE. Comentarios (0)

Aprovechando la fiesta del cine de este otoño, me acerqué a Nassica a ver "La chica del tren" con ciertas precauciones. Había intentado leer la novela en que se basa y tuve que dejarla por diversas circunstancias, siendo la principal el hecho de que se me estaba haciendo algo pesada. Quizá porque no me encontraba en el momento adecuado para leerla o quizá porque este tipo de novela tan introspectiva amenazaba con llevarme a un ejercicio de reflexión muy por encima del estado de ánimo con que la abordaba. Lo cierto es que no la terminé, pero dado que el argumento si me parecía interesante decidí acudir a ver su adaptación cinematográfica. Del director Tate Taylor vimos no hace mucho (2011) "Criadas y señoras", película nominada a tres premios Óscar, aunque sólo obtuviera uno, el de mejor actriz de reparto, que recayó en Octavia Spencer. La historia no me emocionó porque es poco más que una anécdota brillantemente envuelta con una puesta en escena bastante redonda, pero gustó, se llevó una buena taquilla y, en lo que a mí respecta, me sirvió para reafirmar mi adhesión a dos magníficas actrices en plena progresión: Emma Stone y Viola Davis. Más la segunda que la primera, a quien sigo desde que apareciera en la serie de telefilmes protagonizados por Tom Selleck y que llevan por título genérico Jesse Stone.

Pero volvamos a "La chica del tren". Supongo que al guionista Erin Cressida Wilson le costó un triunfo convertir en imágenes un texto tan difícil, pero he de decir que en buena parte, lo consiguió, aunque a los espectadores resulte algo desesperante, pues más de la mitad del metraje asistimos a un carrusel de idas y venidas centrado en un episodio que tiene como único testigo a una alcohólica, con serias dificultades para recordar lo que vio. Mientras la cámara nos va desgranando la vida de tres mujeres, unidas por el pasado y por la mirada de la protagonista desde el tren y desde su alcoholismo. Los personajes masculinos son poco más que de apoyo y por eso me resultó atractiva la película, porque siempre suele ocurrir al revés. Ni los maridos, ni el terapeuta de una de ellas tienen peso y ni por supuesto el acompañante policía de la detective que lleva el caso. Es pues una película de mujeres hecha para todos los géneros humanos: la autora de la novela original es una mujer, Paula Hawkins; la guionista también lo es, al igual que la directora de fotografía Charlotte Bruus Christensen. Lo que no sé es porque dejaron el proyecto en manos de un hombre Tate Taylor al que le cuesta seguir a la protagonista (una siempre eficaz Emily Watson) dejando que sean sus ojos los únicos que interpreten. Mayor interés se toma con los otros personajes femeninos, como el que encarna Rebeca Fergusson (una madre que ha roto el matrimonio previo de su marido) o el más comprometido defendido con suficiencia por Haley Bennet (una hermosa joven con un pasado terrible). 

En cualquier caso, y pese al problema de presentarnos la historia con una narrativa tipo puzle, la película va ganando en intensidad poco a poco hasta que empiezan a cuadrar las piezas y todo resulta más fácil de seguir, pero hay que tener la suficiente paciencia para esperar, porque los giros de guión y, dicho sea de paso, alguna que otra trampa, son bastante tardíos y nos hacen pensar que la historia va por otros derroteros que el que verdaderamente nos interesa: la desaparición de una de las tres mujeres.

La película me gustó. No es redonda, no es una gran película, pero está bien interpretada, bien fotografiada, con una puesta de escena decente (el tren pasa por el mismo lago que en "Con la muerte en los talones" y eso se agradece), el protagonismo recae en tres mujeres de vida problemática que intentan sobrevivir como pueden en un mundo hecho a la medida del hombre. Si alguien espera ver un thriller que escoja otro film, porque "La chica del tren" no es exactamente un thriler -y si esa era la pretensión de la autora de la novela y del director, tendré que decirles que lo intenten de nuevo-, es más bien una excusa para mostrarnos a tres mujeres en una encrucijada vital, esa es al menos mi lectura de la película. 

CALIFICACIÓN:     


EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS

Escrito por Decineporlahistoria 15-10-2016 en CRÍTICA DE CINE. Comentarios (0)

Su director, Alberto Rodríguez ya nos había dejado muestras de su talento para el "tempo" cinematográfico en el Factor Pilgrim, en 7 Vírgenes y, sobre todo, en La Isla mínima. Ahora vuelve a envolvernos con una película de apariencia fácil, plana, narrada como un gran flashback por el principal amigo del protagonista (papel encarnado por José Coronado), en una atmósfera con regusto a antigua, como aquellos platos de judías o de lentejas que nos hacía nuestra madre o nuestra abuela allá por los comienzos de los sesenta. En parte, el discurso cinematográfico de Rodríguez me recuerda al Zodiac de David Fincher, con un tono documental sin sobresaltos, con un carácter descriptivo muy acentuado en el que destaca, por encima de todo, el excelente trabajo del barcelonés Eduard Fernandez como Francisco Paesa, esa especie de espía que tuvo la España de Felipe González, que desapareció dado por muerto y que reapareció años después, cuando ya a nadie le importaba una higa el personaje. Lo fundamental de Eduard Fernández es esa capacidad para no dejar entrever nada, sabemos lo que su personaje hace, pero nunca por qué, aunque subyaga casi desde el principio el hecho de que el motivo es el dinero, y sin embargo siempre cuenta con un as en la manga, que es el que nunca nos muestra.

Película de factura excelente, bien rodada y ambientada, magníficamente interpretada, pero demasiado plana, ya se que es la técnica del documental, o mejor, del docudrama, pero le falta algo de chispa para resultar redonda. En cualquier caso, estoy deseando ver su próxima obra, porque es un director, este Alberto Rodríguez, de muy buenas maneras, de cámara clásica, en el que apenas se deja ver, porque centra al espectador en la historia, y no en como se ha rodado esa historia, que parece ser la única aspiración de algunos otros directores del panorama actual.

CALIFICACIÓN:        

15. LA INDEPENDENCIA DE LAS COLONIAS ESPAÑOLAS DE AMÉRICA

Escrito por Decineporlahistoria 15-10-2016 en CURSO DE HISTORIA. Comentarios (0)

    1. Los inicios.

   El movimiento de independencia de las colonias lusohispanas de América se produce entre 1808 y 1810, como consecuencia directa de la evolución histórica contemporánea y se consolida entre 1820 y 1824, con la ayuda de EE.UU. e Inglaterra.

  El caso español, la causa básica hay que buscarla en la formación de una conciencia revolucionaria que sirvió los intereses económicos y políticos de la burguesía colonial. El modelo colonial creado en el siglo XVI: proteccionismo económico, patriarcalismo político, difusión del catolicismo y la cultura hispana, asimilación racial… fue anquilosándose. En las colonias se había formado una nueva casta social, la de los criollos, enriquecida por el comercio o la propiedad señorial, aunque alejados del estado por la burocracia española. Dicho grupo social aspiraba a usufructuar el poder, modificar el régimen político vigente, desarrollar la economía sin las trabas monopolísticas de la metrópoli, a pesar de las favorables medidas ilustradas de Carlos III, que liberaron un buen número de puertos al tráfico comercial con América.

  Otras reformas, como el establecimiento de las intendencias (1782), la expulsión de los jesuitas (1766) o la convicción de proceder a más amplias reformas, como las derivadas de los proyectos de Aranda (1783 o de Godoy, ya en el reinado de Carlos IV, contribuyeron a crear cierto nerviosismo político entre los criollos.

  Pero fue el ejemplo norteamericano y la influencia de las ideas enciclopedistas francesas, quienes modelaron en la burguesía criolla la conciencia revolucionaria.

  2. Precursores.

    En el último tercio del siglo XVIII aparece una generación de precursores, fuentes del independentismo. Personajes significativos fueron:

▪ Antonio Nariño, natural de Santa Fe (1765), educado en la universidad, reúne en su biblioteca los libros de la Ilustración. Cuando la Constituyente francesa promulga la Declaración de los Derechos del Hombre, Nariño la propaga, lo que le vale la cárcel y la confiscación de sus bienes y el destierro. Se dirige a la Francia de la Convención y a la Inglaterra del liberal Pitt, quien, aunque lucha contra la Revolución en Europa, la favorece en América del Sur en beneficio de los intereses británicos.

▪ Francisco Miranda, natural de Caracas y, como Nariño, aristócrata criollo, rico y culto, participará en la independencia USA y servirá en el ejército francés de Dumoriez. Huyendo del terror jacobino se refugiará en Inglaterra, y aquí recibe ayudas para combatir la soberanía española en Venezuela. En 1804, con motivo del comienzo de las hostilidades contra Napoleón y España, el gobierno inglés subvenciona una expedición emancipadora, también apoyada por los EE.UU. El intento se produce en 1806 y fracasa en Ocumare y Vela de Caro. Los criollos se resisten a dar su apoyo a un golpe bajo pabellón extranjero. Pero Miranda no se rinde, dedicándose a la propaganda a través de las logias masónicas que controla: la de Grafton Square en Londres o la de Lautaro en Cádiz. Allí se formarán los hombres que nutrirán las filas y los mandos del ejército revolucionario criollo.

  A la agitación entre los criollos (alzamiento en Nueva Granada: “Comuneros de Socorro”, 1781; conspiración de Caracas, 1797) no respondieron los indígenas. Ni la revuelta de los “Comuneros” del Paraguay de 1725, ni la de Tupac Amaru en Perú, en 1780 respondían a movimientos independentistas. Los indígenas no participaron del independentismo porque su significado e ideología apenas entendías; su inclusión en los ejércitos libertadores tuvo más que ver con la lucha por la tierra o el desquite contra los señores tradicionales.

  3. La primera fase de la independencia (1808-1815).

    El criollismo como factor revolucionario fue producto de las grandes ciudades coloniales. Más tarde se involucraron pueblos y villas. Condición indispensable resultó la destrucción de la autoridad legítima en España por la invasión napoleónica, y la consiguiente paralización de los medios represivos del Estado español.

  En 1808 llegan las noticias sobre el alzamiento del 2 de mayo y, como sucede en España, se constituyen Juntas provinciales en nombre de Fernando VII, pero con un objetivo diferente: la toma del poder por los criollos.

  En el Virreinato de Buenos Aires se relaciona con la defensa de la ciudad en 1806 y 1807 ante los ingleses. El virrey Sobremonte fue depuesto y sustituido por un cabildo abierto, a cuyo frente se puso Liniers. En agosto de 1808, el ultra realista Elío formó una Junta en Montevideo opuesta al nuevo virrey. En las jornadas de enero de 1809, Liniers, fue apoyado por los criollos, siendo éste el punto de partida del movimiento secesionista iniciado en mayo de 1810, cuando a raíz de las victorias de los mariscales de Napoleón en Andalucía, se veía cercana la sumisión a José Bonaparte. Los grupos de patriotas (Sociedad de los Siete) decidieron aprovechar el malestar reinante. El 22 de mayo, el cabildo bonaerense acordó la destitución del nuevo virrey Hidalgo de Cisneros y la formación de una Junta de Gobierno en la que pronto se hicieron con el poder independentistas como Saavedra, Belgrano y Moreno. El intento de extender el proceso al resto del virreinato tropezó con las tropas realistas en el Alto Perú (derrota de Castelly) y en el Paraguay (derrota de Belgrano). En la Banda Oriental, aunque el realista Elío fue derrotado, surgió un movimiento federalista, capitaneado por Artigas. Los intentos de unificación cristalizaron en el Congreso de Tucumán de 1815, del que salió el 9 de julio de 1816 la declaración de independencia de la Argentina.

  En Chile, desde 1808, Santiago vivía en plena agitación política, fomentada por los desaciertos del presidente de la Junta Francisco G. Carrasco. A fines de mayo de 1810, coincidiendo con el inicio de la revolución argentina, Carrasco acentuó las medidas represivas, pero las algaradas callejeras provocaron su dimisión, siendo sustituido por el Conde de la Conquista, de familia criolla. El 18 de septiembre de 1810, un cabildo abierto eligió una Junta presidida por el Conde de la Conquista, aunque dirigida por el secesionista Martínez de Rozas, si bien aún en nombre de Fernando VII. Comenzaba así una etapa secesionista conocida como Patria Vieja. En septiembre de 1811, el radical José Miguel Carreras, masón, dio un golpe militar, provocando la división del bloque secesionista y preparando la caída de la Patria Vieja.

  En el Virreinato de Nueva Granada, la agitación secesionista se manifestó por primera vez en Quito, donde el 9 de agosto de 1809, los independentistas se adueñaron del poder, destituyeron al presidente Urríes y establecieron una nueva Junta presidida por el marqués de Selva Negra. La división entre los revolucionarios y la amenaza de una acción realista conjunta desde Perú y Nueva Granada, pusieron de nuevo a Urríes en su cargo. La represión llevada a cabo en Quito, enardeció a los secesionistas de Santa Fe, quienes el 20 de julio de 1810 se amotinaron y obtuvieron del virrey Amar la constitución de una Junta de Gobierno. Destituido poco después el virrey, los primeros pasos independentistas fueron muy difíciles por el alto nivel de dispersión. Federalistas y unitarios intentaron imponer sus ideas acudiendo incluso a las armas. El nuevo Estado de Cundimarca, cuya primera carta constitucional fue promulgada el 30 de mayo de 1811, evolucionó rápidamente hacia la ruptura con España y Fernando VII. En noviembre de 1811 la revolución estaba consumada.

  Venezuela había proclamado también su independencia. La insurrección se inicia a principios de abril de 1810, y en las jornadas del 18 y 19 del mismo mes un cabildo abierto instituye en Caracas una Junta Suprema. La aristocracia colonial busca apoyos en EE.UU y Reino Unido. Bolívar regresa de Inglaterra con Miranda. Un Congreso general venezolano, reunido en Caracas, proclama la independencia el 5 de julio de 1811, con una estructura federal y carta constitucional utópica liberal (diciembre). Pero, en 1812, los ejércitos realistas obligan a capitular a los independentistas. Bolívar huye y Miranda es entregado a los españoles.

  En Méjico los acontecimientos toman un rumbo distinto. El 9 de agosto de 1808 se constituyó en la capital de Nueva España una Junta presidida por el virrey Iturrigaray, en la que quedaron claros los deseos independentistas criollos. Pero, el 15 de septiembre, el virrey es depuesto y la Junta suprimida. La represión llevó a los separatistas a la clandestinidad y a la insurrección; primero en Valladolid y luego en Querétaro. El 16 de septiembre de 1810, el cura de Dolores, Miguel Hidalgo, amotinó a sus feligreses. El grito de Dolores halló eco entre las masas indígenas, pero después de algunos éxitos iniciales, la falta de cohesión y los horrores cometidos por los revolucionarios, motivaron la derrota de Hidalgo, fusilado en Chihuahua (1811). Los criollos habían apoyado a los realistas por temor a la revolución indígena y también lo hicieron contra las tentativas del guerrillero José María Morelos, que había defendido la celebración del Congreso de Chilpancingo, que declaró la independencia de Méjico el 6 de noviembre de 1813. Pero los reveses militares acabaron con Morelos. La derrota de Tezualca le llevó ante el pelotón de ejecución en diciembre de 1815.

  4. La reacción realista (1810-1816).

    Con la administración central colapsada, los gobiernos coloniales encontraron la cooperación de ciertos núcleos conservadores, algunos emigrados españoles y grupos de indígenas y mestizos alistados en el bando realista.

  En los años críticos de 1810 a 1814, el Virreinato de Perú se convirtió en el baluarte geográfico contra la insurrección. Cabe destacar la figura del virrey Fernando de Abascal que, desde Lima, no solo mantuvo indemne el territorio de algaradas callejeras (la sedición de Cuzco entre 1813 y 1814, acaudillada por Angulo y Pumacagua fue pronto atajada), sino que presto auxilio a los realistas de los virreinatos y capitanías generales próximas. En noviembre de 1812, las tropas de Tomás Montes, apoyadas por las de Juan Sámano desde Perú, reconquistaron Quito y restablecieron la autoridad realista en Ecuador, excepto el proclamado estado independiente de Cundimarca (20 de julio de 1813).

  Mayores éxitos tuvo Abascal en la pacificación de Chile. En 1813 envió a las costas meridionales chilenas una reducida expedición al mando del brigadier Antonio Pareja, que mantuvo a raya a los sublevados Carreras y O’Higgins. Su sucesor, Gabino Gainoza consiguió Concepció, forzando el Tratado de Lircay (mayo 1814) por el cual los insurrectos se comprometían a acatar la soberanía española bajo ciertas garantías, pero ni Carreras no Abascal aceptaron los términos y una nueva expedición desde Perú, al mando de Osorio, derrotó a O’Higgins en Roncagua, entrando en Santiago en octubre de 1814 y poniendo fin a la Patria Vieja.

  En la frontera con el Virreinato de Buenos Aires, los enfrentamientos fueron muy duros (Huaqui, Tucumán, Salta, Vilcapujío y Ayohuma), pero Abascal no consiguió someter a los insurrectos, aunque sí frenarlos.

  En Venezuela, Simón Bolívar, tras el fracaso de su primera intentona, regresó en el mes de julio de 1813, entrando triunfante en Caracas en agosto, donde fue proclamado libertador y dictador de la república. No obstante, encontró una fuerte resistencia entre los llaneros de Tomás Boves, opuestos desde siempre a los criollos de las ciudades costeras. La guerra subsiguiente fue salvaje (“a muerte”). Bolívar, que había desatado aquella horrible matanza, resultó víctima de su propia obra. Vencedor en Carabobo (mayo 1814), fue derrotado por completo en Aragua (agosto). Caracas cayó en poder realista, teniendo que emigrar a Cartagena, de donde también fue desalojado por el ejército colonial del general Pablo Morillos, entre agosto y septiembre de 1815. En la primavera de 1816 este entró en Santa Fe e inauguró una política represiva (Consejo de Purificación y Junta de Secuestros) que resultó contraproducente.

  5. El triunfo independentista.

    Fue debido básicamente a:

  ▪ La mayor experiencia política y militar de los grupos separatistas.

  ▪ La crisis del Estado español provocada por la revuelta liberal de 1820.

  ▪ El apoyo decidido a los secesionistas por parte de EE.UU. y Reino Unido.

  Figura destacada fue sin duda José de San Martín (1778-1850). Nacido en Misiones y combatiente en España contra la Convención y Bonaparte, pero en 1810, enterado de la revuelta argentina, se traslada a Buenos Aires contribuyendo a su independencia. Desde 1814, concibió el plan de liberación de Chile y el ataque a Perú por el litoral del Pacífico. En 1816 recibió del dictador Posadas la autorización para su proyecto. A finales emprende el cruce de los Andes con tropas argentinas y voluntarios auxiliares chilenos. En febrero de 1817 derrota a los realistas en Chacaboco y entra en Santiago, proclamando la independencia de Chile (acta de O’Higgins de 12 de febrero de 1818). En Maipú acabó con el intento de recuperación realista (5 de abril de 1818).

  En dos años preparó una flota que puso al mando del escocés Tomás Cochrane. En ella embarcó San Martín el 20 de agosto de 1820. En Pisco primero y luego en Huacha entabló negociaciones con el virrey Pezuela, sucesor de Abascal, sin resultado. Mientras, la flota chilena bloqueaba El Callao, un cuerpo de ejército, al mando de Arenales, iniciaba una campaña de propaganda por el interior de Perú. Poco a poco la resistencia realista cae. El intendente de Trujillo, marqués de Torre-Tagle entrega el norte del Virreinato, al tiempo que Pezuela dimitía. Su sucesor, La Serna, mantuvo conversaciones con San Martín en Punchanca (julio 1821) sin avances significativos. Entonces, el nuevo virrey decidió evacuar Lima y retirarse a las mesetas andinas. San Martín, el Libertador, entra en Lima, y el 28 de julio de 1821, un cabildo abierto proclamaba la independencia del Perú.

  Mientras, Bolívar, tras algunos intentos frustrados en 1816, en 1817 cambió de táctica: crear una sólida base en la Guayana y Los Llanos gracias al apoyo de algunos llaneros separatistas. Pero no fue fácil, pues Morillo le detuvo en Calabozo y La Puerta de Jemen en diciembre de 1817 y mayo de 1818. Cambio de estrategia al proclamar un gobierno, que fue reconocido por EE.UU., que le envió pertrechos y dinero, como también lo hará Inglaterra, que incluso permitió el alistamiento en el ejército de Bolívar (Legión británica). Con estos nuevos mimbres, en febrero de 1819 reunió un Congreso en Angostura que acordó la integración de Venezuela, Cundimarca y Quito en un estado de Colombia. Por fin, al frente de un fuerte ejército, franqueó los Andes y derrotó a los realistas en Boyacá (7 de agosto de 1819), apoderándose de Santa Fe. Y así, sin apenas recursos y frustrada la ayuda desde España por el levantamiento de Riego, el general Morillos tuvo que aceptar el armisticio de Trujillo (noviembre de 1820). Concluido el plazo, Bolívar pasó a la ofensiva definitiva, derrotando a La Torre en Carabobo (24 de junio de 1821).

  Los éxitos de San Martín y Bolívar animaron a los independentistas de Quito a pedir ayuda. Bolívar envió a Sucre en su ayuda, derrotando a los realistas en Pichincha (24 de mayo de 1822), mientras Bolívar era detenido en Bomboná (abril). No obstante, Quitol se unía a la República de Colombia.

  Solo resistía La Serna en el Alto Perú. Bolívar y San Martín se entrevistaron en Guayaquil para limar diferencias, dejando el segundo las manos libres al primero para acabar con el foco español. Así, Bolívar pasó al Perú, donde un ejército realista, dividido entre absolutistas y liberales, no pudo hacer frente a los independentistas ni en Junin (agosto de 1824), ni en Ayacucho (9 de diciembre de 1824), acabando con la presencia hispana en América del Sur.

  En Méjico, el virrey Juan Ruiz de Apodaca había restablecido la autoridad colonial en 1816. Algunos brotes independentistas y revolucionarios como el del antiguo guerrillero español Francisco Javier de Mina (1817) fueron fácilmente sometidos. Sin embargo, aquí la independencia provino de las mismas autoridades virreinales y de la aristocracia criolla, que había combatido a Hidalgo y a Morelos. Iturbide, propietario y vencedor de Morelos, aprovechando la crisis española de 1820, salió de Méjico para combatir a los separatistas del sur, pero una vez allí se puso de acuerdo con uno de ellos (Guerrero), para establecer las bases del Plan de Iguala (1 de mayo de 1821): mantenimiento de la religión católica, unión de españoles y mejicanos e independencia bajo la forma de una monarquía constitucional. Después de la caída de Apodaca. Iturbide entra en Méjico haciéndose con el poder en noviembre de 1821.

  El último acto independentista de la zona tuvo lugar en Brasil (agosto de 1825), llevado a cabo por el príncipe Pedro, hijo del rey portugués Juan VI de forma pacífica.

  De forma paulatina, los nuevos estados que surgieron fueron reconocidos por Reino Unido, Estados Unidos y Francia. El 2 de diciembre de 1823, el presidente USA, Monroe, publicó su famosa declaración, redactada por el secretario de Estado, Quincy-Adams, que sentaba las bases de la política exterior estadounidense sobre toda posible intervención de Europa en los asuntos de América: Los Estados Unidos considerarían atentatorio para su propia seguridad cualquier intento de las potencias europeas de extender su sistema político en América.

EL CINE

Sobre el descubrimiento de América, se realizaron dos películas bastante flojas en 1992, para conmemorar el quinientos aniversario. La de Ridley Scot, protagonizada por Gerard Depardieu y la de John Glenn, con George Corraface como Colón. Muy anteriores son Alba de América de Juan de Orduña de 1951 o el Cristobal Colón de Friedrich March de 1949. Acerca de la presencia de España en América hay algunas cosas como la aventura de Cabeza de Vaca (1990), La misión (1986) o El puente de San Luis Rey, en general con visiones bastante partidistas y tomadas desde los valores actuales. Sobre la independencia hay muchos films sudamericanos de poca o ninguna repercusión fuera de sus fronteras, salvo El cruce de los Andes (hay una reciente de 2010). Por citar algunos títulos: Simón Bolívar (1968), El húsar de la muerte (1925), Los hermanos Cartagena (1984), La tierra prometida (1971), Tupac Amaru (1984), Miranda regresa (2007), La boca del lobo (1988)…